Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Ivax.

(Siete días después del golpe).

Ivax estaba tan débil y adolorido que, cuando le colocaron los grilletes en las manos y en el cuello, el peso estuvo a punto de desmoronarlo.

Con la visión borrosa, tal vez por el hambre o por la sed, o por el sol que lo golpeaba en las retinas, apenas distinguió los cuerpos que preparaban los caballos.

—Solo dos —dijo Zagh, dando indicaciones con desprecio—. Los prisioneros no montan.

Cerró los ojos un instante. Luchó contra los escalofríos que le provocaba su voz, contra el dolor de las heridas que comenzaron a palpitar, contra el odio que no le permitía ser paciente.

Respiró hondo. Abrió los ojos otra vez e intentó acostumbrar las pupilas al sol después de tantos días en las sombras.

Desde donde estaba, por fuera de la cueva del dragón, la pirámide y la plaza se dibujaban por encima de los techos.

Su padre había subido a esa pirámide. Él había soñado con imitarlo algún día. Pero todo lo que quedaba de los hijos del tigre era la cabeza putrefacta con la que había compartido celda. Su futuro había pasado de ser aquella cima a los grilletes que le apretaban las muñecas.

Apretó los dientes, intentó contener la rabia nauseabunda que subía a su garganta, miró a su alrededor.

Sus ojos enfocaron a Zagh. El odio le permitió aplacar el miedo instintivo que le retorcía las entrañas al verlo.

Le recordaba el fuego, el cuchillo, las tenazas que había usado para torturarlo.

Pero, por encima de todo, le recordaba la cabeza de su padre muerto.

Zagh montó y, como si sintiera el pinchazo de la mirada que planeaba formas de retorcerle el cuello, se giró hacia él.

La herida roja atravesaba sus mejillas. Parecía otorgarle una sonrisa permanente; alguien había trazado en su rostro unos labios tan largos que, cuando hablaba, la herida solía volver a abrirse y las palabras iban acompañadas por hilillos de sangre.

Lo que había en sus ojos, sin embargo, era la antítesis de una sonrisa.

Tiró de la cadena que unía los grilletes e Ivax sintió cómo todo su cuerpo era impulsado hacia delante.

No había comido en los últimos tres días, y el sol le recordaba lo mucho que deseaba un vaso de agua; apenas podía sostenerse.

—¿Nos desviamos un poco para dar un paseo por la ciudad, Su Alteza?

Junto a él, y sin decir una palabra, alguien montó el segundo caballo con un salto ágil. Ivax clavó los ojos en los cascos del animal, y solo percibió la figura humana como una silueta borrosa. No necesitaba mirarlo para saber quién era. No quería.

—Que sea rápido, Zagh —dijo, con una voz fría que el joven apenas reconoció.

Los labios deformes se tensaron, un hilo rojo cayó de ellos. Pero la posición de Jedien como heredero de su casa le daba un poder que estaba más allá de rangos. Si Zagh quería sobrevivir a aquella guerra política, lo mejor era que cerrara la boca.

Por un momento, nadie más habló. La cadena se enganchó a las riendas del caballo con un clic malicioso.

—Así será —susurró, mirando al prisionero.

Ivax se forzó a sostenerle la mirada y el desdén del hombre se volvió odio.

Una palmada demasiado fuerte azuzó al caballo; el joven escuchó el relincho sobresaltado y, enseguida, el grillete en su cuello lo ahorcó, el de sus muñecas lo empujó hacia delante y sus rodillas impactaron contra el suelo.

Su cerebro apenas consiguió percibir la caída; la cadena comenzó a arrastrarlo demasiado rápido y la fricción de su cuerpo con la piedra se volvió insoportable.

Apretó los dientes y gruñó, se empujó hacia arriba con los codos en un intento inútil por incorporarse. La piel de sus brazos se empezó a desgarrar; el dolor era muy parecido al dolor del fuego. Un fuego constante. Golpes y sacudidas. Un montón de heridas viejas que gritaban.

Sus pulmones se cerraron y su visión se convirtió en manchas oscuras.

Cuando creyó que se desmayaría, Zagh hizo que el caballo bajara la velocidad y caminara, al borde del trote.

Ivax pudo respirar otra vez. El dolor se sintió mucho más fuerte, pero lo peor no fueron los crujidos de su cuerpo ni la sangre que manchaba el basalto, sino ellos.

El pueblo. Los ojos que se clavaban en él desde todas las esquinas.

Se distrajo, tan hipnotizado que olvidó incorporarse.

Las miradas le dolieron más que las heridas.

Sintió que esas personas que lo miraban con asombro, lástima y un brillo de desdén decepcionado eran una grieta nueva en lo que estaba intentando sostener.

El odio, la rabia, a sí mismo. Eran grietas en lo más profundo de aquello que era, que creía ser, que había sido.

Sus mejillas enrojecieron de vergüenza mientras escuchaba trozos perdidos de murmullos.

« …hijo del tigre… ». « …sobrevivientes…

». « …prisionero… ». Pero, detrás de esas palabras, había mucho más; el joven imaginó la frase completa, lo que nadie decía pero él podía oír de todos modos, porque era lo único que le susurraba su mente.

