Capítulo 4 #2
Se dejó arrastrar fuera de la cama. No porque las palabras de la criada surtieran algún efecto (ni siquiera las había entendido), sino porque su tono de voz sonaba amable.
Le pidieron que alzara los brazos para quitarle el vestido y la joven obedeció; mientras las telas le entorpecían los ojos, la sobresaltó una presencia de la que se había olvidado.
—Tu hermano está bien.
Sintió un escalofrío cuando el aire entró en contacto con la camisa larga, blanca, bajo la que solo quedaba su cuerpo.
No recordaba que alguien la hubiera visto en ropa interior.
Incluso su madre y su abuela le daban espacio cuando debía vestirse.
Ignoró el pudor y el calor que subía a sus mejillas y luchó por no escuchar las voces en el fondo de su mente.
Si no podía hablar con un hombre a solas, mucho menos podía mostrarse casi desnuda. Se disculpó con su madre, en silencio.
Está muerta , se recordó.
—¿Dónde está? —dijo, sin atreverse a mirar al joven que, sentado sobre una banqueta roja, parecía aguardar un espectáculo.
—Está bien. Esa es toda la información que necesitas —dijo, y Renax escuchó la sonrisa a través de su voz.
Las criadas comenzaron a tomarle las medidas. Se dejó hacer, como un muñeco; levantó los brazos cuando se lo ordenaron, los bajó otra vez, ignoró las cosquillas mientras ellas le pasaban la cinta de medir por cada rincón del cuerpo. Al menos, lo hicieron rápido. Mañana. Un vestido para mañana .
—¿Qué hay mañana? —preguntó, con una voz baja y patética. Como si quisiera avergonzarla más (como si no fuera suficiente con lo que acababan de hacerle ni con el hecho de que estuviera casi desnuda y encerrada), el hombre se rio de su pregunta.
—Tu boda.
Renax lo miró a los ojos, a pesar del miedo. La expresión que puso pareció divertirlo un poco más. Su mente repetía la palabra boda y el corazón martilleaba en su pecho como si quisiera escapar de ella.
—¿Con…? —Imaginó mil posibilidades mientras preguntaba y vio escenas que le provocaron terror. La sonrisa expectante del hombre parecía arrancada de una pesadilla—. ¿Con quién?
—Me muero por saber lo que estás pensando —susurró, divertido, mientras las criadas terminaban de hacer anotaciones.
Abrió la boca para continuar, pero algo lo detuvo.
Su mirada se extravió un instante, de forma extraña.
Casi… como si estuviera escuchando algo que nadie más oía.
Pareció irritarse por un segundo, un momento fugaz, y luego volvió a esbozar una sonrisa falsa—.
Estás comprometida con el heredero de la casa más importante (la más importante ahora, al menos, que toda tu familia está muerta). Felicitaciones.
Había algo irónico en su voz. Algo hiriente, filoso.
Como su mirada. Renax volvió a sentir miedo, y una voz le sugirió que dejara de hablarle, que dejara de preguntar, que se quedara quieta y callada.
Pero la palabra boda continuaba resonando en su mente, como si todo lo que quedara en su conciencia rota fuera un loro insoportable.
Un loro ensangrentado. Rasgado por los lobos.
Con el cráneo aplastado y la mirada roja.
—¿Ese eres tú? —dijo, con un hilo de voz.
Las criadas se inclinaron y, cuando él les hizo un gesto, salieron. Y cerraron la puerta. Renax sintió que el cuarto, casi vacío, se volvía más pequeño. Asfixiante. Aterrador. Las llamas de las velas se movían, como si también estuvieran asustadas; temblaban y hacían temblar las sombras.
El joven sonrió, se puso de pie y caminó hacia ella.
—¿Te gustaría? —preguntó, y Renax apartó los ojos, incómoda.
Se sentía como un ratón en la trampa de un tigre.
De un lobo. Estaba jugando con ella a un juego que le daba miedo y que no quería jugar.
Quería que se fuera, que la dejaran irse, que quitara esos ojos burlones y helados de su cuerpo.
Quería escaparse, pero sus piernas no le respondían.
No le respondieron incluso cuando él se detuvo, muy cerca, y se inclinó hasta casi rozarla.
No mirar demasiado a los ojos. No rehuir todo el tiempo las miradas.
No evitar conversaciones. Instintivamente, lo observó.
