Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Se mordió los labios y volvió a mirar alrededor.

La cama. Corrió hacia ella y la empujó contra la pared, mientras su peinado comenzaba a deshacerse y el cabello caía mechón por mechón sobre sus mejillas.

Esta vez, no pudo evitar que sus cuatro patas chillaran mientras rasgaban el suelo.

Cerró los ojos y continuó empujando, con una expresión de angustia.

Rezó al Tigre para que nadie escuchara los ruidos.

Anudó la tela a la pata de la cama, tiró dos veces para asegurarse de que resistía.

Su hermano le había enseñado cómo hacer nudos, cuando eran niños y se columpiaban en el bosque como monos.

Antes de que su madre y su abuela decidieran que era lo bastante grande como para que aquello fuera escandaloso.

Se interrumpió, confundida. Había olvidado esos recuerdos. ¿Por qué su memoria los traía de vuelta justo en…?

Pasos. Su respiración se detuvo en el mismo momento en que los pasos se detenían afuera, frente a la habitación.

Como si sus ojos pudieran hacer ruido, los deslizó lentamente hasta el armario que bloqueaba la puerta.

Un silencio asfixiante la aturdió por un momento demasiado largo.

Y, entonces, dos golpes en la madera desataron los latidos de su corazón.

La parálisis, esta vez, solo duró un instante.

Luchó contra el frío que le endurecía los músculos, sacudió la cabeza para deshacer la niebla de pánico que siempre la aturdía.

Muévete , se dijo. Volvió a tirar de la tela para asegurarse de que estaba bien atada.

Estás demasiado cerca como para detenerte ahora .

Abrió la ventana que había entornado el viento, los golpes volvieron a sonar.

Sujetó la faja, con puños pálidos y temblorosos pero firmes, y se montó sobre el alféizar.

Las estrellas le dieron la bienvenida mientras el viento amenazaba con hacerle perder el equilibrio.

El suelo, bajo sus pies, estaba tan oscuro que parecía esperarla un abismo interminable.

—Renax, ¿no es así?

La voz que llegó desde la puerta estuvo a punto de detener su corazón. Una voz que no reconocía. Un tono calmado y frío que le heló la piel. Un hombre. Miró el suelo y, lentamente, se giró hacia el armario, mientras el tatuaje de su mano comenzaba a palpitar.

—Habrá una horda esta noche —dijo, y ella se sobresaltó. Su voz era tranquila. Ni una sola vibración en su tono indicaba que mintiera—. ¿Qué tal si dejas el asunto de escaparte para mañana?

¿Una horda? No había escuchado sonar los cuernos.

Renax miró el cielo vacío, luego observó la ciudad en busca de señales.

No encontró nada. Literalmente nada, ni una persona paseando por las calles de Tsavixia.

El miedo volvió a anidar en su estómago.

Si le daban miedo los lobos y los tigres, un dragón…

«Mañana, cuando mi hermano termine contigo, vendré a verte».

Frunció el ceño. Agregó otra regla a su repertorio, mientras se aferraba con más fuerza a la faja roja.

Ningún hijo del lobo volverá a tocarme, jamás.

Pensó en su padre mientras se giraba hacia el armario.

Pensó en su familia, en su casa, en todos los que habían muerto para que ellos tomaran el poder.

—Si yo también muero —susurró—, prefiero que me asesinen los dragones.

Arrojó la tela. Cerró los ojos. Saltó.

La fricción le quemó la palma de la mano, pero sus pies tocaron el suelo antes de que pudiera darse cuenta. La faja no era lo suficientemente larga como para acompañarla todo el camino, así que su aterrizaje fue un poco accidentado: todos sus huesos tocaron el suelo.

Hizo una mueca y soltó un quejido, pero no se detuvo. Los latidos de su corazón eran demasiado rápidos como para dejarla descansar. Abrió los ojos, se puso en pie con torpeza y miró, instintivamente, hacia arriba.

Medio cuerpo se asomó desde la habitación. Renax frunció el ceño. ¿Cómo… tan rápido…? Su reciente esposo se limitó a observarla mientras la luna brillaba en sus ojos, indescifrables. Ella se aferró a la daga con más fuerza. Retrocedió.

—¿Qué es esto? —dijo, a sus espaldas, una voz divertida. La hija del tigre dio un respingo y se giró, con expresión de animal acorralado. Un hombre se acercaba a ella—. ¿Te has perdido, gatita?

Renax observó su uniforme con horror; el soldado sonreía, su rostro hinchado y amoratado como si se hubiera caído sobre los puños de un pelotón entero. Ella retrocedió un paso, en dirección a la ciudad, y blandió el cuchillo hacia el hombre. Su sonrisa se ensanchó. Era una sonrisa llena de odio.

Desde la ventana, un sonido los distrajo a ambos. La expresión del soldado cambió por completo. Durante un segundo, pareció asfixiarse.

—Señor —dijo, sorprendido. Hizo una reverencia.

Renax lo observó, casi esperando que la dejara ir. Casi suplicándolo. Los ojos verdes sostuvieron su mirada, indescifrables. Pero ¿qué podía esperar de un lobo?

