Capítulo 8
Eiva.
(Cuatro días después del golpe).
Cuando amaneció, los dragones seguían allí.
El sol era apenas una pequeña curva en el horizonte, donde el cielo se encontraba con las montañas. En comparación con su luz tenue, las llamas iluminaban y calentaban toda la ciudad. La parte sur de la ciudad, claro. Los nobles dormían tranquilos en sus casas de piedra.
Eiva tomó a su amiga de la mano y la arrastró por los callejones más angostos, allí donde el fuego arrasaba con mayor facilidad y las maderas se desprendían para caer con un rugido y un despliegue de chispas.
Hedi intentó disuadirla, tiró de ella hacia atrás, pero la muchacha apretó su mano con más fuerza y la obligó a correr.
Saltaron las ruinas en llamas, se agacharon para esquivar las casas que continuaban derrumbándose.
—¡Estás demente! —gritó la más joven de las dos, mientras se dejaba arrastrar y luchaba por apagar las chispas que querían prenderse a su cabello.
—Es el camino más seguro.
Los dragones no buscaban comida en donde pensaban que la comida no podía sobrevivir.
Con otras palabras, no cazaban en caminos donde predominaba el fuego.
Eiva era casi experta en hordas y en dragones; nadie había sobrevivido tanto tiempo en las calles del sur.
La mayoría de las personas que vivían de su lado de la muralla, aquellos a los que los nobles (mal) llamaban nómades, terminaban esclavizándose para ellos a cambio de un refugio. O muriendo.
Eiva no podía hacer eso. Porque tenía un tatuaje de fuego en el rostro que la marcaba como maldita, en primer lugar. Y porque a su madre la habían asesinado a golpes en una de esas elegantes casas de piedra.
Aceleró y tiró de Hedi; salieron del callejón en llamas justo antes de que fuego y madera se les echaran encima.
Las casas terminaron de desplomarse con un sonido sordo y chasquidos enfadados, como si el incendio también quisiera asesinarlas.
Todo lo que se movía en aquella ciudad quería asesinarlas; eso era lo que significaba estar maldita.
Corrieron, sin mirar atrás, en sentido paralelo al río. Saltaron el barranco antes de que se hiciera mayor, intentaron mantener el ritmo sobre la densidad de la arena. Mientras los sedimentos que encerraban la playa se hacían más y más imponentes, Hedi comenzó a oponer resistencia.
—No vamos a ir allí otra vez —dijo, alzando la voz para hacerse oír por encima de los gritos que aturdían la ciudad.
En el oeste, el sol aún no había puesto sus rayos sobre el río. Las sombras continuaban protegiéndolas de los dragones que planeaban hasta el agua para beber. Pero existía un sitio que podía protegerlas incluso cuando la luz les quitara la ventaja de las sombras.
La cueva era difícil de encontrar en la penumbra. Eiva aminoró el paso, buscando una oscuridad mayor que se abriera en las piedras. La encontró enseguida. No porque tuviera una visión especial, sino por los ruidos.
—¿Me estás escuchando? —preguntó Hedi, un poco molesta, un poco preocupada, mientras ella avanzaba hacia las rocas y tiraba de su mano sin prestarle atención.
Ni bien la cueva se cernió sobre ambas como un manto de oscuridad, una pequeña antorcha se encendió y las detuvo.
La muchacha se cubrió el rostro, encandilada por la repentina luz.
Un hombre la observaba, la juzgaba, a través del fuego.
Los murmullos resonaron alrededor, personas invisibles comenzaron a hablar.
—Vete —dijo el tipo de la antorcha.
Sin una palabra, Hedi tiró de ella hacia la salida. Eiva no se movió. No bajó los ojos.
—Yo encontré este lugar.
Los murmullos aumentaron. La gente, asustada, se pegaba a las paredes de la cueva mientras afuera el sol comenzaba a hacer brillar la superficie del río con un color rosáceo. ¿Tenían miedo de los dragones? ¿O de ella?
—No nos importa —dijo él, y extendió una mano, con cuidado, como si temiera contagiarse—. Eres una de esas cosas. Una hija del abismo.
Le removió el cabello rizado del rostro, reveló la cicatriz que le marcaba la frente, frunció el ceño con repulsión.
Más murmullos. «Atrae a los dragones». «Da mala suerte».
«Contamina todo lo que toca». Eiva estaba hasta los ovarios de los murmullos y ya se había acostumbrado a que la echaran de allí. No discutió: no valía la pena.
—No vine a esconderme —masculló de mala gana. Tiró de su amiga hasta colocarla en el centro de la cueva—. Háganle un lugar. Por favor.
Hedi fue observada y juzgada con recelo mientras la antorcha la iluminaba de la cabeza a los pies.
No era difícil que la aceptaran. No era una muchacha del sur: su piel pálida, sus ojos azules y sus rizos dorados la hacían parecer una heredera perdida.
Era tsavience, descendiente de los barcos, de aquellos hombres que habían ocupado una tierra que no era de ellos y se habían adueñado de las piedras con violencia y armas.
Una huérfana sin nombre abandonada por una casa que no había deseado tener una hija de la mariposa entre sus paredes.
