Capítulo 12
Yail.
(Veinte días después del golpe).
Colocó el martillo sobre la cuña y, con un golpe preciso y fuerte, el trozo de basalto se desprendió de la cantera. Cayó sobre la tierra arenosa con un sonido seco, ahogado. Yail lo recogió, lo cargó sobre sus hombros y se dirigió hacia la montaña de cascotes que luego habría que entallar.
De todos los sitios en los que había trabajado, Yail detestaba la cantera.
El sol resecando la piel, el calor penetrando en la ropa, el peso de la piedra…
Pero no era el trabajo en sí lo que detestaba, ni la cantera, ni los gritos del dueño que cada tanto metía las narices en algo que ni siquiera comprendía.
Lo que odiaba era el muro alrededor, los soldados custodiando, la certeza de que todas esas piedras bastarían para hacer de Tsavixia una ciudad segura.
Segura para todos. Y, sin embargo, Yail no volvería a ver basalto hasta el próximo mes de extracciones.
Ninguno de ellos lo haría. Las piedras nunca iban al sur.
—¿Quieres dejar de quejarte y volver a trabajar? —le gritó el supervisor (ese día, uno de los dueños en persona) a un muchacho que se sujetaba el pie—. Si te veo holgazaneando un minuto más, estás fuera. Y tú…
Se giró hacia otro de los trabajadores y continuó dando lata, como si dar órdenes y soltar insultos lo hiciera un poco más noble, más dueño de todo eso que ellos nunca tendrían.
Se erguía con arrogancia, portaba su liebre como un estandarte de heroísmo.
Yail apretó la mandíbula y se esforzó por no mirarlo, por no escuchar sus gritos, mientras dejaba el trozo de roca y volvía para extraer más.
El hombre lo estudió con los ojos entornados mientras pasaba junto a él.
Como si buscara un defecto, algo que criticar, un motivo para seguir gritando.
Yail le echó una mirada de reojo en el momento en que el hijo de la liebre abría la boca.
Viera lo que viera, la cerró enseguida. Retrocedió un paso por instinto y buscó a otra persona a la que molestar.
—¿No te he dicho que volvieras al trabajo? —gruñó, mirando al muchacho que se había sentado.
Intentó incorporarse, con lágrimas en los ojos, pero no pudo; solo consiguió arrancarse una mueca de dolor mientras el miedo le inundaba el rostro.
—Creo que me he roto el pie —murmuró.
Quebrarse un hueso significaba no trabajar, y no trabajar significaba quedarse sin refugio para la próxima horda.
—Mocoso estúpido —gruñó, avanzando hacia él con determinación—. ¿Crees que puedes dejar el trabajo por la mitad? Tengo los hombres contados. Así que ponte en pie, me da igual si los tienes los dos rotos.
Cuando el adolescente lo observó con los ojos muy abiertos, sin saber qué contestar, el dueño de la cantera se inclinó y lo alzó por la camisa. Se incorporó instintivamente y soltó un grito cuando se apoyó en el hueso roto.
Yail sujetó su martillo y su cuña e intentó volver a trabajar, pero los sonidos lo distraían. Miró de reojo cómo el hombre soltaba la primera bofetada.
—Lo siento, señor —murmuró, luchando una batalla perdida con las lágrimas—. Pero me duele, duele mucho, no puedo…
Otra bofetada lo interrumpió.
—¿Quieres que te haga azotar en lugar de picar piedras? No necesitas estar de pie para eso.
Hizo un gesto y dos soldados dejaron la formación alrededor de los muros de la cantera. Yail soltó la cuña, observó el martillo.
—No, no, por favor, solo déjeme irme a casa —dijo, con voz rota.
—No puedes irte, tienes contrato por un mes. Trabajes o no, eres mío. Y si no trabajas por una molestia en el pie, te haré aprender lo que es el dolor.
Cuando uno de los guardias se acercó para aprehender al muchacho que temblaba, un cuerpo se interpuso; una sombra larga, extrañamente oscura, se proyectó sobre él y enfrentó al soldado. Yail balanceó el martillo que sostenía sobre su hombro y clavó unos ojos congelados en el noble.
—¿Por qué no averiguamos si un hueso roto es solo una molestia en el pie? —masculló.
El hijo de la liebre frunció el ceño y esbozó un gesto de aprensión confundida.
El aire se tensó y esa tensión se expandió, detuvo el trabajo, atrajo los ojos que había alrededor.
Parecían preguntarse quién era aquel hombre que se veía ansioso por echar abajo toda la cantera. Y, tal vez, toda la ciudad.
—¿Qué…? —preguntó el noble, con una ceja alzada. Pero lo interrumpieron.
—¡Señor! —gritó un soldado que corría hacia ellos.
El hijo de la liebre tardó en desviar los ojos de Yail, pero, cuando lo hizo, la tensión del aire fue lo único que se hizo pedazos. El joven pareció decepcionado, a pesar de la voz en su cabeza que lo acusaba de idiota y de impulsivo.
