CAPÍTULO TREINTA
Sencillo
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Yo fui a trabajar. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Cogí el metro hasta Old Street con el latte de Pressed —el del corazón un poco torcido— que se me iba enfriando en la mano. Subí hasta la cuarta planta del viejo almacén de ladrillo. Pasé junto al letrero de neón rosa que decía brING YOUR WHOLE SELF. Me senté a la larga mesa de madera.
Priya ya estaba allí. Me miró por encima de las gafas rojas.
—Enhorabuena —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—Martin ha enviado un correo a toda la oficina a las siete cincuenta y cinco. Asunto: «¡¡¡NOTICIÓN!!!». Tres signos de exclamación.
Giró el portátil para enseñármelo. En el correo había una foto mía. Mi foto de empleado, la de Columbus. Sonreía de una forma que ahora reconocía como mi sonrisa de Kyle. Segura. Agradable. Sin nada detrás.
—«Acompañadme a felicitar a Dav Kowalski, nuestro nuevo responsable de la cuenta de Halden no lo olvidaré nunca.
—Se rio—. Pero algunas noches, cariño...
Algunas noches estaba en mitad de una canción y echaba un vistazo a la sala.
Y había un chico. Solo uno. Al fondo. Junto a la puerta.
Mirándome como si acabara de abrir una ventana en una casa que él creía que no tenía ventanas.
Guardó silencio un instante.
—Por eso llevaba purpurina —dijo—. No por mí. Por él. Por el chico del fondo. Para que supiera que él también podía.
—Jimmy —dijo Reggie con mucha delicadeza.
—«Sencillo» es como nos meten en cajas, cariño —dijo Jimmy, y alzó la vista hacia mí por primera vez.
Tenía los ojos húmedos. La pintura azul y dorada que los rodeaba empezaba a corrérsele—.
No dicen «sé invisible». Son demasiado amables para eso.
Dicen «sé sencillo». Y sencillo significa pequeño.
Y pequeño significa una caja. Y una caja significa que nadie, al fondo de la sala, te ve jamás, ni descubre nunca que también podría ser algo.
No dije nada. No podía.
—Así que ten cuidado —dijo Jimmy—. Con tu hombre de los muebles. Solo digo eso. Ten cuidado con lo que dejas que hagan de ti.
· ❦ ·
Fue entonces cuando la señora Penhaligon llamó a la puerta.
Nunca había llamado a mi puerta. En siete semanas había aporreado el techo con una escoba, había gritado escaleras arriba y, una vez, me había dejado en el felpudo una nota que decía: «TU DUCHA SE OYE MUCHÍSIMO A LAS 6 DE LA MAÑANA».
Pero nunca había subido los tres tramos de escaleras crujientes hasta el último piso de la casa.
Abrí la puerta. Estaba allí, sin aliento, con su bata morada y sus zapatillas de conejo, con un sobre en la mano.
—Esto ha llegado para ti —dijo—. Esta tarde. El cartero lo metió por mi puerta por error. O quizá no por error. —Me lo tendió—. No es exactamente para ti. Es para este piso. Bueno. Es para esta casa.
Lo cogí.
Era un sobre blanco grande. De papel caro. En la parte de delante, impreso con una tipografía que parecía sacada de un viejo cartel de música, había un logotipo: una corona, una pequeña arpa dorada y las palabras THE CROWN & LYRE, ISLINGTON, EST. 1871.
Debajo del logotipo, alguien había escrito la dirección a mano, con bolígrafo azul.
Para el señor James Starr (o su familia)
A/A: Kestrel Row, 14
Londres NW1
Oí un ruido detrás de mí. Como alguien que toma aire de golpe.
Me di la vuelta. Jimmy se había puesto en pie. Estaba inmóvil en medio del salón, con la boa colgándole de un hombro, mirando fijamente el sobre que yo tenía en la mano.
—Gracias, señora Penhaligon —dije.
—No hay de qué.
Me miró. Luego, más allá de mí, hacia el salón, al punto exacto donde estaba Jimmy. La mirada se le quedó allí un segundo. Después se dio la vuelta y empezó a bajar las escaleras con cuidado, agarrada a la barandilla.
—La ducha —dijo por encima del hombro— sigue haciendo muchísimo ruido a las seis de la mañana.
· ❦ ·
Abrí el sobre en la mesa de centro, bajo la lámpara verde. Todos estaban de pie a mi alrededor. Nadie respiraba. Bueno. Ninguno respiraba nunca, de todas formas. Pero esa era la sensación.
Dentro había una carta y un folleto.
El folleto era dorado y negro y estaba cubierto de estrellas. Decía:
THE CROWN & LYRE HA VUELTO.
Después de treinta y un años cerrado, el pub musical más famoso de Islington vuelve a abrir sus puertas.
Acompáñenos en nuestra Gran Noche de Reapertura:
GLITTER & GOLD: Un tributo a los años setenta.
Había una fecha. Un sábado de mayo. Faltaban ocho semanas.
La carta era más corta. Era de una tal Dee Okonjo, la nueva propietaria.
Escribía que había comprado el pub el año anterior y que, en el sótano, había encontrado tres cajas de fotografías, programas y carteles antiguos de los años setenta.
Que estaba intentando localizar a los artistas, o a sus familias, para invitarlos a la noche de reapertura.
Que uno de los carteles, de junio de 1973, llevaba un nombre que ella no había oído nunca.
Y que en la caja había un cuaderno pequeño que había pertenecido a aquel artista, con una dirección escrita en el interior de la cubierta.
Nos encantaría saber de cualquiera que lo conociera, escribía Dee Okonjo.
El cuaderno contiene canciones. Letras. Algunas con la música escrita.
Una de ellas tiene un círculo alrededor, trazado muchas veces, con mucha fuerza, como si quien la escribió estuviera muy seguro de ella.
Se llama «Neon Heart». No creemos que se interpretara nunca. Nos encantaría conocer su historia.
Dejé de leer.
Doblada dentro de la carta había una fotocopia.
Una copia pequeña y algo borrosa de un cartel antiguo.
En blanco y negro. Un hombre sobre un escenario, con un micrófono, con un mono que brillaba incluso en una fotocopia, botas de plataforma, una enorme melena a capas y los brazos abiertos de par en par, como si quisiera abrazar a toda la sala.
Abajo, con letras grandes y gruesas, muy años setenta, decía:
¡ESTA NOCHE! THE CROWN & LYRE PRESENTA:
JIMMY STARR
«La nueva estrella más brillante de Londres»
Alcé la vista.
Jimmy estaba de pie junto a la mesa de centro. Tenía la vista clavada en la fotocopia. En sí mismo. Cincuenta y tres años atrás, con los brazos abiertos de par en par.
No dijo nada.
Jimmy Starr, que nunca se callaba. Que cantaba en el pasillo a las tres de la mañana. Que chilló cuando le dije que Inácio iba a venir. Que hacía cantar a las tuberías. Que decía que el drama no era más que sinceridad con mejor iluminación.
No dijo ni una palabra.
Se limitó a quedarse allí, bajo la luz verde de la lámpara, con la purpurina deslizándose por la cara, mirando al chico que había sido. Y la casa, a nuestro alrededor, estaba en un silencio completo, perfecto. Ni una tubería. Ni un golpe.
Por primera vez desde que me había mudado al Piso 3, el hombre más ruidoso de la casa no tenía nada que decir.