« Su padre no habría dejado que lo arrastraran por las calles.

Su padre habría muerto antes de permitir que la casa más importante de Tsavixia fuera humillada de esta manera ».

Si Groan estuviera con él… Si pudiera mover los cielos como antes, controlar el viento y los relámpagos… Pero solo le quedaba un vacío donde había estado la consciencia del tigre. Un vacío que dolía y lo dejaba impotente.

Apretó la mandíbula y apoyó los brazos ensangrentados para incorporarse.

Ni bien consiguió que lo sostuvieran las piernas, y justo cuando Jedien comenzaba a alcanzarlos, Zagh palmeó al caballo otra vez y el cuerpo del joven cayó al suelo como un saco de arroz; los murmullos espantados se hicieron más audibles.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, Ivax consiguió voltearse para que su espalda absorbiera las heridas.

Cerró los ojos para contener el dolor, pero la vergüenza, como un gusto amargo e insoportable atravesando su garganta, no dejaba de torturarlo.

A medida que su piel se desgarraba, él se desgarraba con ella.

« Un hijo del tigre… ». ¿Qué importancia tenía? Su tigre estaba muerto, su padre estaba muerto, su casa estaba deshecha. Y, aun así, habría dado cualquier cosa para que dejaran de mirarlo. Para que dejaran de reconocerlo, y los murmullos dejaran de clavarse en él como alfileres.

Zagh se detuvo, de forma gradual, y el joven pudo ver el rastro oscurecido que había dejado su sangre, emplastada en la piedra como una marca que señalaba hacia él.

Había más miradas. Nuevas. Iguales. Intentó no concentrarse en ellas.

Luchó por incorporarse, lo más rápido posible, con una partícula de orgullo todavía latente.

Mientras lo hacía, o lo intentaba, los murmullos se callaron. La gente observó con atención cómo las piernas temblaban ante el esfuerzo y el rostro se tensaba de dolor. Cómo los ojos azules miraban más allá del caballo con una concentración inhumana.

Ivax logró incorporarse, pero Zagh sujetó la cadena con crueldad y se giró para mirarlo de reojo.

No tenía voluntad sobre sí mismo. No importaba cuántas veces se pusiera de pie, Zagh tenía la cadena.

Mientras miraba la mano firme, a la espera de un tirón que no llegaba pero que indefectiblemente llegaría, el joven tuvo una sensación aterradora: la sensación de no ser dueño de su cuerpo. De su futuro. De sí mismo.

La cadena, después de un instante sádico, tiró de él, mientras el segundo caballo por fin los alcanzaba. Ivax cayó sobre el grillete de sus manos, y un dolor agudo le advirtió que tal vez había algo roto. Otro tirón, breve, y su rostro dio de bruces con la piedra.

Levántate. La voz en su mente sonaba como un eco lejano, como la voz de alguien que no era él. La voz del muchacho que había sido. No importa qué suceda, levántate.

Afianzó las muñecas en el suelo y se empujó para incorporar el rostro.

Intentó no mirar a nadie, no fijarse en nada, pero sus ojos fueron por instinto hacia el jinete que lo observaba desde lejos.

Había algo de compasión en la mirada de Jedien, pero eso lo avergonzó en lugar de consolarlo. También había desdén.

Levántate. No importa qué suceda…

Cuando el hijo del tigre comenzó a incorporarse y Zagh se preparó para arrastrarlo de nuevo, Jedien se bajó del caballo con una firmeza segura, elegante y orgullosa. Le arrebató la cadena a su superior y la ató a las riendas de su propio caballo.

—Lo matarás antes de que llegue —dijo, con el tono de quien da explicaciones a un idiota—. O lo dejarás inválido y no podrá competir.

Ivax terminó de ponerse en pie, con los ojos fijos en el hombre que había sido su amigo.

Sus palabras, aunque fueran menos crueles, dolían el doble de lo que dolían las palabras de Zagh, el doble de sus golpes, el doble de lo que dolían todas esas miradas que lo llenaban de vergüenza.

Estaba acostumbrado a cubrir su dolor con rabia.

Pero cuando se trataba de Jedien, sentía como si una ola de agua helada le atravesara el cuerpo.

La rabia que pudiera hervir en sus venas se apagaba y lo dejaba congelado, un poco vacío, un poco roto por dentro.

Los caballos retomaron el camino, más lentamente, pero Ivax llegó a pensar que prefería ser arrastrado. Sostener su propio cuerpo y caminar costaban casi en la misma medida, y las miradas sobre él, pinchándolo con murmullos, duraban más cuanto más lentos fueran los pasos.

El campo de entrenamiento, que en realidad era una prisión pero con otro nombre, estaba en las afueras de Tsavixia.

Ivax nunca lo había visto. No había ido más allá de la muralla en toda su vida ni había contemplado la posibilidad de acabar allí.

Fantaseaba con luchar en el pentágono, sí, pero las cadenas y prisiones nunca habían sido parte de sus fantasías. Eran para otro tipo de personas. Eran…