Cipreses, amor y tú: Latidos en Florencia (Latidos en la Toscana 1) 4. Capítulo 4
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4. Capítulo 4

La voz de Mara resonó por todo el despacho. Ahora ya no podía ser ignorada. Había soltado un grito agudo y Vincent se dio la vuelta sobresaltado hacia ella. La mujer chilló y lo apartó de sí.

—¿Mara? ¿Qué haces ya aquí? Quiero decir…

—¿Que qué hago yo aquí? ¿No deberías explicarme tú mejor qué haces ahí? No, espera, no quiero oír nada. Lo he visto con mis propios ojos y, me digas lo que me digas, no va a mejorar la situación.

Mara sintió cómo las lágrimas se agolpaban en sus ojos.

Aquella escena parecía sacada de una película de serie B.

Resultaba increíblemente insultante que Vincent hubiera dado por hecho que no se enteraría de nada si la engañaba en su propio apartamento.

¿De verdad era tan ingenua y tonta? ¿Acaso no había visto las señales?

¿Habían existido siquiera? Y si era así, ¿por qué no se había dado cuenta?

¿O es que no había querido verlo? ¿Había estado demasiado tiempo en su nube rosa y por eso había perdido el contacto con la realidad?

Mara se dio media vuelta y corrió hacia el cuarto de baño.

Dio un portazo con todas sus fuerzas y echó la llave.

El baño era la única estancia que se podía cerrar, y allí necesitaba recuperar la compostura.

Los pensamientos se atropellaban en su cabeza.

No quería hablar con Vincent. No quería oír sus explicaciones ni saber que solo había sido un desliz pasajero.

Estaba segura de que le soltaría exactamente ese cuento.

A través de la puerta cerrada del baño, oyó a Vincent jurar y a la otra mujer chillar, alterada: —¡Vincent! ¿Quién demonios es esa?

—Mara, mi prometida —respondió Vincent con voz irritada.

—¿Qué? ¿Tu prometida? ¡Eres un desgraciado! Pensaba que yo era especial para ti.

Lo siguiente que se oyó fue el estruendo de la puerta de la calle al cerrarse. La desconocida debía de haber puesto pies en polvorosa. Al menos les había arruinado la cita. Pero eso era todo. A Mara se le revolvió el estómago y sintió náuseas.

Vincent aporreó la puerta del baño. —¡Mara, abre, por favor! Quiero hablar contigo.

Mara estaba sentada, hundida, tras la puerta del baño y sacudió la cabeza. Las lágrimas le resbalaban sin cesar por las mejillas y sentía un dolor agudo en el pecho. Vincent le había destrozado el corazón. Así, sin previo aviso.

—No.

—Mara, venga, déjame que te lo explique.

—¿De verdad crees que hay algo que explicar? ¡Lárgate de una vez y déjame en paz!

—Oh, Mara, no lo dirás en serio. Hablemos y zanjemos esta estúpida situación.

La voz de Mara alcanzó unos agudos insospechados y ella misma se asustó al gritar: —¡Para ya de una vez y déjame tranquila, maldito imbécil!

¡No te me vuelvas a acercar! Puedes recoger tus cosas mañana, cuando esté en el avión hacia Florencia.

No quiero volver a verte en la vida. Y que te quede claro: nuestro compromiso se ha acabado.

—Venga, Mara, no hagas tanto drama de esto. Lo de ahora mismo no significa nada para mí. Ha sido solo un desliz, nada más. Vamos, hablemos y luego pasaremos una velada agradable.

Vincent no parecía entender que ella no estaba en condiciones de escuchar sus explicaciones y disculpas.

Aunque, bien pensado, ni siquiera se había disculpado.

¿Acaso lo consideraría necesario? Vincent y ella habían sido pareja durante tres años y, en todo ese tiempo, él no se había disculpado con ella ni una sola vez por nada.

Tampoco recordaba que lo hubiera hecho nunca con otras personas.

Vincent siempre partía de la base de que no cometía errores y de que los demás tenían la culpa cuando algo no salía como él quería.

—¿Sabes qué? Quizá sea mejor que te calmes un poco. Hablaremos con más tranquilidad cuando se pueda razonar contigo.

Mara oyó a Vincent caminar por las habitaciones. Probablemente estaría preparando una maleta con lo básico para pasar la noche en otro lugar. Aunque tuviera que dormir bajo un puente, le daba igual. Lo importante era que abandonara el apartamento antes de que ella saliera del baño.

Llamaron una vez más a la puerta del baño. —¿Mara?

—¿Qué quieres ahora?

—Me voy. Me quedaré en casa de Lukas por ahora. Cuando te hayas calmado, llámame. Quiero explicártelo todo. Sabes que no ha sido nada serio, solo un error.

Mara no dijo nada más. Le faltaban las palabras. ¿Qué se supone que debía decir? ¿Un error? ¿Acaso la mujer, se llamara como se llamara y viniera de donde viniera, lo veía también así? ¿Cómo se sentiría ella si la definieran como un simple error? Pero ¿qué le importaba a ella esa mujer?

