Capítulo 5 #3
Perdió el sentido de la ubicación y del tiempo, los colores se apagaron, las imágenes se volvieron una amalgama oscura.
Los sonidos se desfiguraron, también. De un lado de su inconsciencia, donde estaba la luz, llegaban voces y movimientos.
Del otro lado, el rostro muerto de su padre lo observaba desde la oscuridad, con sus ojos de papel y la sangre seca pintándole las mejillas.
—A ver si sigues siendo tan arrogante después de un mes en el pentágono, maldito hijo de puta.
Ivax escuchó el sonido del metal. Sintió que algo frío le envolvía las muñecas. Frío y pesado. Abrió los ojos mientras volvía a ser consciente de su propio cuerpo. Se sentó y escuchó el sonido de las cadenas como el siseo de serpientes en la paja. Y luego sintió un puñetazo en el rostro.
Su boca se llenó de sangre, su mandíbula vibró.
El golpe lo ayudó a despertar, vio la celda con demasiada lucidez: la luz de la antorcha enrojeciendo la paja y ahuyentando a los insectos, los soldados mirándolo con ira, Zagh rechazando las atenciones de sus compañeros.
Y el comandante que lo acababa de golpear.
Miró los grilletes y tiró de las cadenas, pero solo consiguió hacer ruido. Estaban adheridas a las paredes. Lo obligaban a mantener los brazos abiertos. Mientras la rabia regresaba, trató de incorporarse; un puñetazo en el estómago lo puso de rodillas. Ivax tosió.
El comandante se dirigió hacia Zagh y lo miró con desprecio.
—No te doy una bofetada porque ya te han golpeado suficiente, idiota.
Con el rostro hinchado, rojo y manchado de sangre, el guardia bajó la cabeza para esconder su humillación.
—Lo siento.
—Ahora está encadenado. Puedes desquitarte como quieras.
El semblante avergonzado se iluminó; Zagh alzó la mirada y observó al joven, con odio hirviente, a través de los ojos que empezaban a inflamarse. Ivax volvió a tirar de las cadenas, sintiendo que la impotencia le dolía más que los golpes.
¿Por qué? ¿Por qué le pasaba todo aquello a su familia? ¿Por qué…? No dejes pasar el dolor. No te derrumbes. Que no te vean llorar. La voz de su padre resonó en su mente, conteniéndolo, recordándole cómo ser un hijo del tigre. Pero su padre estaba muerto. Su tigre también. Todos muertos…
Pensó, de pronto, en alguien más. Su rabia se enfrió como si le hubieran echado un baldazo de agua encima.
—Espera —dijo el comandante, antes de irse. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se acercó a él—. No quiero escucharlo gritar.
Ivax intentó inclinarse y esquivarlo, pero otro hombre lo sujetó del cabello con fuerza y tiró de su cabeza hacia arriba. Entreabrió la boca, sin querer. El pañuelo entró en contacto con su lengua. A pesar del dolor que le provocaba la mano aferrada a su cabello, el joven corrió el rostro.
—¡Los hijos de la iguana…! —gritó, retorciéndose para que no le cubrieran la boca. Quería saber eso, necesitaba saber eso—. ¿Jedien también… también…?
El hombre se rio, la mano en su cabello tiró con más fuerza y la mordaza encajó en su rostro con una brusquedad que le irritó los labios.
La tela se apretó a sus mejillas, hundiéndolas.
El comandante también lo sujetó del cabello y lo forzó a alzar el mentón para mirarlo a los ojos.
Ivax le sostuvo la mirada, furioso, con rebeldía.
—Jedien —repitió, o intentó repetir. Las palabras se mezclaban con la tela, tropezaban y salían al mundo como un balbuceo patético.
—Mírate, babeando como un animal. —Mientras tiraba de su cabello con una mano, usó la otra para limpiarle la saliva del mentón.
Lo soltó con un movimiento brusco, le dedicó una última mirada arrogante de desprecio y se giró.
Le habló a Zagh mientras salía de la celda junto con los otros guardias—. Hagas lo que hagas, no lo mates.
Ivax volvió a retorcerse mientras el rostro hinchado intentaba sonreír. Volvió a gritar un balbuceo.
—Ah, sí —dijo el soldado más alto, alejándose de él, dándole la espalda—. ¡Jedien! Preguntan por ti.
Ivax no comprendió las palabras, al principio. Frunció el ceño, mientras Zagh salía un instante de la celda para sujetar la antorcha. Cuando volvió a entrar, con el fuego en la mano, una sombra brotó de la entrada.
Lo reconoció enseguida, a pesar de la penumbra. Dejó de forcejear y se quedó quieto. Paralizado.
Zagh también se giró para mirar, mientras Jedien se acercaba.
—Cierra la puerta, por las dudas.
Ivax observó, con una mirada atenta y desorbitada, cómo su amigo comenzaba a obedecer.
Sus ojos se cruzaron y el joven no vio a la persona que él conocía.
Que creía que conocía. Sus ojos grises parecían tallados en hielo.
No mostró vergüenza mientras lo observaba, ni compasión, ni un rastro del cariño que debía tenerle. Solo una indiferencia fría.
Sintió que la grieta en su pecho se agrandaba. Sintió que masticaba vidrio. Con los ojos húmedos y la saliva corriendo por su mentón, buscó explicaciones en la mirada de Jedien. Solo obtuvo el chirrido de la reja cerrándose.
El hijo de la iguana le dio la espalda y se fue. No regresó, ni siquiera cuando los gritos de Ivax resonaron en la cueva como truenos desgarrados.