Capítulo 2
Ivax.
(Golpe).
Si bien faltaba más de una hora para la ceremonia de asunción, Ivax había esperado que el pentágono estuviera vacío. No lo estaba. Por el contrario, había más gente que de costumbre y la ansiedad por la competencia parecía más sólida, casi tangible.
—¿Puedo verla otra vez? —preguntó Dim, mientras se acomodaban en sus asientos.
El hijo del tigre había conseguido las mejores ubicaciones, justo frente al campo de combate.
Un poco más arriba, el resto de los nobles aprovechaba el evento para sociabilizar y crear contactos políticos.
Desde las gradas superiores llegaba la bulla de los nómades que observaban de pie y que pronto comenzarían a empujarse.
Sonrió, excitado, y le tendió la espada a su amigo sin dejar de mirar alrededor.
Todo, desde el murmullo estruendoso del público hasta la quietud absoluta del campo vacío…
, todo le erizaba la piel. Le encantaban las competencias en el pentágono.
No se había perdido una sola desde que su padre lo llevara por primera vez y no se perdería esa, aunque tuviera que apurarse para llegar a tiempo a la ceremonia de asunción.
Mientras Dim desenfundaba la espada con una expresión que resplandecía, un tigre tomó su sitio a los pies de Ivax.
Groan estaba de mal humor y cansado. La fiesta del día anterior lo había dejado aturdido, y el joven lo había arrastrado a la pelea aun cuando sabía que su animal vinculado no quería ir.
Como un niño que se enfada con sus padres, el felino les dio la espalda a los tres y apoyó la cabezota sobre el suelo con un gruñido grave y apenas audible.
Ivax suspiró e intentó apaciguarlo en silencio, a través del vínculo, pero solo consiguió arrancarle un gruñido. Eres un gato caprichoso. El animal ronroneó y hundió la cabeza entre las patas. Antes de que él pudiera sentirse culpable, Dim lo distrajo otra vez.
—Es hermosa —dijo, todavía observando la espada azul.
—Es igual que todas las demás. —Recuperó el arma y la enfundó en su cintura—. Solo le han cambiado el color.
Jedien, sentado a su derecha, soltó un bufido.
—Lo que importa no es el color, sino lo que representa. Es un símbolo.
—Pues es más hermosa que la mía —masculló Dim—. Ojalá yo hubiera pasado las pruebas con el mejor puntaje.
—Agradece que has pasado las pruebas, idiota —dijo Jedien.
El saltamontes en el hombro de Dim comenzó a enfadarse. El joven se distrajo y, antes de responder, tomó a su animal con delicadeza y lo guardó en un bolsillo de la capa roja que los señalaba como soldados de Tsavixia. Recién graduados.
—¡No fui el peor! —intentó defenderse.
—Pues estuviste cerca —dijo Ivax, riéndose con la emoción que lo inundaba antes de los combates.
—Por esa maldad, ahora tienes que prestarme tu espada.
Ivax volvió a reírse, pero se detuvo cuando Jedien le rodeó los hombros y se inclinó para mirar a Dim.
El hijo del tigre se tensó y su animal también, contagiado; con un gruñido que se perdió bajo otros murmullos, se giró hacia ellos.
A Ivax no le gustaba que lo tocaran. Se ponía incómodo cada vez que su piel absorbía el calor de otra persona; Jedien, en particular, lo tocaba demasiado.
Y su calor, por algún motivo, siempre se sentía más intenso.
—¿Ves a este hombre apuesto y simpático que está aquí? —preguntó, concentrado en burlarse del hijo del saltamontes—. Tienes que verte así para conseguir esa espada.
Ivax intentó sonreír, pero solo consiguió esbozar una mueca rígida y fugaz. El rostro de su amigo estaba tan cerca que sus cabellos se rozaban. Con delicadeza y discreción, se deshizo de su brazo y miró a Dim. Ignoró los latidos acelerados en su pecho.
—Te la presto cuando quieras.
El hijo del saltamontes festejó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Eres el mejor —dijo, con una felicidad contagiosa—. ¿Se la has enseñado a tu padre? ¿Está orgulloso de ti?
—Su padre siempre está orgulloso de él. Haga lo que haga.
Dim soltó una risita y miró brevemente alrededor.
—Al menos uno de sus hijos tenía que salir normal —susurró solo para ellos.
El tigre volvió a mirarlos y gruñó, enojado, cansado de los cambios de humor que Ivax le contagiaba. La expresión del joven cambió completamente y, cuando se observaron, Dim encogió los hombros con miedo.
—Lo siento. No pensé que…
Se tomó unos segundos para procesar su enfado; miró el campo de combate, inhaló hondo y luego suspiró.
—Está bien. Pero no vuelvas a decir algo así.
—Creí que no hablabas con tu hermana —dijo Jedien, observándolo con interés.
—No puedo. Mi madre y mi abuela la acompañan a todas partes.
Son como dos soldados vigilándola constantemente —dijo, recordando cosas que no quiso decir.
