Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Ivax.

(Veintiún días después del golpe).

Un golpe le entumeció los dedos y el bastón se le escapó de las manos. Antes de que pudiera pensar en inclinarse hacia él, el arma de la nómade se posó entre sus ojos y lo paralizó. La punta de madera rozó el ceño fruncido. Ivax sintió las miradas, percibió las sonrisas y apretó los dientes.

Movió el bastón de su contrincante con un manotón malhumorado y recogió el suyo.

Su cuerpo no había sanado del todo. Hacía días que no comía ni dormía bien y…

Miró fugazmente a su alrededor, con una amargura angustiada en la garganta.

Allí nadie comía bien. Nadie dormía bien, nadie estaba completamente sano y, sobre todo, nadie había tenido entrenamiento militar durante toda una vida.

¿Por qué, entonces, continuaba perdiendo?

La luz del sol empezaba a atenuarse. Veintiún personas entrenaban, unos frente a otros, entre la muralla y la bandera roja de Tsavixia.

Un choque de palmas resonó en medio de los golpes, las armas se detuvieron.

Como un grupo militar, en orden, los prisioneros rotaron a la derecha y cambiaron de contrincante.

Aún no los habían separado en equipos; entrenaban juntos, como si no fueran a despedazarse unos a otros durante los meses del torneo.

Ivax se detuvo frente a un hombre alto, un nómade que torció el gesto y evitó sus ojos.

Parte de la hostilidad que flotaba en el aire era normal entre personas que compiten por mantenerse vivos.

Pero había otra hostilidad, una más fuerte, que estaba reservada para él.

Burlas, murmullos, sonrisas. Disfrutaban verlo allí, degradado, como un nómade más; no era un nómade más.

No era un delincuente. Era un hijo del tigre y había nacido para heredar el gobierno de Tsavixia.

Los odiaba. Sobre todo, porque no conseguía vencerlos.

El entrenamiento se reanudó y él comenzó a la defensiva.

Bloqueó el bastón tan rápido como pudo, empujó e intentó contraatacar, pero fue muy lento.

Su cuerpo no respondía. Como si algo en él se hubiera apagado, la fuerza nunca le alcanzaba para ganar, sus piernas nunca se movían lo bastante rápido.

Todo su entrenamiento se había marchitado y lo había dejado a solas con un cuerpo débil que no se esforzaba por sobrevivir.

El arma lo golpeó en el hombro, le arrancó un gruñido y luego silbó en el aire.

Ivax se agachó para que el golpe no terminara en su cabeza.

Se cubrió del siguiente movimiento, se inclinó para intentar un contraataque y…

Una patada en el estómago lo arrojó hacia atrás.

Cayó al suelo. Así de rápido, así de fácil, simplemente perdía.

El nómade le dedicó una sonrisa ladeada.

—¿Entonces esa es la fuerza de los hijos del tigre?

Su sangre se congeló. Y luego ardió para incendiar su cuerpo.

Ivax se incorporó, apretó su bastón con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos. Imitó la media sonrisa de su contrincante.

—Y este es el salvajismo bruto de los nómades, al parecer.

A pesar del ruido, a pesar de su voz ronca, casi todo el entrenamiento se detuvo después de sus palabras.

Los que estaban alrededor se giraron para verlo, la hostilidad del aire creció hasta convertirse en algo sólido.

Miradas sólidas llenas de odio sólido que lo devoraban con un brillo sólido y furioso.

No le importaba si lo despreciaban un poco más.

Al fin y al cabo, acabarían todos muertos.

La sonrisa ladeada del hombre se convirtió en una mueca y la mueca, en rabia.

—Este «nómade» te va a patear el culo, idiota.

Ivax atacó al mismo tiempo que él y los bastones impactaron, con un sonido hueco, en medio de los dos. Mientras, los murmullos cargaban el aire. El joven no alcanzaba a distinguir ninguna palabra, pero sentía las miradas furiosas en su piel.

Retrocedió un paso, se dobló hacia atrás para esquivar un golpe e intentó sacudir el viento por instinto. El vacío que sintió en su mente lo desconcentró. Groan ya no estaba allí. Sus poderes, tampoco.

El bastón le dio de lleno en el estómago y, mientras el dolor lo forzaba a inclinarse, le asestó otro golpe en la cabeza. La rabia lo consumió por dentro. Una rabia dominada por la angustia y la impotencia, una rabia fría y filosa que solo servía para herirlo. No lo ayudaba a ganar.

Se protegió con el brazo cuando otro golpe intentó alcanzar sus costillas; empujó la punta de su arma hacia el pecho enemigo.

Una patada rápida en la muñeca volvió a desarmarlo antes de que pudiera golpear y luego un puñetazo lo arrojó al suelo.

Su boca se llenó de sangre, su cuerpo perdió la poca fuerza que tenía.

La rabia comenzó a apagarse, poco a poco, mientras se limpiaba la herida del labio inferior y se sentaba.