Los sureños, lejos de odiar a los conquistadores, tendían a besarles los pies. Por eso la muchacha sabía que Hedi sería aceptada, a pesar de haber estado en contacto con alguien como ella. «Una de esas cosas».
—Pasa, niña —dijo el hombre.
Hedi fruncía el ceño. Lo fulminó con los ojos e intentó dar un paso atrás, pero Eiva la empujó hacia las sombras. Comenzó a alejarse. Miró por última vez al hombre de la antorcha.
—Mantenla a salvo —dijo, extendiendo un dedo hacia él para advertirle—. O haré que la horda entera corra detrás de ti.
Ojalá pudiera hacer eso , pensó, girándose hacia la playa. La mantengas a salvo o no, de todas formas te enviaría a todos los dragones para que usen tus huesos como escarbadientes. Respiró hondo, dejó el resguardo de las rocas y entornó los ojos para mirar alrededor.
—¡Eiva! —gritó Hedi, intentando seguirla.
Se volteó un instante para ver cómo el hombre de la antorcha detenía a su amiga y la obligaba a permanecer en la cueva.
—No te acerques a esa cosa si quieres vivir.
Escuchaba sus voces como murmullos, pero el eco que hacían en su mente era estruendoso. Suspiró, dio un paso hacia el río y… se detuvo cuando escuchó las vibraciones en el barranco. Levantó el rostro para mirar por encima de su cabeza; la sombra de un dragón precedió al chillido.
Pegó la espalda al despeñadero mientras la bestia asomaba la nariz y olía.
Las alas se desplegaron del cuerpo con un sonido estruendoso, las patas arañaron el barranco.
Eiva intentó no quejarse ni moverse mientras trozos de roca caían a su alrededor.
El monstruo dio varios pasos hacia atrás, tomó impulso y saltó.
La muchacha dejó de respirar por un instante.
Alzó los ojos, lo observó planear hacia la orilla del río, mientras el viento que provocaban las alas enormes la despeinaba y más piedras caían a su alrededor.
Las escamas doradas absorbieron la luz del amanecer y el dragón se convirtió, mientras giraba sobre sí mismo para aterrizar, en un árbol de otoño. La arena se sacudió bajo sus alas y saltó cuando las garras de aquel bicho impactaron en el suelo.
Alrededor ya no había más dragones. Solitario, se inclinó sobre el río y bebió como si masticara el agua.
Sus dientes eran afilados y enormes, y la muchacha creyó ver, a pesar de que por momentos le daba la espalda, que sus ojos eran del color del fuego.
Mientras lo admiraba, olvidó temerle. Era maravilloso.
Pero entonces se giró hacia ella. Los ojos de fuego la observaron, se encendieron, el cuerpo enorme se giró para enfrentarla. La boca, en la que cabía entera, se abrió. Los colmillos brillaron bajo la luz rosácea del cielo. Y, en la garganta, se encendió un resplandor furioso.
—No, no —murmuró, intentando retroceder. Su espalda chocó con las rocas—. Tranquilo, muchacho.
Su voz pareció enfadar aún más a la criatura. Rugió y, desde donde estaba, Eiva pudo sentir el calor de su aliento. Sus pasos en la arena hicieron vibrar la playa, sus rugidos arrancaron piedras del precipicio.
Sabía que tenía que escapar, sabía que estaba a punto de ser quemada hasta los huesos, pero no consiguió despegar los ojos de la bola brillante en la garganta del dragón.
Alguien sujetó su mano y la arrancó de la hipnosis.
El cabello de Hedi brilló, dorado como las escamas del monstruo, y se sacudió mientras la arrastraba a correr.
Se dejó llevar, aturdida, y tardó en comprender que su amiga había abandonado la cueva.
Frunció el ceño, pero no tuvo tiempo de enojarse.
La muchacha torció el rumbo justo cuando una ráfaga de fuego intentaba alcanzarlas y no lo conseguía.
El dragón gruñó. Sus pasos volvieron a resonar detrás de ellas, y Eiva se giró justo a tiempo para ver otra bola de fuego en su garganta.
—¡Corre! —gritó, tomando el rumbo y arrastrando a Hedi hacia el agua.
Las dos saltaron y se hundieron justo antes de que las llamas iluminaran el río. Se miraron con los ojos muy abiertos y luego observaron la superficie, espantadas. A lo lejos se intuía la silueta monstruosa. El dragón rugió, luego soltó un chillido que llegó distorsionado hasta las profundidades.
Después de medio minuto (todo lo que pudieron contener la respiración) dos cabezas asomaron a la superficie y espiaron la playa, atentas, sigilosas.
El monstruo les había dado la espalda y arrastraba su cola de un lado al otro, salpicando arena, mientras preparaba sus alas.
Lo observaron alzar el vuelo y perderse hacia las piedras del norte.
Nadaron a la orilla. Empapada y cansada por el esfuerzo, Eiva se dejó caer en la arena y se tendió de espaldas. Jadeaba. El sol ya se había posado sobre ellas por completo y continuaba ahuyentando sombras, pero ya no había dragones a la vista. Los gritos se escuchaban lejos y cada vez más apagados.
Hedi se tendió junto a ella, muda; observaron el cielo mientras oían el chasquido de las llamas. El viento arrastraba el olor del humo.