Capítulo 8 #2
—¿Por qué no te quedaste en la cueva? —dijo, después de un minuto. Era un reproche, no una pregunta. Ya conocía la respuesta.
—Deja de intentar salvarme todo el tiempo, ¿quieres?
—Tú deberías dejar de seguirme —murmuró. Sintió que su cicatriz, de pronto, ardía—. Deberías integrarte a los demás y…
Hedi se sentó y se volvió para observarla; la tristeza en los ojos azules interrumpió sus palabras y le robó la voz.
—¿De verdad piensas que moriré solo por estar contigo? —preguntó.
Eiva también se sentó en la arena, mientras evadía su mirada y buscaba una respuesta que no sonara estúpida. Pero solo pudo pensar en su madre. En los murmullos que la perseguían por el mercado, en el odio que había brillado en los ojos de los hombres que la habían marcado con fuego.
—Sí —susurró.
Hedi frunció el ceño.
—¿Por qué escuchas las estupideces que dicen? No estaría viva, si no fuera por ti —dijo, rebuscando la mirada que rehuía la suya—. ¿A cuántas hordas hemos sobrevivido?
—Siempre hay una primera vez para morir… —murmuró. Se encogió de hombros, tomó un puñado de arena y dejó que se deslizara entre sus dedos—. Es lo que pasa con los hijos del abismo. Traen mala suerte y destruyen todo lo que tocan.
—He estado a tu lado por años, Eiva. Sé mejor que nadie que eso es una mentira; nadie me habría protegido mejor de lo que me protegiste todo este tiempo.
Volvió a encogerse de hombros, fijó sus ojos en el despeñadero para que las emociones no la desbordaran.
—Es que si algo te sucede por estar conmigo, Hedi…
Nunca me lo perdonaré.
—No nos pasará nada mientras estemos juntas —dijo, y su voz sonó tan segura que la muchacha, por fin, clavó los ojos en ella—. Y, si alguna vez me carbonizan los dragones, no tendrá nada que ver contigo. Mueren cientos de personas por año, tonta. No puedes culparte por eso.
No me importan esos cientos de personas. Me importas tú . Suspiró, intentando sacudirse los sentimientos; la ansiedad, el cariño y la culpa se mezclaban en un nudo fastidioso que le impedía pensar.
—Aun así, deberías haberte quedado en la cueva —masculló.
—No me separaré de ti —dijo. Ese tipo de palabras salían de su boca con una facilidad molesta—. Eres lo único que tengo.
Eiva se tocó la cicatriz en la frente, la A deforme, y miró más allá de la arena. Suspiró, alzó los ojos hacia el cielo e intentó que el valor espantara a las otras emociones.
—Tú también eres lo único que tengo —murmuró. La única que no le tenía miedo, la única que la aceptaba incluso con la maldición, la única que había logrado quererla. La única que se había quedado a su lado a pesar de todo. Por eso no puedo perderte .
Los labios de Hedi se curvaron en una sonrisa y, antes de que la muchacha pudiera reaccionar, sus brazos pálidos la abrazaron con demasiado ímpetu. Cayeron y rodaron por la arena mientras la más joven de las dos no dejaba de reírse y Eiva luchaba por deshacerse de la piel mojada y del calor.
Consiguió empujarla, con un bufido, y las dos volvieron a tenderse de cara al cielo mientras el río les acariciaba los pies desnudos.
—Y hemos sobrevivido a una horda más —dijo Hedi, hablando un poco con ella y un poco consigo misma, todavía sonriendo—. ¿Cuánto tiempo crees que nos dejen en paz esta vez? ¿Dos meses?
—Qué sé yo.
—Digamos dos meses. Nos hemos ganado dos meses de vida. Podemos respirar tranquilas hasta la próxima horda.
Eiva se giró hacia ella, pero la muchacha no lo notó; sus ojos azules estaban ocupados brillando y contemplando el cielo.
No te comprendo , pensó mientras la observaba sonreír.
No tenía idea de por qué aún no se había ido de su lado, no entendía por qué se empeñaba en quedarse y en quererla.
Pero lo agradecía tanto que los sentimientos eran como una estaca caprichosa clavándose cada vez más en su corazón.
No podía poner en palabras esa gratitud porque las palabras se atoraban en su boca. Pero podía protegerla. Podía hacer todo lo posible para que ser su amiga no la llevara a la muerte.
Con un destello de ansiedad en la mirada, observó el cielo.
¿Cuánto tiempo más podían correr de las hordas y esconderse entre piedras y derrumbes?
Las probabilidades habían jugado a su favor durante demasiado tiempo; no podía acallar la voz que le advertía que, de un momento al otro, la suerte le daría la espalda.
Frunció el ceño, se sacudió las preocupaciones y volvió a sentarse mientras pensaba. Había aprendido a resguardarse antes de que las probabilidades jugaran en su contra. Había aprendido a escuchar a sus instintos más oscuros.
—¿Qué sucede? —preguntó Hedi, sentándose también.
Pero ¿hasta dónde estaba dispuesta a ir para protegerla? El recuerdo borroso de la muerte de su madre flotó hasta ella como un fantasma. Pero el fantasma en su memoria estaba solo dentro de su mente. Los ojos de Hedi eran demasiado reales y brillaban con preocupación.
Eiva se puso de pie, extendió la mano para ofrecerle ayuda.
—¿Quieres ver cómo quedó la ciudad? —preguntó, sonriendo.
Cuando ella correspondió a su sonrisa y tomó su mano, Eiva supo que estaba dispuesta a ir a cualquier parte, que haría cualquier cosa, para proteger a la única persona capaz de sonreírle así.