Capítulo 1 #3
Pero Renax no sabía nada de política. Cuando perdió el interés y se volvió hacia Dan, lo encontró mirando otra cosa con una expresión tensa y sorprendida. La joven supo lo que encontraría si seguía sus ojos; escuchó la voz de su madre incluso antes de girarse hacia ella.
—Renax.
Se irguió instintivamente ante el tono represivo que llamaba su nombre con la fuerza de una cadena de hierro. Bajó los ojos, avergonzada por todas las veces que había faltado al decoro en los últimos minutos, y se giró despacio.
—¿Sí, madre? —dijo, con un hilo de voz.
—Hay un hombre que quiere conocerte —respondió ella, haciendo hincapié en la palabra hombre .
Dan dio un paso atrás y se inclinó en señal de respeto, acostumbrado a que los hijos del tigre lo ignoraran.
Acostumbrado a que todos lo ignoraran. Pero Renax sabía que la frialdad de su madre no era para él, porque Dan no había hecho nada malo.
La culpa era suya, por estar hablando a solas con un joven que ni siquiera era una opción de matrimonio.
La mujer se giró y caminó con la elegancia que Renax no tenía.
La siguió, cabizbaja, como si la decepción de su madre fuera contagiosa.
Atravesaron tres grietas de fuego antes de detenerse junto a la pirámide oscura que, en las penumbras de la noche, parecía latir con hambre.
Como un dragón dormido que, de un momento a otro, tenía que despertar.
—Esta es Renax, mi hija —dijo, haciendo una reverencia perfecta a un hombre demasiado viejo.
La joven la imitó, con el cuerpo tenso y una sensación amarga en la boca del estómago.
¿Nervios? ¿O ganas de vomitar? Quizás las dos.
Compórtate , se dijo, pero su reverencia le permitió reparar en el tigre que las acompañaba y se vio obligada a erguirse demasiado deprisa. Dio un paso discreto lejos del animal.
—Encantado.
—Sí —dijo, distraída, su mirada atrapada en los ojos verdosos del tigre.
El carraspeo de su madre la sobresaltó y Renax dirigió su atención hacia ellos, mientras el nudo en el estómago se retorcía y multiplicaba.
—Los dejo para que hablen tranquilos.
Con otra reverencia, la mujer cumplió su palabra y se alejó. Renax tuvo que luchar contra el impulso de girarse; quería verla, quería pedirle que se quedara, quería caminar con ella y marcharse de allí.
No lo arruines , se dijo. Pero si no lo arruinaba, ¿qué? ¿Qué llegaba después? ¿Casarse con ese hombre que le doblaba la edad? Inconscientemente, miró las arrugas que habían comenzado a marcar su rostro.
—Estas elecciones han sido un éxito —dijo él, y fueron exactamente las mismas palabras que la joven ya había escuchado hasta el hartazgo.
No rehuir miradas, no estar… demasiado seria, sonreír… no sonreír… Las ideas se mezclaban en su mente. Sintió deseos de echarse a llorar, pero aun así consiguió esbozar una expresión cortés y amable. Desconfiaba de su voz, por lo que se limitó a asentir con la cabeza.
—¿Cómo se siente que tu padre sea el gobernante de todo un imperio?
No lo arruines, no lo arruines, no lo arruines .
Renax sonrió, desesperada por una respuesta que no acudía a su mente.
¿Cómo se sentía? No tenía idea. No era ella quien iba a gobernar, ni siquiera tendría un puesto en el Concejo o la posibilidad de heredar el poder político.
Nadie le había preguntado cómo se sentía.
Ni siquiera a ella misma le parecía importante.
—Yo… —comenzó a decir, no muy segura de qué, pero se detuvo.
El tigre que había fingido no mirar la estaba olfateando. Renax olvidó por completo las palabras. Olvidó la fiesta. Olvidó su propio nombre mientras el animal la observaba con esa ferocidad oscura que le provocaba terror.
—Parece que le caes bien —dijo el hombre, observando con simpatía cómo aquella cosa comenzaba a acercarse a ella.
Compórtate . Eres… La lengua larga y gruesa lamió el pelaje de la boca. Eres una hija del… Los colmillos brillaron con el tono del fuego (de la sangre) antes de quedar ocultos otra vez. Renax, concéntrate … Un ronroneo hizo vibrar el aire y la sobresaltó.
Cuando el tigre estaba a punto de rozar su vestido, no pudo contenerse. Dio un paso atrás, tropezó con el pie de otra persona, cayó al suelo. A su alrededor, los sonidos comenzaron a apagarse. Sintió las miradas en su piel.
