CAPÍTULO DIECIOCHO
El Chopin
❦
Marjorie respondió a mi carta por teléfono, el miércoles, a la hora de comer. Estaba otra vez de pie fuera de la oficina, entre el hombre de la chaqueta de cuero y una mujer nueva que fotografiaba un cruasán.
—No quiere verte —dijo Marjorie—. Lo siento, cielo. Se lo pedí. Dos veces. La segunda vez me lanzó una galleta.
—¿Te dio?
—Le dio a Pudding. Pudding le mordió. Fue toda una tarde. —Suspiró—. No está enfadado contigo. Quiero que lo sepas. Está enfadado con algo. Pero no contigo.
—Ya lo sé —dije—. Es con otra persona.
—Reginald —dijo Marjorie.
—Sí.
Guardó silencio un momento. Oí un televisor de fondo y a alguien que lo acompañaba cantando fatal.
—¿Qué hay en esas cartas, cielo?
—No puedo decírtelo —dije—. No son mías. Pero hay algo en ellas que él necesita saber. Algo sobre el nueve de enero de 1958.
Marjorie no dijo nada.
—Ven de todas formas —dijo al fin—. Mañana. Trae una. Solo una. Se la daré yo misma. Si me la lanza, pues me la lanza. Me han lanzado cosas peores. En 1998, un caballero de esta residencia me lanzó un trifle entero.
· ❦ ·
Aquella noche le pregunté a Reggie cuál de las cartas debía llevar.
Estábamos todos en el salón. Había vuelto a colocar los nueve sobres en la mesa de centro, en fila, bajo la lámpara verde. Parecían muy pequeños. Veintisiete páginas, ahora veintiocho con la de cuatro páginas. Todo el valor de un hombre, doblado en papel color crema.
—La última —dijo Jimmy al instante—. La novena. Ahí está la Colina. La nota. La hora y el lugar. Dale esa y lo sabrá.
—No —dijo Ricky—. Si le das primero la novena, conocerá el final antes que el principio.
Es como darle a alguien la última página de un libro.
La leerá, se quedará de piedra y luego tendrá que volver atrás para leer el resto, y todo girará en torno al final.
Dale la primera. Que empiece por el principio.
—¡En la primera no dice nada de la Colina! —protestó Jimmy.
—Sí que dice. «El jueves, cuando paseábamos por la Colina». Primera página.
—¡No es lo mismo!
Los dos miraron a Reggie.
Reggie contempló la fila de cartas. Luego dijo:
—La primera.
—Reggie —dijo Jimmy.
—La primera —repitió Reggie—. Debería oírlo tal y como lo dije.
Desde el principio. Con la lluvia, la lámpara y aquella tontería sobre su risa.
—Hizo una pausa—. Si voy a plantarme en la Colina, por así decirlo, me gustaría hacerlo como es debido.
No subir corriendo hasta la cima para gritar la última frase.
Ricky le lanzó una mirada a Jimmy. Jimmy se echó la boa sobre la cara.
· ❦ ·
Pero yo también escribí una nota por mi cuenta.
La escribí a la una de la madrugada, en la mesa de la cocina, en una hoja del cuaderno que usaba para el trabajo, porque no tenía nada mejor. Reggie se quedó en la puerta y no me ayudó. Dijo que no podía.
—Tienen que ser tus palabras, David. No las mías. Las mías llevan demasiado tiempo dentro de la pared.
La escribí seis veces. Me quedé con la sexta.
Estimado señor Bell:
Siento haberle disgustado. No era lo que pretendía.
Sé que no cree que estas cartas sean reales. Entiendo por qué. Pero quiero que sepa dos cosas.
La primera es que él sí le escribió. Muchas veces. Lo que pasa es que nunca las mandó. Tenía miedo. No de usted. De lo que podría pasarle a usted si alguien las encontraba.
La segunda es que creo que en algo tenía razón y en algo se equivocaba. Tenía razón en que él no acudió. Pero no creo que sepa por qué. Y creo que la última carta se lo dirá.
Le dejo la primera. Si quiere las demás, son suyas. Todas. Si no, las guardaré a buen recaudo y no volveré a molestarle.
Además, él quería que supiera que el Chopin siempre fue precioso. Incluso cuando usted presumía.
David Kowalski
Kestrel Row, 14, piso 3
Se la leí a Reggie. Escuchó con las manos a la espalda.
