Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Los jefes de las casas se acercaron para ofrecer las felicitaciones correspondientes y, por un rato, todo fue voces, euforia popular y animales exaltados.

La ciudad entera parecía vibrar de excitación.

El joven nunca había visto tanta esperanza en un pueblo que estaba acostumbrado a las pérdidas, a los destrozos y al miedo. Confiaban en su padre.

Ivax lo observó, observó cómo lo miraban los demás, y se sintió orgulloso.

Acarició a Groan, que se refregó contra sus rodillas, mientras a su alrededor pululaban iguanas inquietas, pájaros de todo tipo, felinos ansiosos.

Miró, con los ojos iluminados, la pirámide contra la que se recortaba el sol.

Él también sintió esperanzas. Él también confiaba en su padre.

A medida que felicitaban al nuevo líder, las distintas casas comenzaron a agruparse para formar. El caos se aplacó, y el joven pudo encontrar al resto de su familia. Se dirigió hacia ellos.

A medio camino, no obstante, algo lo detuvo.

Un movimiento extraño captado por el rabillo del ojo, una sombra fugaz.

Una capa negra. Una capa negra en un día festivo.

Tenso sin saber por qué, buscó entre personas y animales, entre movimientos y voces, hasta ver algo oscuro que se perdía camino al palacio.

En realidad, no había nada de malo en la capa negra. Alguien con un mal sentido de la temperatura y un pésimo criterio de colores, eso era todo. Alguien que caminaba demasiado rápido. Alguien que nadie más parecía haber visto.

Sacudió imperceptiblemente la cabeza para deshacerse de la inquietud. Se giró para mirar a su padre, que disfrutaba de la atención y continuaba saludando gente. Estaba tranquilo, así que él también se tranquilizó. Se desprendió de sus dudas, intentó desprenderse de sus dudas…

Pero una inquietud cada vez más fuerte le llegaba desde otro lado.

El vínculo vibraba, Groan estaba nervioso.

Miró a su tigre y encontró sus ojos muy abiertos, viajando de un lado al otro de la plaza.

El pelaje de su lomo había comenzado a erizarse y sus garras estaban arañando el suelo con una ferocidad ansiosa.

—¿Qué sucede, muchacho?

Ivax llevó una mano a la cabeza del animal para acariciarlo, pero Groan se agachó y tiró las orejas hacia atrás.

—¿Qué…?

Antes de que pudiera imponer su tranquilidad a través del vínculo, el tigre saltó y comenzó a correr. La gente se apartó, sorprendida, y otros mamíferos gruñeron mientras le dejaban paso.

—¡Groan!

El vínculo entre los tsaviences y sus animales era demasiado fuerte; no podían tener opiniones encontradas. Si una voluntad tiraba demasiado, entonces contagiaba siempre a la otra mitad.

El joven corrió detrás de él, en parte para detenerlo, en parte porque no podía pensar en lo que hacía. Compartían la ansiedad y los instintos. Intentó calmarse y calmar al tigre a través de la conexión, pero solo consiguió ahogarse más en el caos de nervios.

Groan corría demasiado deprisa. Ivax estuvo a punto de perderlo varias veces mientras se alejaban de la plaza y rodeaban el palacio.

—¡Groan! —gritó, molesto.

Pero el tigre se dirigió a los árboles que cobijaban la base del volcán y, mientras corría tras él con los dientes apretados, Ivax atisbó lentamente lo que al principio le habían parecido sombras. Siluetas entre los troncos. Capas oscuras.

Groan se paró, con las cuatro patas tensas, frente a las figuras que brotaban de los árboles. Había lobos entre ellos. Águilas. Liebres. Ivax se detuvo antes de alcanzar a su tigre, los observó con una expresión tensa. Algo no marchaba bien.

—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó, con un tono autoritario, mientras llevaba la mano a su espada y comenzaba a tantear el viento. Deberían estar formando para la ceremonia. Deberían…

El hombre encapuchado que estaba frente a él dio un paso adelante y alzó el rostro; la luz mostró unas facciones irritadas que el joven no reconoció.

—Tú no deberías estar aquí —dijo, desclavando una lanza del suelo.

Groan gruñó y enseñó los dientes. Los ojos azules del hijo del tigre brillaron, feroces, como si en ellos estuviera gestándose una tormenta.

Debía detenerlos. Debía advertir a los demás…

El viento comenzó a girar a su alrededor, movió las copas de los árboles, amenazó a los hombres.

El cielo sobre ellos, poco a poco, formó nubes.

—Esta es mi última advertencia —dijo, y su voz resonó con un eco grave, arrastrada por el viento helado que lo sacudía todo.

El encapuchado, frente a él, se limitó a esbozar una sonrisa. Ivax apretó los dientes, reunió todas sus fuerzas y…

La lanza venció y atravesó el viento. Y lo detuvo. El alarido del tigre resonó e hizo eco en el volcán mientras la tormenta moría antes de haber comenzado. El joven se paralizó. Su conexión con el clima había desaparecido. Su vínculo con Groan se esfumaba.

Miró la lanza que sobresalía de su tigre y un terror helado le recorrió las venas. Estaba vacío. Se sintió vacío.

—Atrápenlo —dijo el hombre, y los demás abandonaron las sombras de los árboles.