Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Renax.

(Un día antes del golpe).

En medio de los nervios y los preparativos, nadie había recordado su cumpleaños.

—Te dije que adelgazaras un poco, no que dejaras de comer —masculló su madre, detrás de ella, mientras anudaba los lazos de la ropa—. Mírate, estás hecha una suricata. Sin ningún encanto.

La faja le apretó las costillas. Se sobresaltó, pero contuvo sus expresiones; Renax sabía que, a un costado del espejo, su abuela la observaba con un gesto crítico.

Por encima del vestido negro, la tela azul que apretaba su cintura la hacía parecer aún más delgada.

No opinó. La faja era parte de la vestimenta oficial y, de todas formas, ni su madre ni su abuela la escucharían.

El espejo de obsidiana le devolvió un rostro pálido manchado por las pecas. Rehuyó sus propios ojos.

—Haz algo con ese cabello —dijo la anciana, apoyada en una esquina del armario. Cruzaba los brazos y fruncía el ceño con desinterés, como si incluso ese gesto fuera un desperdicio.

Sus rizos se perdían en la oscuridad de la obsidiana, pero Renax podía sentirlos alrededor del rostro.

Si hubiera nacido varón, el cabello desaliñado le habría acarreado fama y gloria; en una hija del tigre, era un defecto tan imperdonable como sus pecas, su aspecto desgarbado, su porte tímido, el grosor de sus cejas, la palidez que hacía que el azul de sus ojos se perdiera en un rostro sin colores.

Suspiró, cansada, mientras su madre intentaba trenzar ese cabello.

—Ya estarán todos en la plaza —murmuró. Su abuela rodó los ojos, como cada vez que ella se atrevía a abrir la boca, aunque fuera para susurrar.

—No llegaríamos tarde todo el tiempo si tú…

si… —Su madre alzó los rizos para observarlos y, aunque no podía verla, Renax sintió la desaprobación en la nuca.

Si hubieras nacido distinta. Si fueras más perfecta, como tu hermano.

Se limitó a suspirar y, como resignada, continuó trenzando—.

Es un día importante para tu padre. Mañana es la asunción.

Y, esta noche, la fiesta es para él. Estarán todos reunidos para verlo y…

—Y también para verla a ella —gruñó la anciana. Si podía evitarlo, nunca se dirigía a Renax directamente—. Aunque no sea la muchacha más bonita, sigue siendo la única hija del nuevo líder. Por primera vez, habrá una fila de hombres esperando para cortejarla.

Lo dudo , pensó. Pero no lo dijo. No maldecir, no contestar a los mayores, no caminar torcida.

—¿Lo entiendes, Renax? Es importante que, esta noche, todos mostremos nuestra mejor versión.

No mirar demasiado a los ojos. No rehuir todo el tiempo las miradas. No evitar conversaciones.

—La reputación de la familia, la admiración que sienten por tu padre, dependen también de que nosotras nos comportemos.

No sonreír de más. No estar demasiado seria. No romper a carcajadas.

—¿Renax?

Se miró a sí misma a los ojos, como si fuera el espejo de obsidiana quien había pronunciado su nombre. Esbozó la expresión más serena que pudo.

—Sí, madre.

Tirones en el cabello y un suspiro: esa fue toda la respuesta que recibió, mientras su abuela miraba a un costado con expresión grave.

Parecía preocupada. Convencida de que todo saldría mal.

Renax sintió un nudo en el estómago y se observó a sí misma, con el rodete de trenzas casi terminado y el vestido de gala de las hijas del tigre.

Intentó tranquilizarse. Intentó pensar con optimismo, al menos para llevarle la contraria a los demás.

Pero su reflejo, lejos de levantarle el ánimo, la deprimió.

Al menos no lo arruinaré, se prometió a sí misma.

Quizás no pudiera ser la hija que su padre necesitaba, quizás no pudiera enamorar a nadie ni despertar asombro y admiración, pero al menos podía mezclarse.

Como siempre, podía ser invisible. Su hermano se encargaría por sí mismo de atraer todas las miradas.

Tal vez se acabe el mundo, como dicen los rumores. El pensamiento la consoló un poco más mientras su madre terminaba de anudar el rodete y mascullaba alguna maldición sobre su cabello rizado. Tal vez me traguen las fauces de un dragón .

Pero no hubo dragones en la plaza, esa noche. Renax se topó con algo peor cuando por fin salieron: demasiada gente. Miradas. Susurros.

La música de los tambores la aturdió y las luciérnagas que titilaban e iluminaban las calles la distrajeron. Se hizo a un costado para dejarlas pasar. Chocó con alguien. Se giró para pedir disculpas, aturdida, y empujó sin querer a un tigre distraído. Se sobresaltó.

—¡Renax!

Rastreó la voz enfadada de su madre y tardó en hallarla entre las luces, la gente y el ruido. La ansiedad disminuyó un instante cuando sus ojos la encontraron, pero luego volvió a subir. Ya había comenzado a decepcionarla. Ya había comenzado a arruinar la fiesta.

