Capítulo 14
Yail.
(Veinte días después del golpe).
La puerta que dividía el norte del sur estaba cerrada.
Solo se cerraba antes de las hordas; los guardias, los últimos en refugiarse, se encargaban de retener la estampida de nómades el tiempo suficiente como para que los norteños pudieran asegurarse en sus casas y trabar sus puertas.
Puertas que eran a prueba de dragones, pero también de personas desesperadas.
Los trabajadores de la cantera se sumaron a la confusión y al caos. Entre ellos y el norte había una pequeña multitud que empujaba y se aplastaba a sí misma, además de un grupo de guardias y un portón.
—No nos ha avisado —dijo uno de ellos, pálido, por debajo de los gritos que aturdían la ciudad—. Se ha enterado y no nos ha…
—Lo ha hecho a propósito —murmuró el adolescente. Alguien lo había cargado en su espalda, la sangre goteaba de su pantalón.
Yail tensó la mandíbula y comenzó a abrirse paso en medio de la multitud.
Los demás intentaron seguirlo, pero era casi imposible hacer espacio en aquella estampida atorada que parecía a punto de explotar, implosionar o fundirse en una masa de pánico.
El joven empujó con fuerza y consiguió acercarse al cordón de guardias que contenía a la multitud.
Una multitud estúpida que solo empujaba.
Por encima de su cabeza, aún volaba una lechuza. Sería muy fácil si usaba sus poderes. Una mano invisible y el portón estaría abierto; un empujón y la fila entera trastabillaría para dejarlos pasar.
Pero usar sus poderes en público significaba suicidarse.
Solo tenía su cuerpo. Lo usó para abrirse paso un poco más y, cuando alcanzó a los guardias, empujó a la gente para generar espacio.
Consiguió mover el hombro. Asestó un puñetazo firme y demasiado rápido al hombre que estaba frente a él, y el cordón de seguridad se partió enseguida.
Avanzó antes de que reaccionaran los demás y corrió a abrir la puerta para no morir aplastado entre los empujones.
Consiguió alzar al pestillo enorme justo cuando la marea de personas chocaba con su espalda; la estampida se derramó y muchos cayeron al suelo.
El flujo entre el norte y el sur se reanudó con la velocidad del caos.
Cuando el primer chillido rasgó el aire desde las montañas, ese caos se llenó de gritos.
Yail se apartó y corrió hacia la mansión del hombre que les había prometido refugio.
Atravesó varias calles vacías. Los norteños se habían refugiado con sus animales y no asomarían la cabeza hasta después de la horda, cuando el gobierno hubiera limpiado y los muertos y destrozos fueran una ficción improbable, descartable, sin importancia.
Se detuvo frente a otra puerta de acero. Creyó oír, filtrado entre los gritos que llegaban desde todos lados, el sonido sutil de las risas. Niños riendo mientras otros niños morían. Una familia en un día normal.
El chillido largo de una bestia, más grave y cercano, lo ahogó todo. Yail se estremeció cuando una sombra enorme voló sobre él, pero no alzó la mirada.
Se arrojó sobre la puerta y golpeó, tan fuerte como pudo. Los sonidos del interior enmudecieron y el silencio de las casas vacías rodeó las paredes de piedra como una burbuja protectora. Pero la casa no estaba vacía. Yail golpeó otra vez, hasta sentir que los huesos de su mano se agrietaban.
—¡Tenemos un contrato! —gritó, mientras los demás trabajadores llegaban a donde estaba él—. ¡Abre la puerta, hijo de puta!
Se sumaron de a uno: una mujer comenzó a golpear, un hombre a dar patadas, y los gritos se superponían unos a otros. La rabia y el miedo vibraban en cada golpe, en cada voz.
—No sirve de nada —dijo alguien.
Solo conseguían hacer ruido. Un ruido ensordecedor, pero ruido en fin.
—Nunca fue su plan cumplir con el contrato —dijo el adolescente, entre las lágrimas y la resignación, mientras la persona que lo había cargado lo apoyaba en el piso.
—No puede hacer esto —masculló Yail, pateando la puerta. La rabia encendía sus venas y contraía su rostro en una mueca de desprecio.
—Pueden hacer lo que se les dé la gana —dijo otra mujer, extrañamente tranquila—. Mientras sean los dueños de las canteras, serán siempre los dueños de Tsavixia.
—Trabajamos durante todo el mes…
—No puede dejarnos morir así…
Más sombras pasaron sobre sus cabezas y, esta vez sí, Yail alzó los ojos hacia el cielo.
Recortados en la luz del día, los dragones parecían un poco más oscuros.
Algunas escamas doradas brillaban con el sol, otras permanecían ensombrecidas.
Los chillidos llenaron el aire y los monstruos descendieron sobre cada rincón de la ciudad.
Preocupado, miró a la lechuza que continuaba girando sobre ellos y formaba un halo ansioso. Por medio del vínculo, Yail sintió que lo incitaba a usar sus poderes. No , dijo en silencio hacia ella, mientras las contradicciones le apretaban el pecho. Moriremos los dos .
