Capítulo 6 #2
—Mi cuerpo no vale nada —continuó con un murmullo que se perdió bajo la tormenta. Dan sintió que el aire a su alrededor se enfriaba un poco más. Sintió que su piel comenzaba a calentarse—. Si mi cuerpo se rompe en mil pedazos…
El viento lo golpeó con más fuerza, le despeinó el cabello mojado, sacudió su ropa.
—Si mi cuerpo se rompe en mil pedazos… —repitió, un poco más fuerte, para escuchar su propia voz por encima de las ráfagas—…, lo puedo volver a armar.
Y entonces pensó en su padre. No lo había planeado; simplemente, al momento de buscar un rostro, pensó en su padre. En el rostro que más deseaba ver.
Una ola de calor le arrasó el pecho. Dan abrió mucho los ojos, sorprendido, y se llevó una mano al corazón. Apenas vio la mirada del reptil, brillando como un huracán de fuego. Apenas vio el bosque o sintió la lluvia. Su cuerpo quemaba.
Abrió la boca para quejarse, mientras una expresión de dolor le descomponía el rostro, pero entonces la ola de calor comenzó a expandirse. Y a mover todo lo que encontraba a su paso.
Dan luchó por mantenerse en pie. Su cuerpo se movía. No sus brazos o sus piernas, sino el interior de su cuerpo. Sus venas cambiaban de lugar, sus músculos se ensanchaban y sus huesos se fortalecían para sostenerlos.
Abrió más la boca, sin darse cuenta. ¿En qué momento había caído de rodillas?
Gritó, de dolor pero también de pánico. Se desgarraba.
Todo en su interior parecía desgarrarse y arder al mismo tiempo.
Sabía que estaba gritando, pero no podía escuchar su propia voz.
Las lágrimas nublaron sus ojos. La piel también comenzó a moverse.
Se inclinó hacia delante y se aferró de las raíces para soportarlo, con el semblante descompuesto de dolor. La mente comenzó a oscurecerse, las imágenes a su alrededor comenzaron a abandonarlo, las sensaciones de su cuerpo se alejaron de él.
¡No! Sacudió la cabeza y se aferró al dolor, apretando los dientes con un gesto desafiante. No podía perder la consciencia. Si perdía la consciencia en el proceso, tendría que volver a empezar.
Gritó y lloró, pero soportó despierto el resto de la muda.
Su piel se estiró para cubrir los músculos, su tabique se torció ligeramente, su cabeza comenzó a arder mientras crecía otro tipo de cabello.
El viento sopló con más fuerza como si quisiera consolarlo.
Sus pómulos se separaron, y un trueno rugió sobre el bosque para esconder sus gritos.
Algunas partes de su cuerpo sí se desgarraban.
Notó el sabor de la sangre que había comenzado a gotear desde la cabeza hacia los labios.
Notó las grietas entre los dedos, los cortes en los hombros, y sintió un dolor que no había imaginado nunca; las lágrimas no fueron suficientes.
Tembló. Se dejó caer, sobre el barro y las raíces.
Intentó… intentó pensar en otra cosa y lo único que acudió a su cabeza, en medio del dolor que lo estaba volviendo loco, fue la muerte de su padre.
La espada atravesándolo, el cuerpo inerte sobre sus piernas, la sombra del hijo del cuervo. Los lobos desgarrando a quienes intentaban escapar. La hija de la serpiente, de pie en la pirámide, iniciando la peor masacre del siglo. Su ropa ondeando al viento…
La lengua de la iguana, húmeda sobre su nariz, lo sacó de su mente. De sus sueños, o lo que fuera en lo que se había metido. Dan se sobresaltó. ¿Había perdido la consciencia? No. No, no, no . Se sentó, y el reptil soltó un siseo enfadado cuando rodó y cayó sobre sus piernas.
El joven se miró las manos, ignorando las quejas de su cuerpo resentido. No, no su cuerpo. El cuerpo de su padre. Miró con emoción las arrugas más profundas que cruzaban sus dedos, gruesos y musculosos. Miró el color más bronceado de sus brazos y el vello oscuro que lo cubría por todas partes.
Lo había conseguido. Desde su cuerpo delgado y débil al cuerpo de su padre, y sin volverse loco.
Lo embriagó una sensación de triunfo que no había sentido en toda su vida.
La iguana había dejado la irritación a un lado para compartir su euforia.
Dan comenzó a sonreírle y pensó en lo orgulloso que estaría su padre cuando…
El pensamiento fue suficiente como para congelar la sonrisa en su rostro y marchitarla. No tienes derecho a sonreír , se dijo, sintiendo que los recuerdos caían sobre él como un baldazo de agua fría. No se había transformado para complacer a nadie; era demasiado tarde para eso.
Se vio reflejado en la mirada del animal, una mirada triste.
Esbozó otra sonrisa, esta vez tenue y falsa, pero no tenía caso mentir.
Era como mentirse a sí mismo. Extendió el brazo, para que ella trepara a su hombro, y se puso de pie.
Le costó, al principio, mover unas piernas a las que no estaba acostumbrado.
Con los ojos de su padre, miró a través del bosque. Una mirada seria y vacía, determinada y oscura.
El hombre que controlaba el portón del templo dio un paso atrás, aturdido. No se movió ni le impidió el paso cuando él entró como si estuviera en su derecho. Como si el templo fuera suyo.
Dan atravesó el arco de la entrada principal mientras todos a su alrededor se detenían a observarlo.
Los hijos de la iguana eran una casa simple; odiaban lo ostentoso y lo decorativo.
Vestían túnicas negras. Dentro del templo solo había columnas altas, escaleras sin alfombra, esculturas de mármol y un largo camino hacia la silla del jefe.
Él atravesó ese camino. Pasó junto a los que rezaban, sin prestar atención a sus expresiones de espanto.
Y se detuvo frente al semblante más furioso y oscuro que Dan había visto jamás.
Su tío se levantó de la silla y se adelantó un paso para observarlo mejor. Reparó en la sangre y el agua que se mezclaban y caían desde su cabeza hasta el suelo.
—¿Tienes muchas ganas de morir? —preguntó, mirando el rostro de su hermano—. ¿Quién eres?
Todos detuvieron lo que hacían para oír esa respuesta, mientras la iguana les devolvía la atención con curiosidad y recelo. Dan observó al jefe del templo con una mirada fría que, lentamente, se volvió gris.
—¿Ahora sí me entrenarás? —dijo.
Y la sorpresa lenta y helada en el rostro de su tío le resultó satisfactoria.