CAPÍTULO VEINTICINCO
La tormenta
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La tormenta llegó a las dos de la madrugada del sábado, exactamente como había dicho Reggie.
Yo estaba despierto. Llevaba despierto desde medianoche, tumbado en la cama, oyendo cómo arreciaba el viento.
Al principio solo era un sonido en la chimenea, como si alguien soplara en la boca de una botella.
Después fue un sonido en las ventanas, que traqueteaban en sus viejos marcos de madera.
Luego, a las dos, llegó la lluvia. No la lluvia menuda y paciente de Londres.
Una lluvia torrencial. Una lluvia furiosa.
Golpeaba el ventanal como si alguien le lanzara puñados de grava.
Me levanté. Fui al salón.
Todos estaban junto a la ventana. Incluso Mike.
Estaban de pie en fila, mirando hacia Kestrel Row, donde las farolas se mecían un poco en sus postes y el agua corría por el centro de la calle como un río pequeño.
Un contenedor de reciclaje había volcado y bajaba rodando despacio de costado por la calle, como un borracho camino a casa.
—Es muy fuerte —dijo Reggie.
—¿Cuánto durará? —pregunté.
—El frente avanza despacio. Se ha quedado parado sobre el sur de Inglaterra —me miró—. Todo el día, David. Lloverá todo el día.
Miré el reloj de la pared de la cocina. Las 2:07 de la madrugada. Arthur venía a las dos de la tarde. Faltaban doce horas.
—No podemos hacerlo en el jardín —dijo Ricky—. No con este tiempo.
—Podríamos montar una tienda de campaña —propuso Jimmy.
—¿Con qué?
—No lo sé. Sábanas. Sábanas y cuerda. Como en un festival.
—Tiene noventa y tres años, Jimmy —dijo Ricky—. No vamos a meterlo en una tienda hecha con sábanas en medio de un huracán.
—No es un huracán —dijo Reggie automáticamente—. Es una profunda depresión atlántica con rachas fuertes.
—Me da igual cómo se llame.
—Sí que importa cómo se llame —dijo Reggie—. La precisión importa. Sobre todo en meteorología.
Empezaron a discutir. Gaz no. Gaz miraba el cielo. No la calle. El cielo. Las nubes negras que pasaban a toda velocidad por encima de los tejados de la otra acera.
—Podría intentar algo —dijo Gaz en voz baja.
Todos se callaron.
—No —dijo Ricky.
—Escúchame un momento, tío.
—No. Sea lo que sea, no.
—Es electricidad, ¿no? Las tormentas. Los rayos. Todo es electricidad. Y a mí la electricidad se me da bien. ¿Y si pudiera, no sé, empujarla? Un poco. Desplazarla. Decirle que se vaya a otra parte.
—Gary —dijo Ricky—. Puedes encender una televisión. No puedes mover un sistema meteorológico.
—Eso no lo sabes. Nadie lo ha intentado.
—Porque es una locura.
—Hay muchas cosas que son una locura —dijo Gaz—. Estar muerto es una locura. Cinco fantasmas gais en un piso es una locura. Que él pueda vernos es una locura. —Me señaló—. Quizá esta sea la clase de locura que funciona.
Y antes de que nadie pudiera detenerlo, Gaz apoyó las dos manos abiertas contra el ventanal, cerró los ojos e hizo algo.
· ❧ ·
No sé exactamente qué hizo. Ni siquiera estoy seguro de que él lo supiera. Pero vi pequeñas chispas azules salirle de las puntas de los dedos y recorrer el cristal, como agua resbalando por una ventana. Después las vi colarse en el marco de la ventana. Y luego, en la pared.
La lámpara verde se apagó.
La luz de la cocina se apagó.
El frigorífico, que llevaba seis semanas zumbando bajito en la oscuridad, dejó de zumbar.
Se oyó un golpe seco en algún sitio de abajo, como un portazo, y entonces todas las luces de la casa se apagaron a la vez. La calle también se quedó a oscuras, porque la farola de delante del número 14 parpadeó, zumbó y se apagó.
Durante un instante reinó el silencio absoluto. Solo se oía la lluvia contra la ventana.
—Ups —dijo Gaz en la oscuridad.
—¡GARY! —exclamó Ricky.
—Ya lo sé. Ya lo sé. Perdón.
—Has fundido los plomos de la casa.
—He fundido los plomos de la casa —admitió Gaz—. Y puede que los de la calle. Un poco.
Desde abajo, desde la planta baja, llegó un ruido. Unos golpes. Alguien aporreando el techo con el palo de una escoba. Luego una voz, vieja, furiosa y muy fuerte, que subía a través de los suelos.
—¡LO QUE SEA QUE ESTÉS HACIENDO AHÍ ARRIBA, MUCHACHO ESTÚPIDO, DÉJALO AHORA MISMO!
—La señora P —susurró Gaz.
—Cree que soy yo —dije.
—Claro que eres tú —dijo Ricky—. Siempre eres tú. Eres el único vivo.
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Encontré la caja de fusibles con la linterna del móvil, al pie de las escaleras, en un armario debajo del rellano de la primera planta. Nunca la había abierto. Dentro había una caja metálica gris cubierta de polvo, con una fila de interruptores viejos. Tres apuntaban hacia abajo.
—Súbelos —dijo Gaz, que me había seguido escaleras abajo. Estaba detrás de mí, con cara de culpable—. Los que apuntan hacia abajo. Súbelos. Con cuidado.
Los subí. Se encendió la luz del recibidor. Arriba, oí que la nevera volvía a zumbar. Fuera, la farola parpadeó dos veces y se recuperó.
Entonces se abrió la puerta del piso 1.
