Capítulo 13
Eiva.
(Veinte días después del golpe).
La hija del mapache extendió una mano hacia ella y le corrió el flequillo de la frente. Compuso una mueca de repulsión y apartó los dedos de prisa, como si pudiera quemarse solo por estar cerca.
—Vete —dijo y se dispuso a cerrar su portón de acero, a encerrarse detrás de sus paredes de basalto, en la seguridad de su casa enorme.
Eiva interpuso medio cuerpo en la entrada y la mujer retrocedió, como si la muchacha padeciera algo extremadamente contagioso.
—Por favor —dijo ella, intentando despertar una empatía que no encontraba—. Podemos hacer cualquier trabajo, estamos perfectamente sanas y necesitamos un refugio.
—Eres una hija del abismo —murmuró, recuperando el control de la puerta—. Nadie te contratará. Deberían haberte asesinado al nacer…
Eiva abrió la boca para insistir, pero el portazo la interrumpió y la dejó a solas con una puerta muda.
Inhaló hondo, bajó la mirada y soltó un suspiro.
Ya había dejado de contar cuántas veces la habían rechazado.
Con un rictus de amargura pintado en el rostro, y los hombros caídos, se dirigió a la plaza principal.
Había demasiado sol. Los colores brillaban intensamente, como si quisieran molestarla, y los tsaviences caminaban por aquellas calles de piedra con la cabeza bien erguida. Después de todo, se consideraban dueños del suelo. Del río. Y del bosque.
Ella también era tsavience, en realidad; vivía en Tsavixia tanto como ellos, aunque fuera del lado equivocado del muro.
Pero el gentilicio estaba determinado por el color de la piel y la forma de los ojos.
Y, en el caso de ella, también por una cicatriz: Eiva no pertenecía a ningún lado.
Incluso los animales parecían mirarla por encima del hombro y con desprecio.
Hija del abismo , murmuraban sus ojos con desaprobación.
Cuando llegó a la pirámide, el punto de encuentro que habían acordado, halló a Hedi tan rápido como si fuera lo único en el mundo.
Cualquiera lo habría hecho. Su cabello brillaba como si estuviera tejido con rayos de sol, y su sonrisa combinaba de forma maravillosa con el cielo diáfano y los colores fuertes que tanto la habían irritado y, de pronto, no estaban tan mal.
Solo después de varios segundos notó que no estaba sola. El mal humor se había esfumado de sus hombros, pero la invadió una ansiedad más fría, más aplastante. Un hombre la estaba haciendo sonreír. Un tsavience de verdad. Un noble.
Se quedó allí, paralizada, mirándolos sin saber qué hacer. No podía acercarse. Si lo hacía, aquel joven saldría de allí espantado, con una expresión de asco y horror, murmurando hija del abismo como todos.
Pero, si no se acercaba, ¿qué podía hacer? No tenía a dónde ir. Hedi era como un hogar andante; Eiva siempre regresaba a ella como si, al final del día, regresara a un lugar en donde sí la aceptaban.
Los observó, de hito en hito, y vio más que una conversación.
Vio a la muchacha en un ambiente en el que encajaba muy bien.
Rodeada de piedras, de nobles, de gente que no la pondría en peligro por el simple hecho de estar a su lado.
Esa era la vida que podía tener. Era la vida que atraía cuando no estaba con ella.
Pero cuanto más imaginaba, más sentía que un miedo insoportable le mordía el estómago. Por eso no se movió, no retrocedió, no se fue. No quería irse.
Como si sus pensamientos fueran gritos o su miedo algún tipo de olor, Hedi por fin alzó el rostro hacia ella. Sus ojos se iluminaron y una mano feliz se alzó para saludar. Eiva avanzó, por instinto.
El joven tsavience se giró para mirarla. Lo primero que vio (a una nómade , como los llamaban ellos) marchitó su sonrisa, y lo segundo (la cicatriz en su frente) le robó el color del rostro.
—Lo… Lo siento —dijo, mientras la joven se acercaba—. Tengo algo que hacer…
Hizo una reverencia corta, sin mirar a Hedi, sin quitarle los ojos de encima al peligro, y se alejó. La muchacha lo observó de reojo, indiferente. Eiva soltó un suspiro.
—Sabes que nunca podrás conocer a nadie si estás a mi alrededor, ¿verdad?
—Deja de hacerte responsable por todo —gruñó, y su atención se perdió un instante en una mariposa que volaba hacia los árboles—. ¿Qué tal si nos vinculamos y nos largamos de aquí? Los hijos de la mariposa podemos hacer brotar cualquier cosa en cualquier parte.
Eiva alzó las cejas, preguntándose por qué el rumbo estúpido de la conversación. En realidad, sabía por qué.
—Los del sur no podemos vincularnos…
—Por eso la parte de largarnos de aquí…
—… y, aunque fuera tsavience, los hijos del abismo no tenemos un dios al que vincularnos.
—Lo sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero podríamos largarnos de todos modos.
Eiva ladeó los labios en una mueca mientras Hedi evadía sus ojos.
—¿No me preguntarás cómo me fue?
Su amiga la observó por un instante, con una sonrisa triste. Suspiró, y el silencio flotó entre ambas durante unos segundos.
—No necesitamos un refugio —dijo—. Podemos seguir sobreviviendo como lo hemos hecho siempre. Los nobles tratan a sus sirvientes como si fueran cosas. Tu madre…
—Hedi…
—A tu madre…
—Hedi —interrumpió, buscando los ojos que huían de los suyos—. Lo sé mejor que nadie. Pero que no hayamos muerto hasta ahora no quiere decir que…
Sus palabras se ahogaron en el estruendo que sacudió a toda la ciudad. Todos dejaron de moverse y el silencio, después del aviso, fue estruendoso. Toda Tsavixia se detuvo a esperar, con la esperanza de que hubiera sido un error.
Pero un segundo cuerno atravesó el aire y las dos muchachas, tensas, se giraron a observar los techos de los templos. En orden, los avisos resonaron desde cada rincón de la ciudad, y la gente reaccionó de prisa.
—¿Dos meses, habías dicho? —murmuró, observando el cielo mientras su estómago se congelaba.
—No puede ser.
—Tal vez las hijas de la arpía hayan acertado —dijo, con un presentimiento en la garganta. Una sensación, la imagen de una ciudad destruida, una ansiedad extraña—. Tal vez la historia de Tsavixia esté llegando a su fin.