Capítulo 5
Ivax.
(Dos días después del golpe).
La cueva del dragón. Así llamaban los tsaviences al calabozo del palacio, como si alguien hubiera capturado un maldito dragón alguna vez y lo hubiera encerrado allí.
Lo único que había en esas celdas, además de insectos caminando entre las hebras de paja, eran ladrones y asesinos.
Y un olor apestoso. Las telarañas decoraban la oscuridad de las paredes, las cucarachas volaban por las penumbras.
Las antorchas iluminaban únicamente a los guardias; los prisioneros eran sombras silenciosas y tranquilas que aguardaban la muerte.
Casi todos. Ivax no se había quedado quieto ni siquiera para dormir.
Estaba demasiado enfadado y sentía que el odio lo asfixiaría si dejaba de moverse.
Estaba ansioso, además: la preocupación le mordía las entrañas.
Pero, sobre todas las cosas, estaba vacío.
Groan… Si sentía su soledad, si se aferraba al miembro amputado que era su tigre muerto, el dolor le cerraba los pulmones. Prefería no pensar. Prefería…
Pateó las rejas otra vez, para hacer ruido, para descargarse y para impedir que el vacío le apretara el pecho. De todas formas, no se abrirían. Llevaba horas intentando que hicieran algo además de emitir esa vibración insoportable. Apretó los dientes y las pateó dos veces más.
—¿Puedes, por favor, quedarte quieto? —preguntó el muchacho que hacía guardia. Los demás soldados se habían ido a comer.
—Déjame salir, Pod.
—Ya cállate —dijo, haciendo más largas las vocales. Estaba sentado y cerraba los ojos como si intentara dormir. Vestía el uniforme negro de los militares de grado uno.
—Entrenamos juntos durante cuatro años —dijo él, apretando los dientes. Volvió a patear la puerta—. ¡Déjame salir, hijo de puta!
El muchacho abrió los ojos, irritado, y se inclinó hacia delante para observarlo mejor. La luz de las antorchas se reflejó en unos ojos fríos. Indiferentes.
—Entrenamos juntos durante cuatro años y creo que es la primera vez que me diriges la palabra.
Ivax frunció el ceño y sintió muchas ganas de golpearlo. O de patear la reja. En lugar de eso, se obligó a contar hasta diez e intentó calmarse antes de hablar.
—Al menos responde lo que te pregunté —pidió.
Los latidos de su corazón se aceleraron un poco más y, por un momento, el joven sintió que su cráneo palpitaba. Una mano le oprimía el pecho. Una voz le decía que, quizás, no quería saber.
—¿Qué cosa?
—¡Dónde está mi padre! —gritó, incapaz de contenerse, luchando con todas sus fuerzas para no patear nada—. Si está… Si está… vivo.
Pod entreabrió la boca, pero no soltó un solo murmullo y un silencio demasiado pesado flotó en la cueva del dragón.
Ivax buscó una respuesta en sus ojos, pero no encontró nada.
No , se dijo, intentando tranquilizar los latidos de su pecho.
No puede haber muerto. Nadie podría vencerlo, jamás. No puede… No…
—Te he dicho que no lo sé —masculló, y volvió a acomodarse en su silla—. Espera a que lleguen los…
—¿Está preguntando otra vez por su padre? —lo interrumpió una voz, desde las sombras de la entrada.
El eco ahogó los pasos que llegaban desde las escaleras. Pod se incorporó e hizo una reverencia cuando el otro guardia se acercó a la luz, seguido por más soldados que se acomodaron en sus puestos.
—Puedes irte a dormir —dijo, haciéndole una seña al muchacho para que se marchara a casa.
Pod se inclinó un poco más y luego obedeció; antes de perderse en las sombras, sin embargo, se giró hacia el hijo del tigre.
Fue solo un momento. Una mirada demasiado fija para ser indiferente, un gesto rígido, un destello fugaz de compasión.
Bajó los ojos y se fue por donde los demás habían llegado.
—Te hemos traído un presente —dijo un segundo hombre, más bajo y ancho que el primero, mientras se desprendían de las armas para alivianar el uniforme.
Ivax retrocedió un paso para tomar impulso y, con todas sus fuerzas, volvió a patear una cerradura que solo vibró, como si estuviera riéndose.
Miró a los soldados que custodiaban la prisión y se mordió los labios para contener su ira.
Porque no podía hacer otra cosa que no fuera contenerse. O patear cosas.
Los conocía a todos. Los dos guardias que acababan de hablar, por ejemplo, habían sido entrenadores durante las prácticas.
Y lo habían detestado desde el primer momento hasta el último, porque nunca habían podido ganarle.
Pero otros habían sido sus compañeros. Habían compartido cada día de los últimos cuatro años con él.
¿Cómo…? ¿Cómo podían ignorarlo, ahora, como si no existiera?
Volvió a patear la cerradura y, esta vez, la risa que escuchó no fue la vibración de los barrotes. El guardia más bajo se alejó de la luz y se acercó a su celda. Arrastraba una bolsa oscura.
—Nunca pensé que tendría la suerte de verte así. Encerrado. Como un gato sin garras.
La rabia lo empujaba hacia delante, pero algo muy distinto le congeló los huesos y lo mantuvo en su lugar.
