Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Renax.

(Dos días después del golpe).

Lo había visto caer. Había escuchado el golpe seco. Había cruzado miradas con ese cráneo hundido, aquello en lo que se había transformado su padre. Y, desde entonces, no había dejado de verlo ni un segundo.

La habitación estaba oscureciendo (no, el día estaba oscureciendo) y las sombras se movían por las paredes. ¿Se movían? Renax no quería mirarlas. Si las miraba mucho tiempo para asegurarse de que se quedaban en su lugar, todo el cuarto comenzaba a ennegrecerse como si fuera devorado por la noche.

Conocía ese sitio. Había dormido en las habitaciones del palacio.

Cuando su padre… Cuando… El cráneo aplastado aparecía frente a sus ojos, una y otra vez, sin importar a dónde mirara.

Intentó cerrarlos, con fuerza. Y entonces vio sangre y lobos y escuchó el estruendo de los metales y los gritos.

Se tapó las orejas, mientras su corazón latía a toda velocidad.

Y volvió a abrir los ojos, porque estaba demasiado asustada de las sombras como para dejar de vigilarlas.

Había dormido en esas habitaciones, cuando su padre…

reemplazaba a su tío… en las sesiones del Concejo.

Pero no recordaba que las sombras se moviesen, no recordaba que los pasos de las criadas del otro lado de la puerta fueran tan aterradores, no recordaba que las cortinas rojas mancharan la habitación de sangre cuando filtraban la luz.

Los pliegues del dosel parecían arrugas hostiles.

La cama era como un monstruo anciano que abría sus fauces doradas y esperaba para tragar.

El espejo de obsidiana reflejaba movimientos que no existían, como si fuera una prisión de sombras.

Cada tanto, Renax escuchaba a los muebles crujir.

Como si algo, desde adentro, empujara para liberarse.

No mires , se dijo, abrazándose las rodillas por encima de las sábanas que ya había deshecho. No mires nada. No sigas las cosas que se mueven .

Casi no había dormido y el hambre le apretaba las costillas. Solo le habían dejado agua. Y nadie había tocado la puerta de esa habitación en el tiempo (¿cuánto tiempo?) que llevaba allí.

Por eso, cuando unos pasos se detuvieron frente al cuarto y una llave intentó entrar en la cerradura, creyó que su corazón también se detendría. No, no, no . Recordó otra vez los lobos. Los colmillos llenos de sangre, las arrugas feroces, la mirada dispuesta a matar.

Se arrastró hasta que su espalda tocó la pared. La puerta se abrió demasiado rápido, sin darle tiempo a sentir todo el temor que podría haber sentido. No alcanzó a gritar, no pudo abrazarse de nuevo las rodillas. Miró con confusión cómo una fila de criadas entraba en el cuarto.

Encendieron las velas, se acomodaron en dos extremos de la habitación y agacharon los ojos. Un cuerpo brotó desde las sombras del pasillo. El resplandor de las pequeñas llamas no fue suficiente para iluminar el rostro que estaba lleno de sombras.

Un hombre de mediana edad. Renax lo reconoció incluso antes de que el lobo se asomara a la luz. El cabello cano a pesar de sus pocas arrugas, el semblante serio y hostil, la postura tan recta que su madre lo habría adoptado.

Su madre… Sintió que el corazón saldría por su boca si la abría, pero necesitaba saber. Aunque le temblaran los labios.

—¿Mi… madre? ¿Mi abuela?

—Muertas —dijo, como si fuera una pregunta estúpida y poco importante. Les hizo un gesto con la cabeza a las criadas—. Revísenla.

Renax no pudo procesar las palabras que había escuchado. Cada movimiento a su alrededor la asustaba y la aturdía. Fijó los ojos en una mujer que comenzaba a colocarse guantes.

—¿No le explicas nada? —dijo otra voz, desconocida, desde el marco de la puerta. La joven miró al hombre que se apoyaba en la pared—. Al menos dile que no la mataremos.

Un joven rubio, de su edad, que lo observaba todo con una atención extraña.

Un brillo en los ojos que a Renax le pareció espantoso.

Y una sonrisa tranquila. No tuvo tiempo para concentrarse en él, porque las criadas se acercaron.

Las esquivó, pero las manos eran muchas y se adherían a su cuerpo. ¿Qué…?

—Párate derecho —dijo el hombre; aunque no se volteó, fue obvio que no le estaba hablando a Renax—. Y no me trates con tanta informalidad frente a otras personas.

La joven no se resistió demasiado. Del otro lado del miedo, casi podía escuchar a su madre: o bedece y no llores . Si obedeces, todo estará bien . Pero las criadas le sujetaron los brazos con demasiada fuerza. La mujer de los guantes se acercó.

—¿Otras personas? ¿Ella? Mañana será parte de la familia.

Los hombres hablaban, las voces eran ecos macabros que no tenían sentido.

Otras manos sujetaron sus piernas. Quería preguntar qué estaban haciendo, pero las palabras se enredaron en su boca. Tenía miedo de moverse, tenía miedo de hablar, tenía pánico de la mujer con el guante que se acercaba.

Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos desorbitados.

Cuando la doncella levantó la falda de su vestido, Renax se retorció.

Intentó rehuirla, pero la sujetaron con más fuerza.

Entre los cuerpos que se extendían sobre ella para inmovilizarla mejor, dejó de ver con claridad lo que estaba pasando.

No necesitaba ver. Sintió en la piel y en los huesos la frialdad de los guantes cuando empezaron a quitarle la ropa interior.

El miedo la ahogó y la voz de su mente se convirtió en un chirrido irracional.

Sacudió las piernas para que la soltaran y gritó.

Intentó liberar las manos, y la desesperación consumió todos sus sentidos; dejó de ver, dejó de escuchar, se convirtió en un animalillo acorralado que luchaba por soltarse.

Una sombra atravesó el cuarto tan deprisa que las criadas no alcanzaron a moverse. Una mano extra la sujetó del cuello y fijó su cabeza al colchón además de asfixiarla. Otra mano le cubrió la boca para que dejara de gritar.

Renax se paralizó. El joven sujetaba su garganta como los pueblos bárbaros sujetaban a las gallinas antes de cortarles el cuello.

Mientras, las criadas terminaban de quitarle la ropa interior.

Sus pensamientos se mezclaron, la realidad se volvió confusa y el rostro que la observaba, por un momento, dejó de ser humano.

La hija del tigre sintió garras apretándole la piel, vio los ojos verdes de un lobo.

—Quieta —susurró, deshaciendo la ilusión. La joven volvió a verlo como realmente era. Él se acercó hasta que su nariz rozó la mano con la que le cubría la boca. Su expresión seguía siendo tranquila, casi simpática. Pero había un abismo helado detrás de sus ojos. Un abismo horrible—. Shhh.

Los guantes separaron los labios de su vagina y, aun así, ella no se movió.

No se atrevió ni siquiera a respirar mientras él seguía observándola.

Algo empujó su piel, y Renax solo consiguió llorar de miedo mientras ese algo luchaba por meterse en ella.

Dolía. Pero, por encima del dolor, lo que la aterraba era la sensación de que la estaban rompiendo.

De que algo ajeno la desgarraba para invadirla, ensuciarla, apropiarse de un cuerpo que ya ni siquiera era suyo.

La tortura duró solo un instante. Hurgaron por dentro, irritando y desgarrando, y luego la mano enguantada se retiró.

Renax no pudo gritar. No intentó liberarse.

No hizo más que observar con ojos desencajados, con una mirada que oscilaba entre la muerte y la locura, cómo el hombre la soltaba y se apartaba de ella.

Tardó en darse cuenta de que se había ido.

Tardó en comprender que lo que estaba viendo era un techo de madera en el que ya no se recortaba nada.

—¿Es virgen?

—Está limpia, señor.

Las manos que la sostenían (en su cabeza comenzaban a ser grilletes, tentáculos, la cola de un dragón) se apartaron y la dejaron extendida sobre la cama.

Se quedó quieta, al principio, mientras algo en su cabeza la incitaba a despertarse.

Como una voz que no podía oír, pero aun así le golpeaba las mejillas.

Incapaz de pensar en lo que estaba haciendo, se arrastró hacia atrás y se sentó en el colchón para pegar su espalda a la pared.

Empujó como si quisiera atravesarla. Por un momento, pensó que tal vez podía.

Que tal vez las paredes estaban hechas de espuma y que, si empujaba…

La voz, otra vez. ¿Era su madre? Siempre se las arreglaba para aparecer en su mente. Incluso muerta.

Muerta.

—Tómenle las medidas. Y cosan un vestido para mañana.

—¿Mañana, señor?

Miedo. Renax no escuchaba la conversación, pero olió el miedo; olía igual que el suyo.

—Mañana. Quiero hacer público, cuanto antes, que la tenemos nosotros. Si las cosas no se calman a tiempo, se pondrán peor.

—Pero es un poco…

—Algo simple. Para mañana. Si lo tengo que repetir, serás tú la que use el vestido de novia.

—Sí, señor.

El tiempo se sentía extraño. Ella se sentía extraña.

Las cosas pasaban frente a sus ojos, pero no tomaban significado en su mente; las voces eran sonidos inconexos.

Como aullidos. Renax solía escuchar los aullidos, por la noche; solía asustarse y preguntarse, mientras se tapaba con las sábanas, qué era lo que se comunicaban a la luz de la luna.

Quizás, todo ese tiempo, los aullidos de los lobos habían estado planeando un golpe. Tomar el poder. Asesinar a toda su familia.

Familia .

Su hermano. Renax se obligó a volver a la realidad por un instante, al menos un instante: no había preguntado por su hermano. No había preguntado… No había…

El hombre ya no estaba en la habitación. Las criadas intentaban sacarla de la cama y le decían cosas que la joven no comprendía.

—Ivax… —susurró, pero ya no tenía sentido.

—No queremos hacerte daño —dijo la doncella que tenía delante, una nómade de piel oscura y ojos rasgados. Renax reparó de pronto en que todas eran nómades. Todas parecían iguales—. Solo vamos a tomarte las medidas.