Capítulo 16
Yail.
(Veinte días después del golpe).
Su cuerpo dolía como si hubiera atravesado un campo de espinas con los huesos.
Su mente se llenó de recuerdos, pero desordenados, mezclados, incorrectos.
Una horda de dragones, el cadáver de su hermano hecho jirones en el piso, un muchacho con el pie quebrado, su primer trabajo para los hijos del tigre, una puerta rota, la lechuza frente a él aquella noche en la que había decidido morir…
La lechuza.
Los recuerdos correctos lo invadieron en el orden correcto y una desesperación ajena lo asaltó a través del vínculo. Antes de abrir los ojos, comenzó a escuchar las voces.
—¿Qué hacemos con él?
—¿Me preguntas a mí? —Yail conocía esa voz—. Está vinculado. Es un maldito nómade vinculado. Sigue la ley.
—La ley no aplica si el nómade tiene un contrato, señor. Usted es el que decide. Puede sacrificarlo o venderlo al…
—¡Véndelo al pentágono, cuélgalo de un poste, me da igual! Solo mata a su lechuza y sácalo de aquí antes de que traiga más problemas.
Yail escuchó los aleteos desesperados y se hizo una idea de la situación lo más rápido posible.
Estaba rodeado de sombras, su espalda recostada sobre piedra, las manos atadas.
En alguna parte, la lechuza lo buscaba; se aferró a ella, al vínculo, y su mente se llenó de imágenes.
Los ojos del pájaro le mostraron, de forma confusa, una sala enorme y una fila de guardias.
Uno de ellos la sujetaba de las patas, otro hablaba con el hijo de la liebre.
—¿Y con los demás…?
—Que vuelvan al trabajo —masculló el noble, irritado y asustado al mismo tiempo—. Haz que azoten al responsable de que esa cosa esté dentro de mi casa.
« Esa cosa» era él. El soldado hizo una reverencia, esperó a que el hombre se perdiera entre las sombras y desenvainó su espada. La lechuza chilló, Yail luchó por divisar la puerta a pesar de las imágenes desenfocadas y borrosas.
No importaba. De todas formas, no tenía más tiempo.
Abrió los ojos y se incorporó de un salto; antes de que pudieran reaccionar, corrió hacia el soldado que sujetaba a la lechuza, lo empujó con todas sus fuerzas y el ave salió volando hacia la puerta rota que dejaba entrar la luz.
—¡Deténganlo! —ordenó alguien.
Pero Yail se arrojó contra la fila y los desorientó antes de que pudieran desenfundar; la línea se rompió y él se escabulló entre sus fragmentos.
Corrió hacia la luz del atardecer y tomó las calles anaranjadas, a veces rojizas, del norte.
Las atravesó tan rápido como podía a pesar del dolor que vibraba dentro de él.
Tuvo que esforzarse más que nunca para deshacer el nudo en sus muñecas.
Nunca había usado sus poderes para algo tan grande. Nunca había sentido que su fuerza se desgarraba bajo el peso del acero, ni había lidiado con las secuelas de soportar el aliento de fuego de un dragón.
Atravesó el oeste de la ciudad, con dirección hacia el portón donde se acababa el norte, mientras los soldados pisaban su sombra, y su lechuza volaba a la misma velocidad a la que corrían sus piernas.
Las calles estaban casi vacías. La horda solo había dejado unos pocos destrozos y los cuerpos calcinados de los que no tenían refugio.
Sureños, seguramente, a los que nadie había abierto la puerta.
Los nobles no saldrían de la seguridad de sus casas hasta que el olor a piel quemada abandonara Tsavixia y un aire más puro les permitiera fingir que no había habido cientos de muertos.
A Yail le daba asco cada paso que daba sobre piedra, pero era más fácil correr sobre basalto que esquivando escombros y muertos.
Su lechuza chilló mientras giraban en un callejón y bajaban los escalones hacia unas sombras más profundas.
La muralla comenzó a ser visible por encima de las casas más pequeñas, más pobres, del norte de Tsavixia.
—¡Aquí! —gritó uno de los soldados que lo perseguían.
Y cuando el joven dobló otra vez, nuevos guardias le bloquearon el paso. Retrocedió de prisa, agitado por la carrera, pero también por la ansiedad que le mordía el estómago.
—¡Es un nómade vinculado! ¡Atrápenlo!
Comprendió que todos los guardias de los alrededores lo acorralarían. Tensó la mandíbula y escapó hacia el otro extremo del callejón, pero más soldados lo encerraron. La luz rojiza del atardecer brilló, rabiosa, en sus ojos oscuros. Su piel pareció encenderse bajo los colores extraños del cielo.
Con un movimiento de su mente, las espadas se desenfundaron y volaron por el aire.
Los guardias retrocedieron. Se cubrieron por instinto mientras las armas caían otra vez y Yail aprovechó la confusión para atravesarlos.
Pero esta vez no consiguió escurrirse. Una pierna se atravesó en su camino y lo hizo caer de bruces. La lechuza chilló.