—Tráela de regreso, Zagh —dijo, con un tono más frío que la luz de la luna.

Renax no tenía tiempo para odiarlo. Se volteó e intentó echar a correr, pero una mano rápida y satisfecha la sujetó del cabello. Chilló e intentó retorcerse, avanzó un paso a pesar del dolor mientras el hombre tiraba de ella hacia el otro lado.

—Ven, gatita —dijo, con un tono jocoso—. Tienes que volver adentro.

La voz de su madre resonó desde algún lugar, tal vez desde donde hablan los muertos. No maldecir, no contestar a los mayores. No desobedecer.

Gritó antes de girarse, como si eso la ayudara a tomar impulso. Blandió el cuchillo con todas sus fuerzas contra la sonrisa asquerosa de aquel hombre. Su mirada brilló con algo que no había sentido nunca. El filo cortó.

La mano en su cabello perdió fuerza y la dejó ir.

Una línea roja atravesaba ambas mejillas.

Una línea roja que comenzó a ensancharse, a deshacerse en una forma extraña, a caer.

La sangre pintó su mentón y goteó al césped.

Su expresión se había paralizado. Algo muy parecido al miedo había borrado su sonrisa; tal vez por el dolor, tal vez por la tormenta que lo amenazaba desde los ojos furiosos de la hija del tigre.

Renax retrocedió un paso y, antes de huir, miró hacia arriba. A él. Al heredero de la casa que le había quitado todo. Sus miradas se sostuvieron un instante, como si se desafiaran mutuamente. La joven sintió que su tatuaje cosquilleaba y sintió deseos de arrancarse el brazo.

Apretó los dientes, lo miró con desprecio una última vez y se giró para correr hacia la ciudad.

Lo escuchó dar la voz de alarma. Huyó, de todas formas, tan rápido como podía; atravesó la plaza y se internó en los callejones más oscuros.

Si su madre la hubiera visto, la habría golpeado.

No caminar de prisa. No correr bajo ninguna circunstancia.

Dar pasos cortos y no levantar demasiado el mentón .

No tenía tiempo para obedecer a su madre. Lo siento, murmuró. Pero tampoco tenía tiempo para sentir culpa.

Se dirigía hacia el templo de su casa, por instinto; se detuvo. ¿Habían dejado a algún hijo del tigre con vida? Probablemente no. Y, de todas formas, comenzarían por buscarla allí. Negó con la cabeza, comenzó a correr hacia el otro lado…

Y entonces escuchó el primer chillido.

Se quedó quieta, miró hacia las montañas y el pánico brilló en sus ojos junto con la luz de la luna.

Comprendió que los soldados no la buscarían en ningún lado, esa noche.

Pero los templos tampoco le abrirían. Decenas de nómades estarían tocando a sus puertas para pedir un refugio que, en el noventa por ciento de los casos, los nobles les negaban.

Es peligroso abrir , solían decir sus padres.

Por un momento, pensó que tenía gracia; ahora era ella la que estaba a la intemperie, escuchando con la piel erizada los chillidos de los dragones.

El miedo la inundó. Una vez más, se sintió como una niña pequeña a la que habían dejado sola. Una muchacha torpe que apenas podía caminar derecha. ¿Sobrevivir? ¿A una horda de dragones? Miró, a través de las lágrimas, un horizonte tranquilo.

Concéntrate, Renax , se dijo a sí misma. La voz de su mente, tal vez porque se parecía a la voz de su madre, no sonó asustada. Ansiosa, urgente, severa, pero no asustada.

No morir.

Se mordió los labios y torció el camino hacia donde los dragones, se rumoreaba, nunca iban.

Aquel sitio enorme que le serviría de escondite y al que nadie podía impedirle entrar: el bosque.

Ignoró todos los peligros que podía encontrarse allí, porque de todas formas no eran hijos del lobo ni bestias gigantes que echaran fuego, y con eso le alcanzaba.

Cuando divisó los primeros árboles, la tierra comenzó a vibrar.

Escuchó gritos, gritos anticipados. Observó el cielo: aún vacío.

Con los latidos del corazón en la garganta, corrió, sin saber a dónde, intentando no chocarse con los troncos en la oscuridad ni tropezar con las raíces.

Hacía más de una década que no entraba en el bosque.

No ensuciarse, no despeinarse, no correr .

Su mente repetía como eco las reglas mientras ella las violaba todas y, en las sombras, buscaba un lugar para esconderse.

Un lugar… Sus rodillas temblaron y fallaron cuando todo el bosque vibró y el sonido de los chillidos, por fin, comenzó a sobrevolar Tsavixia.

Con las piernas flexionadas sobre un charco, miró a través de las rendijas que dejaban las copas de los árboles.

Sombras enormes pasaron sobre ella y taparon la luz de la luna, mientras sacudían el bosque con sus colas enfadadas.

Renax se abrazó y cerró los ojos. En la ciudad, comenzó el fuego y se desataron los gritos.