Capítulo 7 #2
Su aspecto no la sorprendió: era todo lo que ella había esperado. El heredero perfecto de una casa siniestra y misteriosa. El cabello oscuro, los ojos entornados con astucia. El semblante serio que escondía sus pensamientos del mundo.
—Luodrin, hijo del lobo —comenzó la mujer que estaba con ellos en el altar, haciéndose oír en cada rincón de la sala—. Renax, hija del tigre. Unan sus manos.
Al principio, ninguno de los dos se movió para obedecer.
Él parecía estudiarla, ella estaba distraída.
Una idea escalofriante y tentadora había anidado en su mente y encendido una luz.
Ni siquiera palabras, solo sensaciones y fantasías: el peso de la daga en su pierna, los gritos en la plaza, la sangre.
Un movimiento rápido, y la casa que había matado a su familia perdería un heredero.
La idea se disolvió enseguida, no obstante, mientras él extendía el brazo. Un brazo demasiado fuerte. ¿Matar a alguien? ¿Ella? Apenas sabía cómo sostener un cuchillo. ¿Recuerdas nuestra regla?, se preguntó. No te suicides . A veces, escuchaba a su madre en su propia voz.
Lentamente, con recelo, unió su mano a la mano del hombre.
Sin ganas, al principio. Pero se sujetó mejor cuando la hija del cuervo comenzó a envolver, de un brazo al otro, una tela tirante.
Él la apretó un poco más, rodeando el dorso de su mano con un pulgar seguro, como si quisiera atraparla.
O sostenerla. Su piel era suave y caliente. Su tacto era cuidadoso y firme.
Alzó los ojos y lo encontró observándola; mantuvo la mirada todo lo que pudo, a pesar de su inquietud, preguntándose si detrás de esos ojos verdes (¿o marrones?) estaban todos los demás hijos del lobo.
Una red de pensamientos única funcionando en cuerpos distintos.
Tenía que ser tan retorcido como su hermano.
Tan feroz como su padre. ¿O eran, en realidad, una misma persona?
Recordó la sonrisa sádica, las caricias en su cuerpo, los ojos que brillaban con maldad…
Estuvo a punto de retirar la mano, pero la detuvieron dos cosas muy distintas: la voz de la razón y la tela que ya estaba anudada.
La impotencia se apoderó de su cuerpo y volvió a provocar grietas en su mente. Las manos volvieron a temblar.
El hijo del lobo miró el lazo que los unía, luego estudió su rostro.
—Cuando sus frentes se toquen, la raíz más sagrada de todas, la del matrimonio, se extenderá por sus brazos…
—Mientras la hija del cóndor soltaba el discurso habitual, Renax sintió que algo se movía contra su piel.
Los dedos del hombre se hundieron en la palma de su mano hasta casi rozar su muñeca, el apretón se hizo más profundo, el temblor quedó disimulado por una firmeza que no le pertenecía—…
y los unirá para que den honor y herederos a sus casas y continúen con el legado del imperio tsavience, con el fin de traer prosperidad…
No escuchó el resto del discurso. Se concentró en su respiración mientras los temblores se aplacaban y el miedo disminuía ligeramente.
Pero antes de que pudiera tranquilizarse, un sonido le erizó la piel.
Un carraspeo seco. Irónico. Sádico. Sintió que su sangre se enfriaba un poco más y, despacio, miró de reojo los primeros asientos del público.
Encontró una sonrisa, esa sonrisa , en medio de las sombras.
Sintió esos ojos intensos en el cuerpo. Y el miedo volvió para asfixiarla.
Intentó soltarse, por instinto, pero un apretón más fuerte la retuvo.
Vio con horror los colmillos del lobo que comenzaba a gruñir, fue consciente del silencio insoportable que vibraba en el salón, volvió a sentirse atrapada en una pesadilla.
Quería retroceder, arrojar los candelabros al suelo y huir. Quería…
Antes de que pudiera dar un paso atrás, la mano del hombre tiró de ella.
Las imágenes a su alrededor se borraron, las sombras desaparecieron y la sonrisa burlona se perdió más allá de su mirada.
Solo pudo ver el rostro que tenía delante, los ojos oscuros que buscaban su atención.
Despacio y con cautela, el hijo del lobo acercó la frente.
Sus rostros solo se rozaron, al principio; con la respiración acelerada por el miedo y la mente congelada, Renax no se movió. Esperó a que él avanzara. Esperó hasta que sus frentes se tocaron y sus brazos comenzaron a cosquillear.
Lo miró a los ojos, mientras algo caliente se abría paso en su palma y les arrancaba, a ambos, un gesto de dolor. Sus frentes se pegaron un poco más, casi inconscientemente, como si buscaran compañía. Como si ninguno estuviera muy seguro de lo que estaba pasando.
Pero la joven había visto esa escena varias veces.
Debajo de la tela que les envolvía los brazos, el tatuaje de una raíz estaría imprimiéndose en ellos para enlazarlos de una forma que nunca había comprendido bien.
Bajó los ojos. Sabía que estaban demasiado cerca.
