Cinco fantasmas y un barista (Embrujado por un guapo nº 1) CAPÍTULO VEINTIOCHO
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CAPÍTULO VEINTIOCHO

La esquina

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Cuando el minibús se marchó, Inácio y yo nos sentamos en los escalones de la entrada.

No lo decidimos. Simplemente pasó. El autobús dobló la esquina al final de Kestrel Row; Marjorie saludaba desde la ventanilla delantera y Arthur no saludaba, porque era Arthur, pero no dejó de mirar la casa hasta el último segundo.

Bev volvió a entrar en Pressed con su enorme paraguas.

La señora Penhaligon regresó a su piso y cerró la puerta, y a través de la ventana la vi sentarse en el sillón, hundir la cara entre las manos y quedarse así, y aparté la mirada.

E Inácio se sentó en el escalón de arriba. Así que yo me senté a su lado.

El sol estaba ya muy bajo. Dorado y rosado al final de la calle. La calzada seguía mojada y brillante, y las alcantarillas seguían corriendo, pero con menos ruido, como si estuvieran cansadas. En algún tejado cantaba un mirlo. No sabía que hubiera mirlos en Londres. No sabía muchas cosas.

Inácio no dijo nada.

Era raro. Inácio siempre decía algo. Inácio llenaba los silencios como el agua llena un vaso. Pero allí estaba, sentado a mi lado, con los codos en las rodillas y las manos colgando entre ellas, y miraba la calle, y no decía nada.

Esperé.

—El bolígrafo —dijo por fin.

No respondí.

—Vi el bolígrafo —dijo—. En el aire. Moviéndose. Por sí solo. —Se miró las manos—. Soy fisioterapeuta, Dav. Creo en los músculos. Creo en los huesos. Creo en las cosas que puedo tocar. No creo en… ¿cómo se dice…? Fantasmas. Espíritus. Las historias de mi madre.

—Lo sé —dije.

—Pero vi el bolígrafo.

—Lo sé.

Giró la cabeza y me miró. Tenía los ojos oscuros muy serios, y un poco asustados, y algo más.

—Hablas con alguien —dijo—. En tu piso. En la habitación de Dona Margaret.

En el jardín. Todo el tiempo. Te veo hacerlo.

Giras la cabeza y miras hacia un sitio donde no hay nadie, y te cambia la cara.

Como si alguien te hubiera dicho algo. Y hoy te sentaste en el sofá y le dijiste todas esas palabras al señor Bell, y no eran tus palabras.

Conozco tus palabras, Dav. Llevo siete semanas tomando café contigo todas las mañanas. No eran tus palabras.

No dije nada. El corazón me latía desbocado.

—No lo entiendo —dijo Inácio—. No sé qué es. No sé si quiero saberlo. —Volvió la mirada hacia la calle—. Pero te creo.

Lo miré.

—Me crees —dije—. No te he contado nada.

—No tienes que contármelo. —Sonrió, apenas—. Mi madre diría que hay cosas que no hace falta decir. Solo hay que verlas. —Se encogió de hombros—. Hoy lo he visto.

Nos quedamos allí un rato más. El mirlo seguía cantando.

—¿Es él? —preguntó Inácio en voz muy baja—. ¿El que vivía en tu piso? ¿El que conocía al señor Bell?

Pensé en mentir. Pensé en decir «No sé de qué me hablas». Pensé en todos los años de mi familia comiendo pastel y sin decir nada.

—Sí —dije.

Inácio asintió despacio. No parecía sorprendido.

—¿Está triste? —preguntó.

Pensé en Reggie riéndose en el banco verde. Sin comerse ninguna tostada. Sentado junto a Arthur en la luz dorada.

—Hoy no —dije.

Inácio volvió a asentir. Luego se levantó, se estiró y le crujió la espalda, y alzó la vista hacia el ventanal del último piso, donde yo sabía que había cinco caras pegadas al cristal. Él no podía verlas. Pero miró hacia arriba de todos modos, directamente a la ventana.

Entonces levantó la mano. Un saludo pequeño. De los que se le hacen a un vecino al otro lado de la calle.

—Dile que he dicho buen trabajo —dijo Inácio—. Hoy. Lo ha hecho bien.

Y bajó los escalones, y se besó los dedos y me los apoyó en la mejilla en lugar de besarme, algo que no había hecho nunca, y se alejó calle abajo en la luz dorada, con la bolsa de deporte vacía al hombro, cantando.

· ❦ ·

Aquella noche no dormí. Nadie durmió.

Bueno. Los fantasmas no duermen, así que eso no significa gran cosa. Pero tampoco descansaron. Ninguno se desvaneció. Pasaron toda la noche conmigo en el salón, con la lámpara verde encendida, y hablamos.

Hablamos de Arthur. Del bolígrafo. De la señora Penhaligon, de la mermelada y del momento en que salió el sol y Reggie dijo que era imposible.

