3. Capítulo 3
—¡Sergio, mio caro! Qué alegría verte. ¡Pasa, pasa!
Sergio sonrió mientras su vieja amiga Ornella se disponía a darle un fuerte abrazo.
Conocía a la italiana de toda la vida. Con su joyería en la Via Roma, no muy lejos de la famosa catedral de Florencia, era toda una institución florentina.
A veces tenía la sensación de que todos los habitantes de la ciudad conocían a Ornella.
Y eso que era natural de Milán. Ya allí había regentado una joyería con piezas únicas bastante inusuales, pero se había enamorado tanto de Florencia durante un viaje que, sin pensárselo dos veces, cerró su tienda en Milán y abrió una nueva allí.
De aquello hacía ya muchos años; desde entonces, se había convertido en la mujer mejor relacionada de toda la ciudad.
Todo el mundo conocía a Ornella y compraba en su local.
No se debía tanto a las joyas, que a decir verdad eran muy llamativas, sino más bien a la vitalidad de la italiana y a su carácter abierto y afectuoso. A Ornella era imposible no quererla.
Sergio se había preguntado muchas veces qué edad tendría Ornella.
Calculaba que andaría por los setenta y pocos, pero ella jamás lo admitiría si él tuviera razón.
Ornella no era simplemente una mujer, era una aparición.
Llevaba el pelo corto y canoso con un estilo muy moderno, y su seña de identidad eran unos pendientes enormes que brillaban incluso a cien metros de distancia.
Las uñas de sus pequeñas manos siempre estaban largas y pintadas de un rojo fuego, y llevaba lo que parecían ser dos kilos de maquillaje en su rostro casi sin arrugas.
Ornella era tan bajita que Sergio podía rodearla con sus brazos y apretarla contra su pecho sin el menor esfuerzo.
Sus ojos negros chispeaban cada vez que lo veía, y él sentía que su amiga le leía el alma con sus sabias opiniones.
No sabía qué era exactamente, pero se sentía increíblemente a gusto en su presencia y disfrutaba de sus conversaciones.
Si se paraba a pensarlo, Ornella era su mejor amiga en Florencia.
No tenía secretos para ella, y ella decía directamente muchas cosas que a él le costaba abordar.
—Sergio, siéntate de una vez conmigo. ¿Un espresso?
Sergio asintió. En Hamburgo uno llamaba la atención como un perro verde si tomaba café a esas horas.
En Italia era distinto. Aquí el espresso corría por sus venas y se había acostumbrado rápido a consumirlo a cualquier hora del día o de la noche.
Y cuando visitaba a Ornella en su tienda, el café siempre estaba garantizado.
—Sergio, dime, ¿cómo estás?
—Estoy bien. De momento todo está tranquilo y no me puedo quejar. Tengo una promoción realmente extraordinaria en la universidad, con muchos estudiantes brillantes y...
—Sergio, mio caro, sabes que eso no me interesa. Lo que quiero saber es por qué estás hoy aquí otra vez. ¿Por qué pasas tu valioso tiempo con una vieja como yo en lugar de buscarte por fin una mujer joven que encaje contigo?
—Bueno, ya sabes que aprecio tu compañía y me gusta estar aquí.
—Pero, hijo, si podrías ser mi hijo. ¿Qué les pasa a todas esas jovencitas de ahí fuera? ¿Eres tan exigente?
Sergio esbozó una mueca de resignación.
—Creo que es más bien al revés. Verás, Ornella, no soy precisamente un galán, y a las chicas guapas siempre les gustan esos hombres machotes y musculosos. Ya sabes que yo no soy así.
—Sí, lo sé. Pero si las mujeres son tan superficiales que no son capaces de ver lo maravillosa persona que eres, entonces es que no te merecen —sentenció Ornella con gesto pensativo y los brazos cruzados sobre el pecho.
—Es muy amable por tu parte, gracias.
Ornella se levantó, se acercó a él con pasos cortos y rápidos y le rodeó con los brazos para consolarlo.
—Sergio, tarde o temprano aparecerá la mujer adecuada a la vuelta de la esquina.
Estoy segura. Y entonces todo cambiará, porque ella reconocerá tu belleza interior.
Comprenderá qué clase de persona tan especial eres.
Lo inteligente, sensible y comprensivo que eres, y...
—Gracias, Ornella, ya lo he pillado. Me voy a poner rojo si me sigues alabando así. Creo que no me lo merezco en absoluto.
—Tienes que tener un poco más de confianza en ti mismo.
Eres un hombre estupendo, pero ¿quién lo va a ver si siempre te escondes tras tus blocs de dibujo y esos libros tan gordos?
Día tras día, o estás aquí conmigo en la tienda, o estás en la universidad, o con la nariz metida en libros de texto, dibujos y planos.
Tienes que salir. Ve a bailar o, por lo menos, a cenar por ahí.
¿Dónde vas a conocer a alguien si te pasas el día sentado aquí conmigo?
En ese momento, una mujer joven entró en la joyería y le dedicó una sonrisa amable a Ornella.
Sergio arqueó las cejas. —Bueno, si aquí no estoy en la fuente misma, ya me dirás dónde.
La cara de estupefacción de Ornella le hizo soltar una carcajada. —A lo mejor tienes razón y no me faltan mujeres jóvenes que se interesen por las joyas. Pero dudo mucho que sea así como vayas a conocer a la mujer adecuada.
Ornella suspiró teatralmente. Se comportaba como si él fuera un caso dificilísimo que la estaba llevando al límite de sus dotes como alcahueta.
Y quizá fuera así. Sergio tragó saliva con dificultad para deshacer el nudo que amenazaba con cerrarle la garganta.
A esas alturas, dudaba de que existiera "la mujer adecuada" para él.
Pero se guardaría muy mucho de decirlo en voz alta.
Al fin y al cabo, quería evitar a toda costa que Ornella intentara buscarle pareja.
Seguramente aquello no acabaría bien. Al menos, no para él.