Luego volvió a desviar los ojos, sin saber qué hacer, tan asustada que tuvo que contener el llanto.
Su mirada se había vuelto más aterradora.
Brillaba con algo casi demente, inhumano… , feroz.
—Tu expresión avergonzada me está volviendo loco —susurró. Renax intentó dar un paso atrás, pero él rodeó su cintura con un brazo y la forzó a acercarse—. Las hijas del tigre son tan… obedientes. Calladas. Todo lo que hacen es avergonzarse y llorar.
Le acarició el rostro, rozó sus mejillas enrojecidas de pánico y pudor.
Su mano bajó para acariciarle el cuello.
Renax intentó soltarse, pero sin fuerzas; en realidad, no sabía qué hacer.
La voz de su madre no tenía nada para decirle: No maldecir, no contestar a los mayores, no caminar encorvada, no sonreír de más, no estar demasiado seria, mostrar atención cuando te hablan, no mostrar demasiada atención cuando te hablan, asentir a todo y nunca discutirles … Nada de eso le servía.
—Me encantan —murmuró, acercándose hasta rozarle la oreja con los labios—. Me dan ganas de romperlas para que reaccionen.
Intentó empujarlo y él la sujetó con más fuerza. El brazo en su cintura era brusco y la apretaba demasiado, pero su mano izquierda continuaba tocándola con una suavidad cruel. Renax se retorció cuando continuó bajando, chilló cuando el pulgar pasó sobre su seno con una lentitud horrible.
Sabía que eso estaba mal, que él no debía tocarla, que ella no debía dejarlo. También sabía que las hijas del tigre solo podían casarse con hijos del tigre. Pero todas las personas que le habían enseñado eso estaban muertas. La habían dejado sola.
—Shhh, shhh. Tranquila. Hoy no puedo hacerte nada —dijo, riéndose, todavía tocándola—. Acaban de hacerte la prueba de virginidad, se darán cuenta. Pero mañana…
El brazo en su cintura se apartó demasiado rápido y, antes de que ella pudiera reaccionar, se convirtió en una mano que le sujetaba el cuello.
La movió con la facilidad con la que se mueve un muñeco, la empujó contra la pared y se acercó una vez más hasta que sus cuerpos se unieron y los labios volvieron a rozarla.
La mano en su cuello apretó, la dejó sin aire.
Besó el rubor de su rostro y luego, con la otra mano, le apretó las mejillas y la obligó a mirarlo a los ojos.
Renax se echó a llorar e intentó apartar la mirada, pero él no lo permitió.
No eran los ojos de un humano. El deseo de lastimar, de destruir, los iluminaba con un brillo filoso.
Gritó e intentó apartarse, pero lo único que consiguió fue ahogarse un poco más.
—Mañana, cuando mi hermano termine contigo, vendré a verte —susurró, mientras ella comenzaba a perder la vista. Sus pulmones ardían como si los hubieran incendiado—. No importa si ya no eres virgen. Haré que sangres otra vez.
La soltó y, con un ruido seco, la joven se desplomó; se llevó consigo adornos de porcelana que se destrozaron. Tosió e intentó llorar al mismo tiempo, pero el nudo en la garganta no la ayudaba a respirar.
Para cuando consiguió que entrara el aire en sus pulmones y alzó los ojos, él ya no estaba.
Alcanzó a oír la llave en la cerradura. Miró las sombras que se movían, trémula, mientras sus ojos viajaban por la habitación vacía sin saber qué hacer.
Miró las velas encendidas e imaginó un incendio.
Miró la ventana abierta, el cielo nocturno, e imaginó una caída (y un cráneo aplastado).
No , se dijo. Recordó una vez más a su padre y a todos los muertos que había visto el día de la asunción. Les tenía pánico a esas imágenes, le tenía pánico a la muerte. Ella no se convertiría en eso.
Por primera vez en toda su vida, creó su propia regla; no sobre su apariencia, no sobre cómo tratar con los demás, no sobre cómo mantener a todo el mundo contento. Era una regla simple. Difícil.
No morir .
Estudió el colchón, con los ojos húmedos y asustados. Un poco enloquecidos, tal vez. Llenos de miedo, seguro. Miró la puerta para asegurarse de que estaba cerrada, observó el cuarto para confirmar que no había nadie. Solo ella y las sombras.
Gateó hasta el lado derecho del colchón y lo alzó ligeramente. Sus ojos brillaron. Los zafiros de la daga, también.