Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Eiva.

(Veinte días después del golpe).

Estaba acostumbrada a las hordas. A pensar de prisa, a escapar, a buscar los mejores lugares de una ciudad que conocía como la palma de su mano…

Al menos, el sur. Conocía el sur y, en ese momento, estaban atrapadas en el norte por una estampida infinita de gente que corría en el sentido contrario al que querían correr ellas.

—¡No tiene sentido! —gritó para hacerse oír por encima del escándalo. Tomó a Hedi del brazo, tiró de ella para que se detuviera—. ¡No podremos pasar por ahí!

Las dos miraron, por un instante fugaz, el caos que bloqueaba la entrada. Hedi se giró hacia ella y asintió, pero había preocupación e incertidumbre en sus ojos azules. No tenían idea de qué hacer.

De todas formas, no había tiempo para decidirse.

La sacudida del aire las sobresaltó cuando un dragón aterrizó junto a ellas.

Como si lo hubiera llamado, el bicho la miró a los ojos, solo a sus ojos.

Y chilló con toda la fuerza que su garganta le permitía.

Eiva sintió su grito en los huesos. Lo observó, paralizada.

Escamas amarillas, pupilas de reptil, dientes filosos.

« Atrae a los dragones ». « Atrae la mala suerte ».

Los ojos, tan enormes que podían tragársela con solo un parpadeo, sin necesidad de los colmillos, la observaron con una ferocidad que multiplicó los ecos y las voces en su mente.

Hedi la tomó de la mano y la obligó a correr mientras el bicho chillaba… y corría tras ellas.

—Maldición —murmuró, apretando con fuerza la mano de su amiga.

Corrió tan rápido como podían sus piernas y adelantó a Hedi, la forzó a aumentar la velocidad.

Se giró para mirar al dragón y vio las fauces que se abrían, despacio.

El peso de su cuerpo hacía vibrar las piedras, sus patas cortas corrían más deprisa de lo que parecían capaces.

Algo naranja brillaba dentro de su boca.

Eiva frunció el ceño, miró la pirámide que estaba frente a ellas.

No había nada más alrededor; la plaza era un espacio demasiado abierto, demasiado vacío, con árboles que no podían proteger a nadie y una pirámide a la que no llegarían a tiempo.

El fuego las alcanzaría antes de que pudieran ocultarse. El fuego les derretiría la piel.

Su mente procesó las ideas tan rápido como sus piernas atravesaban el aire. Tensó el rostro con determinación. Era peligroso. Podía salir mal. Pero no tenía tiempo para planear otra cosa.

Tiró de Hedi y luego la empujó hacia la derecha con todas las fuerzas que tenía.

Perdón, pero no hay tiempo para consultar.

La escuchó maldecir y corrió hacia la izquierda, rezando para que el dragón hiciera lo que ella esperaba.

El fuego, una ráfaga corta, atravesó el aire y no lastimó a ninguna de las dos.

Se giró, mientras pasaba junto a la pirámide, y lo vio correr tras ella como si Hedi nunca hubiera existido. Suspiró, aliviada. ¿Y ahora, qué? , se preguntó. Pero no tenía idea. Lo suyo era la improvisación y, a veces, fallaba.

Siguió corriendo y las puertas del palacio comenzaron a atraerla con una esperanza que no tenía sentido. No le abrirían. No le abrirían, pero ¿qué otra cosa podía hacer? No se le ocurrió nada más que seguir corriendo hasta dar de bruces con el portón enorme.

—¡Eiva! —gritó Hedi, aterrada. Se acercaba a ella y al dragón. Se acercaba…

—¡Vete!

Pero no la escucharía. La muchacha se mordió los labios y se giró, le dio la espalda al bicho que la perseguía, para golpear la puerta con toda la fuerza que había en sus manos.

—¡Abran! —chilló, demasiado consciente de lo cerca que estaba de morir. De la sombra del monstruo que se acercaba. De sus pasos vibrando en el piso mientras los gritos de la ciudad llenaban el ambiente—. ¡Por favor! ¡Por favor, abran la puerta!

Se giró justo cuando el sol desaparecía.

El bicho cubrió todo su campo de visión y la muchacha se encontró frente a frente, demasiado cerca, con esas pupilas enormes.

Sus ojos parecían hechos de fuego; naranjas, amarillos, rojos, dependiendo de dónde les diera la luz del sol.

Sus fosas nasales apestaban a humo. Sus escamas se movían con cada aliento que lo obligaba a mover los músculos del rostro.

Por un momento, solo se miraron. La bestia no abrió la boca, el fuego se enfrió en su garganta y su nariz dejó de despedir humo.

Eiva lo estudió, hipnotizada, pero el hilo de razón que aún podía pensar la obligó a retroceder.

Pegó la espalda a la puerta. El acero le golpeó la columna vertebral. Cerrado, implacable.

Abran la maldita… puerta .

El monstruo entornó sus ojos enormes, las escamas de su ceño parecieron arrugadas por un instante. Comenzó a abrir la boca.

—No, no, no —dijo, asustada. No quería morir así. No quería deshacerse entre alaridos mientras el fuego le derretía la piel.

Pero antes de que los dientes quedaran completamente a la vista, un cuerpo pequeño (diminuto al lado del dragón) intentó empujar a la bestia, distraerla y abrirse paso.

El monstruo se giró para mirar a Hedi de reojo. Soltó un gruñido, enfadado, mientras el humo volvía a su nariz.

—¡No! —gritó Eiva.

Pero su amiga ya se había colocado entre ellos. El dragón las fulminó con la mirada y abrió la boca. El fuego las iluminó, les pintó la piel de un color rojizo y aplacó las sombras horrorizadas de sus rostros.

Entonces se desplomaron hacia atrás. Eiva se desplomó hacia atrás, más bien, y atinó, apenas, a aferrar la camisa de Hedi en un instinto guiado por el pánico.

Se metieron en las sombras, como si se metieran en las fauces de algún otro monstruo.

Fauces más oscuras. Más frías. La puerta se cerró frente a ellas mientras las dos caían al piso, la luz del sol quedó afuera y las rodearon las penumbras.

Un rugido enojado, del otro lado del acero, les erizó la piel.

Se miraron, sorprendidas, como si intentaran asegurarse de que no se habían muerto. ¿Qué…? Eiva se giró y vio a alguien que las estudiaba. Un hombre. Y un lobo.

El joven que las había dejado entrar se agachó frente a ellas, con un brillo extraño en los ojos. La luz de las antorchas resplandecía en su cabello rubio y enrojecía el verde en su mirada.

Extendió una mano que la tomó por sorpresa, le corrió el flequillo mientras Eiva se estremecía. Había algo extraño en sus ojos. Algo… malo. Cuando sus dedos rozaron la cicatriz, él no se espantó; no retrocedió, como hacían todos. Por el contrario, su mirada emitió un brillo divertido.

—¿Quieren trabajar aquí? —preguntó. Se puso de pie despacio, las observó desde arriba—. ¿O las devuelvo a la plaza?

—Nos quedamos —dijo Hedi, aún agitada por el miedo.

Parecía la respuesta lógica. Y, sin embargo, Eiva tuvo una sensación extraña mientras lo observaba sonreír. Una presión en el pecho le sugirió que, tal vez, podían tener más suerte con la horda de dragones. Que, tal vez, aquel hombre fuera peor que el fuego.