Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Mostrar atención cuando te hablan. No mostrar demasiada atención cuando te hablan. Asentir a todo y nunca discutir.

Asintió, esbozó una sonrisa leve que se sintió demasiado pesada.

—Todos están muy emocionados con estas elecciones. Tu padre es el quinto hijo del tigre que gobierna el imperio y la ciudad…

El joven continuó hablando y Renax se esforzó por prestar atención a sus palabras, pero la música y el ruido la aturdían.

La cantidad de gente moviéndose a su lado la aturdía.

Los animales pasando entre sus pies… Fijó los ojos en el cuchillo que colgaba en la cintura de aquel hombre, para no marearse, mientras las palabras continuaban viajando por el aire sin que ella les prestara atención.

El resplandor de la daga la hizo sentir más tranquila.

Siempre le habían gustado las armas, aunque jamás había tocado ninguna.

Tal vez se sentía atraída por el brillo del metal.

Tal vez, por los colores de la plata, el cobre y el acero.

O quizás había algo en ella que se sentía atraído por la posibilidad de la muerte.

—¿Te incomoda? —preguntó el joven, poniendo una mano sobre su cuchillo. Parecía genuinamente preocupado—. Lo siento, es solo un adorno.

Tiró de la daga y su cinturón giró hasta esconderla. Renax negó y abrió la boca para hablar, pero las palabras de su madre resonaron como un verso acompañado por la música de los tambores. Asentir a todo y nunca discutirles.

Lo miró a los ojos un instante, sin saber qué hacer ni qué decir. El joven parecía esperar algo de ella, y Renax no tenía idea de qué. ¿Debía hablar? Su madre solía decir que cuanto menos hablara, mejor. Además, ¿qué debía decirle? ¿Tenía que agradecer? ¿Mentir? ¿Decir la verdad?

Esbozó una sonrisa que escondía angustia, y entonces una silueta volvió a distraer sus ojos. Dan estaba observándola. Apoyado en un árbol y tan aburrido como ella, pasaba desapercibido. Un hombre que no atraía miradas. Un muchacho demasiado delgado, demasiado tranquilo y sin poderes.

Él aprovechó su atención y le hizo un gesto con la cabeza en dirección a la playa. Larguémonos de aquí , decía su rostro. Por favor .

Renax miró otra vez al hijo del tigre que, incómodo, comenzó a hablar para llenar el silencio.

Sintió un pinchazo de ansiedad en el estómago.

Quería irse, quería desaparecer y alejarse de las miradas que juzgaban su porte y su cuerpo, de los hombres que la encontrarían extraña y torpe. Pero había prometido…

Dan apretó los labios, insistente como un niño, y volvió a hacer el gesto. La joven contuvo un suspiro y miró hacia la costa, pero solo pudo ver un horizonte donde las terrazas tocaban estrellas. Tal vez lo mejor fuera desaparecer por una noche. No arruinaría nada si no estaba allí.

No . No podía hacer que sus padres la miraran como miraban a su hermano, pero al menos podía cumplir una promesa.

Ya los había decepcionado bastante. Miró a Dan, sin embargo, y algo en el fondo de sus ojos tiró de ella con desesperación.

Lo conocía lo suficiente como para saber cuándo las cosas iban mal. Cuándo no debía dejarlo solo.

—¿Sucede algo? —preguntó el hijo del tigre, y comenzó a voltearse.

—No —respondió de prisa, y fue extraño escuchar su propia voz frente a otra persona. Más aún, su propia voz negando. Asentir a todo y nunca discutirles . Sintió un pinchazo de irritación en el pecho, pero lo reprimió y se obligó a forzar una sonrisa tímida—. ¿Me disculpa un momento, por favor?

El joven la observó un instante y luego asintió con la cabeza, muy despacio.

Parecía un poco ofendido, pero también un poco aliviado.

Renax casi podía oler su incomodidad en el aire; qué mujer extraña , decían sus ojos.

No importaba cuánto esfuerzo pusiera en ser tal como le pedían que fuera, siempre hacía sentir lo mismo a los demás. Siempre veía lo mismo en sus miradas.

Ignoró la amargura del fracaso en la garganta y, luego de una reverencia breve y dubitativa, se dirigió hacia Dan.

Caminó como su madre le había enseñado, porque seguía habiendo ojos en ella.

No caminar de prisa. No correr bajo ninguna circunstancia.

Dar pasos cortos y no levantar demasiado el mentón .

El resultado, en otras hijas del tigre, eran pasos elegantes y serenos; Renax se sentía como un pato. Un pato torpe.

—Feliz cumpleaños —dijo Dan, ni bien la sombra del árbol los envolvió a los dos.

No había esperado que esas fueran sus primeras palabras, no había esperado esas palabras en absoluto, así que el golpe la tomó por sorpresa.

Los hijos del tigre eran una de las pocas casas que festejaban los cumpleaños en el día del nombre; Dan no tenía por qué recordarlo.

No tenía por qué saberlo. Su familia, por otra parte…

Algo debió reflejarse en su rostro, porque él se inclinó para observarla.

—¿Lo han olvidado? —preguntó. La conocía muy bien, pero además tenía un don para leer a otras personas.

Cada don trae consigo algún defecto, y el defecto de Dan era que empatizaba demasiado y muy deprisa—.