El último aliento de su tigre resonaba, todavía, en su cabeza.
Sus emociones, su dolor, el miedo: Ivax lo había sentido todo, como ahora sentía el vacío que había dejado el vínculo al romperse.
No quería pensar en eso. No quería recordar, no quería sentir, no quería volver a paralizarse como ese día.
Se aferró a la rabia, con desesperación, como quien se aferra a un hierro caliente para sobrevivir. Se acercó a Zagh, el entrenador que le había hecho la vida imposible los últimos años; sujetó los barrotes con tanta fuerza que la sangre dejó de circular por sus dedos temblorosos.
—¿Por qué no entras y averiguamos si tengo garras o no?
El hombre esbozó una sonrisa ladeada mientras lo observaba con asco.
—Sigues siendo el mismo arrogante de siempre —dijo, y soltó un suspiro. Incluso en la penumbra, sus ojos brillaron un instante—. ¿No quieres averiguar qué pasó con tu familia? Estaba a punto de decírtelo.
Ivax sintió que sus venas se congelaban. Poco a poco, su expresión furiosa se relajó y el miedo asomó a los ojos azules. No dejes que lo vean , se susurró, pero incluso sus pensamientos estaban un poco congelados. No dejes que sepan que tienes miedo .
—Te estoy escuchando —masculló. Buscó, a través de las sombras, una respuesta en sus ojos oscuros. La ansiedad que le apretaba el pecho se hizo más fuerte, rígida y brusca.
—¿Esas son formas de preguntar?
El guardia más alto, comandante del calabozo, se sentó y esbozó una sonrisa mientras observaba la escena en silencio.
El joven creyó que la rabia lo devoraría y lo volvería loco.
Necesitaba salir de allí. Necesitaba desesperadamente atravesar esos barrotes fríos y sucios para matarlos a golpes.
Intentó tranquilizarse, pero la ira sin canalizar comenzaba a convertirse en angustia.
—Dime qué pasó con mi familia, Zagh —dijo, entre dientes. O te mataré ni bien pueda tocarte, imbécil .
—Si no vas a pedirlo bien… —dijo, con una sonrisa, mientras comenzaba a voltearse.
El miedo superó la rabia, la ansiedad lo quemó por dentro hasta que su orgullo se volvió cenizas. Algo en su pecho comenzó a agrietarse.
—¡Por favor! —pidió, mientras el calor de la rabia y la vergüenza subía a su rostro. Bajó la mirada, apretó los barrotes un poco más—. ¿Qué quieres? Te daré lo que quieras.
Zagh no fue el único en reírse; un eco burlón resonó, como un gruñido, en todo el calabozo.
—No puedes darle nada a nadie, idiota —dijo, acercándose un poco más. Levantó la bolsa de arpillera, que comenzó a gotear algo oscuro—. Nosotros te hemos traído algo a ti.
Intentó hacerla pasar por el agujero de la comida, pero se atoró. Apretó los dientes y comenzó a darle patadas hasta que lo que hubiera en esa bolsa rodó celda adentro. La paja se manchó y el joven frunció la nariz ante el olor horrible.
—Apesta, Zagh —se quejó el comandante—. Te he dicho que solo se la enseñaras. Ahora quedará allí y llenará el calabozo con olor a podrido.
Ivax se limitó mirar la bolsa, congelado. El odio cruel con el que lo observaban, las burlas, el olor… Todo parecía una advertencia. No pensó en nada, no sintió nada; el mundo se volvió blanco por un instante. Un vacío enorme y los latidos acelerados de su corazón.
—Anda, ábrela —dijo una voz, o un eco, que sonó lejano.
Bloqueó sus emociones, cerró las manos en puños para que no temblasen.
Con una expresión tensa y una mirada en la que no había nada, se arrodilló frente a la bolsa.
Su corazón resonaba como un tambor insoportable.
Estuvo a punto de llevarse una mano al pecho, pero se contuvo.
Alzó el mentón, metió las dos manos en la bolsa.
Sus dedos tocaron algo blando y luego se hundieron en un líquido viscoso. Sujetó como pudo aquella cosa y la retiró, en el mismo instante en que Zagh colgaba una antorcha frente a su celda. El resplandor del fuego iluminó la sangre ennegrecida. Brilló en los ojos muertos.
Ivax bajó la cabeza de su padre, despacio, y agachó el rostro para observarla. Para que el cabello le cubriera los ojos desorbitados. Para esconderse en alguna sombra que le diera privacidad.
Su padre tenía el cráneo aplastado y roto, y por esa grieta continuaba manando sangre.
El resto de las manchas rojas estaban secas.
En su garganta cortada se había formado una costra oscura.
Sus ojos estaban muy abiertos, casi hinchados; habían perdido color y brillo y parecían de papel. Por supuesto, ya no miraban.
El silencio en la cueva, durante más de un minuto, fue total.
Todos observaban y esperaban una reacción que no llegó nunca.
Ivax no lloró, no gritó, no volvió a patear las paredes; ni siquiera soltó la cabeza de su padre.
Con los dedos hundidos en su cabello rizado, sucio de tierra y sangre, solo lo observó.
Con los ojos muy abiertos pero congelados. Con una expresión oscura y vacía.
—Toda tu familia está muerta —dijo el soldado más alto, desde su silla.