Capítulo 3 #2
Su padre buscaba a la hija de la serpiente, pero hombres con capas negras le bloquearon el paso.
Dan no se asustó cuando lo vio enfrentarse a ellos con las manos vacías.
Después de todo, era un guerrero. Pero sí se le enfrió la sangre cuando un lobo corrió hacia él, lo tomó por sorpresa y saltó para morderle la garganta.
Alguien que intentaba huir lo empujó y perdió de vista la escena por unos segundos. Cuando encontró a su padre otra vez, estaba en el suelo y forcejeaba con el animal que intentaba alcanzarle el rostro con sus colmillos. La iguana, herida, agonizaba a un costado.
Corrió hacia ellos. Se arrojó sobre el mamífero con todas sus fuerzas y lo empujó; desorientado, el lobo buscó algo que morder mientras los dos rodaban por el suelo.
Sus dientes encerraron el brazo del joven y atravesaron la piel.
Dan gritó e intentó empujarlo, pero los ojos feroces que lo observaban y el hocico lleno de su propia sangre le infundieron un miedo que lo congeló.
El lobo soltó su brazo y, con un gruñido, saltó a la garganta.
El joven cerró los ojos, intentó retroceder…
Y escuchó un chillido desgarrado por el dolor y la sorpresa.
Se preguntó, por un instante, si el grito había brotado de su propia boca; pero los labios temblaban demasiado, las cuerdas vocales estaban tensas del terror.
Abrió los ojos otra vez y vio la lanza que atravesaba el cuerpo del lobo; se retorcía para desprenderse de ella.
Entre gemidos agónicos, se arrastró lejos.
—¿Estás bien? —preguntó su padre, agachándose para asistirlo.
Estaba aterrado. Tan aterrado que las palabras se paralizaban en su boca y las manos, pálidas, no paraban de temblar. Sin embargo, asintió con la cabeza.
—¿Podemos…? —intentó preguntarle, pero la voz también tembló—. ¿Podemos irnos?
—Tengo que buscar a Ivax —dijo, y, aunque el joven admiró la determinación en su rostro, sintió pánico—. Si su padre está muerto, él es el único que…
Vio la sombra que se cernió sobre ellos, pero la vio demasiado tarde.
Otra persona, tal vez, habría sido más rápida.
Habría reaccionado cuando debía reaccionar.
Otra persona… Pero el que estaba junto a su padre era él y, en ese lapso de segundos, solo pudo alzar los ojos y temblar, asfixiándose, como un pez fuera del agua.
La silueta, la silueta que era un hombre, la espada de acero.
El filo resplandeciente bajo la luz del sol, el brillo que le hizo daño en las pupilas, el olor a muerte confundiéndose con el olor del metal.
La espada retrocediendo y avanzando demasiado de prisa en dirección a su padre.
El grito que no brotó de su garganta y lo quemó por dentro.
La expresión de dolor en el rostro que lo observaba.
La boca abierta, la punta del metal sobresaliendo por un pecho que Dan había creído invencible.
El hijo de la iguana escupió sangre y su mentón se tiñó de rojo. Los ojos grises se perdieron más allá de su hijo y la vida que había en ellos comenzó a diluirse hasta desaparecer. Cuando la espada se retiró y desgarró carne, la mirada se mantuvo fija, para siempre inmóvil, en Dan.
No. Todo había sido tan rápido que el muchacho no lo comprendía. El cuerpo cayó hacia él, la sombra del asesino se acercó hasta envolverlo. La sangre, espesa y oscura, bajaba despacio por su espada. Sangre del corazón.
Intentó distinguir el rostro enmarcado en la capucha, pero la luz lo cegaba. Solo pudo ver un cuervo. Aferrado al hombro humano, hundía las patas en la capa negra y observaba todo con una quietud escalofriante.
La espada se alzó otra vez, y a Dan lo salpicaron manchas rojas en las que no pudo pensar.
Quería levantarse, huir, pero no podía dejar el cuerpo inerte que había caído sobre sus rodillas.
Sabía que su padre estaba muerto. Lo sabía , pero saber algo no significa comprenderlo.
Debo estar roto , pensó. Su mente parecía distante. La vida entera parecía distante.
Sus heridas habían dejado de doler, el miedo se había aplacado y el brillo de la espada que subía sobre su cabeza le parecía casi agradable.
Tuvo una sensación extraña. Revivió memorias inconexas, sin orden temporal: su primer intento de vincularse, sus primos excluyéndolo, su madre pálida y sin vida.
Las palabras de su padre antes de dejarlo en el templo para que su tío lo entrenara, las rebeliones infantiles, todos los inventos inútiles que había construido.
Todos los que había graficado sin llegar a construir, todos los que habían fallado, y las noches que había pasado observando estrellas para describir órbitas estúpidas que no le habían servido de nada…
Todo eso pasó frente a sus ojos, y tuvo la sensación de que cada instante de su vida había desembocado en una hija de la serpiente sobre la pirámide, en el cuerpo inerte que descansaba sobre él, en la espada que bajaba demasiado deprisa para asesinarlo.
Cerró los ojos.