El soldado se detuvo junto al noble y se acercó para susurrar algo en su oído.
La palidez de uno pasó al rostro del otro como si se contagiaran; se miraron, como si algo estuviera mal, horriblemente mal, y el dueño de la cantera se olvidó de Yail.
La discusión parecía nunca haber existido.
Miró alrededor, casi… asustado. Hizo un gesto torpe hacia ellos.
—Trabajen —masculló.
Se giró, su liebre tan inquieta como él, y se dirigió a la salida. El joven alzó una ceja y esperó a que alguna explicación cayera del cielo, pero solo obtuvo un silencio tenso entre los demás trabajadores y… un pájaro.
La gente retomó las tareas, demasiado concentrados en subsistir como para dar importancia a una pelea que ni siquiera había sucedido o a un muchacho que no podía trabajar.
Pero Yail se mantuvo en su sitio, congelado.
Entornó los ojos y miró el pájaro que surcaba el cielo, dando vueltas como si buscara algo. O a alguien.
Tensó la mano en un puño y sintió cómo se le enfriaba la sangre en las venas a pesar del calor. La lechuza clavó los ojos grandes en él y continuó dando vueltas.
—Gracias —dijo el adolescente, mientras se sujetaba el pie. Inconscientemente, siguió los ojos oscuros que se clavaban en el cielo—. Pero cuando regrese, nos matará a los… ¿Qué es eso?
Yail despertó de su ensimismamiento, tan irritado como asustado, y dejó caer el martillo. Miró a su alrededor, buscó algún rastro de alarma o curiosidad; pero no encontró más que concentración entre los trabajadores y fatiga entre los soldados.
No seas paranoico , se dijo, intentando acallar los latidos cada vez más rápidos de su corazón.
—¿Una lechuza? —continuó el muchacho, no obstante, y Yail lo fulminó con la mirada para después hacer lo mismo con aquel bicho estúpido—. ¿Una lechuza volando justo bajo la luz del sol?
—Regresa a tu casa, niño —dijo, con hostilidad, mientras le daba la espalda y se dirigía a la salida.
—No soy un niño —dijo él, molesto—. ¿Cuántos años crees que tienes?
Pero Yail ya no lo escuchaba. Apretaba los puños y bloqueaba la ansiedad que le llegaba desde un cuerpo ajeno. Antes de que pudiera pasar por la puerta, un soldado le bloqueó el paso con una mano firme. Lo observó con desprecio y desconfianza. Como si no fueras tan esclavo como yo .
—Aún no terminó el día de trabajo.
Yail no se molestó en mirarlo. Estaba demasiado preocupado por otra cosa como para sumar problemas; solo necesitaba salir. Urgentemente. Se llevó una mano a la boca y se inclinó, actuando tan bien como podía. Apuntó hacia el guardia.
—Un segundo… —murmuró—. Tengo que… vomitar…
La mano que lo bloqueaba se apartó enseguida y el hombre lo dejó pasar con un gesto asqueado.
Yail atravesó la puerta y caminó con la mirada baja, en parte para continuar fingiendo, en parte para no ver los edificios del norte hechos con la piedra que él extraía todos los meses.
Para no ver a los tsaviences, que se apartaban de él como si temieran contagiarse su suciedad o su pobreza.
No tenía tiempo para ponerse de mal humor o pelearse con alguien. Tomó los callejones más oscuros que encontró a su paso hasta que la gente desapareció de su camino y se encontró solo con paredes y sombras. Se detuvo, se aseguró de que nadie lo observaba y, lentamente, extendió un brazo.
La lechuza descendió del cielo de pronto, sin necesidad de señales, y se detuvo frente al ceño fruncido del joven con el que estaba vinculada.
—¿Estás demente? —preguntó, con un susurro casi sólido—.
¿Una lechuza volando sobre mi cabeza a plena luz del día?
¿Quieres que nos maten a los dos? Solo ellos pueden vincularse.
Si descubren que un sureño ha roto las normas, lo cuelgan de los postes para que lo devoren los dragones. ¿Cuántas veces…?
La lechuza chilló, penetrándolo con sus ojos enormes para que se callara. Había urgencia en esos ojos. Había ansiedad y miedo. Cuando Yail hizo silencio y dejó a un lado su irritación, ella chilló una vez más.
El joven dejó de bloquear el vínculo y la información lo alcanzó de una forma que estaba más allá de las palabras. Su ceño fruncido fue reemplazado, lentamente, por dos ojos muy abiertos y una expresión tensa, grave. Ansiosa.
—No puede ser —murmuró, pero la lechuza ululó y luego soltó un graznido. Yail pensó en el rostro pálido del hijo de la liebre—. No puede ser. Ha habido una horda hace dos semanas. La ciudad no está lista para…
Pero la única respuesta que obtuvo fue un silencio grave y unos ojos atentos, indiferentes, que lo incitaban a buscar refugio.