Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

No necesitaba terminar la frase. El desprecio en sus ojos hablaba con una elocuencia que las palabras jamás alcanzarían. Se giró, se acomodó la capucha para que no lo reconocieran y se alejó de él con pasos que no titubearon ni siquiera un segundo.

Dan se limitó a mirarlo; ni siquiera intentó incorporarse. La frialdad viscosa que le ensuciaba las piernas se sentía bien. Deseó fundirse con el lodo. Deseó, con todas sus fuerzas, derretirse allí, y que lo pisotearan por el resto de su vida.

No contó el tiempo que pasó sentado, pero las horas de luz se deshicieron de prisa y la noche larga trajo una tormenta. Dan no se derritió, pero sí se convirtió en una cosa empapada y fría que se asemejaba al barro.

No se dio cuenta de que la lluvia lo empapaba, ni siquiera notó la oscuridad o el silencio de una noche sin fiestas.

Solo había imágenes y voces en su mente.

La última conversación que había tenido con su padre resonaba en el callejón una y otra vez; la voz de su tío era como un eco que no acababa nunca.

Dan volvió a ver todos los momentos de su vida que lo habían conducido hasta ese instante.

«Si no te hubieras empeñado en ser lo que eres, hoy…».

Su mente no hablaba, las palabras propias habían desaparecido, y solo era capaz de repetir lo mismo una y otra vez. Memorias, un dolor que le partía el pecho, ecos de lo que había dicho alguien más.

Y la muerte de su padre. Volvía a ver, aunque no quisiera, cómo la punta de una espada sobresalía por su pecho, enrojecida. Volvía a verlo cada vez que cerraba los ojos.

En algún momento de la noche, cuando el agua lo había calado tanto que su cuerpo estaba rígido y helado como un cadáver, se puso de pie. No fue algo que decidió. Simplemente, sus piernas se extendieron y su mano se sujetó de una pared para sostenerse.

Mareado, aturdido, intentó orientarse en la oscuridad. Hacia el sur, la muralla que separaba a los tsaviences de los nómades se alzaba sobre los edificios. Del otro lado estaban las casas de madera. Y, más allá, el camino que conducía a otras ciudades.

Hacia el norte, pudo ver el brillo rojizo de las grietas de fuego y desde el oeste llegaba el murmullo triste del río; Dan consiguió ubicarse. Caminó con torpeza sobre un lodo licuado por la lluvia, mientras los relámpagos, cada tanto, iluminaban las calles.

Caminó varias cuadras. Muchos minutos. Volvía a escuchar voces y volvía a ver imágenes que no podía borrar de su cabeza.

Su pecho no dejó de partirse en ningún momento.

¿Cómo era posible? Las cosas que se parten lo hacen una vez; se parten, y entonces quedan los pedazos.

Rotos, inútiles, pero en pedazos en paz.

¿Cómo era posible que su pecho se partiera constantemente?

¿Cuánto tiempo podría aguantar ese dolor?

Se detuvo frente a un edificio conocido, una sombra grande en la oscuridad de la noche. Un animal tallado en piedra se desprendía del techo. Se colocó allí debajo para esconderse del agua, golpeó con suavidad el portón enorme. El acero vibró e hizo vibrar casi todo lo que lo rodeaba.

Escuchó y solo percibió la lluvia. El goteo insoportable sobre el basalto. Los truenos.

Golpeó una vez más, con fuerza. Luego otra vez.

El edificio parecía vacío, igual que toda la ciudad.

El silencio de esa noche era un sonido derrotado en el que flotaba el miedo.

Dan golpeó. Siguió golpeando. Algo lo impulsaba a insistir y no era temor ni frío, no era la desesperación de haberse quedado solo.

Algo que competía con el dolor, que se mezclaba con el dolor, y hacía vibrar sus puños.

Por fin, el portón se abrió con un chirrido lento y exasperado. El joven no pudo distinguir facciones en la oscuridad, pero aun así reconoció a su tío. El jefe de la casa nunca salía a abrir la puerta. Mucho menos se dejaba empapar por la lluvia; debía despreciarlo mucho para rechazarlo en persona.

—Te he dicho que no vinieras.

Abrió la boca para hablar, pero tardó en encontrar las palabras. Tardó en encontrar las cuerdas vocales y la lengua.

—Entréname —murmuró.

Su tío se quedó en silencio por varios segundos, y el goteo de una lluvia que perdía intensidad flotó entre ellos. ¿Estaba enfadado? ¿Sorprendido? Cuando habló, el joven creyó detectar las dos cosas.

—No —dijo, con voz rígida—. Olvida lo que sucedió. Tú no puedes hacer nada.

—¿Y tú sí?

—Lo intentaré. Lo… intentaremos. Vete.

Quería decir muchas cosas, pero las palabras lo esquivaban y el dolor continuaba creciendo.

La rabia helada que hacía vibrar sus puños, también.

Quiero ayudar. Quiero salvar a Renax. Quiero matarlos a todos.

Ninguna de esas palabras apareció, y su lengua se sintió fría y torpe, como si perteneciera a alguien más.

—Entréname —repitió.

Su tío dio un paso hacia él.

—Has perdido tu oportunidad —dijo, entre dientes, sin alzar la voz—. Ni siquiera estás vinculado. No nos sirves para nada.

—Me vincularé.

Le pareció escucharlo reír, pero el sonido se perdió bajo la lluvia.

—¿Con ese cuerpo? No lo resistirías. Hombres más fuertes han enloquecido de dolor en la primera muda —dijo y dio un paso atrás. Hizo una pausa, como si quisiera agregar algo. Como si dudara por un momento—. Vete.

Antes de que Dan pudiera responder, el portón se cerró y él volvió a quedarse solo con las vibraciones del acero, con la lluvia y el sonido de su cuerpo que temblaba. Se mantuvo allí durante un rato, de pie frente al sitio que más detestaba en el mundo.

Se miró las manos a través de la penumbra, comprendiendo qué era lo que las hacía vibrar.

Eso que se mezclaba con el dolor y transformaba su pecho en barro y sangre.

Odio. Se odiaba a sí mismo, sí, tanto que apenas soportaba su propio cuerpo; sus manos le daban asco, despreciaba la debilidad de sus piernas y el dolor de sus heridas.

Pero a ellos … A los que habían asesinado a su padre y desarmado su vida… A ellos los odiaba más.

Formó dos puños que continuaron vibrando, se alejó hacia el bosque. Si enloquecía de dolor, si moría intentándolo, al menos una de las personas que más detestaba desaparecería.

Atravesó la noche y la lluvia, en busca de una maldita iguana.