Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 0
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Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1)

Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1)

Por Tsanya Rey

© inepub.com

Capítulo 0

Asunción.

La profecía ha viajado por toda la ciudad; como un siseo venenoso, el viento ha arrastrado los rumores por cada callejón, ha sobrevolado piedra y barro, follaje y madera, hasta inquietar al último escéptico de Tsavixia.

Una ciudad de dioses, de magia, convertida en escombros. Eso han soñado las hijas de la arpía.

Los rumores necesitaban culpables y señalaron culpables: dragones. Y como todo villano necesita un héroe para combatirlo, el día de las elecciones el Concejo no solo eligió un gobernante, eligió un héroe.

La plaza llena con una multitud emocionada que hace silencio.

Los hijos del tigre, la casa que ha ostentado el poder durante el último siglo, formando frente a la pirámide con rectitud.

Las mujeres a la izquierda, los varones a la derecha y todos tan serios como si aquello no fuera una ceremonia sin sentido.

Una celebración dedicada a la democracia.

Las casas más importantes formando detrás, y luego una escuadra de soldados que separa a los nobles del pueblo.

Un hombre rompe la primera fila y avanza hacia la pirámide negra, imponente, que se alza frente a él y le hace sombra.

Un tigre de aspecto feroz avanza a su lado.

Miran la cima, y el hombre entrecierra los ojos para que el sol, recortado por la piedra oscura, no lo ciegue.

Da un paso más, sube el primer escalón. El pueblo rompe el silencio, aclama, y el héroe continúa subiendo con su tigre.

Los hijos del lobo se miran entre sí, mientras tanto. Parecen comunicarse algo que nadie escucha. Los lobos gruñen. Por detrás de la pirámide, una serpiente sisea y una sombra se mueve sin ser vista.

El hombre elegido para gobernar es atlético y musculoso, como debe ser un héroe, y llega a la cima en un minuto.

Los vítores cubren cualquier otro sonido, la admiración llena la plaza.

Sobre la pirámide, encima del mundo, entre los cuatro árboles sagrados que unen la energía de la ciudad, el héroe se detiene a tomar aliento.

Con una mirada orgullosa, alza los brazos.

Y los vítores alcanzan el clímax de la asunción mientras el tigre ruge.

La alegría y la esperanza llenan cada rincón de la ciudad, y el sol parece coronar al gobernante elegido por el Concejo y por los dioses.

El que, esta vez sí, acabará con las bestias de fuego. El que los salvará.

El pueblo se conmueve fácil. Porque es débil ante las ceremonias épicas, en primer lugar. Porque necesita esperanza. Y, sobre todo…

Porque no sabe que los héroes no existen.

Los vítores se detienen despacio, las voces se apagan como la luz de una luciérnaga moribunda.

El hombre ha abierto la boca y parece que está a punto de hablar. Pero sus ojos tiemblan y no sale de él ningún sonido.

Un segundo de silencio.

Dos segundos.

Tres.

Y entonces un borbotón de sangre brota de su garganta y paraliza a la multitud. Está muy lejos y nadie ve la punta del cuchillo que atraviesa su ropa y brilla, bendecido por la luz del sol. Pero sí lo ven caer. Cientos de escalones y un crujido seco en el silencio absoluto.

Sobre la pirámide, una muchacha enmascarada se detiene a mirar a la multitud. La multitud se detiene a mirarla a ella. La serpiente se desenrosca de su brazo y observa al sol con desconfianza como si no quisiera estar allí.

Los lobos rugen. La gente grita.

Comienza la matanza.