La señora Penhaligon estaba en el umbral, con una larga bata morada y unas zapatillas peludas con forma de conejo. Tenía los rizos blancos aplastados por un lado, de la almohada. Sostenía una escoba del revés, como un arma.
Me miró. Miró la caja de fusibles. Volvió a mirarme.
—¿Se puede saber —dijo— qué está pasando?
—Lo siento muchísimo —dije—. La tormenta. Creo que ha saltado un fusible. Ya lo he arreglado.
—Un fusible —dijo la señora Penhaligon.
—Sí.
—A las dos de la mañana.
—Es una tormenta muy fuerte.
Me miró un largo instante, con dureza. Luego su mirada fue más allá de mí. Más allá de mi hombro. Hasta el pie de la escalera, donde estaba Gaz, mirándose los pies.
No podía verlo. Sabía que no podía verlo. Nadie podía. Pero sus ojos se detuvieron allí de todos modos. En el punto exacto. Solo un segundo.
Luego volvieron a mí.
—Entra —dijo.
—¿Perdón?
—Entra. Estás dejando entrar el frío. Voy a preparar té. De todos modos, ya no voy a dormir.
Se dio la vuelta y volvió a su piso, con las zapatillas de conejo chancleteando.
—Y cierra la puerta. Tengo setenta y siete años, no soy de acero.
· ❦ ·
El piso de la señora Penhaligon tenía la misma distribución que el mío, pero estaba en la planta baja y lleno de cosas.
No había superficie sin algo encima. Fotografías en marcos de plata.
Perritos de porcelana. Un reloj que hacía un tictac muy fuerte.
Plantas. Libros. Un cojín con forma de gato en una silla y, encima, un gato de verdad dormido, gris y muy viejo.
Y en un rincón del salón, junto a la ventana, bajo un paño de encaje y un montón de fotografías, había un piano.
Era un piano vertical antiguo, de madera marrón oscura, con portavelas en la parte delantera, de esos que se despliegan sobre unos bracitos. Parecía llevar allí cien años.
Me senté en el sofá. La señora Penhaligon trajo el té. Té de verdad, en tetera, con una funda de punto con forma de gallina. Lo sirvió sin preguntarme si quería leche. Le echó leche sin preguntarme cuánta. Tenía exactamente el color de una bolsa de papel.
Se sentó en un sillón frente a mí y me miró por encima de la taza.
—Bueno —dijo—. ¿Qué es eso del jardín?
Casi se me cayó el té.
—¿El jardín?
—Llevas una semana saliendo ahí fuera todas las noches —dijo—. Cavando. Plantando. Pintando el banco. Colgando esas luces. Hablando solo.
Alzó las cejas.
—Hablas mucho solo, señor Kowalski. Con voces distintas. Te oigo por la ventana.
—Lo siento. No pretendía…
—Y el joven de la cafetería. El brasileño. Estuvo ahí fuera contigo el domingo pasado, cargando con un árbol.
Dio un sorbo al té.
—Y ayer Bev, la de al lado, me contó que esperas una visita. Un anciano. De una residencia de Hampstead.
Dejó la taza en el platillo con un clic pequeño y preciso.
—Así que te lo pregunto otra vez. ¿Qué es eso del jardín?
La miré. Sus ojos azules y penetrantes. Sus zapatillas de conejo.
Se lo conté. No todo. No lo de los fantasmas.
Pero sí el resto. Que había encontrado unas cartas antiguas en mi piso, de los años cincuenta.
Que las había escrito el hombre que vivió allí en su día, dirigidas a un hombre al que amaba.
Que el hombre al que iban dirigidas seguía vivo.
Que tenía noventa y tres años. Que quería ver la casa.
Que íbamos a hacerlo en el jardín, a las dos, porque no podía subir las escaleras. Y que ahora había una tormenta.
La señora Penhaligon escuchó todo sin moverse.
Cuando terminé, se quedó callada. El reloj hacía tictac. La lluvia golpeaba la ventana. El viejo gato gris se despertó, me miró y volvió a dormirse.
—El hombre que vivía en tu piso —dijo despacio—. En los años cincuenta.
—Sí.
—¿Cómo se llamaba?
—Reginald Ashworth —dije.
La señora Penhaligon se llevó la mano al pecho. Al cuello de la bata morada. Y se agarró a él.
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—Esta casa era de mi tía —dijo—. La señora Dalby. Edith Dalby. La hermana mayor de mi madre. Viuda. Alquilaba las habitaciones. Yo venía a pasar aquí todos los veranos, de niña. Desde Croydon. Mi madre me mandaba para que respirara aire de Londres.
Se rio un poco.
—Aire de Londres. En los años cincuenta. Era humo de carbón, más que nada.
No dije nada. No podía.
—Tenía ocho años —dijo—. En 1957. Y el señor Ashworth vivía en lo más alto de la casa.
En tu piso. Para mí era el hombre más maravilloso del mundo.
Tenía una voz como la de la radio. Bueno.
Él era la radio. Mi tía encendía el aparato todas las tardes a las siete menos cuarto y decía: «Calla, Margaret, que es el señor Ashworth», y nos sentábamos en este salón a escucharle leer el parte del tiempo.
Y veinte minutos después llegaba a casa, subía las escaleras, y era como si la radio hubiera entrado en la casa.
Miró el piano.
—Me enseñó a decir «weather» —dijo—. Como es debido.
Yo tenía acento de Croydon. Decía «wevver».
A mi tía le daba vergüenza. Y una tarde me oyó, en la escalera, se sentó en el escalón a mi lado y me dijo: «Señorita Margaret.
Probemos una cosa. Pon la lengua entre los dientes.
Con mucha suavidad. Así. Th. Th. Weather».