Pero, por segunda vez, la muerte no llegó.
El cuervo soltó un graznido que sonó enfadado mientras batía las alas.
Dan abrió los ojos y vio cómo el hombre perdía el equilibrio, y la espada chirriaba en contacto con la piedra del suelo.
Renax le tendió una mano temblorosa. Se miraron y el joven, poco a poco, comenzó a entrar en razón.
La urgencia en los ojos azules, hinchados por las lágrimas, lo alertó.
Cuando comprendió que estaba al borde de la muerte, el aire que entró en sus pulmones se tiñó de miedo, y algo tiró de su corazón hasta desgarrarlo.
Tenía que dejar a su padre, porque estaba muerto.
Eso decían los ojos azules. Y, cuando lo comprendió, el dolor se tornó asfixiante y el pánico regresó para envolverlo.
Intentó tomar la mano de la joven, pero su brazo herido no respondió, y el hijo del cuervo se recompuso demasiado rápido. Alzó la espada otra vez. Dan intentó incorporarse, pero sus piernas eran como dos ladrillos.
—¡A los herederos los quiero con vida! —gritó un hombre que observaba la masacre desde el primer escalón del monumento. Era el líder de los hijos del lobo. Tenía la espada en la mano, sin usar.
El encapuchado masculló algo ininteligible y enfundó su arma. Enredó una mano brusca en el cabello de la joven y la arrastró hacia el palacio. Renax se resistió, Dan consiguió extender el brazo izquierdo. Sus dedos se rozaron antes de que ella se alejara más.
—¡Suéltala! —gritó, pero su voz se perdió en medio de los otros gritos.
Consiguió ponerse en pie, se arrojó hacia delante para tomar la mano que Renax mantenía extendida.
El miedo a perder lo único que le quedaba superó el pánico que congelaba su cuerpo; el recuerdo de la muerte de su padre fue interrumpido por esa mirada azul que le pedía ayuda.
Sus dedos volvieron a tocarse… y algo los separó otra vez.
Alguien lo sujetó del brazo herido y tiró de él con demasiada fuerza. Las manos se apartaron cada vez más. Renax gritó cuando perdió el equilibrio y el hombre comenzó a arrastrarla del cabello. Se distanciaron, y Dan la perdió de vista en el caos de la batalla.
—Suéltame —gruñó, retorciéndose a pesar del dolor que le atravesaba el brazo.
El hombre de capa negra, que lo empujaba en sentido opuesto a donde él deseaba ir, que lo alejaba de su amiga, se detuvo.
Se giró hacia el muchacho. Y le dio una bofetada que resonó a pesar del horror estridente que los envolvía.
Dan perdió el sentido de la ubicación por unos segundos.
Las imágenes se movieron para luego oscurecerse, la luz lo abandonó un instante.
Perdió la sensibilidad en el rostro y su mandíbula comenzó a vibrar.
—¿Qué crees que pasará si la sigues, idiota? —preguntó—. Mírate. No puedes ayudar a nadie.
Observó al extraño, sin comprender, pero las palabras ácidas le dieron una pista.
No recordaba la última vez que había visto a su tío transformarse.
Mudar. La persona que lo fulminaba con los ojos no se parecía a nadie que él hubiera visto antes, pero tenía esa expresión iracunda que al joven le parecía inconfundible.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, procesando todavía sus palabras. Cuando su tío volvió a arrastrarlo, Dan no encontró fuerzas para resistir.
—¿Qué crees? Te salvo el culo, porque eres un maldito inútil.
Intentó pensar, pero su mente estaba inundada de miedo.
¿Por Renax? ¿Por su padre? ¿Por sí mismo?
Se giró para buscar a la hija del tigre, mientras se alejaban del caos.
No la encontró, y las lágrimas nublaron los rostros y los cuerpos para convertir la plaza en un montón de siluetas difusas.
Casi todas rojas. Casi todos muertos. Quería llorar, sentía que su pecho se partía en pedazos, pero tampoco estaba seguro de por qué.
¿Por su padre? ¿Por Renax? ¿Por sí mismo?
No los detuvieron. La capa negra parecía engañarlos, y Dan tenía un talento especial para volverse invisible; a nadie le preocupaban el rostro desconocido ni el muchacho flacucho que no podría hacerle daño a una mariposa.
Su tío lo arrastró hacia el suroeste, a la parte más oscura y laberíntica de la ciudad.
Cuando se cansó, como si le diera asco tocarlo, lo soltó en un callejón estrecho.
Más que soltar, lo empujó. Dan perdió el equilibrio y cayó sobre el fango, porque en esa parte de Tsavixia nadie caminaba sobre piedra.
—Vete. Tienes la libertad que tanto quisiste —dijo, mirándolo desde arriba con desprecio.
Poco a poco, el cuerpo comenzó a cambiar.
El rostro se deformó hasta combinar las facciones de una manera distinta.
Su tío volvió a ser su tío—. Pero no se te ocurra pisar el templo.
Me ofrecí a entrenarte, varias veces, porque amaba a mi hermana y porque tu padre es…
era una buena persona. Si no te hubieras empeñado en ser lo que eres, hoy…