Una infancia lejana en la que jugaban juntos.
En la que ella lo quería en lugar de mirarlo desde lejos con esa sombra fija en su expresión y ese vacío en los ojos.
El silencio que siguió a sus palabras incomodó a sus dos amigos. Dim se removió, inquieto. Volvió a sonreír con torpeza.
—Yo también me habría escapado de la fiesta si me hubieran presentado a ese viejo como pretendiente —dijo, con una risita nerviosa—. Hay costumbres de los tuyos que no entiendo. Casarse entre los miembros de una misma casa… ¿no es algo incestuoso?
Ivax frunció el ceño y Jedien bufó.
—Dim, deja de decir estupideces.
—No seas ridículo —respondió el hijo del tigre, mientras comenzaban a resonar los tambores que anunciaban el inicio del combate—. No todos somos familia.
—Tu casa no depende de dónde nazcas, idiota, sino de cuándo nazcas —dijo Jedien, negando con la cabeza y acomodándose para mirar la competencia.
—Lo sé, lo sé, no soy estúpido —dijo Dim, de mal humor—. Pero ellos…
—Las familias se esfuerzan por tener a sus hijos el día del tigre, para que no vayan a educarse en otros templos. Pero también hay niños de otras familias que llegan a nosotros —explicó Ivax, tan deprisa como pudo. Quería concentrarse en el combate.
—Los hijos de la iguana hacemos lo mismo —dijo Jedien—. Ahora cállate, Dim.
El ritmo de los tambores se aceleró y las gradas superiores estallaron en gritos emocionados cuando los trajes rojos aparecieron.
Cinco personas se distribuyeron por el campo hasta ocupar cada una de las puntas.
Alzaron los brazos. Las grietas de fuego comenzaron a encenderse y el ritmo de los tambores cambió. La competencia comenzaba.
Los nómades comenzaron a empujarse más, mientras los hijos del gato se retiraban y dejaban el campo libre.
Cada tanto, en medio de algún combate, uno de ellos tropezaba y caía; las gradas superiores habían sido diseñadas inicialmente como un techo, por lo que caerse implicaba romperse la cabeza con el suelo del pentágono o fundirse en una de las grietas amplias que comenzaban a desprender humo.
Groan se sacudió, como si quisiera desprenderse de la emoción que le transmitía el vínculo.
Vamos. Mejora el ánimo, que va a empezar la pelea .
No tenía sentido hablar con él, porque la conexión solo transmitía sensaciones.
El tigre respondía a su excitación con cansancio y ganas de dormir, y esa era la forma en la que se comunicaban.
Ivax volvió a olvidarse de él ni bien los equipos salieron a la luz del sol.
Siete personas aparecieron por el sur, armadas con lanzas, sin ningún tipo de escudo. Por el norte, otras siete personas fueron aclamadas. Cargaban martillos.
Las reglas eran simples: el equipo entero debía atravesar el campo hacia la entrada opuesta a la que había usado para ingresar.
El grupo perdedor, moría. Si pasaban los dos grupos, todos morían.
Estaba prohibido asesinar a los contrincantes, pero no a los aliados. Por supuesto, estaba permitido herir.
Un movimiento a su derecha lo distrajo mientras los combatientes esperaban la señal.
Continuaban llegando personas, y el joven reconoció a la familia que se acomodó cerca de ellos; hizo una inclinación con la cabeza hacia el segundo líder de los hijos de la iguana y recibió lo mismo como respuesta.
Dan imitó a su padre, pero lo suficientemente deprisa como para no cruzar miradas con Jedien.
Ivax ignoró las chispas que flotaron en el aire y volvió a concentrarse en el espectáculo.
En ese momento exacto, el sonido estruendoso de una trompeta partió todas las voces y detuvo los gritos de clamor por un instante.
Ni bien la señal dejó el aire lleno de silencio, los equipos comenzaron a moverse.
Los gritos regresaron con más fuerza. Ivax sintió que los tambores lo golpeaban en el pecho.
Los dos grupos corrieron hacia el centro del pentágono, saltando sobre las grietas de fuego, separándose entre sí.
Enseguida comenzaron a bloquearse el paso, comenzaron las batallas.
Ivax apretó los dientes mientras observaba con atención, preguntándose a quién se le había ocurrido usar martillos.
Eran pesados, lentos y servían mucho mejor para matar que para herir al contrincante.
El equipo de las lanzas, además, era mucho más hábil.
Si bien no había guerreros entrenados en las competencias del pentágono, solo delincuentes, el grupo del sur tenía una coordinación y una agilidad que el otro grupo no tenía.
Eran desordenados. Estaban nerviosos. Parecía ser la primera pelea en la que combatían.
Un muchacho flacucho, que no podía tener más de diecisiete años y que apenas conseguía cargar con el peso del martillo, entró en pánico cuando tuvo que enfrentarse con un hombre que lo doblaba en altura.
Soltó su arma y corrió, olvidándose de todo.
El público abucheó y el gigante soltó una carcajada de ira antes de correr tras él.