17. Capítulo 17
—¿Sergio? ¿Eres tú el que está detrás de ese ramo de flores gigante? ¡Pasa, anda!
Sergio se había armado de valor y había seguido el consejo de Stefano.
Esta tarde había ido directo a casa de Ornella por el camino más rápido.
Por el camino se había detenido un momento a comprar flores.
Tenía que pedirle disculpas sin falta. La echaba de menos; sus charlas e incluso sus consejos no pedidos.
Bajó el ramo con vacilación y miró a su vieja amiga con gesto suplicante.
—Ornella, siento muchísimo haber sido tan brusco. No quería discutir contigo, y...
—Sergio, no pasa nada. ¡Por favor, no hagas el ridículo!
¿Cuántas veces crees que alguien me ha dicho ya que me meta en mis asuntos?
Si es que la culpa es mía. Siempre me entrometo en la vida de los demás, me incumba o no.
Y en la mayoría de los casos no es asunto mío, tengo que admitirlo.
Pero es que no puedo evitar ser como soy.
Y cuando veo que no estás bien, no puedo callarme.
No puedo. Yo también lo siento, no quería interrogarte.
Pero es que tenías una cara tan triste, y...
Sergio se acercó a Ornella y la estrechó con fuerza entre sus brazos. —¿O sea que volvemos a ser amigos?
—¡Pero claro! Que yo sepa, nunca hemos dejado de serlo.
Sergio respiró hondo. Stefano tenía toda la razón.
Ornella no era nada rencorosa; al parecer, ni siquiera había interpretado su abrupta salida como una pelea y no estaba enfadada con él en absoluto.
Se quitó un gran peso de encima. Si hubiera sabido cómo iba a reaccionar Ornella, se habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza y preocupaciones.
Pero así era él. Le daba vueltas a esto y a aquello, a lo divino y a lo humano.
Se preocupaba por todo, siempre quería que todo fuera perfecto.
Y luego, a menudo resultaba que se había comido la cabeza mucho más de lo necesario.
Y así había sido también en esta ocasión.
—Bueno, caro mio, ahora siéntate de una vez, que voy a hacernos un expreso.
Pocos minutos después, Sergio sostenía en la mano la ansiada bebida; el intenso aroma del café le subió por la nariz y le creó una sensación de familiaridad.
Cuando se sentaba allí con Ornella, con el café en la mano, era un poco como volver a casa.
Se sentía a gusto y, en cierto modo, protegido.
Sonaba estúpido incluso en su propia cabeza, pero era la verdad.
—¿Y bien? —Ornella arqueó una ceja y Sergio tuvo claro que ella esperaba un informe detallado.
—Sí, tenías razón, estaba totalmente descentrado después de reencontrarme con una antigua amiga del colegio.
—¿Y qué más?
—Nada más, en realidad. Estaba pasando unas vacaciones en Florencia con su amiga y nos cruzamos por casualidad.
—¿Y qué pasó entonces?
—Nada extraordinario. Charlamos un poco tomando un Aperol. Ella me contó cosas de su vida y yo de la mía.
—¿Que le contaste cosas de tu vida? ¿Desde cuándo eres tan hablador?
Sergio soltó una carcajada. —¿Yo? ¿Hablador? Ni mucho menos. Básicamente, de esa hora, su amiga Lissy estuvo hablando durante cuarenta y cinco minutos. Yo no conté mucho, ya sabes que no soy precisamente un hombre de grandes discursos.
—Sí, ya lo sé. Y es una lástima. No tendrías más que hablar un poco más para impresionar a las damas. Pero ¿cómo van a saber que tienes muchas cosas sabias que decir si no hablas con ellas?
—Bueno, el caso es que luego se volvió a casa en avión con su amiga, y eso fue todo, en principio.
—¿Eso fue todo? ¿Estás seguro?
—Sí, un encuentro de lo más normal con una excompañera de clase. No merece la pena ni mencionarlo.
—Ya veo. —Ornella puso expresión pensativa y se dio unos golpecitos en la barbilla con su uña perfectamente manicurada.
—Pero, Sergio, si fue un encuentro de lo más normal, no entiendo por qué estabas tan alterado después.
—Ah, solo tuve un mal día en la universidad. Además, ese encuentro me recordó a mi época escolar, que no fue especialmente agradable. Por eso me puse de mal humor.
—Claro. Está bien. Hoy no te daré motivos para que salgas otra vez de la tienda hecho una furia y no te preguntaré más. Noto que hay algo más que no me estás contando, pero si quieres guardártelo para ti, hazlo. No quiero volver a discutir contigo.
—Yo tampoco, Ornella, desde luego que no.
Sergio suspiró. Sabía que Ornella no se creía la historia y, sobre todo, él tampoco se la creía.
El reencuentro con Mara había sido ya hace unas semanas y, aun así, todavía no podía sacársela de la cabeza.
Se preguntaba constantemente cómo estaría y si volverían a verse alguna vez.
Pero sabía que tenía que olvidarse de ella.
Mara vivía en Hamburgo y él en Florencia.
Ella tenía su propia vida y él la suya. ¿En qué se suponía que iba a quedar lo suyo, incluso si lograra encontrarla?
¿Y cómo iba a encontrarla, para empezar?
No, no. El tema estaba zanjado y tenía que admitir de una vez que se estaba dejando llevar por una fantasía.
Pero ¿por qué no podía olvidar a esa mujer?
¿Qué tenía ella que no tuvieran otras? ¿Podría ser de verdad que todavía sintiera lo mismo por ella que en el colegio?
¿Que esas emociones hubieran perdurado durante tantos años y él ni siquiera se hubiera dado cuenta?
¿Habrían estado esos sentimientos siempre enterrados en su corazón, de forma subyacente, impidiéndole tener otras relaciones?
¿Era por eso por lo que había fracasado en cada relación que había intentado desde su época escolar? No, eso era ir demasiado lejos.
Los pensamientos daban vueltas en la cabeza de Sergio como un tiovivo, y tenía miedo de que alguno de ellos se le escapara accidentalmente en voz alta.
Si mencionaba algo sobre el amor en presencia de Ornella, probablemente acabaría recibiendo una sesión completa de terapia por su parte.
Sabía que a su vieja amiga le gustaría mucho que él encontrara la felicidad en el amor.
Pero en ese momento, se sentía más lejos de conseguirlo que en mucho tiempo.