Capítulo 6
Dan.
(Tres días después del golpe).
Tronaba como si alguien estuviera rompiendo el cielo en pedazos.
Las copas de los árboles se inclinaban con el viento, las ramas más débiles se partían y echaban a volar.
Dan estaba, otra vez, sucio y empapado. Pero no sentía el frío.
Apenas notaba el viento y las embestidas de la lluvia.
Si apretaba los dientes era por la cortina de agua gris que se le metía en los ojos y el barro que lo hacía resbalar.
Era una persecución imposible.
La iguana saltó por el barranco breve que separaba a la ciudad del bosque. Sus patas rápidas chapotearon por el piso de piedra y se lanzaron hacia los edificios.
—¡Espera! —gritó, mientras él también saltaba y corría detrás. Apretó los puños. Como si fuera a escucharme.
Apenas había dormido y su estómago estaba hueco; le costaba correr en línea recta y sin marearse. Cada tanto, sentía que el suelo se desestabilizaba y la iguana se multiplicaba por tres.
Aun así, la persiguió entre las casas que lindaban el bosque, se esforzó por no resbalar en el basalto mojado ni perderla en la cortina gris.
Hacía más de una hora que corría tras ella.
No había sido fácil encontrar una iguana, aun sabiendo dónde buscar; Dan llevaba dos días y medio revisando árboles debajo de la lluvia, el sol y la tormenta.
No podía dejar que se escapara la única posibilidad de vengar a su padre. De ayudar a Renax. De hacer algo útil por primera vez en su vida.
El animal dobló demasiado rápido, Dan patinó cuando intentó detenerse.
Se sujetó de las paredes para doblar hacia un callejón estrecho que no llegaba a ninguna parte.
Era su oportunidad. Corrió más de prisa, pero el basalto bajo sus pies se había terminado: el lodo atrapó sus botas.
Tropezó, cayó de bruces y todo volvió a dar vueltas.
La herida en su brazo palpitó, quejándose.
Alzó el rostro, vio cómo el animal comenzaba a trepar la piedra. Comprendió que se había equivocado.
Se había equivocado porque, para ella, el callejón sí tenía salida. Se había equivocado porque había creído que aquel muro, alto y grueso, era como cualquier otro. Se había equivocado… al pensar que alguien como él podría vincularse.
Aun si se incorporaba, no la alcanzaría; el bicho trepaba demasiado rápido. Y cruzar esa pared que, en realidad, era la muralla que separaba la ciudad de sus suburbios, solo era posible a través de una puerta a la que no podría llegar a tiempo.
—¡No! —gritó, apretando los dientes, mientras la iguana alcanzaba la cima. Los ojos grises brillaron con desesperación a través de las lágrimas, a través de la lluvia—. No te vayas. Si te vas, yo…
El animal se giró para mirarlo solo un instante, con ojos astutos, y luego se perdió del otro lado de la muralla.
—¡Te necesito! —gritó y cerró los ojos, como si reteniendo su imagen pudiera retenerla a ella. Ignoró a la voz de la razón, que lo hacía sentirse estúpido; la voz de la razón jamás le había servido para nada—. Te necesito porque…
Porque quiero vengar a mi padre. Porque quiero ayudar a Renax, porque quiero ayudar a reestablecer la democracia, porque quiero matar a todos los lobos. Y a los hijos de la serpiente. Porque quiero…
No. Quería todo eso, pero había algo más profundo que no podía poner en palabras. No un deseo, sino un temor. «Si no te hubieras empeñado en ser lo que eres…». Esas palabras eran la pesadilla de la que no podía salir. Quería escaparse de esa pesadilla.
—Te necesito porque… la culpa… —intentó terminar la frase sin que su voz se quebrara en mil pedazos, pero no pudo.
Abrió los ojos para dejar salir las lágrimas que no había derramado antes.
Las miró caer, con una expresión rota. Se tocó el pecho, apretó su camisa mojada como si pudiera arrancarse la sensación de que se rompía—. La culpa me está… partiendo en dos.
Cerró los ojos otra vez, negó con la cabeza.
¿A quién quería matar, si ni siquiera podía atrapar a una iguana?
¿Cómo iba a convertirse en un guerrero, él, que había pasado toda su vida mirando las estrellas e inventando tonterías que no le habían servido a nadie?
Apretó el barro con una mano, mordió las lágrimas y la frustración, y comenzó a ponerse en pie.
Pero vio las patas flexionadas, verdes, frente a sus ojos. El pecho curvado en una pose majestuosa, la mirada que parecía juzgarlo y compadecerlo en partes iguales. Dan tuvo un pensamiento doloroso y fugaz: lo miraba como solía mirarlo su padre. Como si fuera un idiota. Como si le tuviera lástima.
Se paralizó, sorprendido; después de unos segundos, el fantasma de una sonrisa asomó a los ojos del muchacho.
Mientras la lluvia los empapaba a los dos, el animal ladeó ligeramente la cabeza.
Dan se acomodó para sentarse sobre el lodo.
Despacio, extendió una mano cuidadosa. La iguana entrecerró los ojos y su papada se agrandó por un instante, pero el joven no la tocó; detuvo sus dedos a una distancia prudencial y esperó a que ella tomara la iniciativa.