—¿Te has lastimado? —preguntó el hombre, sorprendido, acercándose a ayudarla.
La atención repentina pareció confundir a su animal, contagiarlo.
El tigre perdió su lentitud elegante y se acercó más de prisa, más brusco; desde el suelo, a la joven le pareció tan enorme que un solo pisotón habría bastado para aplastarla.
Sabía que era una ilusión provocada por el pánico, pero reaccionó de todos modos y retrocedió lo más rápido que pudo.
Se arrastró hacia atrás, chocó con piernas y vestidos, ignoró todo lo que estaba más allá de esos ojos enormes que parecían tragársela.
—¡Syrus!
El hombre no necesitó más para que el tigre se detuviese; la conexión tiró de él enseguida.
Observó al humano con el que compartía vínculo, miró una vez más a la joven y luego regresó a donde estaba antes.
Solo entonces Renax sintió que la sangre volvía a circular caliente por sus venas. Y solo entonces escuchó el silencio.
Observó a su alrededor, con la respiración acelerada, y casi pudo verse a sí misma en las miradas fijas de los demás.
Las pupilas agrandadas, los ojos sorprendidos, eran como espejos.
Cientos de espejos reflejándola como en una pesadilla.
El vestido sucio que había arrastrado por el piso, el rodete desaliñado, el sudor en el rostro.
Y su imagen no era nada en comparación con la gravedad del murmullo que empezaba a arrastrar el viento.
«Una hija del tigre que tiene miedo de los tigres».
Su corazón comenzó a latir más de prisa y el miedo que la inundó fue algo más profundo, más angustiante, que el temor que acababa de sentir. No sabía qué hacer. Deseó, esta vez con todas sus fuerzas, que apareciera una horda de dragones para tragarse la ciudad.
Una sombra la cubrió y un cuerpo se interpuso entre ella y la mirada disgustada del hombre viejo.
Ivax le tendió una mano y, sin pensarlo, la joven se dejó incorporar.
Los murmullos se hicieron cada vez más fuertes.
Su hermano le preguntó si se había lastimado, pero ella no lo oyó.
No le prestó atención, al menos. Miró los rostros desconocidos mientras las voces la aturdían.
Encontró la mirada herida de Dan, que sufría por ella.
Encontró los ojos oscuros y llenos de odio de su abuela.
Encontró la expresión roja, avergonzada, de su madre. Y…
Su padre. Vio el orgullo herido en sus ojos, la vergüenza, la decepción.
Se apartó de su hermano mientras las emociones la desbordaban. No podía llorar delante de tantas personas. Era una… Era una de las normas que las hijas del tigre…
Tampoco podía correr, pero antes de darse cuenta estaba abriéndose paso en medio de la multitud y huyendo a casa. Se mordió los labios, ignoró las miradas y corrió frente a una fiesta silenciosa que tardó en recuperarse.
No se permitió ni una sola lágrima hasta que estuvo en su habitación.
Se desató la faja mientras la humedad nublaba las imágenes, la arrojó a un costado y se sentó en su cama a llorar.
Deshizo las trenzas con la misma brusquedad con la que su madre las había armado, una por una, tirándose del cabello a propósito.
Por una vez, por una noche, había querido hacer las cosas bien. Ser lo que esperaban de ella. Hacerlos felices.
Se cubrió el rostro y lloró, odiándose por estar llorando, durante varios minutos.
Las hijas del tigre no pueden mostrar debilidad .
Se rio de sí misma, una risa irónica de mejillas empapadas y ojos tristes; ¿cuántas normas había violado esa noche?
¿Cuánto se había alejado del modelo perfecto de lo que debía ser?
Se secó las lágrimas, soltó un suspiro y se dejó caer de espaldas sobre el colchón.
Algo duro se clavó en sus costillas antes de que pudiera seguir llorando.
Con el ceño fruncido, metió la mano bajo las mantas y sus dedos tocaron metal.
Se incorporó y deshizo la cama para descubrir un cuchillo enfundado que brilló al ver la luz de las velas.
Una daga larga y elegante, de plata y decorada con zafiros. Una nota.
Por el día de tu nombre.
De tu familia, que te quiere .
P.D. Tu padre y tu hermano insistieron. No se te ocurra usarlo en público. Feliz cumpleaños, pequeña.
Miró el papel, inexpresiva, con un nudo de contradicciones en la boca del estómago. Sus ojos se llenaron de lágrimas una vez más. Las lágrimas se convirtieron en sollozos y, del otro lado del llanto, la daga se difuminó.