Sus narices se rozaban y sus respiraciones calentaban el aire que respiraban los dos.
Pero le ardía tanto la piel que solo podía concentrarse en aguantar.
Intentó no pensar en nada, intentó no volver a asustarse, y soportó incomodidad y dolor con un rictus imperceptible.
Se escaparía. En unas horas, estaría lo bastante lejos como para que ningún hijo del lobo volviera a tocarla jamás.
Cuando el ardor remitió y ella volvió a alzar los ojos por instinto, lo encontró observándola. Por alguna razón, la frialdad de su mirada no le provocaba miedo. Su mano . La calidez y la firmeza suave de su mano la hacían sentir tranquila. Darse cuenta de ello le devolvió el recelo.
—La unión —dijo la mujer, con una reverencia— se ha completado.
El público aplaudió, Renax evadió los ojos de su esposo mientras se apartaban.
Su esposo. Qué estupidez , pensó. Jamás admitiría esa unión, jamás lo consideraría su familia y jamás…
Cuando la mujer retiró la tela, no obstante, vio con angustia resignada el resultado de aquel horror.
El tatuaje estaba allí. Una raíz que brotaba de su mano, corría por su brazo y la marcaba para siempre.
Un dibujo que solo se completaba en el cuerpo de aquel hombre que, quisiera o no, acababa de convertirse en su esposo. Un grillete que los unía.
Apartó la mano, espantada. Él tensó los dedos, como si no supiera qué hacer con el cosquilleo del calor evaporándose. Despacio, casi con incomodidad, cerró su mano en un puño. Su lobo, por segunda vez, gruñó.
—Pero tenemos que prepararla antes de que…
—Me prepararé sola —interrumpió a la doncella que estaba de pie en el pasillo, mientras ella bloqueaba la puerta para que no volvieran a invadir el cuarto como hormigas sin hormiguero.
Nunca se había opuesto a nada, así que su determinación parecía frágil e insegura. Pero la sostuvo de todas maneras.
—No puede prepararse sola.
—No quiero… —intentó decir, pero las voces se sobrepusieron a ella con facilidad.
—Tenemos que bañarla y ponerle la ropa de cama.
—Yo…
—El señor la visitará en menos de media hora y, si no está lista… —dijo una de ellas, empujándola suavemente. Su primer instinto fue dejarse empujar, callarse, obedecer.
Pero ¿a dónde la habían llevado sus instintos? ¿A dónde había terminado después de pasar toda su vida intentando comportarse como una verdadera hija del tigre? Frunció el ceño, se reafirmó en su lugar y les bloqueó el paso. Algo en su mirada las detuvo en seco.
—No quiero que nadie me toque —dijo, atravesándolas con los ojos, enfrentándolas mientras su corazón latía a toda velocidad—. Me prepararé yo misma.
La observaron, sin saber qué hacer, mientras la joven aprovechaba el momento de confusión y cerraba la puerta.
Esperó un segundo, escuchó sus propios latidos en el silencio.
Prestó atención a los murmullos y, cuando los pasos comenzaron a alejarse, una ola de alivio le recordó que no estaba respirando.
Inhaló hondo, se giró y se apoyó en la puerta para tranquilizarse.
El enojo que había usado para enfrentarlas se debilitó y se escondió detrás del miedo. La ansiedad le reiteraba, una y otra vez, que no tenía tiempo para respirar tranquila. Era su única oportunidad de salir de allí.
Clavó unos ojos decididos en la ventana, se dirigió a ella y la abrió.
Apenas una rendija, al principio, en caso de que hubiera alguien observándola.
Pero la boda había desordenado a los soldados; algunos la habían escoltado, otros habían protegido la entrada al salón de ceremonias, y el resto estaría vigilando la entrada del palacio.
Abrió la ventana de par en par, observó el cielo estrellado que lindaba con un mar oscuro de follaje. Miró hacia abajo. La separaban cuatro pisos del suelo: si se arrojaba desde allí, claramente violaría su nueva regla.
Apretó los dientes y escrutó su alrededor.
Lo primero que hizo, mientras el corazón latía desbocado y la mente le susurraba que era inútil, fue trabar la puerta.
Movió el armario, con una fuerza que no sabía que tenía.
Luchó por hacer el menor ruido posible, pero incluso los murmullos parecían estruendosos en la tensión del cuarto.
Intentó deshacer el nudo de la faja. Pero la posición era incómoda y sus dedos temblaban y el miedo no le permitía detenerse para respirar y recuperar la compostura, porque no había tiempo.
Gruñó, sin darse cuenta, y retiró la daga de su pantorrilla.
Cortó la tela, la desenredó de su cintura con una velocidad ansiosa.
¡Ya deja de temblar! , se dijo, mientras el miedo y las prisas se confundían con una irritación completamente nueva. Las vueltas de la faja parecían infinitas.
Cuando lo consiguió, la tomó por un extremo e intentó ligarla alrededor de la ventana, que protestó con un crujido. Frunció el ceño, movió la madera de arriba abajo y estuvo a punto de arrancarla sin querer. Si se colgaba de eso, también violaría su nueva regla.