La miró a los ojos, sin miedo, sin apuro.
El reptil volvió a observarlo, esta vez con curiosidad. Dio un paso hacia delante y las pequeñas huellas se llenaron de agua enseguida. Su boca se acercó a él, despacio. Dan sintió su piel escamosa en la yema de los dedos y…
Lo invadió una ráfaga de sensaciones. El mundo, de pronto, comenzó a girar, y el vértigo le apretó el estómago mientras su mente se expandía.
Se inclinó hacia delante, colocó una mano en el suelo para no caer.
Incómodo y aprensivo, resopló y dio un paso atrás…
No. Ese no soy yo . Se sujetó la cabeza con la otra mano, manchó su rostro.
Una confusión vertiginosa oscureció sus pensamientos.
Era como estar cayendo, permanentemente, de un cuerpo al otro; de una percepción a otra. El mundo se agrandaba y encogía, los colores cambiaban, la lluvia se volvía más y menos densa.
Cerró los ojos y esperó, sin saber qué más hacer, sin saber siquiera si él mismo había cerrado los ojos, si el que estaba pensando y esperando era el humano o la iguana.
Poco a poco, el vaivén empezó a calmarse.
Como un barco en una tempestad que se tranquiliza, Dan recuperó el equilibrio y el control sobre su propio cuerpo.
Abrió los ojos, despacio, temiendo que aquel desorden de identidades se repitiera. Respiró hondo, miró al animal con ojos sorprendidos.
—Así es como se siente… —susurró—. Estar vinculado.
Escuchó sus propias palabras, mientras las decía, procesándose en un cerebro que solo las consideraba ruido. Pero supo también que, aunque no fuera a través de las palabras, la iguana lo entendía. Y estaba asustada. Y tan empapada, fría y hambrienta como él.
Por eso la había atraído, llorando de forma patética sobre el lodo; porque ella se sentía de la misma forma. Extendió la mano, el animal se acercó a él. Dudó un instante y luego trepó su brazo como si fuera una rama firme con la que protegerse de la tormenta.
—Auch —dijo, mientras ella clavaba las patas afiladas en su ropa para sujetarse.
Todavía un poco aturdido, el joven esbozó una sonrisa tenue. Estaba vinculado. Como Jedien, como su padre, su tía y su tío, como todos los demás. La sensación de triunfo le calentaba el pecho, sí, pero sonreía por otra cosa. Porque alguien lo había aceptado. Porque ya no estaba solo.
La sonrisa se enfrió y se disolvió, como si la lluvia la derritiera. Las cosas que había perdido le recordaron que no tenía derecho a sonreír. Las palabras de su padre lo devolvieron al fango sobre el que se encontraba de pie. «Tu familia necesita guerreros».
No estoy buscando compañía , se recordó, mirando al animal a los ojos. No necesito calidez ni consuelo.
—Necesito transformarme —dijo—. ¿Me ayudarás?
No lo haría allí, sobre el barro, en donde la mitad de Tsavixia podría escucharlo gritar a pesar de la lluvia.
Con la iguana al hombro, volvió sobre sus pasos y se internó en el bosque.
Caminó hasta que estuvo seguro de que nadie lo escucharía, pero no tanto como para arriesgarse a ser comida de algún animal salvaje.
Se detuvo sobre un entramado de raíces para eludir el lodo, bajo un manto de árboles que lo cubría de la lluvia. Se agachó, colocó a la iguana en el suelo y volvió a erguirse. Aun sin estar en contacto, Dan sintió su preocupación en el aire.
Inhaló hondo y suspiró. Podía escuchar la voz de su tío murmurando en cada ráfaga de viento: «hombres mucho más fuertes han enloquecido de dolor en la primera muda». Se miró, de los brazos hasta los pies. «¿Con ese cuerpo?». Apretó los dientes. «No lo resistirías».
La iguana resopló, incómoda. Asustada. El joven clavó los ojos en ella y la observó con tanta seriedad que el reptil se paralizó.
Sintió lo que ella estaba sintiendo: dudas.
El muchacho patético acababa de convertirse en un hombre demente que no tenía miedo de morir.
La mirada gris, rota y asustada, se había transformado en un precipicio demasiado hondo.
—Conozco la teoría, pero no la práctica —dijo, esperando que lo comprendiera—. No sé bien lo que estoy haciendo. Por eso, te necesito concentrada. El poder sale de ti, no de mí. Se supone que tú me lo das a través del vínculo…
Se sintió extraño dándole explicaciones, por más atenta que fuera la expresión de la iguana.
No lo sé. Solo haz lo que se supone que hagas y yo…
Suspiró. Recordó los entrenamientos de Jedien que, de pequeño, había espiado con asombro y espanto.
Recordó… No. Deja de recordar y hazlo de una puta vez .
Inhaló hondo de nuevo, cerró los ojos. Sintió con mayor intensidad el frío, escuchó el goteo de la lluvia y el rugido del viento. Recitó para sí mismo la primera regla de las mudas. Mi cuerpo no soy yo .