Capítulo 5 #2
—Excepto tu hermana. Está viva y, en este momento, se la deben estar follando los lobos.
Las provocaciones no parecían llegar a él. Nada atravesaba las sombras que habían anidado en su rostro. Nada parecía romper la barrera de silencio y tensión que lo envolvía. Los guardias esperaron un poco más. Zagh chasqueó la lengua, decepcionado.
—¿Esto es todo el escándalo que vas a hacer hoy?
Dio una patada ligera a los barrotes, suspiró y esperó unos segundos más. Se resignó. Las botas comenzaron a apartarse de las rejas.
—¿Me tienes miedo, Zagh? —preguntó el hijo del tigre, en un susurro que solo ellos dos escucharon.
Las botas se detuvieron en seco, el cuerpo se tensó. Lentamente, el soldado volvió a girarse hacia él.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó, con una expresión entre incrédula y enfadada.
El joven no había levantado el rostro. Ni siquiera él mismo sabía qué expresión había bajo las sombras que lo ocultaban, ni qué sentimientos se movían como gusanos por su corazón. Solo sabía una cosa.
—Te pregunté si me tienes miedo.
Zagh se acercó a su celda otra vez. Había odio irracional en sus ojos, como si el joven hubiera presionado una herida con las palabras correctas.
—¿Miedo de qué? Ya no tienes poderes. No eres el hijo de un gran señor. No eres nada.
Sintió que toda la rabia helada de su cuerpo se convertía, sin que él pudiera evitarlo, en una sonrisa imperceptible. Zagh pareció enfadarse más.
—¿Alguna vez usé mis poderes, o a mi padre, para patearte el culo? —dijo, con un tono bajo y grave que parecía brotar de sus entrañas.
—Me parece que no entiendes la posición en la que estás…
—¿Qué puedes hacer? ¿Entrar y golpearme?
Zagh sonrió, a medio camino entre la rabia y la inseguridad. Fue él quien apretó los barrotes hasta que sus nudillos empalidecieron.
—¿Crees que soy idiota? —preguntó, escupiendo las palabras a través de una expresión rígida.
—Sí —dijo, con la mirada perdida más allá de la cabeza rota—. Idiota y cobarde.
El guardia pateó la reja para descargar su rabia. Ivax sabía lo que estaba sintiendo. La impotencia de una cerradura en el camino, separándote de lo que quieres matar; conocía esa sensación perfectamente.
—Zagh, contrólate —dijo, con un tono preocupado, el otro guardia.
—Sí, Zagh. Contrólate —repitió, modulando cada letra con tranquilidad—. Porque todos sabemos que, si te dejas provocar y entras aquí, te aplastaré el cráneo.
Cuando Ivax escuchó el ruido de la cerradura, una corriente eléctrica lo despertó de su adormecimiento. Todo su cuerpo vibró. El frío que lo había mantenido congelado se transformó, demasiado rápido, en algo que hervía.
—¡Zagh!
Pero ya era tarde.
La reja se abrió, el guardia puso un pie sobre la celda e Ivax soltó inmediatamente la cabeza ensangrentada. En un parpadeo, tenía otra cabeza en sus manos. No pensó en lo que hacía. Dejó que lo guiara su instinto.
Golpeó el cráneo de Zagh contra la pared antes de que pudiera defenderse, lo arrojó al suelo y se sentó a horcajadas sobre él.
Le apretó el cuello con una mano, lo golpeó con la otra.
Sus puños caían sobre la piel y la destrozaban de prisa.
Una mejilla hinchada, un gemido, una mejilla desgarrándose, sangre, un corte, gritos, el hueso del pómulo al descubierto…
Alguien intentó sujetar su brazo, pero Ivax se resistió, se escurrió enseguida y continuó golpeando sin pensar. Con los ojos desorbitados de rabia, de odio, y las palabras del soldado haciendo eco en su mente una y otra vez.
Su familia. Muerta.
—¡Sujétenlo! —ordenó alguien, en algún lado.
El joven no veía lo que pasaba alrededor.
Apenas podía concentrarse en el rostro que golpeaba, en los gemidos cada vez más débiles de Zagh.
Quería matarlo. Quería matarlos a todos, quería matar a cualquiera que se le cruzara en el camino, quería…
Quería… Gritó para deshacerse del nudo en la garganta y del dolor.
Dio un puñetazo más fuerte, hundió la cabeza del soldado en la paja.
Varias manos intentaron atraparlo, sin éxito. Lo rasgaban y empujaban, se esforzaban por sujetar los brazos que se movían demasiado de prisa.
—¡Muévanse!
Y, cuando las manos desaparecieron, una patada en la sien lo desestabilizó.
El mundo giró por un instante, las cosas se oscurecieron mientras los uniformes, frente a él, se balanceaban.
No, no se balanceaban. Estaban acercándose.
Las hebillas plateadas resplandecían en la negrura de la ropa, el cuello y las mangas rojas parecían manchas de sangre.
Ivax apretó los dientes, observó la puerta abierta y pensó, por un segundo, que tal vez podía correr y… Pero sus ojos volvieron a cruzarse con la cabeza ensangrentada, su nariz acusó el olor, y los pensamientos volvieron a evadirlo. Podía escapar después. Luego de haber asesinado a todos.
Se apartó cuando intentaron sujetarlo, se arrojó sobre uno de los uniformes y rompió la fila que lo cercaba.
Rodaron por el suelo y, mientras lo hacían, el joven acertó dos puñetazos que dejaron inconsciente a su rival.
No, vencerlo no es suficiente . Lo sujetó del cabello y lo arrojó contra la pared.
Volvieron a tratar de sujetarlo, desde atrás. Olvidó por un momento al guardia inconsciente y se enfrentó a los otros. Peleaba mejor que ellos. Siempre había peleado mejor que ellos, mejor que todo el mundo… Y aun así…
Un pensamiento fugaz lo alcanzó y lo distrajo un instante.
Sus ojos volvieron a la cabeza arrancada, a los ojos muertos.
Su padre también había sido el mejor. ¿O no lo había sido?
¿Cómo podía estar muerto? Y él, que había pasado las pruebas con honores, ¿cómo podía haber dejado que muriera, que todos murieran… ?
La distracción fue suficiente para que le golpearan la nuca con la empuñadura de una espada.
—Encadénenlo, maldita sea —gritó alguien mientras, para él, todo se desvanecía.