—Te EQUIVOCASTE —dijo Jimmy, encantado, por decimocuarta vez—. Con el TIEMPO. Reggie. Te EQUIVOCASTE.

—El frente estaba bloqueado —dijo Reggie—. Vi el mapa. Estaba clarísimamente bloqueado.

—Bueno, pues se desbloqueó —dijo Gaz.

—Soy consciente de ello, Gary.

—No me llames Gary.

—Tú me llamaste Reggie durante cincuenta años —dijo Reggie—. Creo que me he ganado un Gary.

Gaz se lo pensó. —Me parece justo —dijo—. Solo una, entonces.

Reggie estaba distinto. No sé decirlo de otra manera.

Seguía siendo Reggie. Seguía sentándose muy erguido en el sofá.

Seguía avisándome, a la una de la madrugada, de que mi taza había dejado un cerco en la mesa de centro.

Pero algo se le había ido de los hombros.

Algo pesado. Y algo más le había aparecido en la cara.

Se rio. Aquella noche se rio más que en las siete semanas anteriores juntas. Risas pequeñas, casi todas. Calladas. Pero de verdad.

Hacia las tres se levantó y fue hasta el radiador de debajo del ventanal. El del hueco donde habían estado las cartas, detrás del papel pintado de rosas. Se quedó un buen rato mirando el espacio vacío de la pared.

El radiador estaba callado.

—No golpea —dijo Jimmy en voz baja—. Reggie. Escucha. No está golpeando.

Y no golpeaba. No había golpeado ni una vez desde que subimos. Por primera vez en sesenta y ocho años, era solo un radiador.

Reggie le puso la mano encima. Plana. Como Arthur había puesto la suya sobre el libro de Chopin.

—No —dijo—. Supongo que ya no le hace falta.

· ❦ ·

A las siete de la mañana, Reggie dijo que quería bajar.

—¿A ver a la señorita Margaret? —dije—. Es demasiado temprano. Estará durmiendo.

—No —dijo Reggie—. No a ver a la señorita Margaret. —Estaba de pie junto a la puerta del piso. La miraba de una forma rara—. Solo quiero bajar. Hasta la puerta de la calle. Quiero ver la calle.

Así que bajamos. Todos.

Las escaleras se quejaron. El vestíbulo olía a tostadas. La tele de la señora Penhaligon no estaba puesta, por una vez. La casa estaba muy silenciosa. Era domingo, temprano, y fuera la calle era azul y gris y estaba quietísima, y el cielo estaba despejado. No llovía. Ni una sola nube.

Abrí la puerta de la calle.

Entró el aire. Frío y limpio, con olor a piedra mojada y hojas mojadas. En los escalones, la piedra seguía oscura por la lluvia.

Reggie se quedó en el umbral. Exactamente en la línea. Donde siempre se detenía. Donde había estado el día anterior, cuando Arthur le dijo: Ahora ve a ver la calle.

Miró los escalones.

—Aquí fue —dijo—. El cuatro de enero. Tercer escalón desde arriba. Había hielo. Iba con prisa. Me había olvidado la bufanda. La azul, la de la señora de Norwich. —Miró el escalón. El tercero desde arriba—. Llevo sesenta y ocho años plantado aquí todos los días, mirando este escalón.

Nadie dijo nada.

—Arthur me dijo que fuera a ver la calle —dijo Reggie.

—No puedes —dijo Ricky en voz baja, sin acritud—. Reggie. Sabes que no puedes. Ninguno podemos. Es como chocar contra un cristal.

—Lo sé —dijo Reggie—. Lo he intentado. Muchas veces. En los cincuenta. En los sesenta. En 1970, cuando el hombre de enfrente estaba pintando la puerta de un color horrible y quería decírselo. —Casi sonrió—. Siempre ha sido cristal.

Miró el escalón.

Entonces adelantó un pie. Más allá de la línea. Hasta el escalón de arriba.

Contuve la respiración.

El pie se posó en la piedra.

Y ahí se quedó.

Ni cristal. Ni pared. Nada lo detuvo. Su zapato negro y reluciente, firme sobre la piedra mojada del escalón de arriba del número 14 de Kestrel Row.

Reggie se lo quedó mirando.

—Oh —dijo.

—¡REGGIE! —chilló Jimmy.

Reggie adelantó el otro pie. Al segundo escalón. Luego al tercero. El mismo en el que había resbalado. Se quedó encima con mucho cuidado, como si todavía pudiera estar helado. Después bajó al cuarto. Y al quinto. Y al último.

Y entonces estaba en la acera.

Se quedó allí, en la acera de Kestrel Row, con su traje gris, en aquella mañana azul y limpia.

Miró calle arriba y calle abajo. Las casas altas y estrechas, apoyadas unas en otras.

El toldo verde de Pressed. La esquina, donde el día anterior había caído la rama del árbol y el del ayuntamiento se había quedado veinte minutos mirándola.