Cuando llegué a la última frase antes de mi nombre, me lanzó una mirada afilada.
—¿Cómo sabes que yo quería que él lo supiera?
—Lo dijiste tú —respondí—. La semana pasada. Antes de que fuera allí la primera vez. Dijiste: «Dile que el Chopin siempre fue precioso. Incluso cuando presumía. Dile que mentí cuando dije que no lo era». Y se me olvidó. No se lo dije. Estaba demasiado nervioso.
Reggie guardó silencio un largo rato.
—Te acordaste —dijo.
—Claro que me acordé.
—Muy poca gente —dijo Reggie despacio— ha recordado nunca nada de lo que yo dije. Recordaban el tiempo. «La lluvia se extenderá desde el oeste». A mí no me recordaban. —Miró la nota que yo sostenía—. Gracias, David.
· ❦ ·
El jueves por la mañana, en el trabajo, Martin me llamó a su despacho.
Su despacho era la única habitación de nuestra planta que tenía paredes. Paredes de cristal, pero paredes. Dentro había un escritorio blanco, una silla blanca, una plantita blanca y una gran lámina enmarcada en la que se leía, en letras rosas: HECHO ES MEJOR QUE PERFECTO.
—Dav —dijo—. Siéntate, siéntate. ¿Qué tal te vas adaptando? ¿Bien? Genial.
—Bien.
—Estupendo. Escucha, quiero plantearte algo. Informalmente. Es muy pronto todavía —se inclinó hacia delante—. Hay un cliente. Uno importante. Halden pasé por encima de él y me miró desde el suelo con un desprecio enorme y no me mordió.
· ❦ ·
Aquella noche el piso estuvo muy silencioso.
Nadie vio la televisión. Gaz se sentó delante de ella con la pantalla apagada. Jimmy estaba tumbado encima de la estantería, mirando al techo. Ricky, contra la pared. Mike, en la ventana.
Reggie estaba sentado en el sofá, completamente erguido, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. No dijo nada. No se movió. Cada pocos minutos miraba el reloj de la pared, encima de la puerta de la cocina.
Las siete. Las ocho. Las nueve.
—Puede que esta noche no la lea —dije a las diez—. Puede que necesite tiempo.
—Lo sé —dijo Reggie.
—Puede que no la lea nunca.
—Lo sé.
Las once. Me fui a la cama. No dormí. Me quedé tumbado, mirando la franja de luz naranja de la farola que entraba por debajo de la cortina. Oía a los fantasmas en el salón. No hablaban. Solo estaban ahí. Como se oye a la gente en la sala de espera de un hospital, aunque nadie diga una palabra.
A las once y cincuenta y dos sonó el teléfono.
Lo cogí tan deprisa que tiré el vaso de agua. En la pantalla aparecía un número que no conocía. Un número de Londres.
—¿Diga?
—¿Señor Kowalski? —Era la voz de una mujer. No era Marjorie. Más joven. Cansada—. Soy Adaeze, de Willowbrook House. Siento llamar tan tarde.
Se me paró el corazón.
—¿Está bien? ¿Está bien el señor Bell?
—Está bien. Está perfectamente bien. Está despierto. No ha dormido.
Hizo una pausa. Oí algo de fondo, detrás de ella. Un piano. Muy débil. Alguien que tocaba muy despacio en una habitación vacía.
—Lleva dos horas tocando. Marjorie se ha ido a casa, así que me ha pedido que le llamara. Lo dejó muy claro. Dijo que tenía que ser esta noche.
—¿Qué ha dicho?
Adaeze se aclaró la garganta. Cuando volvió a hablar, estaba leyendo algo. Se le notaba en la voz. Como un mensaje escrito en un trozo de papel que le hubiera entregado un hombre muy viejo y muy terco.
—Dice: «El señor Bell querría que viniera mañana a las diez de la mañana».
Hizo una pausa.
—Y dice: «Y que los traiga a todos».
Me dejé caer de espaldas en la cama, con el teléfono pegado a la oreja y el agua del vaso calando poco a poco en la moqueta.
A través de la pared, desde el salón, oí el radiador.
Toc.
Solo una vez. Muy suave. Como alguien al otro lado de la puerta de una habitación que esta vez no llama para entrar. Llama para decir: «Sigo aquí».