Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Luodrin.

(Siete días después del golpe).

La bola rebotaba en el techo, luego en la pared y volvía a sus manos con un sonido sordo que parecía burlarse.

Luodrin la atrapó y volvió a lanzarla, distraído.

Pum-pum , y otra vez en sus manos. Pum-pum , sus manos.

Suspiró, la arrojó, escuchó los dos golpes que murmuraban cosas, la atajó de nuevo, volvió a arrojarla…

El primogénito , la bola en sus manos, arrojarla, el lobo maldito , sus dedos alrededor de la pelota, lanzarla otra vez, un error …

Wodin gruñó, junto a la cama, y lo arrancó de su ensimismamiento.

Mientras atrapaba la bola sin mirar, el joven prestó atención a los ojos amarillos que se clavaban en él como estacas de reproche.

Y anhelo. El lobo gruñón competía, en ese cuerpo peludo, con el cachorro bobo que se escondía detrás de sus colmillos malhumorados.

—¿Qué? —preguntó, alzando las cejas—. Es mi turno de jugar.

Wodin volvió a gruñir y el joven contuvo una sonrisa que solo asomó a sus ojos. Pero la sonrisa en la mirada comenzó a empañarse a medida que las imágenes se mezclaban con los pensamientos.

Luodrin le arrojó la bola, apático, y lo observó masticarla con una expresión vacía. Desde las orejas a las patas, era un animal perfecto; grande, feroz, con un pelaje suave y gris que lo volvía imponente. Un lobo tal como debían ser los lobos. Un alfa.

Si no había nada malo en el animal, entonces debía haber algo malo en él. « Un error». Estaba cansado de pensar en eso, de intentarlo una y otra vez, pero en el fondo seguía deseando con todas sus fuerzas…

—¿Por qué no puedo saber lo que estás pensando? —susurró, mientras observaba los ojos amarillentos del lobo como si pudiera traspasarlos y forjar, a la fuerza, un vínculo.

Un grito los distrajo a los dos, pero ninguno se sobresaltó particularmente; hacía un par de horas que los alaridos del parto resonaban en todas las paredes.

Un heredero más nacería esa noche. El tercer hijo de su padre, el segundo hijo de la mujer con la que se había vuelto a casar.

¿Cuánto tardarían, después del nacimiento, en atentar contra su vida otra vez?

Luodrin estaba acostumbrado a que sombras lobunas intentaran quitarlo del mapa. Borrar el error.

Claro que, por el momento, lo necesitaban con vida.

« Casarse con una hija del tigre, casarse fuera de nuestra casa, es un deshonor.

¿Se dejará arrastrar a un matrimonio tan aberrante?

». Luodrin había escuchado la conversación, a la que no lo habían invitado, mientras todavía masticaba la amargura de ser el único que no había estado al tanto del golpe.

« Hará lo que yo diga ». Y su padre, como siempre, había tenido razón: hubo boda.

Aún tenía grabados en la mente aquellos ojos azules.

La veía en sus pesadillas. Lo miraba con odio mientras su rostro se recortaba en la luna y el cabello flotaba con el viento.

No parecían los ojos de la muchacha torpe que había roto a llorar en la fiesta por la asunción de su padre, la hija del tigre que había echado a correr.

Intentó superponerlas, pero no pudo. No eran la misma persona. Ya no.

Miró su mano, examinó las líneas negras de principio a fin. El tatuaje nunca había dejado de arder. Dolía.

Los golpes en la puerta sí lo sobresaltaron.

Miró a Wodin, buscó en él alguna señal de alarma que lo incitara a sujetar la empuñadura del cuchillo, pero no encontró más que una curiosidad débil.

El lobo continuó mordiendo la bola, indiferente.

No volverán a intentar asesinarte mientras la necesiten a ella , se tranquilizó.

O, al menos, hasta que se cansen de buscarla .

Se puso de pie, avanzó hasta la puerta y abrió para descubrir, del otro lado, a un muchacho de uniforme. El guardia hizo una reverencia formal, Luodrin tan solo alzó las cejas.

—Señor, su padre exige que todos bajen a comer —dijo, la mirada fija en el suelo.

Las cejas alzadas se convirtieron en un ceño fruncido. Observó al muchacho, con ironía brillando en sus ojos oscuros. Habría sonreído si los pasos del animal, detrás de él, no le hubieran recordado quién era: un hijo del lobo. Y los lobos solo sonríen antes de clavar los dientes .

—Yo no bajo a comer —dijo, preparándose para cerrar la puerta—. Nunca. Así que no vuelvas a buscarme.

—¡Su padre…! —alzó la voz justo cuando la madera había comenzado a moverse, como si supiera qué palabra podía detenerlo en seco—. Pidió expresamente que, sobre todo usted, señor, baje a cenar.

Luodrin entornó los ojos, volvió a abrir la puerta y observó al muchacho como si esperara descubrir a un mentiroso.

¿Por qué mentiría? Pero, por otro lado, ¿por qué su padre querría verlo?

Las dos cosas eran igual de improbables.

Un brillo ansioso creció en su mirada, oculto detrás del semblante frío con el que se separaba del mundo.

Antes de que pudiera contestar, otro grito desgarró el silencio. Llenó los pasillos del palacio con dolor y el aire comenzó a oler a muerte.