El sitio donde antes estaba el buzón.

—Vamos —dije. No me salía bien la voz—. Vamos, Reggie. A ver hasta dónde llegas.

Caminó.

Despacio. Como quien ha olvidado cómo se camina por una calle y lo va recordando, paso a paso. Pasó por delante del escaparate de Pressed, donde Bev estaba abriendo y no lo vio. Pasó por delante del número 16, con su bicicleta. Del 18, con su planta triste. Hacia la esquina.

Le conté los pasos. No sé por qué. Quizá porque él los habría contado.

Cuarenta y tres.

En la esquina se detuvo. No por un cristal.

Se veía que no era cristal. Se detuvo sin más, como se detiene uno cuando ya ha llegado hasta donde tenía que llegar.

Se quedó en la esquina de Kestrel Row, al sol de la mañana, mirando el trozo de acera donde, en diciembre de 1957, había habido un buzón, un hombre que vendía castañas y un policía.

Allí ya no había nada. Solo una farola. Y un cartelito nuevo que decía: «PROHIBIDO CIRCULAR EN BICICLETA POR LA ACERA».

Reggie lo miró.

Luego se dio la vuelta y nos miró. A la casa.

A los cinco apretujados en el umbral abierto del número 14: Gaz, con el gorro de pescador calado hasta los ojos porque estaba llorando; Jimmy, con las dos manos en alto; Ricky, apoyado en el marco de la puerta, con una cara que no le había visto nunca; y Mike, al fondo, muy quieto.

Y Reggie Ashworth, que había dado el parte meteorológico a once millones de personas, levantó una mano por encima de la cabeza, bien alta, en la mañana limpia, y nos saludó con ella.

· ❦ ·

Volvió al cabo de unos diez minutos. Cuando llegó al último escalón, se detuvo e intentó dar un paso más, hacia la casa siguiente. El número 12.

Se le detuvo el pie en el aire. Cristal.

—Ah —dijo.

No parecía decepcionado. Parecía interesado. Como un científico.

—Así que la esquina. Y ni un paso más.

—Por ahora —dijo Mike.

Todos nos volvimos a mirarlo. Estaba al fondo del recibidor, al pie de las escaleras.

—Es el asunto pendiente —dijo Mike—. Eso es lo que nos retiene aquí. Eso es el cristal. Tú terminaste el tuyo. Y por eso la casa te ha dejado marchar. Un poco.

Miró a Reggie, que seguía en el último escalón.

—No del todo. Pero un poco. Hasta la esquina.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Ricky, cortante.

Mike lo miró. Por un instante pensé que no iba a responder.

—He tenido mucho tiempo para pensarlo —dijo—. Dieciocho años. En la ventana. Mirando.

Me miró y luego apartó la vista.

—Uno aprende cosas.

—Entonces, si yo termino el mío —dijo Jimmy despacio—, ¿también podré irme a algún sitio?

—Quizá —dijo Mike—. O quizá sea otra cosa. Creo que es distinto para cada uno. Reggie necesitaba ver la calle. Lleva setenta años mirándola a través de una ventana. Puede que otro necesite algo diferente.

Jimmy se quedó muy callado. Se miró las botas de plataforma.

—Yo necesito cantar —dijo, casi para sí—. Eso es lo que necesito. Necesito cantar mi canción. Una vez. Ante una sala llena de gente. Solo una vez.

Nadie dijo nada. Gaz le puso una mano en el hombro.

· ❦ ·

Reggie subió los escalones. Volvió a quedarse en el umbral, sobre la línea. Me miró.

—David —dijo.

—¿Sí?

—Gracias.

—Eso ya me lo dijiste. Ayer por la mañana.

—Lo digo otra vez. En mis tiempos, uno daba las gracias tantas veces como hiciera falta.

Sonrió. La sonrisa entera. La de la fotografía, pero sonriendo.

—Me diste la esquina de la calle. ¿Lo entiendes? Llevo sesenta y ocho años mirando esa esquina. Y esta mañana la he pisado.

—Arthur te dio la esquina —dije.

—Arthur me dio permiso —dijo Reggie—. Tú me diste la esquina. Tú llevaste las cartas. Tú dijiste las palabras. Todas. No te dejaste ninguna.

Me miró con mucha seriedad.

—Fuiste muy valiente, David. Más valiente de lo que yo fui nunca.

No supe qué decir.

Reggie miró más allá de mí. Por encima de mi hombro.

A través de la puerta abierta. A Pressed, el local de al lado.

Al toldo verde, a la cálida luz amarilla del cristal empañado y al hueco vacío detrás del mostrador donde, a la mañana siguiente, a las seis y media, alguien de pelo rizado sacaría las sillas y cantaría en portugués.

Lo miró. Después volvió a mirarme.

Tenía los ojos grises muy brillantes.

—Ahora te toca a ti, David —dijo Reggie.