Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Muy peligroso para usarlo.

El silencio, una vez más, cubrió la sala.

Luodrin los observó, con la sensación de que hablaban de él en ese silencio casi masticable.

Pero eso no era una sorpresa; lo que aún no comprendía era la conversación que acababa de sacudir el aire.

¿Por qué, de pronto, lo incluían? Una mezcla de ansiedad y desconfianza lo llevó a estudiarlos, uno a uno, hasta que sus ojos terminaron en su padre. Bajó la mirada.

Estaba cansado de ilusionarse. Estaba cansado de intentar ser el primogénito que esperaban que fuera; fingir frente a los demás, llevar a todas partes un lobo con el que no tenía vínculo, entrenar todos los días para ser perfecto.

El hijo más inteligente, el más ágil, el más rápido.

Nada de eso valía mientras no pudiera vincularse, mientras quedara aislado de la manada por una maldición invisible, mientras su existencia fuera un error.

Pero entonces ¿por qué…? Después de haberle ocultado el golpe más grande en la historia de Tsavixia, ¿por qué ahora…

? Su mirada atravesó la mesa con más intensidad mientras los pensamientos pasaban por su mente demasiado rápido.

Una oportunidad. Fuera cual fuese el motivo por el que lo estaban incluyendo, Luodrin quería quedarse. Quería… Una oportunidad.

—La traeré de vuelta —dijo, y su voz resonó en el comedor enorme por primera vez.

Rompió el silencio. Impuso otra comunicación en voz alta en la que él podía participar y clavó los ojos en su padre—.

La encontraré y la traeré de vuelta. Eso servirá para negociar con los hijos de la iguana, calmará a los nobles menores y a la gente del sur.

—¿La gente del sur? —preguntó su hermano, con las cejas alzadas y una mirada incrédula—. ¿Te dan miedo los nómades?

Los ojos de Luodrin congelaron su gesto burlón y lo obligaron a abandonar la sonrisa que nacía en sus labios.

—¿Tener la piel más oscura que tú los hace incapaces de levantar una espada? —preguntó, y su hermano alzó una ceja. Parecía a punto de discutir, pero apretó los labios y no dijo nada.

Luodrin sintió la mirada de su padre como un pinchazo y, lentamente, la correspondió. Se sintió evaluado, se dejó evaluar, mientras todos en la mesa guardaban silencio. Esta vez supo que era un silencio verdadero.

El hombre asintió, y ese asentimiento fue como una puerta que se abría. Una puerta que Luodrin había golpeado muchas veces y que siempre lo había separado, impertérrita, de ellos. De los asuntos políticos. De su padre.

Ocultó la ansiedad y la sorpresa y volvió a comer, aturdido, pero los pasos los interrumpieron antes de que ninguno pudiera llevarse otro bocado a la boca.

El ambiente se enfrió y los rostros se oscurecieron cuando un guardia susurró algo en el oído del jefe.

El semblante de su padre, serio por naturaleza, se volvió más rígido.

Luodrin comprendió, aun si estaba por fuera de la red, aun si no podía escuchar lo que debían estar escuchando todos.

El bebé no nacería antes de la medianoche.

El jefe de Tsavixia no respondió; pálido, perdió la mirada más allá de la mesa mientras las arrugas se acentuaban en su rostro y las sombras en su piel crecían.

Sin una palabra, se puso de pie y salió de la sala. El comedor quedó en silencio otra vez, y el joven tuvo la sensación de que ya no hablaban. Había demasiada tensión en el aire, demasiadas especulaciones. Nadie tocó el plato, nadie se movió.

Un grito bajó por las paredes y llegó a la mesa como un golpe; Eufin aprovechó el sonido para ponerse en pie, empujado por un resorte invisible, y siguió a su padre. Los demás, poco a poco, comenzaron a dispersarse hacia sus habitaciones.

Solo en la mesa, mientras las criadas lo esperaban a él para poder limpiar, Luodrin imaginó el flujo de información que, esa noche, viajaba a través de su casa. El bebé no nacerá antes de la medianoche. Las tensiones de poder, las soluciones posibles, las peleas. El bebé no será un hijo del lobo .

Cuando un nuevo grito hizo vibrar las copas, él también se incorporó como si algo lo empujara de la silla. Quería saber. Si nadie lo mantenía al tanto de nada, nunca, quería ver con sus propios ojos lo que sucedía a su alrededor.

