2. Capítulo 2
Mara abrió la puerta de casa sin hacer ruido.
De camino había hecho una parada rápida en una tienda de delicatessen para comprar algunos caprichos para la velada que tenía por delante.
En su bolsa habían acabado salmón, prosciutto italiano y unas aceitunas selectas, además de un fragante pan blanco y una botella de vino tinto.
Esta noche iba a mimar a Vincent una vez más.
Quería que la echara de menos durante la semana entera que estaría fuera.
Con una sonrisa en los labios, entró y cerró la puerta despacio tras de sí, pues quería dar una sorpresa a Vincent.
¡Menuda cara iba a poner! Mara sentía un cosquilleo en el estómago de pura anticipación y tuvo que contenerse para no soltar una risilla.
Se coló sigilosamente en la cocina y dejó la bolsa con los manjares que había comprado.
Vincent había cerrado la puerta del despacho; quizá estuviera en una reunión virtual.
Se asomaría con cuidado para no molestarle.
No quería aparecer de improviso en la pantalla ante sus socios comerciales.
Sería vergonzoso. Y no solo eso, a Vincent le daría un ataque de nervios, y ella hoy no quería provocar ninguna discusión, desde luego.
De pronto se quedó petrificada. ¿Qué eran esos ruidos?
Mara aguzó el oído y se acercó de puntillas al despacho.
Sí, no cabía duda, los sonidos provenían de la habitación de trabajo.
No lograba identificarlos del todo. Se quedó perpleja un minuto ante la puerta cerrada, sin saber qué hacer.
No encontraba ninguna explicación lógica para aquellos sonidos.
Si no fuera porque sabía que era imposible, pensaría que Vincent se estaba dedicando a actividades muy distintas a las de asistir a una videoconferencia.
No, todo eran figuraciones suyas. ¿Quizá Vincent estaba viendo una película?
—¿Sí, claro, se está viendo una película porno en pleno horario laboral?
¿Pero qué clase de ingenua eres? —Su voz interior no la dejaba tranquila—.
Cada vez se sentía más inquieta, empezaron a temblarle las manos y un sudor frío le cubrió la frente.
El cosquilleo de emoción en el vientre había dejado paso a un nudo desagradable.
Tuvo que apoyarse para que no le flaquearan las rodillas.
No, no podía ser, Vincent nunca le haría algo así.
—¿Estás segura? ¿Y por qué no iba a hacerlo? Ya sabes que Vincent podría tener a cualquier mujer. ¿Por qué iba a querer estar contigo, precisamente contigo?
Mara ordenó a su voz interior que se callara de una vez y posó la mano temblorosa sobre el pomo de la puerta del despacho.
Se le había formado un nudo en la garganta que no conseguía tragar.
Sentía frío y calor al mismo tiempo. Pero no había otra opción, tenía que asegurarse.
Tenía que saber que no eran más que sospechas infundadas, fruto exclusivo de su imaginación. ¿Verdad?
Bajó el pomo lentamente y abrió la puerta de golpe.
La imagen que se presentó ante sus ojos superaba todo lo que su voz interior le había soplado: una mujer totalmente desconocida estaba tumbada de espaldas sobre el escritorio de Vincent, y él estaba encima de ella.
Mara solo los veía de espaldas; Vincent ni siquiera se había percatado de su presencia.
Aquella escena dolía como si le clavaran un puñal al rojo vivo en el corazón.
Y, sin embargo, no era capaz de apartar la mirada del espectáculo que tenía delante.
Necesitaba verlo, sencillamente no podía dar crédito a lo que ocurría.
Cerró los ojos con fuerza, pero la imagen no desapareció.
No, aquello no era una fantasía; era la amarga y dolorosa realidad.
—¿Vincent? —La voz de Mara apenas fue un susurro, sofocado por los fuertes gemidos de la desconocida.
—¡Vincent!