Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Asintió con la cabeza, mientras las ganas de asesinarlo luchaban contra las ganas de pedirle por favor que, por un instante, volviera a ser el mismo de siempre.

Habría dado cualquier cosa por sentir que aún le quedaba alguien en el mundo.

Respiró hondo, soltó un suspiro y no hizo ninguna de las dos cosas.

El agarre en la cadena también se aflojó.

El cubo imaginario de agua fría le caló los huesos y terminó de robarle todas las fuerzas.

—¿Sabes? —dijo, con un murmullo débil—. Siempre pensé que, si tenía que confiar en una sola persona en el mundo, esa persona serías tú.

Miró con atención cómo sus palabras producían efecto. Cómo el cuerpo del soldado se tensaba, los ojos se abrían, la mandíbula se torcía en un gesto de disgusto. Un brillo que parecía dolor asomó detrás de su mirada, pero enseguida el desprecio apagó lo demás y la rabia regresó para cubrirlo todo.

Esta vez, no lo ahogó el grillete. Jedien apretó su cuello con firmeza y lo fulminó con una mirada cruel.

—Siempre te has creído mejor que los demás y no eres más que un imbécil —masculló, con otra sonrisa crispada—. Si hubieras visto lo que había a tu alrededor en lugar de ser un egocéntrico, entonces tu familia estaría viva.

Ivax tensó el rostro, mientras las ganas de matarlo superaban cualquier dolor y la impotencia le atravesaba la garganta. El hecho de que tuviera razón lo hacía odiarlo más, lo lastimaba el doble.

Jedien aflojó el agarre, pero no lo soltó. Lo miró con un desdén malicioso.

—¿Vas a llorar? —preguntó, acercándose para observar sus ojos desde cerca—. Creí que los hijos del tigre no lloraban.

Ivax parpadeó para que la humedad dejara de nublarle la vista.

No tenía fuerzas para llorar. Las emociones lo desbordaban, se mezclaban entre ellas, se atoraban antes de que el cerebro pudiera procesarlas y convertirlas en lágrimas.

Lo que había en sus ojos era impotencia, nada más; aún no había llorado, ni siquiera, la muerte de su padre.

No respondió. No tenía sentido seguir discutiendo con él y no importaba cuánto quisiera creer que su amigo de la infancia seguía allí, en alguna parte, era una mentira inútil. No necesitaba ayuda, ni contención, ni amigos. Necesitaba escaparse. Y podía escaparse solo.

Dio un paso atrás, mientras todo a su alrededor se nublaba.

Las piernas estuvieron a punto de dejarlo caer y una mano instintiva lo sujetó del brazo para sostenerlo.

Mareado, miró los dedos que se aferraban a su ropa destrozada.

Soltó una sonrisa incrédula, ladeada, y apartó el brazo antes de que el contacto lo hiciera vomitar.

—No me toques —susurró.

Jedien tensó la mano, la retiró e imitó su sonrisa. Abrió la boca para responder, pero los pasos lo interrumpieron y disolvieron la tensión del aire.

—¿Está todo bien? —preguntó uno de los soldados que vigilaban la entrada, acercándose lentamente a la columna.

No volvieron a mirarse; como si el prisionero se convirtiera otra vez en una cosa, Jedien tomó la cadena y se dirigió hacia el pasillo. Ivax lo siguió, luchando por mantener el paso y enfocar la vista para que las luces y sombras dejaran de moverse.

—Todo está bien —dijo el soldado, dirigiéndose hacia el campo de entrenamiento.

Lo condujo hasta que ambos estuvieron de pie bajo la luz del sol.

Ivax hizo lo posible por ver a través del resplandor que le lastimaba los ojos.

Vio los cuerpos que entrenaban. Las miradas que se clavaban en él, de pronto, con sorpresa recelosa.

Destacaba como una grieta de fuego en aquel sitio lleno de nómades.

La hostilidad flotó en el aire mientras los combatientes volvían a concentrarse en el entrenamiento: ejercicios de fuerza, carreras de velocidad, lucha con armas.

Practicaban como si… se les fuera la vida en ello.

Después de todo, solo uno quedaría de pie para recibir la libertad. Solo uno…

—Aquí es. Siempre fuiste fanático de los combates —dijo Jedien, detrás de él, con un tono burlón.

Se acercó un poco más y su voz se convirtió en un susurro—.

Y ni siquiera pienses en escapar. Han asignado a un nuevo entrenador para que te corte la garganta si lo intentas.

A que no adivinas quién se ha postulado.

La ironía en su voz lo obligó a cerrar los ojos. Luchó por que sus piernas no temblaran: si lo hacían, se desplomaría de rodillas frente a todas esas personas.

—Zagh se quedará a vigilarte —dijo, tirando de la cadena.

El joven estuvo a punto de perder el equilibrio.

Con una llave oxidada, Jedien abrió distraídamente los grilletes de su cuello y de sus manos—.

Y yo vendré cada tanto para vigilarlos a los dos.

Así que tu única posibilidad aquí, Ivax… , es ganar el torneo.

La cadena cayó al suelo y, sin embargo, el joven se sintió más prisionero que nunca. La sonrisa crispada, fría, comenzó a duplicarse y a girar. El campo de entrenamiento se balanceó, las voces se mezclaron en su mente y todo se extravió en un pozo oscuro.

Cayó de rodillas, perdió la consciencia.

Lo último que vio fue la mirada decepcionada de su padre, brillando en alguna parte de aquella oscuridad, el rostro ensangrentado y el cráneo roto.

Quiso decirle que todo estaría bien. Quiso decirle que ganaría la competencia, que escaparía, que recuperaría el poder fuera como fuese.

Pero las palabras se le escurrieron y se extraviaron en el vacío.