Los ojos que se clavaban en él dejaron de enfadarlo, las palabras que había dicho el nómade dejaron de tener sentido.

Sintió como si estuviera cayendo, sin pausa, en un pozo infinito y sintió, sobre todo, que ya no quería sujetarse de nada. Ya no quería…

No. Levántate. Miró alrededor, buscando a su tigre por instinto. A su padre. A su familia. A cualquier cosa que no fuera un montón de extraños en un lugar hostil. Su cuerpo comenzó a pesar un poco más, como si el vacío que sentía en el pecho aumentara su masa en lugar de disminuirla. Levántate .

—¿Te quedarás ahí? —preguntó el hombre, con odio.

Los demás dejaron de prestarle atención y continuaron entrenando; quedaba poco tiempo de luz y sus vidas dependían de que mejoraran antes del próximo combate. Además, se acercaban pasos.

El joven tomó su bastón y se incorporó con la torpeza de un cuerpo muerto.

Una brisa helada le congeló la piel mientras clavaba los ojos en Zagh.

Los apartó. Ignoró los latidos acelerados, ignoró el miedo estancado y podrido en el estómago y bloqueó el dolor palpitante en sus heridas.

Mientras el entrenador del grupo se acercaba, él fingió no verlo y se preparó para pelear otra vez.

Pero un choque de palmas detuvo el entrenamiento. Las armas se apoyaron en la tierra, los cuerpos se irguieron firmes como animales adiestrados. Ivax los imitó, escondió los ojos en los pies de los demás, intentó moverse lo menos posible.

Zagh los miró con una expresión a medio camino entre el desinterés y el desprecio.

Pasó la vista por los hombres y mujeres que formaban, buscando algo.

Buscándolo a él. Era el entrenador y, aun así, pasaba poco tiempo en el campo de entrenamiento y lo último que hacía era entrenar a nadie.

Se dedicaba a molestar a Ivax. Como si ese fuera su trabajo, pasaba por allí para recordarle que lo odiaba, para humillarlo y terminar de destruirlo. Y luego se esfumaba por uno o dos días.

Cuando sus ojos lo encontraron, ensanchó la sonrisa deforme y roja.

Le arrebató el bastón a una muchacha y comenzó a caminar entre las dos filas, estudiando a los combatientes uno por uno. Con el arma, fue corrigiendo posturas a su paso.

—El cuello más recto —dijo, con frialdad, golpeando un mentón con demasiada fuerza. Siguió avanzando—. ¿Les damos demasiada comida? Tú tienes que bajar de peso.

La punta del bastón se hundió en el estómago de un hombre y le arrancó un gruñido. Continuó caminando, con un brillo satisfecho en la punta de los ojos. Se detuvo junto a la mujer con la que Ivax había luchado unos minutos antes.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó. Extendió el bastón para apoyarlo en su garganta y levantarle el rostro.

—Ynva, señor —dijo, con los ojos fijos en ninguna parte.

Zagh bajó la punta de madera por la camisa sin mangas, ajustada, que usaban para entrenar. Ivax desvió los ojos, dejó de verlos. La tierra seca, granulada y gris, lo cubrió todo. Los pies firmes y tensos de los demás. Las huellas borrosas del entrenamiento.

—Ven a verme al segundo piso cuando termine el día —dijo, sin dar explicaciones.

Ella agachó el rostro y no respondió, mientras Zagh giraba y apuntaba los pies hacia el joven. Caminó más despacio, disfrutando el olor del miedo y la ansiedad que apestaba el aire.

Ivax movió los ojos por el suelo, sin saber a dónde mirar.

Levántalos . Pero no quería. No podía. Eres un hijo del tigre.

Enfréntalo . Pero cada vez que lo miraba, un nudo le apretaba y revolvía el estómago.

Las imágenes de la tortura regresaban para quemarle el cuerpo.

Su piel comenzaba a arder como si reviviera todo.

Aun así, sin mirarlo, se irguió todo lo que pudo y clavó los ojos en el mástil. Zagh se detuvo frente a él, apuntó con el bastón y, por unos segundos, no hizo nada.

—Aquí tienen una postura perfecta —dijo, y el joven sintió que un montón de ojos hostiles se posaban en él—. No sé para qué estoy aquí si pueden aprender de un soldado graduado con honores.

Le dio dos golpes leves en el pecho. Ivax luchó por no perder el equilibrio. Los latidos de su corazón apenas le permitían escuchar cómo su respiración comenzaba a acelerarse.

—¡Atención! Formen una fila detrás de mí —dijo. Los demás obedecieron y, cuando el joven intentó hacer lo mismo, el bastón le bloqueó el paso. Vio, de reojo, la sonrisa rasgada del entrenador—. Un hijo del tigre nos enseñará cómo se lucha.

Comprendió sus intenciones cuando lo vio hacerse a un lado y se encontró con la fila de nómades frente a él. Veinte personas esperando. Veinte personas contra las que ya había perdido varias veces.

—Comienza —dijo Zagh, haciéndole un gesto a la primera mujer de la fila.