Capítulo 10 #2
¿Qué más daba? Nada de lo que había pasado esos días tenía sentido, ¿para qué buscarlo?
Sin importar cuánto intentara animarse, avivar el odio, o cuánto prometiera venganza, algo comenzaba a apagarse en él.
Los sentimientos caían en su corazón y goteaban por las grietas, desaparecían, lo dejaban solo con la sensación de estar frío y mojado frente a mucha gente que le daba la espalda.
Atravesaron la muralla y las casas de madera, aún destrozadas por la última horda, aparecieron frente a él como un paisaje nuevo. Los nómades lo observaron. Miraban de reojo, y con sorpresa, tanto a los soldados como al prisionero conocido, mientras reconstruían la parte sur de la ciudad.
Nadie hacía nada. Ni por él, ni por recuperar el poder que los lobos habían robado con sangre.
A nadie parecía importarle quién gobernara la ciudad, quién controlara las fronteras y las otras ciudades del Imperio, quién administrara la comida y controlara las calles…
A nadie parecía importarle que toda una casa hubiera sido reducida a cadáveres y prisioneros.
Ivax bajó los ojos y se concentró en mantener el paso.
Era lo único que podía hacer; sobrevivir, sostenerse en pie, seguir las cadenas.
Él no se rendiría. No se dejaría esclavizar en el pentágono mientras los lobos tomaban el lugar que le correspondía a su padre.
Pero… lo que hiciera al respecto, lo haría después.
Cuando no le doliera respirar y las cadenas no lo convirtieran en un inútil impotente.
Cuando su cerebro funcionara como algo más que una nube de desesperación.
No tardaron mucho en llegar; el joven no vio el edificio hasta que lo tuvo frente a las narices.
Alzó el rostro para observar el pentágono simple y viejo, única construcción de piedra por fuera de la muralla.
Más allá de unas rejas, personas armadas corrían alrededor de un campo enorme; mientras él intentaba distinguir los movimientos sin que su visión se difuminara o duplicara cosas, los dos guardias desmontaron.
Zagh fue hacia la cadena del prisionero, sin dilaciones, pero Jedien la sujetó antes y colocó las riendas del caballo en las manos de su superior.
Le hizo un gesto para que amarrara a los animales al poste, y los ojos de Zagh brillaron.
Si hubiera podido asesinar con la mirada, sin consecuencias y con seguridad, lo habría hecho.
Pero era un cobarde, así que ni siquiera protestó; tomó las riendas e hizo el trabajo mientras Jedien amarraba la cadena a su mano.
Los eslabones de metal comenzaron a rodear los dedos, la idea cruzó la mente del joven como una brisa ligera y fugaz que no sirve para nada; si tiraba en ese momento, si conseguía que la cadena se le escurriera de las manos y echaba a correr…
Cuando alzó los ojos, sin embargo, se encontró con los de Jedien.
Vio en ellos lo que ambos sabían: no tenía fuerzas.
Solo conseguiría humillarse un poco más.
La mirada que sostuvo la suya era de hielo; no encontró una sola emoción, un solo mensaje en ella. Ivax apretó los dientes y desvió los ojos. Sentía algo que estaba más allá de la ira, pero que igual lo quemaba por dentro. Algo filoso que lo destrozaba.
La cadena tiró de los grilletes, apenas lo necesario como para hacerlo caminar; un tirón autoritario y firme que, sin ser cruel, lo humillaba de todas maneras. Obedeció, aunque le costaba horrores mover las piernas. No volvió a mirarlo. Los tres ingresaron bajo la sombra del edificio.
Pasaron junto a los cuatro guardias que vigilaban la puerta, y entre ellos intercambiaron un saludo breve.
Por dentro, había más. El joven luchó por distinguir algo en la penumbra de los pasillos, creyó ver rejas y más guardias.
Frente a ellos, a pocos pasos, brillaba la salida al campo de entrenamiento: un prado seco rodeado por un muro.
—Ve a registrarlo —dijo Jedien, señalando el pasillo de la izquierda—. Sabes mejor que yo dónde queda la oficina.
Zagh apretó los dientes y su herida volvió a sangrar; miró a los guardias que estaban alrededor, lo suficientemente lejos como para no haber escuchado aquella falta de respeto. Con odio en la mirada, obedeció y se perdió en las sombras. Por suerte, ya no podía desquitarse torturándolo.
