Cinco fantasmas y un barista (Embrujado por un guapo nº 1) CAPÍTULO VEINTISIETE #2
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CAPÍTULO VEINTISIETE #2

Y Reggie cerró los dedos.

Y la pluma se movió.

Se elevó de la palma de Arthur. Despacio. Medio centímetro. Un centímetro. Quedó suspendida en el aire sobre su mano, la vieja Conway Stewart negra, con su clip dorado sin brillo, girando muy lentamente, como una hoja en un día sin viento. Sostenida por algo que nadie salvo yo podía ver.

Desde la puerta de la cocina, alguien ahogó una exclamación.

Era Inácio.

Estaba de pie en la rendija de la puerta de la cocina. La había empujado para abrirla un poco más. Detrás de él, vi a Marjorie con las dos manos sobre la boca y a la señora Penhaligon agarrada a su broche de pájaro con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

Todos miraban la pluma.

Arthur también la miraba. Seguía con la mano abierta debajo de ella. Tenía el rostro muy, muy quieto.

Entonces los dedos de Reggie volvieron a bajar, con mucho cuidado. Y la pluma bajó con ellos. No hasta el piano. Tampoco de vuelta a la palma de Arthur.

Sobre la mano de Arthur. Encima de ella. Atravesada en sus dedos delgados, como cuando uno pone la mano sobre la de otra persona, sentados a una mesa, porque tiene algo que decir y ya no le quedan palabras para decirlo.

Y la mano de Reggie se quedó allí. Encima de la pluma. Encima de la mano de Arthur.

Arthur cerró los ojos.

—Oh —dijo en voz muy baja. Casi nada—. Aquí estás.

· ❦ ·

No sé cuánto tiempo permanecimos así. Un minuto. Dos. El suficiente.

Entonces Arthur abrió los ojos y dijo, con su voz cortante de siempre:

—Sigues teniendo las manos frías, Reginald. Como un pez. Hay cosas que nunca cambian.

Y Reggie se rio. En voz alta. Una risa de verdad. Nunca la había oído. Era una risa encantadora. No tan sonora como la de Arthur. Más queda. Más tímida. Pero auténtica.

La pluma permaneció sobre la mano de Arthur incluso cuando Reggie apartó los dedos. Arthur la recogió él mismo, despacio, la miró y luego la guardó con cuidado en el bolsillo interior de su abrigo gris, que colgaba del respaldo del sillón.

—Me la quedaré, después de todo —dijo—. Si no te importa. Puedes recuperar la verde. Está en mi otro bolsillo.

Miró al aire vacío.

—La próxima vez.

—No habrá una próxima vez —dijo Reggie, y yo lo repetí.

—Oh, yo creo que sí podría haberla —dijo Arthur—. Tengo noventa y tres años, Reginald. No me quedan muchos jueves. Pero aún me quedan unos cuantos. Y ahora sé dónde vives.

· ❦ ·

Fue entonces cuando salió el sol.

Lo digo en serio. No me lo estoy inventando para un libro.

A las cuatro y diez de la tarde de aquel sábado de marzo, después de catorce horas de lluvia, las nubes sobre Kestrel Row se abrieron de golpe, como una cortina que se descorre.

Y una luz dorada, larga y baja, entró por la ventana delantera del piso de la señora Penhaligon, atravesó la alfombra, los perros de porcelana y el piano viejo, y fue a posarse sobre el pelo blanco de Arthur.

Todos se volvieron a mirar.

Reggie permaneció muy quieto bajo la luz del sol, mirando por la ventana un cielo que de pronto se había vuelto azul en los bordes.

—Eso es imposible —dijo—. El frente avanzaba muy despacio. Se había quedado estancado. Vi el mapa.

Arthur Bell empezó a reírse.

—Se equivocó —dijo Arthur. Me miró encantado, con lágrimas en los ojos—. ¿Verdad? Está diciendo que es imposible. Lo veo en tu cara. Se equivocó con el tiempo.

—Dice que el frente se había estancado —dije.

—Lluvias procedentes del oeste —dijo Arthur, todavía riéndose—, seguidas de claros. Oh, Reginald. Siempre decías eso. Todas las semanas. Y siempre decías que era la frase más difícil de acertar, porque nadie se creía la segunda parte.

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Salimos al jardín. Todos. Durante diez minutos.

Inácio empujó la silla de Arthur por la cocina, cruzó la puerta de atrás y salió al sendero de grava mojada.

El jardín goteaba y relucía bajo la súbita luz dorada.

Cada hoja llevaba una gota de agua. Las luces amarillas seguían brillando en el tendedero, pequeñas y cálidas contra el azul.

Los narcisos se habían vuelto a erguir. El manzano pequeño de la esquina izquierda se sacudía la lluvia de las ramas.

Inácio detuvo la silla de ruedas junto al banco verde. Me miró. Asentí. Puso los frenos y ayudó a Arthur a pasar de la silla al banco: uno, dos, tres. Una manta sobre las rodillas.

Arthur se sentó en el banco. De cara a la casa. De cara a la ventana de la cocina.

Reggie se sentó a su lado.

Nadie más podía verlo. Nadie salvo yo. Pero yo sí lo vi.

Un hombre con traje gris y otro con abrigo gris, uno al lado del otro, en un banco verde, en un jardín mojado de Camden, bajo la luz dorada de una tarde de sábado.

Sin tocarse. Sin hablar. Simplemente sentados.

Mirando la casa donde uno de ellos había vivido.

La señora Penhaligon sacó un plato con tostadas. Con mermelada. No sé de dónde la había sacado. Era la mermelada equivocada, de fresa, de supermercado, pero a nadie le importó. Arthur se comió una tostada entera. Luego pidió otra.

—No está tan mala como la de la señora Dalby —dijo—. Pero servirá.

· ❦ ·

A las cinco, Marjorie dijo que era hora de marcharse.

Inácio volvió a pasar a Arthur a la silla de ruedas. Bev salió de Pressed con el enorme paraguas, aunque ya no llovía, y nos acompañó por el sendero lateral y a través de la verja hasta el minibús, que esperaba en Kestrel Row bajo el sol rasante.

En la puerta del autobús, antes de que Inácio lo subiera, Arthur alzó la mano.

—Espera —dijo.

Giró la silla de ruedas un poco hacia la casa. Hacia la puerta azul y los escalones. Los escalones donde Reggie había resbalado en el hielo el cuatro de enero de 1958. Donde Arthur había dejado flores una vez y le habían dicho que se las llevara.

Reggie estaba en el escalón de arriba. Justo dentro de la puerta abierta. Hasta donde podía llegar.

Arthur no podía verlo. Pero aun así lo miró directamente.

—Gracias, Reginald —dijo, lo bastante alto como para que lo oyera toda la calle. Bev lo oyó. También lo oyó el hombre del ayuntamiento, que seguía junto a la rama del árbol. Y dos niños en patinete. Nadie entendió nada. No importaba.

—Gracias por las cartas —dijo Arthur—. Y por la pluma. Y por el tiempo.

Entonces sonrió. Aquella sonrisa afilada y traviesa, propia de un hombre de noventa y tres años.

—Ahora ve a ver la calle —dijo—. Llevas demasiado tiempo encerrado en casa.