Agachó la mirada y alcanzó a las dos mujeres que ya estaban caminando, una vez más, hacia el centro. Su abuela sacudió la cabeza, pero esta vez no dijo nada.

La plaza estaba llena. No solo de gente, sino también de voces.

De risas, de música. De animales. Habían cerrado la entrada a la ciudad, por ese día, para que la fiesta fuera solo de ellos.

Solo de los nobles. Los únicos nómades que tenían permiso para ir y venir eran los sirvientes de las casas, que llevaban la comida y la bebida de un lugar al otro y recibían órdenes con la mirada en el suelo.

Como cada noche, las grietas de fuego atravesaban todas las calles de Tsavixia y, de forma irregular, conducían hacia el centro.

La ciudad brillaba. En medio del piso de basalto, los hijos del gato calentaban las piedras de las grietas hasta fundirlas y la lava resplandecía como heridas de sangre.

Cicatrices ramificadas de fuego. Esa noche, todo brillaba un poco más, y los hijos de la luciérnaga aportaban destellos de fiesta en todas partes.

La pirámide era lo único oscuro, una sombra imponente, tan alta que escapaba de la luz y se alzaba como un segundo volcán.

Las hojas de los árboles reflejaban la luz y parecían filosas.

Pequeñas dagas de cobre que se movían con la brisa.

Las raíces blancas brillaban un poco más en su camino hacia el centro, sobre un piso tan negro que se asemejaba al vacío.

Su madre tiró de ella antes de que pudiera procesar todos los colores, luces y movimientos.

La gente las observó. Las demás casas parecían conversar y divertirse, pero los ojos volvían una y otra vez a su familia.

Incluso los otros hijos del tigre se mantenían pendientes de ellos.

Como si esperaran un milagro. O un error.

—No te distraigas —masculló y, sin darle tiempo a responder, se giró para saludar a otra familia.

Renax quedó incluida en el círculo e intentó sonreír ( no sonreír de más ) ligeramente. Intentó prestar atención a las conversaciones y fingir que no la juzgaban en silencio. Que no la desaprobaban, que no le tenían lástima. Y que el felino que los acompañaba no la ponía nerviosa.

Eres una hija del tigre, se dijo. Compórtate.

Como si hubieran escuchado sus pensamientos, algo distrajo a todo el mundo.

Las miradas de recelo se apartaron de ella y se posaron, con sorpresa, en un revuelo de polvo y aire.

Dos hombres jóvenes reían, envueltos en un remolino de hojas rojas y luciérnagas.

Nadie se preocupó por los insectos. El espectáculo de dos muchachos midiendo sus poderes, arrojándose el viento en la cara mientras sus tigres comenzaban a brillar y rugir, fue lo único que importó por un instante.

Ivax estaba despeinado. Sus rizos se sacudían de un lado al otro cuando su primo cambiaba la dirección del viento.

Su camisa estaba hecha un bollo en un costado y sus músculos resplandecían con la luz anaranjada.

El polvo que levantaban en remolinos espectaculares se pegaba a su cuerpo y a su pantalón, se adhería a su cabello sin que a nadie le pareciera escandaloso.

Él podía ensuciarse. Él podía reír a carcajadas.

Renax observó los rostros asombrados, escuchó el silencio, y luego volvió los ojos hacia su hermano otra vez.

Entre el enjambre negro que era su cabello, brillaban los mechones blancos de los hijos del tigre más poderosos.

Tenía el cuerpo atlético y musculoso de un guerrero.

Y su animal era el segundo felino más grande de Tsavixia.

¿Cómo se sentiría gobernar la lluvia y el viento?

¿Cómo sería un vínculo con un animal tan poderoso?

Renax no lo sabría jamás, porque las hijas del tigre no se vinculaban.

El poder de la familia lo tenían los hombres.

Los que podían usarlo. Los que podían despeinarse y ensuciarse bajo el viento sin que nadie los mirara mal.

Un empujón de aire sobresaltó a los dos muchachos y el baile de hojas y polvo se detuvo.

Las luciérnagas huyeron, aturdidas, mientras todos los ojos se concentraban en el hombre que los había sacudido con tan solo una ráfaga de viento.

El tigre más grande de la ciudad se abrió paso entre la gente.

Su andar era majestuoso, pero obtuvo menos atención que el hombre que caminaba a su lado.

El padre de Renax se detuvo frente a los dos muchachos y les acarició el cabello.

Les murmuró algo a los dos, pero una mirada de orgullo se coló en su rostro cuando miró a su hijo.

Sus ojos brillaron como los ojos de un padre que observa a un hijo perfecto, e Ivax correspondió como un hijo que mira al mejor padre del mundo.

La relación entre ambos produjo algunos murmullos de ternura y la fiesta siguió con más alegría que antes.

A Renax jamás la había mirado así. Casi nunca la miraba, de hecho.

—Son muy parecidos —dijo una voz junto a ella—. Tu padre y tu hermano.

Dejó de prestarles atención y se encontró a solas con un joven de su edad y su tigre; el resto de las dos familias había desaparecido. Probablemente a propósito. Renax volvió a sentir que su estómago se endurecía.