Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Podría haberlo dejado en paz; que se escapara uno no modificaría el resultado.

Pero el hombre parecía disfrutar el olor a miedo que desprendía aquel adolescente.

Arrojó su lanza con precisión y la punta afilada se clavó sobre el talón izquierdo del muchacho.

Cayó al piso, rodó y levantó polvo antes de que sus pies aterrizaran sobre una grieta de fuego.

Ni todo el clamor del público pudo ahogar los gritos de dolor que el herido disparó hacia el cielo.

Indiferente, el adversario recogió su lanza con un tirón antes de que comenzase a arder en llamas.

Pero la victoria fácil lo había distraído.

Una mujer corrió hacia él y resbaló para acelerar en el momento justo en el que el gigante se giraba para mirarla.

El martillo, para entonces, ya estaba golpeando sus rodillas.

La velocidad de la joven le dio al metal la fuerza que necesitaba: el crujido de los huesos fue inaudible, pero el grito del hombre no.

Mucho más rápida y atenta que el contrincante, la mujer corrió hacia su compañero.

El muchacho se arrastraba con los brazos, llorando, hacia una meta que estaba demasiado lejos.

No llegaría. Jamás. Y su equipo no podía tener un miembro inhabilitado en medio del campo de combate, porque entonces no podrían ganar.

Era una norma implícita del juego. Si alguien se convertía en una molestia para el grupo…

El martillo se alzó y la mujer gritó por el esfuerzo antes de empujarlo sobre el adolescente. El cráneo se hundió con demasiada facilidad y, con la expresión desquiciada de una bestia, ella buscó con los ojos a su próximo contrincante.

—Por un momento, pensé que podía ganar —dijo Dim, refiriéndose a la mujer del pentágono, mientras rescataba al saltamontes de su bolsillo y volvía a colocarlo en su hombro.

Como todos los demás, los tres caminaban hacia la salida. Ivax estaba, otra vez, de buen humor; era incapaz de molestarse con una persona por demasiado tiempo. El sol brillaba, Groan se había despabilado por fin y faltaba muy poco para la ceremonia de asunción de su padre.

—Ella sola. Y porque asesinó a casi todo su equipo —dijo Jedien.

Ivax podía ver la lanza atravesándole el abdomen cada vez que parpadeaba; todo había terminado tan cerca de ellos que la sangre les había manchado el rostro.

—Los martillos casi nunca ganan —dijo, mientras cruzaban la salida.

A veces, sentía el deseo irracional de competir. Era un soldado con entrenamiento que, además, había visto todos los combates de la última década; lo haría mejor que esos delincuentes desesperados. Haría un espectáculo digno de verse en la ciudad más importante del imperio.

Por supuesto, era solo una fantasía. Al pentágono iban aquellas personas que a Tsavixia ya no le importaban. Condenados a muerte. Parias que el pueblo usaba para divertirse. Ningún noble había pisado jamás el campo de combate.

Atravesaron, por fin, el arco de salida, y los recibió el mismo paisaje de siempre; las casas de basalto, recortadas en las montañas que se alzaban a lo lejos.

Los sonidos de la ciudad competían con el murmullo del río que golpeaba las rocas, en el oeste, y el silbido del viento que se colaba a través del bosque y arrastraba olor a frutas.

—Te estaban esperando —murmuró Jedien, mientras la multitud se disolvía.

A pesar de la gente que se movía entre ellos, Ivax no tuvo problemas para encontrar a su padre.

Porque todos los demás estaban observándolo, entre murmullos, y porque un tigre enorme no es fácil de esconder.

Pero incluso sin su animal y sin toda la atención que recibía, incluso en un ejército de personas iguales, el joven habría encontrado a su padre inmediatamente.

Lo habría reconocido en cualquier parte.

Sonrió y le pareció que, de pronto, el cielo se iluminaba un poco más. Se acercó a él, casi corriendo. Groan compartió sus emociones, trotó, dio vueltas en torno del futuro gobernante y luego saludó al otro tigre con un lengüetazo lento y respetuoso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ivax, con chispas de luz en los ojos azules—. Ya casi es hora de la asunción.

Su padre correspondió con otra sonrisa y las arrugas que habían comenzado a surgir alrededor de sus ojos se profundizaron. A pesar de los años, seguía siendo el hombre más poderoso y fuerte de la ciudad. Y, algún día, Ivax sería como él. Esa era una fantasía que podía cumplir.

—Quería felicitar a mi hijo por haberse graduado con honores. —Extendió una mano—. Déjame ver esa espada.

La desabrochó de su cintura, se la tendió y se giró para buscar a sus amigos. Entre la emoción y la multitud, sin embargo, no los halló por ningún lado. Ya los vería después. Cuando el pueblo festejase al nuevo gobernante.

—Digna del mejor soldado —dijo, devolviéndole la espada.

—¿No deberías estar en la ceremonia? —preguntó, amarrando el arma a su cintura.

—Quería que llegaras conmigo —dijo él, haciéndole un gesto para que empezaran a caminar. Ambos tigres los flanquearon—. El pueblo debe acostumbrarse a ver tu rostro.

—¿Mi rostro?

—¿No quieres ser el próximo en escalar esa pirámide? —preguntó, señalando con la cabeza hacia el centro de la ciudad. El monumento oscuro se podía ver desde cualquier parte de Tsavixia; para ellos, que estaban cerca, la pirámide aparecía clara y enorme por encima de los edificios.

Ivax se encogió de hombros, con una sonrisa, y no respondió.

—¿Cómo estás? —preguntó su padre, cambiando repentinamente el tema, con un tono bajo para que no los escucharan—. Ayer usaste tus poderes casi toda la noche.

—Estoy bien —dijo, con orgullo, y miró a su tigre, porque el logro era compartido. Después de todo, no tendría poderes si no fuera por él—. Ya casi no me canso.

—Has mejorado de prisa.

Giraron en la calle del mercado y la plaza apareció frente a ellos, todavía lejana, pero de pronto visible. La pirámide se alzaba entre los cuerpos que se congregaban hacia el sur; era lo único que la multitud no había conseguido tragarse.

—Lo sé —dijo él, con una sonrisa—. Es fácil cuando aprendes del mejor.

Su padre soltó una risita breve y, otra vez, cambió de tema demasiado rápido. Parecía distraído. Su mente volaba de un lugar a otro, sus expresiones variaban con la misma facilidad.

—La próxima horda… intentaré luchar con ellos —dijo, los ojos perdidos más allá del piso basáltico de las calles—. Será peligroso, pero me gustaría que estuvieras allí.

Ivax alzó las cejas y miró a su padre. Toda la ciudad esperaba que el nuevo gobernante se enfrentara a los dragones, pero al joven le habían parecido esperanzas vacías.

Su tío abuelo nunca había combatido una sola horda, ni tampoco los hijos del tigre que habían gobernado Tsavixia antes.

Era demasiado peligroso y había muy poco para ganar.

Entonces sí cree en la nueva profecía , pensó.

Abrió la boca para decirle que estaría junto a él, hiciera lo que hiciera, pero la luz aumentó repentinamente cuando llegaron a la plaza y el clamor de la multitud, que estaba esperando a su padre, lo distrajo.

Un grupo de soldados los rodeó enseguida para separarlos de los nómades; el ejército, entrenado para esas situaciones más que para combatir, formó una larga fila que dividía al pueblo de los nobles.

Había demasiada gente. Ivax se giró para mirar, con los ojos muy abiertos, cómo la multitud continuaba agrandándose.

Llegaban más y más personas desde todas partes para ver la asunción del nuevo líder. El ruido se volvió ensordecedor.