Capítulo 3
Dan.
(Golpe).
Había demasiadas personas. Dan aún no se había recuperado de la noche anterior; en su mente, todavía resonaban las voces de la fiesta, las risas, los murmullos. Y, esta vez, la plaza estaba muchísimo más llena. El ruido era muchísimo más fuerte. La excitación general lo ponía nervioso.
No quería estar allí. Aunque fuera el momento histórico más importante de las últimas décadas, hubiera preferido leer sobre él en algún libro.
Había dejado una idea por la mitad; el boceto, inacabado, esperaba en el escritorio de su habitación.
Su mano deseaba desesperadamente un lápiz y un cuaderno, como una adicta en abstinencia.
—No te vi en el entrenamiento esta mañana —dijo su tío, a modo de saludo, mientras él y sus hijos se colocaban en sus puestos para aguardar la ceremonia.
Dan esbozó una media sonrisa ante el comentario irónico, pero no se giró a mirarlo.
Sentía la mirada de su padre en los huesos, reprobatoria, llena de advertencias.
Las risas disimuladas de sus primos, no obstante, hicieron que la abstinencia de su mano vibrara hasta cubrir todo su cuerpo con una ansiedad en la que no cabía paciencia.
—Estoy grande para jugar a las espadas —respondió, el tono lo suficientemente alto como para que lo escuchara toda la familia.
—Lo dices como si supieras jugar —dijo su tío, con ese humor ácido que Dan detestaba y admiraba en partes iguales—. No recuerdo la última vez que te vi en un entrenamiento.
Dan apenas sintió el codazo de su padre. Lo ignoró.
—Estás afilado, tío —dijo, con una sonrisa crispada—. ¿Has perdido dinero en el pentágono?
—No. Ver inútiles tan temprano me pone de mal humor.
Apretó los dientes y comenzó a girarse, pero la gente aplaudió de pronto, la ceremonia comenzó y su padre aprovechó para apretarle el hombro.
Dan lo observó, irritado. ¿Por qué lo miraba como si fuera su culpa?
¿Por qué nunca se ponía de su lado? Las pullas de su tío lo enfadaban, pero la mirada fría de la única persona que no lo detestaba, que no debía detestarlo…
¿Qué lugar podía haber para él en una familia de guerreros? Dan se deshizo de la mano que le tocaba el hombro y se alejó de ellos mientras el padre de Renax comenzaba a subir los escalones de la pirámide.
—¡Dan!
Irse de una ceremonia violaba todas las normas del decoro, pero no le importaron ni un poco las miradas fugaces que lo desaprobaron mientras se abría paso entre los demás nobles. Su existencia misma, para ellos, violaba las normas del decoro.
Una mano firme y enfadada lo sujetó del brazo antes de que pudiera alejarse más. Dan miró los dedos que se cerraban sobre su camisa, con una expresión oscura, y se giró lentamente hacia su padre. Los ojos siempre enfadados, siempre decepcionados, desataron toda la rabia acumulada.
—¿Qué quieres? —preguntó, intentando deshacerse del agarre sin éxito.
—Que te comportes durante unos minutos —dijo, apretando más. Incluso la iguana en su hombro alzaba el rostro con desdén—. ¿Es mucho pedir?
Dan torció el gesto, mirando a su padre con ojos que querían comprender. Dejó de intentar soltarse. Poco a poco, sintió que las fuerzas lo abandonaban. La mirada que se clavaba en él comenzó a enfriarlo y, cuando se apagó la ira, Dan se quedó a solas con una sensación helada y desagradable.
—¿Me echas la culpa a mí porque no puedes enfrentarte a él? —preguntó, buscando con intensidad una respuesta en sus ojos—. ¿O porque piensas lo mismo?
—¡Porque no eres capaz de darte cuenta cuándo deberías quedarte callado!
—He estado callado toda mi vida. Porque era lo único que podía hacer para complacerte; desaparecer y estar callado. Y, aun así, nunca ha sido suficiente.
El gesto de su padre se torció. La rabia y el dolor competían por dominar sus expresiones y su lengua. Titubeó antes de hablar.
—Si quisieras complacerme, serías más…
—¿Normal? —preguntó, con una mueca que parecía una sonrisa pero estaba cargada de cansancio y desesperación—. Nunca seré como tú. Ni como él, ni como Jedien o Fridion. No importa cuánto lo intente…
—¡Nunca lo has intentado! —gritó, antes de que el pueblo estallara en gritos de emoción por lo que fuera que estaba sucediendo en la pirámide.
Las miradas se congelaron, una sobre la otra, y las palabras flotaron en un silencio que solo les pertenecía a ellos dos. Dan sintió que la sensación helada se convertía en garras filosas que le rasgaban el pecho. Tragó el nudo en su garganta.
—¿Y tú? —preguntó, con un hilo de voz apenas audible entre los aplausos y los gritos. La mirada que salió de sus ojos paralizó a su padre—. ¿Has intentado quererme como soy?
El hombre apretó los dientes y las arrugas de su rostro se oscurecieron. La mano que sujetaba el brazo de su hijo perdió fuerzas, poco a poco.
