Capítulo 11
Renax.
(Siete días después del golpe).
—Alto ahí.
Renax se detuvo en seco, instintivamente, justo antes de morder la manzana que acababa de robar con mucho esfuerzo y una gran dosis de pánico. Nunca había robado, en toda su vida. Pero nunca había pasado casi una semana sin comer, tampoco.
Se giró solo lo suficiente como para ver, de reojo, al hombre que acababa de hablar.
Vio el color del uniforme y tuvo que esforzarse para contener una maldición.
Las hijas del tigre no maldecían. Las hijas del tigre que no pasaban una semana sin comer, al menos, no maldecían.
¿Su madre le habría permitido un insulto sutil y discreto a todos los dioses de Tsavixia en esa situación?
Renax razonó tan rápido como pudo mientras el soldado se acercaba a ella.
Tal vez la hubiera seguido por haberse robado la manzana, o tal vez la había reconocido.
Fuera como fuese, acabaría encerrada. Pero ¿podía correr más rápido que él y volver al bosque?
Acabaría con el rostro enterrado en el suelo y, al final, encerrada.
Además, prefería no correr. Ya había roto el decoro lo suficiente para toda una vida.
Se había recogido el cabello una vez más y todos los días, antes de acostarse a dormir entre las raíces, sacudía su vestido rajado para mantenerlo lo más limpio posible.
Quizás fuera estúpido, pero esas costumbres eran lo único que le quedaba de su casa.
Cuando una mano se estiró hacia ella para sujetarle el hombro, Renax se giró antes del contacto físico. Enfrentó al soldado y, por las dudas, dio un mordisco a la manzana antes de que pudiera quitársela. Moría de hambre.
El hombre la observó con atención, con el rostro pintado por las sombras del atardecer.
El ardor constante en el brazo le recordó que debía esconder la mano derecha; el tatuaje negro palpitaba como si quisiera gritar que estaba allí.
Lo metió tras su espalda, con discreción, pero fue inútil.
La mirada se había iluminado. Dio un paso más hacia ella.
—Eres tú —dijo, como si hubiera encontrado algo que llevaba buscando por décadas. Algo que buscaba toda la ciudad.
Renax maldijo en silencio y luego se retractó de sus palabras como si pudiera tacharlas mientras retrocedía.
Las hijas del tigre no maldecían, no corrían, no arrojaban cosas a los soldados en el rostro.
Y, sin embargo, ella hizo todo eso; la manzana se estrelló contra la nariz del hombre y la joven echó a correr hacia el bosque que llevaba días protegiéndola.
Pero, esta vez, la siguieron. El hombre, que sí podía, maldijo en voz alta y llamó para pedir refuerzos. En pocos segundos, los pasos que corrían tras ella se habían multiplicado. No te voltees, no te voltees , se dijo, esforzándose por acelerar y girar en los callejones correctos.
Era rápida. Tropezaba con facilidad, poco acostumbrada a las carreras, a nada que no fuera caminar como un pingüino estúpido (se arrepintió por ese pensamiento). Pero, aunque era mal momento para descubrirlo, era tan rápida como si sus piernas estuvieran hechas para atravesar el viento.
En un minuto, alcanzó la linde del bosque y se introdujo entre matorrales y troncos. Entonces sí se volteó. A través de las ramas, recortados en las hojas verdes, vio los cuerpos que se acercaban para seguirla.
Apretó los labios, con los ojos humedecidos por la frustración y el hambre, y siguió corriendo y esquivando las raíces.
—¡Detente! —le gritaron, pero Renax los ignoró—. ¡Tarde o temprano te atraparán, muchacha!
Pues prefiero que sea tarde , pensó, girando y derrapando para esquivar troncos y alejarse del sonido que la perseguía como una sombra larga.
Una vez más, la asaltó un recuerdo que había olvidado.
Imágenes borrosas del bosque, de Ivax, de una infancia en la que había jugado, antes de que la encerraran para enseñarle a comportarse.
Todo seguía igual. Las ramas de los árboles, la tierra húmeda, las hojas secas entre sus pies descalzos…
Como si lo conociera de memoria, y aquello no fuera simplemente un recuerdo ennegrecido por los años, atravesó todo lo que había a su paso sin dificultad.
Tampoco le costó mantener el ritmo. A pesar de lo vacío que estaba su estómago y de lo mucho que ardía su brazo, las fuerzas no la abandonaron en ningún momento.
Si la atrapaban, después de todo, tendría que volver al palacio. Con su esposo, con el lobo menor cuyo nombre no conocía, con la familia que había asesinado a sus padres. El miedo no le daba la oportunidad de perder fuerzas; habría corrido hasta el final del mundo si hubiera sido necesario.
Estuvo cerca de correr hasta el final del mundo. En algún momento, el color rojizo del atardecer perdió saturación y luminosidad y todo el bosque se convirtió en una gran sombra. Entonces se dio cuenta de que ya no escuchaba los pasos a sus espaldas.
Se detuvo y se inclinó para recuperar el aliento; apenas veía sus propios pies en la penumbra.