No podía dar crédito. Su vida, que hasta hacía un momento era perfecta, yacía hecha añicos ante ella.

Vincent lo había destruido todo. Había puesto en juego todo lo que tenían.

Ya no podía casarse con él. Era imposible.

Tenía que cancelar la boda, tenía que admitir ante sí misma y ante todos sus conocidos que ellos tenían razón.

Todos los que desde el principio habían opinado que ella no era lo suficientemente buena para él, que no se lo merecía.

Todos, menos Lissy y Lydia, que por el contrario siempre habían estado convencidas de que Vincent no le llegaba ni a la suela del zapato.

Se mirara por donde se mirara, todos habían tenido razón de alguna manera.

Y esa constatación le dolía casi tanto como la traición de él.

Después de que Vincent cerrara la puerta principal tras de sí, Mara salió del baño.

Con la cabeza gacha y todavía llorando, se arrastró hasta el sofá.

Todas sus fuerzas se habían esfumado como el aire de un globo viejo.

Esa noche podría haber sido maravillosa.

Lo había planeado todo, quería seducir a Vincent una vez más.

En su lugar, estaba sentada en el sofá llorando a moco tendido.

No sabía qué hacer con todos sus sentimientos.

La rabia, la tristeza y la decepción le oprimían el pecho por turnos, y sentía como si un elefante de toneladas de peso descansara sobre su corazón.

Agarró el móvil y, con los dedos aún temblorosos, pulsó el contacto de su amiga Lissy. Cuando esta respondió, Mara rompió a llorar de nuevo.

—Lissy, yo… estoy… —sollozó.

—¿Mara? ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? Hace dos horas eras la persona más feliz del planeta. ¿Qué demonios puede haber pasado en dos horas para que tu mundo se ponga patas arriba de esta manera?

Mara no podía ni hablar de tanto que sollozaba. Entre espasmo y espasmo, solo logró articular el nombre: —Vincent.

—¿Qué? Mara, no entiendo lo que intentas decirme, pero voy para allá ahora mismo. ¡Hasta ahora!

Un cuarto de hora después sonó el timbre y Mara, sacando fuerzas de flaqueza, se arrastró hasta la puerta para abrir a su amiga.

Lissy entró como un torbellino y estrechó a Mara con fuerza entre sus brazos.

No sabía qué había pasado y Mara tampoco tuvo fuerzas para contárselo de inmediato.

Y, sin embargo, Lissy sintió que su amiga la necesitaba en aquel momento más que a nada en el mundo.

El fuerte abrazo le infundió fuerzas y consuelo a Mara, que aspiró el aroma familiar de Lissy.

—Mara, cielo, ¿qué ha pasado? Tienes un aspecto terrible.

Lissy la llevó hasta el sofá y volvió a abrazarla con firmeza. Mara se acurrucó contra su mejor amiga en busca de protección. Entre sollozos, intentó explicarle la escena que se había encontrado al llegar a casa.

—¿Cómo? ¿Que Vincent te ha engañado? ¡Menudo imbécil integral! Ya sabía que estaba demasiado pagado de sí mismo, pero que se acostara con otras, eso no se lo esperaba ni yo. Qué cerdo. Como lo pille, ¡que Dios lo coja confesado!

—No tienes que hacer nada.

—¡Claro que sí! Lo voy a machacar, a ese desgraciado. Tú no te mereces esto.

Mara sonrió levemente. Sabía que a Lissy le resultaba fácil maldecir a la gente, pero también era consciente de que su amiga no sería capaz de hacerle daño ni a una mosca.

—Ahora nuestro viaje me va a venir mejor todavía. Me alegro tanto de marcharme mañana de aquí.

—Desde luego. Ya verás, van a ser los mejores días de tu vida. Te voy a distraer y vamos a disfrutar del viaje con cada fibra de nuestro cuerpo. Lo bueno es que no tendrás que echar de menos a Vincent mientras estemos en la Toscana. Y podrás deleitarte con los fogosos italianos sin remordimientos.

Mara sonrió con tristeza. Lissy se enrolló un mechón de su pelo rosa en el dedo índice y la miró con cara de ángel.

Su amiga era increíble. Como si ahora ella pudiera pensar en lanzarse a los brazos de cualquier semental italiano.

Pero al menos la idea la hizo sonreír. Lissy la sostendría, de eso estaba segura.

Siempre estaba ahí para ella y nunca la dejaría caer.

Volvió a acurrucarse contra su mejor amiga y cerró los ojos.

De repente se sentía terriblemente cansada.

El caos emocional de su interior la tenía tan alterada que, al mismo tiempo, le quitaba el aliento.

Mañana todo iría mejor. Entonces se embarcaría en una nueva aventura con Lissy y aprovecharía el tiempo para lamerse las heridas y olvidar.