Se alejó de la sala y se internó en las sombras que llevaban a las escaleras de servicio.

No quería que lo vieran. Estaba acostumbrado a ser una sombra más.

Sin ninguna luz como compañía, subió de dos en dos los escalones y los gritos comenzaron a acercarse cada vez más.

La voz parecía resquebrajarse un poco con cada alarido y el dolor que se desprendía de ella era un dolor cansado, angustiado, insoportable.

Luodrin se encogió y dudó, casi detuvo sus pasos. La agonía de esa mujer que apenas conocía, y con la que nunca había hablado, se le metió en los huesos. Pensó que, quizás, lo mejor sería volver a su cuarto; quizás, era mejor no saber.

Pero solo quedaba un piso. Siguió subiendo escalones, y enseguida un pasillo ajetreado le devolvió la luz.

Las doncellas iban y venían, siguiendo órdenes de la doctora que hablaba con su padre detrás de una puerta entornada.

La luz escapaba con más fuerza a través de ese resquicio.

Los gritos resonaban con mayor intensidad. Las voces…

Luodrin avanzó, dejando atrás los candelabros que parecían señalar hacia él y denunciar su presencia en el pasillo. Se aseguró de que sus pasos no resonaban en la piedra, caminó despacio y se dejó ver solo por las criadas.

Las voces se fueron aclarando, ahogadas, a veces, por los gritos.

—Los cálculos se han hecho con la mayor exactitud, señor. Estas cosas pasan.

La voz de la doctora era apenas un murmullo respetuoso, pero estaba cargada con seguridad.

—Si no va a nacer hoy…

Las palabras se volvieron inaudibles debajo de un grito que se mezclaba con sollozos.

—Si hacemos eso, no sobrevivirá…

Un silencio breve se llenó enseguida con los gemidos de su madrastra. Parecía consciente del problema. Parecía esconder el miedo detrás del dolor.

Antes de que el silencio se rompiera, la puerta se abrió, y Luodrin no tuvo tiempo más que para retroceder un paso.

Su hermano lo observó con frialdad, cerró violentamente y el estruendo acalló los gritos.

Sin embargo, no se fue. Se apoyó en la madera y escuchó, tal como él, mientras las contradicciones en sus ojos le daban un aspecto casi demente.

El lobo y el hijo luchaban en su cabeza.

—Hazlo —dijo su padre, la voz un poco más ahogada.

—¿Está seguro de que…?

—¡Hazlo! —dijo, con una rabia fría que a Luodrin le congeló el corazón. Las palabras que siguieron, además, rompieron el hielo en pedazos cortantes—: No tendré otro hijo que no pueda vincularse con un lobo.

Eufin ladeó una sonrisa irónica que escondía miedo. Las voces se acabaron. En su lugar, el llanto asustado de la mujer que no había logrado parir a tiempo.

El joven imaginó el cuchillo, mientras las palabras resonaban en su mente una y otra vez.

Muchas cosas resonaron en su mente. Recuerdos.

Imágenes que no veía pero podía imaginar.

Un error ; el rostro contraído de la esposa de su padre; no tendré otro hijo que no pueda vincularse con un lobo ; las criadas inmovilizándola para que no se arrepintiera; si el heredero de una casa es débil…

; los gritos que, antes del tacto del cuchillo, se arrepentían; …

es un heredero muerto . Y la voz: cuando sus frentes se toquen, la raíz más sagrada de todas, la del matrimonio, se extenderá por sus brazos…

Por alguna razón, pensó en ella. La imaginó bajo la daga, imaginó sus gritos.

—¿No lo detendrás? —preguntó, sin mirar a su hermano.

Los alaridos aumentaron el volumen hasta llenar cada rincón con un dolor horrorizado que hacía vibrar muebles, muros y personas.

Un sufrimiento que habría paralizado al hombre más valiente.

Era algo doloroso de escuchar y, sin embargo…

, Eufin escuchaba los gritos de su madre como si en realidad no estuviera allí.

Alzó la mirada, sus ojos húmedos pero vacíos por dentro.

—Su decisión es nuestra decisión —dijo, mirando más allá del pasillo mientras los alaridos los atravesaban como flechas—. No lo entenderías.

No lo entendía. Y, aunque quería entenderlo más de lo que quería otra cosa en el mundo, a veces, su familia le provocaba un ligero cosquilleo de temor.