—Esto no se trata de ti, o de mí. La ciudad necesita guerreros… Tu familia necesita guerreros. No lo puedes ver porque solo te preocupas por lo que pasa por tu cabeza. Si vieras más allá de ti…
—¡Tú eres el que no ve más allá de sí mismo! —estalló, retirando con fuerza el brazo, dando un paso atrás—. Me abandonaste cuando más te necesitaba. Me despreciaste durante toda mi vida. ¿Lo que necesita mi familia? No tengo familia.
Pronunció las últimas palabras con toda la angustia y la rabia que había acumulado a través de los años.
Vio la mirada enfadada y herida de su padre y, por un momento, sintió una satisfacción retorcida.
Era la única prueba que podía obtener de que aquel hombre frío, en alguna parte, lo apreciaba; si sus palabras podían herirlo, entonces quizás…
Pero, por encima de su padre, vio algo peor. Un cuerpo que se precipitaba desde la punta del monumento negro.
—Dan…
El silencio de la multitud lo interrumpió. La expresión desencajada en el rostro de su hijo lo interrumpió. Frunció el ceño y, lentamente, se giró hacia lo que observaban todos.
En la punta de la pirámide, el viento sacudía la ropa oscura de una mujer desconocida. Movía su cabello negro. Sus ojos, a través de la máscara de obsidiana, parecían medir a la multitud. Dan frunció el ceño. ¿Una hija de la serpiente?
Los hijos de la serpiente no se dejaban ver, no escalaban pirámides, no deberían estar en una ceremonia de asunción. Los hijos de la serpiente… aparecían para morder y luego desaparecían.
Sintió, por un segundo, que sus ojos se encontraban. De pie a esas alturas, no había forma de que ella pudiera verlo; aun así, un cosquilleo de miedo sacudió su estómago. Cruzar miradas con un hijo de la serpiente era un sinónimo de estar muerto.
Un grito rompió el hechizo que paralizaba a la gente. La quietud se volvió caos demasiado deprisa; los lobos saltaron sobre otros animales, aparecieron armas y… las personas comenzaron a morir. Alaridos, sangre, metal. Desconcierto y pánico.
Cuando la multitud empezó a empujarlos para escapar de la plaza, su padre hizo todo lo contrario. Esta vez fue Dan quien lo sujetó del hombro. Lo miró con impotencia, con miedo. Lo miró sin saber qué más hacer para que no entrara en el caos de gritos que estaba justo delante de ellos.
—Los guardias… —dijo su padre, agitado por el miedo y por el ritmo de su mente—. Los soldados no están haciendo nada. Esto no es un atentado, Dan, es un golpe. Tengo que ir.
El joven no lo soltó, pero su padre era mucho más fuerte; en menos de un segundo, su mano quedó vacía y el cuerpo que había estado sujetando comenzó a perderse en el caos de una multitud que avanzaba en sentido opuesto.
Dan quería correr con esa multitud, pero la espalda de su padre le produjo un cosquilleo oscuro, ansioso, putrefacto, en medio de la columna vertebral.
Hacía años que no recordaba la muerte de su madre.
Creía haberla olvidado. Pero, en ese instante, volvió a vivirla con una intensidad que le cortó el aliento.
La enfermedad que se la había llevado no tenía nada que ver con los gritos ni con la multitud, un momento no tenía nada que ver con el otro y, sin embargo, su mente los acopló y mezcló las emociones hasta confundirlo.
Intentó gritarle a su padre, pero las palabras no salieron.
Sin pensar en lo que hacía, comenzó a empujar a la gente que lo arrastraba hacia atrás.
Se abrió paso. No tenía fuerza, pero era lo suficientemente delgado como para colarse entre los hombros que se apretaban entre sí.
Siguió la espalda de su padre. Clavó los ojos en él, con la sensación de que no volvería a verlo si lo perdía.
El caos apareció con mayor claridad frente a sus ojos cuando la multitud se dispersó.
La hija de la serpiente había desaparecido, la pirámide estaba vacía.
En su base, la figura difusa y rota de un cuerpo humano junto a su tigre muerto.
Había sangre en el piso, charcos y gotas que se colaban en las grietas apagadas.
Había manchas, también. Rastros de personas que se arrastraban en un intento por desprenderse de los colmillos de los lobos.
Dan buscó a su familia, en medio del caos y el miedo, pero solo encontró a los hijos del tigre, a los hijos del puma y a los hijos del gato luchando.
Las casas más poderosas morían frente a sus ojos.
El golpe estaba tan organizado que, cada vez que un hijo del tigre intentaba llamar una tormenta, su animal chillaba y caía muerto.
Los hijos del puma se teletransportaban con torpeza, incapaces de reunir la concentración que necesitaban en medio de los gritos.
Los hijos del gato solo conseguían encender chispas antes de que alguna lanza les agujereara la garganta o una espada les rebanara el cuello en dos.
Era como si cada movimiento que hacían estuviera previsto por algún hijo del lobo. También había águilas girando alrededor de la plaza. Y los hijos de la tortuga cerraban la zona como vigilantes atentos a lo que pudiera escaparse de allí. Era un complot. ¿Por qué?