Prestó atención a los sonidos del bosque, pero solo consiguió oír el ulular de los búhos y el susurro macabro del viento en las hojas de los árboles.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras alzaba la vista y no veía más que sombras.
¿Dónde estaba? Se giró para mirar sus pasos y una rama le rasguñó el rostro. Intentó distinguir la luz de Tsavixia a través del follaje, se esforzó por oler las grietas de fuego, por encontrar alguna señal que le indicara algo. Pero solo había… sombras.
Volvió a sentir que la ansiedad se solidificaba en su estómago, sus manos comenzaron a temblar. Volvió a sentirse una muchacha inútil, sola, que lo había perdido todo y no tenía idea de qué hacer.
Mañana, con la luz del sol… Un pájaro dejó las ramas de un árbol y la sobresaltó cuando pasó sobre su cabeza.
Renax dio un paso hacia atrás, tropezó y continuó temblando en el suelo.
Si es que llego viva a mañana , pensó, imaginando la cantidad de animales salvajes que podían esconderse detrás de las sombras. Pumas, tigres…, lobos.
Y, aunque llegara a ver la luz del sol, sana y salva, ¿entonces qué?
Tsavixia estaba repleta de soldados. Volver significaba regresar a la boca del lobo.
El hambre y la rabia, aquellos días, habían apagado un miedo que volvió, más asfixiante.
Notó, recién entonces, lo cerca que había estado de que la capturaran.
« Cuando mi hermano termine contigo…» . Se abrazó las rodillas y apretó los labios, mientras la angustia se le clavaba en la garganta.
Tenía miedo, sueño, hambre y sed. Apenas había conseguido dormir y todas las horas de sueño habían sido horas de pesadillas.
Su padre cayendo, los lobos rasgando carne, Dan…
Madre… , llamó, pero solo le respondió el viento y en un idioma que no comprendía. Que parecía reírse, susurrar como una serpiente venenosa, como la mujer enmascarada que había asesinado a su padre. Muertos. Todos muertos. Nadie le respondería.
Se preguntó dónde estaría Ivax, si es que estaba vivo todavía. ¿A dónde iban los héroes cuando se los necesitaba? La angustia, poco a poco, se mezcló con algo más oscuro.
—Mamá… —llamó de nuevo, desesperada, con la voz rota.
Muerta. Su madre estaba muerta y toda su familia estaba muerta y su casa había desaparecido y ella…
Retiró la daga de su tobillo, donde había estado guardándola todos esos días, y observó el metal opaco entre las sombras.
Podía terminar con todo tan rápido, tan fácilmente, que la idea la estremeció.
Para una hija del tigre es mejor morir que vivir en la deshonra .
Otra frase de su madre (se preguntó si para eso era el regalo de cumpleaños), otra frase que Renax no obedecería.
Ella tenía su propia regla: no morir. Las demás, las había violado todas.
No correr, no sonreír, no rehuir miradas, no mirar, no hablar primero con un hombre a solas, no dejar que la tocaran, no avergonzarse en público, no maldecir, no responder a los mayores, no soltarse el cabello, no ensuciarse, no…
Apretó los dientes, mientras lágrimas de rabia asomaban a sus ojos y convertían todas las sombras en una misma mancha. La ira volvió a espantar al miedo y la joven apuñaló la tierra con todas sus fuerzas, como si eso pudiera arreglar algo, matar a alguien, callar su propia voz.
El sonido del viento la irritó, los búhos la irritaron, el ardor constante en la cicatriz negra que le había dejado su boda la hizo hervir de rabia. Llevaba todo el día doliendo como si fuera una marca hecha con la lava del volcán.
Estaba sin comer, sin dormir, sucia y cansada. Y, aun así, se había tomado el tiempo de sujetarse el cabello y limpiaba su vestido todos los días antes de perseguir desesperadamente el sueño.
Apuñaló la tierra una vez más, llevó el cuchillo a su cabello y rasgó el lazo que lo mantenía ordenado; los rizos se abrieron y llovieron para enmarcar su rostro.
El viento lo despeinó. ¿Qué importaban las órdenes de su madre?
Su madre estaba muerta. La había dejado sola con un montón de indicaciones que no servían de nada.
Apuñaló la falda de su vestido, gruñó y desgarró la tela con rabia. Refregó los jirones en el suelo, golpeó la tierra, gruñó por segunda vez.
—Maldición —susurró, y una parte de ella se sintió culpable. Se sintió como si estuviera haciendo algo terrible.
Eso la enfadó aún más. Dejó que toda la angustia, el miedo y la rabia se acumularan en su estómago y lo incendiaran. Encogió los hombros antes de gritar, con todas sus fuerzas.
—¡Maldición!
Y entonces se echó a llorar y a reír al mismo tiempo mientras soltaba la daga y volvía a abrazarse las rodillas.
No regresaría a la ciudad. Atravesaría el bosque, aunque eso le llevara media vida, aunque eso fuera mucho más peligroso que meterse otra vez en la madriguera de los lobos. No regresaría a Tsavixia jamás.
Desde lejos, un coro de aullidos rasgó el aire.
Un coro de aullidos le atravesó la piel.