No se había acostumbrado al palacio; ni a sus paredes oscuras, ni a sus salas enormes, ni a la cantidad de doncellas que esperaban en las sombras para retirar los platos cuando ellos terminaban de comer.

Por más que hubieran llenado los pasillos con lobos y cuadros del templo, aquel sitio continuaba oliendo a tigre.

Comían en silencio. Quizás porque nadie quería interrumpir el eco de los gritos, quizás porque no tenían nada que decirse, quizás…

Pero Luodrin sabía que lo más probable era que el silencio fuera solo para él.

Ese era el poder que no tenía. Su mente, como un eslabón aislado, estaba por fuera de una cadena de pensamientos a la que no había podido acceder nunca.

Su tía, seria y regia como siempre, perdía una mirada sagaz más allá del plato como si estuviera en otra parte.

Sus primas y su hermano compartían una complicidad que podía olerse en las miradas que intercambiaban cada tanto.

Su padre y su tío estaban igual de tensos, como si compartieran las mismas preocupaciones.

Luodrin bajó los ojos al plato y se concentró en comer, inexpresivo, intentando no escuchar el silencio. El tintineo del tenedor. Los gritos. Su rostro comenzó a tensarse, su estómago se cerró. Dejó los cubiertos a un costado.

Por eso no bajaba a cenar; ¿por qué, de repente…? Alzó los ojos hacia su padre y toda su amargura se disolvió cuando se encontró con su mirada, clavada en él desde el otro extremo de la mesa. Sorprendido, desvió los ojos y se forzó a seguir comiendo.

Pero su padre carraspeó y el silencio se hizo trizas; todas las miradas de la mesa se alzaron, sobresaltadas, como si nadie esperara escuchar voces esa noche. Y, sin embargo, el jefe de la casa (el jefe de Tsavixia) habló.

—Esta mañana, La Orden nos ha jurado lealtad —dijo, como si hablara con todos los presentes.

La familia entera se detuvo a observarlo mientras el desconcierto teñía el aire; ya lo sabían.

Lo sabían todos, menos él. Luodrin observó a su padre, descolocado, poco acostumbrado a escuchar su voz y, sobre todo, a que esa voz le hablara.

Bajó los ojos, mientras su corazón latía ansioso y no le permitía pensar; ¿debía contestarle?

¿Por qué…? ¿Por qué estaban incluyéndolo?

—Nada bueno puede salir de esos herejes —murmuró su tía, y recalcó sus últimas palabras—: Ya te lo he dicho.

Luodrin levantó los ojos sin alzar el rostro, preparado para esconderse otra vez en la comida.

—Controlan a la hija de la serpiente —respondió su padre, como si estuviera cansado de esa conversación—. Son ellos los que han hecho posible el golpe.

—Vinculados que abandonan sus casas… —masculló con asco. Pero, en lugar de continuar la discusión, se llevó más comida a la boca.

Su tía sabía mantener la compostura. Como todos los hijos del lobo, era silenciosa y astuta; cuando deseaba algo, no lo conseguía con ruido y violencia. Pero, sin importar qué fuera, lo conseguía.

—¿Estamos hablando en voz alta para escucharnos por encima de los gritos? —preguntó su hermano, con un gesto que oscilaba entre la amargura y la diversión—. ¿O porque Luodrin ha decidido bajar a comer?

—Eufin —cortó su padre, con una mirada feroz que silenció todas las voces.

Salvo la que, desde las habitaciones de arriba, continuaba soltando alaridos cada vez más constantes. La mirada de su hermano se endureció y sus ojos se clavaron en el plato mientras escuchaba los gritos; parecía pelear con las contradicciones. Su madre le gritaba a la muerte.

Luodrin sentía muy poco afecto por él como para compadecerse, pero… cuando se preguntó si Eufin, además, escuchaba esos alaridos en su cabeza, algo similar al dolor le pinchó el estómago. Lo ignoró. Los hijos del lobo no se permitían sentir dolor. No se permitían sentir nada.

—Solo quedan tres casas abiertamente hostiles —continuó el gobernante de Tsavixia.

Sus primas sonrieron, como si hubieran compartido un chiste que él no podía escuchar.

Su padre las fulminó con la mirada y la seriedad volvió a posarse en sus rostros pálidos—.

Los hijos de la iguana, los hijos del mono y las hijas de la arpía.

—Jedien está con nosotros —dijo Eufin, con los ojos fijos en el plato. Aun así, el joven supo que le hablaba directamente a él cuando aclaró—: El heredero de los hijos de la iguana. Que convenza a su padre es cuestión de tiempo.

Su tía negó con la cabeza, con una sonrisa ladeada que no llegaba a los ojos verdes.

— Cambiamos de cuerpo, no de ideas. Es el lema de esas lagartijas —dijo, sin desprecio en las palabras—. No convencerá a su padre, pero puede que convenza a los demás y alguien acabe matando a ese viejo cabezón. Démosle un tiempo.

—Podríamos convencerlo nosotros —dijo su prima mayor, con el mismo tono helado que había heredado de su madre—, si tuviéramos a la hija del tigre.

—Tenemos al hermano —terció la menor de sus primas, en un murmullo.

Pero su tía negó con la cabeza.