Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Renax.

(Tres días después del golpe).

—¿A dónde estamos yendo? —preguntó, en un murmullo.

Y aun así las palabras resonaron con fuerza en el corredor vacío.

Un séquito de criadas y guardias la escoltaban a lo que probablemente fuera su boda.

Renax caminaba cada vez más despacio. La daga en su pantorrilla parecía palpitar, como si quisiera delatarse y delatarla a ella.

El cordón con el que la había atado (demasiado fuerte) le cortaba la circulación y le adormecía el pie.

Pero caminaba más despacio, sobre todo, porque no estaban dirigiéndose a donde había esperado.

—Al salón de ceremonias, señorita —respondió, sin mirarla, una doncella.

La joven se detuvo en seco. Se le enfrió la piel, a pesar de la cantidad de sangre que corría por sus venas.

Las criadas, que no habían dormido en toda la noche y habían pasado la tarde entera intentando contener sus rizos en un rodete normal, se giraron para mirarla con ojeras de irritación y angustia.

—¿La boda no se hará en el templo del lobo? —preguntó, con un tono de voz aún más bajo, viendo, más allá del piso, cómo su plan se desmoronaba. El miedo se filtró en las grietas de su mente y lo paralizó todo.

—No. Quieren que sea en el palacio —dijo la misma doncella, intentando ser paciente. O, al menos, disimular su mal humor. Se acercó a Renax y, con una mano suave en su espalda, la incitó a caminar.

Obedeció sin darse cuenta, mientras le temblaban las manos. Otra vez se sintió ahogada, otra vez sintió que su mente se perdía en rugidos y sangre y muertos y… «Mañana, cuando mi hermano termine contigo, vendré a verte».

No . Se sujetó las manos para detener el temblor, tapó las grietas para contener el pánico. Eso no sucederá. Nunca . No podría evadir la boda, porque sus planes para escapar en el camino al templo acababan de hacerse pedazos; después de todo, tendría que haberse imaginado que no la dejarían salir.

Pero casarse no era lo que la aterraba. Solo tenía que postergar su escape un par de horas.

Postergar su escape y… dejar que la unieran a un hijo del lobo para toda la vida.

Las grietas intentaron agrandarse, el temblor en sus manos regresó.

No es para tanto. Contrólate . Ignoró el miedo que le mordía las venas por dentro como una serpiente de sangre, se concentró en urdir otro plan.

La mitad de su atención, no obstante, continuaba perdiéndose en aquel lugar hostil que ya no reconocía.

Las alfombras rojas en los corredores eran nuevas y horribles.

Los candelabros dorados se desprendían de las paredes oscuras, como garras de oro con uñas de fuego, e iluminaban los retratos siniestros de los hijos del lobo.

Al final de cada pasillo, una escultura del animal que los representaba mostraba los dientes con un gesto amenazador.

En solo tres días, se habían adueñado del palacio.

La condujeron por una escalera amplia; sobre su cabeza, al final de muchos escalones de basalto, otros dos lobos de piedra la esperaban con las fauces listas para morder. Renax intentó no renguear mientras sacudía, discretamente, su pie adormecido. La daga tintineó.

Tosió para disimular, pisó la tela que le cubría los zapatos y estuvo a punto de caerse. Una doncella la sostuvo a tiempo. La risa sutil de los guardias la avergonzó y alivió en partes iguales. ¿Cómo iban a sospechar de una niña torpe?

—¿Se encuentra bien?

Renax asintió y volvió a erguirse.

Continuaron subiendo, y ella se vio obligada a levantar la falda para no pisar otra vez el dobladillo.

Las criadas no habían tenido tiempo suficiente como para coser un vestido de novia, pero aquello se parecía bastante: la tela blanca, llena de pliegues, que le sentaba fatal, y la faja roja que envolvía su cintura.

Una faja gruesa e incómoda. Pero fuerte, también, como si estuviera hecha para resistir el peso de alguien que necesita huir por la ventana de su habitación.

Renax ocultó sus pensamientos, el temblor de sus manos y el sudor mientras subía los últimos escalones. La daga pesaba cada vez más. Vibraba, cada tanto, y ese murmullo imperceptible, para ella, sonaba como un grito delator.

Subieron los últimos escalones y, al final del pasillo, la joven vislumbró la puerta del salón de ceremonias. Un escalofrío estuvo a punto de paralizarla otra vez.

Había visto muchos casamientos. Había ansiado el suyo, para que su madre dejara de mirarla con preocupación y su abuela, con desdén.

Para demostrar que podía cumplir con su tarea, que podía valer tanto como su hermano, que alguien podía…

amarla. Había fantaseado con una persona que la rescatara de la desaprobación y la vergüenza en la que se había ahogado toda su vida.

Ahora, nada de eso era importante. Quienes la habían desaprobado estaban muertos. Y ella estaba caminando hacia una de las cosas más abominables que podía hacer una hija del tigre: casarse fuera de su casa. Casarse con un hijo del lobo.