« Vete », le dijo, empujándola a través del vínculo.
Antes de que pudiera incorporarse, dos personas se arrojaron sobre él y lo presionaron contra el suelo.
Su sien golpeó la piedra y su mente se desestabilizó, pero aun así luchó por sacudirse.
Sin tocarlos, los levantó con fuerzas que apenas tenía y los lanzó a un costado.
Se separó del piso justo antes de que más cuerpos se arrojaran sobre él e intentaran inmovilizarlo. Frente a sus ojos, alguien tensó un arco mientras la sombra de la lechuza, la sombra de sus alas extendidas, planeaba alrededor.
—¡Vete! —gritó, y el arco se partió en pedazos.
—Tápenle los ojos —dijo alguien, y enseguida una venda lo dejó ciego mientras le sujetaban los brazos con brusquedad.
—¡No!
Intentó oír, percibir lo que sucedía de alguna manera, pero los ruidos se mezclaban en su mente.
Las fuerzas lo abandonaban, el miedo le impedía concentrarse; ni siquiera pudo liberar sus brazos.
Se aferró al vínculo otra vez, pero las imágenes llegaban borrosas y estaban concentradas en el montón de soldados que volvían a reducirlo contra el suelo.
Su lechuza chilló, preocupada. Preocupada por él.
Cuando escuchó la cuerda de un segundo arco, fue demasiado tarde.
Se rompió con un sonido agudo, pero la flecha ya había salido disparada.
Un dolor penetrante en el brazo le arrancó un gruñido y luego sintió cómo su cuerpo giraba en el aire y se precipitaba sobre las personas.
No, no era su cuerpo. Pero dolía como si lo fuera.
Cuando la lechuza se estrelló y sus alas levantaron polvo, el joven perdió la percepción de lo que lo rodeaba. Se aferró al destello débil, palpitante, del vínculo. Los latidos del pájaro dolieron en su pecho, el miedo del animal lo destrozó.
No .
El vínculo comenzaba a opacarse. El ave estaba cada vez más lejos, perdida al otro lado de una oscuridad que olía a muerte.
No , volvió a pensar, pero no fue capaz de articular palabras.
Quería arrastrarse hacia la lechuza (a la que nunca le había puesto un nombre), quería tomarla en brazos, tocarla, pero sentía que si dejaba de concentrarse en el vínculo lo perdería para siempre.
Intentó hacer que ella se incorporara, intentó mirar a través de sus ojos, pero el pájaro apenas veía. Apenas podía respirar entre silbidos agónicos. « Eres lo único que tengo », le dijo.
Algo en el animal lo consoló, una vibración que lo tranquilizaba y le ofrecía cariño.
Como aquella noche. La noche frente al río cuando, como si oliera su desesperación, como si comprendiera sus intenciones, se había parado en el muelle frente a él.
La noche en la que los dos habían firmado sus sentencias de muerte.
A duras penas escuchó el sonido de la espada, no supo si con sus oídos o con los del pájaro.
Entonces sintió un dolor horrible, luego una oscuridad absoluta que lo asfixió y por fin recuperó su visión con tanta claridad que tuvo que cerrar los ojos.
Volvió a su cuerpo, percibió los brazos que lo empujaban, sintió…
un vacío enorme. Como un agujero sangriento en la mitad de su corazón.
Como si le hubieran arrancado algo desde las raíces.
Abrió los ojos e intentó ver a través de las lágrimas. Luchó por voltearse hacia el cuerpo muerto de la lechuza, pero no se lo permitieron; lo empujaron con más fuerza.
—No lo hagas más difícil —pidió alguien, mientras Yail continuaba sacudiéndose. No intentaba soltarse, se movía para no volverse loco. Descargaba el dolor.
Y el odio. Lo invadió un odio asfixiante, como un rayo que lo partía en dos y continuaba vibrando y quemando todo por dentro.
Las cosas estaban mal, espantosamente mal, en Tsavixia.
La cantera, los contratos abusivos, la pobreza del sur, el monopolio de las piedras, los jefes que se sucedían uno tras otro sin que cambiara nada, las normas que impedían a los pobres vincularse, los guardias que solo servían para matar y sustentar el poder… Los tsaviences. Los nobles.
Eran los nobles los que estaban mal.
Se dejó conducir, de pronto dócil, mientras perdía su mirada húmeda más allá de todo. Podría haberlos matado. Podría haber destruido la ciudad, en lugar de ocultar sus poderes como un imbécil. Podría haber…
Podía, aún podía, aunque tuviera que vincularse de nuevo. Aunque tuviera que asegurarse de no morir.
Aún podía matarlos a todos. La idea le produjo una tranquilidad extraña, redujo sus emociones a una vibración y acompasó sus pasos, relajó su cuerpo. No importaba a dónde lo llevaran. Lo único que importaba era que, mientras lo mantuvieran vivo, tenía otra oportunidad.
Otra oportunidad para destruir Tsavixia.