Jedien ni siquiera se giró a mirar al prisionero.
Como si fuera una cosa, un animal al que no valía la pena hablarle porque no comprendería, volvió a tirar de la cadena para que caminara.
Ivax no caminó. Lo miró a través de las sombras mientras la rabia filosa, caliente y fría, aumentaba. Su cuerpo recuperó fuerzas lentamente.
Jedien se giró. Clavó en él una mirada desdeñosa, y el joven entendió que todo había sido una farsa. Su amistad, sus sonrisas, sus abrazos… No era, de pronto, una persona diferente. El hombre que él creía conocer no había existido jamás.
Apretó los dientes para que el dolor no lo dominara y sujetó su propia cadena. Esta vez, él tiró. Jedien se vio impulsado hacia delante e Ivax avanzó antes de que pudiera reaccionar, antes de que los vieran.
Con las manos sujetas entre sí con los grilletes, se las ingenió para tomarlo de la camisa y arrojarlo detrás de una columna que los ocultaba de los otros guardias. No lo soltó. De hecho, siguió empujándolo como si pudiera aplastarle las costillas contra la piedra.
Su mirada llena de odio fue correspondida por un destello burlón, apenas perceptible; los ojos que lo observaban parecían cuchillos helados. Buscó por última vez al amigo con el que había compartido casi toda la vida. Luchó por ocultar la angustia, ignoró el dolor que le quemaba los brazos.
—¿Qué es todo esto, Jedien? —masculló, lo suficientemente bajo como para que los demás no lo escucharan.
El soldado rodó los ojos e intentó deshacerse del agarre, pero Ivax se aferró a su uniforme y volvió a empujarlo contra la columna. Por fin vio algo humano en él: desprecio.
—No hagas estupideces.
—¡Te he hecho una pregunta! —dijo, esforzándose por no gritar. Intentó tranquilizarse, pero la mirada fría continuaba rompiéndolo por dentro—. ¿Sabías lo que iban a hacer? ¿Sabías que iban a matar a mi familia?
—No estás en posición de hacer preguntas.
—¡Jedien!
El guardia tiró del metal, de improviso, y sus frentes chocaron con demasiada fuerza.
Ivax cerró los ojos instintivamente, pero la cadena volvió a tirar de su cuello y lo obligó a concentrarse en los ojos grises que lo observaban, ahora demasiado cerca, tan cerca que se le clavaban en los huesos.
Sostuvo odio con más odio, pero no pudo evitar que su rabia, poco a poco, comenzara a resquebrajarse.
—Ya no eres el hijo de nadie. Tu casa no existe. No puedes darme órdenes —dijo, la voz tan fría como sus ojos.
—Mi padre nunca tuvo nada que ver con esto. Con nosotros. Éramos… amigos.
Jedien sonrió y se enredó la cadena en la mano, reteniéndolo cerca, mirándolo como si fuera un insecto.
—Amigos. ¿Te parece que yo tuve alguna elección en eso?
Mi casa ha servido a la tuya durante generaciones.
Mi padre es un fanático de las costumbres, tan leal a tu padre que habría muerto en su lugar.
¿Nunca se te ocurrió que eso pudiera tener alguna relación con nosotros?
—dijo, e Ivax volvió a sentir que le echaban un cubo de agua fría—.
Ya no tengo que seguirte a todos lados. Ya no tengo que fingir que…
Su voz se apagó y sus ojos, por un instante, se perdieron más allá. Bajaron por su rostro, observaron el grillete en su cuello, descendieron otro poco hasta interrumpirse en un parpadeo que los devolvió a la realidad.
—Las cosas han cambiado, eso es todo —dijo, recuperando su sonrisa fría, tensando su agarre un poco más como si quisiera ahogarlo—. La cadena, ahora, la tengo yo.
La sonrisa crispada era apenas un señuelo; su mirada era la condensación del odio. Un odio que llevaba años gestándose, un odio retorcido y lleno de contradicciones que Ivax no había percibido nunca.
—¿Dim también…? —preguntó, con un hilo de voz, bajando los ojos.
—No. Dim es un idiota que no sabe nada.