De todas formas, probablemente murieran los dos. El joven ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había pasado una horda sin refugio. Al menos, después de la muerte de su hermano.
No tuvo mucho tiempo para pensar. Un dragón se detuvo sobre el techo de la casa, hizo vibrar el aire de pronto y los tomó por sorpresa.
Chilló, casi como si avisara a los demás que había encontrado carne.
Las escamas eran ligeramente rojas, como si anticiparan fuego, y sus fauces eran enormes.
Todo en él era enorme. Sus dientes parecían cuñas afiladas de hierro blanco, sus fosas nasales despedían un humo sutil y sus ojos…
Había fuego brillando en el fondo de esos ojos, un fuego rabioso y enfadado.
Mientras otros dos volaban a su alrededor, el monstruo abrió la boca.
—¡Cuidado! —gritó Yail, antes de arrojarse lejos.
Una bocanada de fuego iluminó la calle y arrancó gritos desesperados. El olor a piel quemada llegó hasta su nariz, los gritos le penetraron los huesos y el calor se metió en las piedras hasta quemarle las palmas de las manos.
Se giró, incorporándose. Vio con horror los tres cadáveres negros que habían recibido la flama, vio los cuerpos agonizantes que se arrastraban mientras el fuego seguía quemándoles la piel. Los alaridos lo paralizaron.
El muchacho lloraba desde el rincón del que no podía moverse, intentaba arrastrarse sin éxito. Una de las mujeres se había apartado hacia el otro lado y tenía un brazo roto. Un hombre de mediana edad intentaba apagar el fuego de sus compañeros. Yail no podía pensar. Solo veía.
Los dos dragones que sobrevolaban aterrizaron en la calle y cerraron las alas con incomodidad, apretados por la estrechez de los caminos. Se acercaron para devorar lo que no habían hecho carbón. El monstruo del techo chilló otra vez. Los cuatro sobrevivientes estaban encerrados.
Desde el interior de la casa volvió a resonar la risa.
La chimenea desprendía humo y el olor del almuerzo se confundía con el olor de la piel quemándose.
Las risas se confundían con los gritos. Adentro y afuera estaban a una pared de distancia y, sin embargo, parecían mundos completamente distintos.
Yail miró a su alrededor, mientras algo chillaba en el cielo, algo que no era un monstruo.
¿Cuántas familias almorzaban mientras la gente como ellos moría devorada por dragones?
¿Cuántos niños reían? ¿Cuántas personas ignoraban los gritos como si no existieran?
Una a una, miró las casas que los rodeaban.
La piedra inmóvil. Silenciosa. Tranquila.
La piedra en medio del fuego, la sangre y los gritos.
Yail apretó los dientes mientras la rabia le ardía en el pecho y en los ojos.
Retrocedió para alejarse del dragón que lo cercaba, mientras los pocos que aún podían caminar hacían lo mismo.
Pero el muchacho ni siquiera conseguía arrastrarse.
El monstruo lo alcanzó sin necesidad de darse prisa.
Mostró los dientes, y el sollozo humano resonó en todas las piedras de la calle.
Abrió la boca, mostró el filo de sus fauces, el olor del fuego pintó su garganta.
Y, otra vez, un chillido. Un chillido que no era de ellos.
Los goznes de la puerta se destrozaron, de pronto, como astillas.
Yail tuvo que usar todas sus fuerzas mientras la lechuza descendía hacia él para fortalecer el vínculo y aterrizaba en su hombro.
El acero se movió, como si un gigante lo hubiera alzado con dos manos invisibles, y se interpuso torpemente entre el dragón y su comida.
Justo a tiempo. Las llamas golpearon el metal y se abrieron como una flor, los pétalos rojos empujados hacia los costados de la placa que también comenzaba a enrojecerse.
Yail gritó. El precio de sus poderes era sentir en la piel lo que hacía con la mente. Él era el aire que empujaba la puerta y resistía. Él hacía un esfuerzo sobrehumano para mantener el acero suspendido, para aguantar el calor que llegaba lentamente y lo hacía arder por dentro.
No fue el único que gritó. Los dueños de la casa, los sirvientes, el muchacho que se tapaba la cabeza, toda la calle gritó al mismo tiempo que él.
La ráfaga de fuego se apagó y dejó solo una brisa caliente. La puerta se cayó con un estruendo y asustó al monstruo. Todos los ojos que había alrededor se clavaron en Yail, borrosos, movidos, multiplicados…
¿Qué había hecho? Sintió las patas del animal en el hombro, sintió el vínculo que tiraba de él para mantenerlo consciente. Pero las cosas giraban y se ennegrecían y, poco a poco, su cuerpo comenzaba a perder el equilibrio.
¿Qué acababa de hacer?
Vio sombras. Algunas que entraban a la casa, otras que se acercaban a él. Escuchó más gritos, peleas.
—Vete —susurró a su lechuza, con la poca fuerza que le quedaba. Cayó de rodillas, mientras la angustia y el miedo lo consumían por dentro—. Nos… matarán a los… dos.
Todo se volvió negro, y apenas sintió el golpe cuando su cabeza se estrelló con el piso.