Se detuvieron frente a la puerta del salón y las criadas se giraron hacia ella. Le preguntaron algo, pero la joven no las escuchó; miraba la puerta, sin ver, perdida en el miedo que hacía temblar sus rodillas y en la angustia que agrietaba su garganta.

No quería entrar. No quería unirse a la familia que había asesinado a sus padres.

No quería tocar, ni siquiera por un segundo, a un hijo del lobo.

Las criadas insistieron, Renax escuchó solo un zumbido.

Tuvo la sensación de que la puerta se agrandaba, siniestra, mientras intentaba recordar al hombre con el que se casaría.

Pero no encontró nada en su memoria. Solo rumores.

—¿Señorita?

El rostro impaciente de una doncella la sacó de su ensimismamiento.

La puerta recuperó su posición original y la joven fue consciente del sudor que le recorría el rostro.

Asintió, sin saber cuál era la pregunta.

La criada frunció el ceño, casi con preocupación.

Pero se limitó a girarse y a asentir, y entonces alguien más abrió las dos hojas de la puerta.

Solo es un mal momento. Tienes que aguantar un mal momento y…

La madera soltó un rugido grave e imponente mientras permitía ver el interior de la sala.

Renax observó, con horror, en lo que se había convertido el salón de ceremonias.

¿Así…? ¿Así es como celebran las bodas los hijos del lobo?

, se preguntó, mientras las doncellas la incitaban a entrar en aquellas fauces oscuras.

No había ni rastro de la alegría con la que festejaban los hijos del tigre.

Ni rastro de los ruidos excitados, la comida y las bromas.

Aquel lugar parecía un templo de fantasmas. Y los hijos del lobo, una secta preparada para invocar dragones.

La empujaron cuando comprendieron que no se movería por su cuenta, y se vio obligada a avanzar por un pasillo oscuro. Sentía las miradas de los espectadores, sumidos en las sombras, convertidos en siluetas sin rostros.

El altar era una tarima iluminada, lo único iluminado en aquella sala siniestra; estaba rodeado por los mismos candelabros que había visto en el camino. Parecía una jaula de garras. Un círculo de espinas doradas del que no podría escaparse. Sintió que entraba en una pesadilla.

Del otro lado del público, en el pasillo paralelo, se movió una sombra.

Un hombre caminaba hacia el altar, al mismo ritmo que ella, como si estuviera observándola y midiendo sus pasos.

Un hombre y un lobo. Renax sintió que su estómago se convertía en piedra cuando sus ojos distinguieron la forma feroz, enorme, del animal.

Las criadas dejaron de acompañarla y le señalaron la tarima, sin explicaciones.

Obedeció. No supo qué más hacer en medio de tantas sombras, de tantas miradas que no tenían rostro ni identidad.

Mientras subía hacia la luz, una mujer brotó de la penumbra.

Apareció en medio del altar, con un pájaro gigante posado sobre los hombros.

Renax se sobresaltó, al principio. El ave la intimidó, mientras atravesaba los candelabros y se acercaba al centro de la luz.

Pero conocía a los hijos del cóndor: oficiaban todos los casamientos, no importa de qué casa o cultura.

Eran los únicos que podían realizar la unión.

Los únicos que tenían el poder de marcar y enlazar a dos personas.

Cuando Renax comenzaba a acostumbrarse al tamaño de las alas y a los ojos rapaces, el lobo que había avanzado con ella del otro lado del salón se sacudió las sombras y se volvió visible.

La joven escondió las manos temblorosas detrás de la espalda y se detuvo a una distancia prudencial, mientras los ojos amarillentos la observaban con poca simpatía.

Parecía a punto de enseñarle los dientes.

Renax revivió los gritos. Su mente comenzó a girar.

Volvió a ver la sangre, los miembros desgarrados, los…

Las piernas que se detuvieron frente a ella la arrancaron de los recuerdos y la arrojaron a esa otra pesadilla que era el presente. Su futuro esposo. Un asesino, como todos ellos.

Corría el rumor, entre las demás casas, de que los hijos del lobo eran dementes; enloquecían por tantos pensamientos enredados, por tantas voces juntas, por tantos recuerdos. Se preguntó si sería verdad. Se preguntó si estaba casándose con toda una red de locos escondida detrás de un simple cuerpo.

No quería mirarlo. No quería saber si la hostilidad del lobo era compartida, no quería saber si se asemejaba a su hermano, no quería sentir más miedo del que le mordía el estómago.

Pero, a pesar de la voz que intentaba disuadirla, la joven alzó el rostro, despacio. Necesitaba saber. Tenía que saber.

Sus ojos atravesaron el pantalón de gala, interrumpido por el terminado en puntas de una chaqueta roja. Siguieron los diseños plateados, el chaleco negro que se adivinaba detrás, el cuello tenso y, por fin, el rostro del hombre con el que se estaba uniendo en matrimonio.