Vamos al muelle. Te cantaré feliz cumpleaños y podrás insultar a tus padres.

Sin riesgo de que te escuchen trescientas personas.

Renax esbozó una sonrisa sincera y, esta vez, no le importó si era demasiado grande. O demasiado triste. Cuando estaba con Dan, no tenía ganas de fingir que era una persona distinta.

—No puedo —dijo, y miró alrededor instintivamente, buscando a su familia, asegurándose de que no estaban allí para escucharla—. Tengo que conseguir un esposo antes de que termine la fiesta.

Si su madre la hubiera oído bromear, la habría golpeado. Dan bufó.

—¿Y cuál es tu plan? Quedarte hablando conmigo no parece una buena idea.

—No es una buena idea —dijo, y una voz lo repitió en el fondo de su mente: no es una buena idea —. Pero tú me llamaste. Y espero que tengas un buen motivo para haber ahuyentado a mi único pretendiente.

—Lo has ahuyentado sola.

—¿Motivo?

Dan se encogió de hombros, incómodo, como cada vez que estaba a punto de mentir o decir una verdad a medias.

—No quería estar solo —murmuró, mirando más allá de Renax, con una expresión amarga—. Odio estas celebraciones.

La grieta de fuego más cercana hacía brillar sus ojos grises, se reflejaba en ellos como un atardecer en un lago.

Se conocían desde siempre y se parecían más de lo que ella hubiera querido; los dos estaban demasiado lejos de ser lo que se suponía que fueran. Dan, sin embargo, se había resignado hacía mucho tiempo. No buscaba amor donde no lo conseguiría jamás. No quería la aprobación de nadie.

Cada tanto, su familia se las arreglaba para herirlo de todas maneras. Renax decidió no preguntar. No parecía ser lo que él necesitaba.

—Bueno, tal vez piensen que me estás cortejando.

Dan ladeó una sonrisa irónica y luego miró alrededor.

—Si tu familia llega a la conclusión de que estoy cortejándote, me colgarán de un mástil para que me destrocen los dragones.

Renax volvió a sonreír. Un hijo del tigre pasó a su lado, con su animal pisándole los talones, y la observó de forma extraña. Ella redujo la sonrisa, carraspeó. Habló en un susurro.

—Falta mucho para la próxima horda. Probablemente solo te corten el cuello mientras duermes.

Dan asintió con la cabeza.

—Tienes razón —dijo—. Es una suerte que nuestras casas estén en buenas relaciones. Si no fuera así, los hijos del tigre me darían un poco de miedo.

Renax rodó los ojos. Si su madre la hubiera visto… Descartó el pensamiento y buscó a su hermano para señalarlo con un gesto de cabeza.

—Sí —dijo—. Míralo a Ivax, con su sonrisa perfecta. Aterrador.

Dan hizo caso y se giró para observar al joven que recibía casi toda la atención de la fiesta. Hizo una mueca extraña y, por un instante, los dos observaron al hijo primogénito del futuro gobernante.

—¿Celosa? —preguntó, volviéndose a mirarla con una curiosidad sincera.

La joven negó con la cabeza, primero, para después encogerse de hombros. No envidiaba a su hermano, apenas lo conocía. A veces, solo… deseaba ser él. A veces solo deseaba ser varón. Y a veces, simplemente, deseaba ser algo más que ella misma.

—Ojalá pudiera ser la mitad de perfecta —respondió, en un susurro. No miraba a su hermano con odio, sino con un anhelo imposible, un destello de autocompasión—. Solo la mitad.

Dan la miró en silencio durante un rato y entonces volvió los ojos hacia Ivax otra vez.

—¿Sabes? Cuando miro a tu hermano, no puedo evitar sentir… algo parecido al vértigo.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella y, antes de que pudiera apartar la mirada hacia su amigo, el hijo del tigre los observó y sus ojos la retuvieron un instante.

—No estoy seguro. Es una sensación. Alguien que está tan arriba… —Dan desvió la mirada, se encogió de hombros y susurró, su voz apenas audible entre el murmullo de un viento helado—: solo puede caer.

Hojas de cobre bailaron entre ellos y los sonidos se apagaron un instante. Ivax asintió con la cabeza hacia su hermana, incómodo, como lo habría hecho cualquier desconocido. Y Renax, como si aquel fuera realmente cualquier desconocido, apartó los ojos mientras Dan la observaba en silencio.

El muchacho buscó una distracción en la multitud que hervía en la plaza.

—Quienes sí son un poco aterradores —murmuró, para que nadie más pudiera oírlos— son esos.

Renax siguió su mirada hacia los hijos del lobo (y sus lobos, que eran los que en verdad le daban miedo).

Sus trajes parecían moteados de sangre, porque el rojo era el color de su casa, y se asemejaban demasiado a uniformes militares.

Siempre estaban callados. No se relacionaban con otros si podían evitarlo, y sus poderes espantaban un poco a todos los demás.

Los hijos del lobo se comunicaban entre ellos, de forma constante, en un silencio tétrico.

Eran como una gran mente, una red de pensamientos única funcionando en cuerpos distintos.

Un arma peligrosa. Y los enemigos políticos más importantes de los hijos del tigre.