CAPÍTULO DIECISIETE
Kyle
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El domingo por la noche sonó mi portátil.
Era una videollamada. Estaba sentado en el sofá, al lado de Reggie, escribiendo otra carta a Marjorie, la tercera versión, para preguntarle si podía volver. Reggie leía por encima de mi hombro y decía cosas como «Demasiados adjetivos» y «Uno no “tiende la mano”, David; uno escribe».
La llamada apareció en la parte superior de la pantalla, en un pequeño recuadro gris con una foto.
La foto era de Kyle.
Era la foto que le había hecho en el lago de Míchigan dos veranos atrás, con la gorra de los Detroit Tigers del revés y los ojos entornados por el sol. Nunca la había cambiado. Ni siquiera se me había ocurrido hacerlo.
La miré. Se me quedaron las manos quietas sobre el teclado.
—¿Quién es? —preguntó Gaz, que estaba tumbado en el suelo viendo un programa sobre trenes.
—¿Es ÉL? —preguntó Jimmy, y se incorporó en la estantería tan deprisa que volvió a meterse en el techo.
—No contestes —dijo Ricky desde la pared.
—Contesta —dijo Gaz.
—Contesta y sé demoledor —dijo Jimmy.
La llamada seguía sonando. Hacía un ruido pequeño y alegre, como el timbre de una bicicleta.
Contesté.
· ❦ ·
La cara de Kyle llenó la pantalla. Estaba en su cocina.
Nuestra cocina. Su cocina. La de los armarios amarillos que habíamos pintado juntos en un fin de semana, discutiendo todo el rato sobre si «Botón de Oro» y «Sol Matutino» eran el mismo color.
Detrás de él, por la ventana, veía que en Columbus aún había luz.
Las dos de la tarde, un domingo. Probablemente acababa de volver del gimnasio. Tenía el pelo mojado.
Tenía buen aspecto. Eso era lo peor. Estaba exactamente igual que siempre.
—Eh —dijo—. Hola. Dav. Eh.
—Hola, Kyle.
—¿Es mal momento? Allí es tarde, ¿no? Puedo volver a llamar.
—No importa.
—Vale. Genial. —Sonrió. Era su sonrisa nerviosa, la que les dedicaba a los camareros cuando se equivocaban con su pedido y no quería quejarse—. Tienes buena cara. Londres te sienta bien. Llevas el pelo más largo.
—No he tenido tiempo de cortármelo.
—Te queda bien.
No dije nada. Detrás del portátil, donde Kyle no alcanzaba a ver, Ricky se había movido de la pared al respaldo del sofá.
Estaba justo detrás de mí. Gaz, a su lado.
Jimmy había bajado de la estantería y se había puesto al otro lado.
Estaban alineados a mi espalda como guardaespaldas.
Guardaespaldas muy muertos y muy pequeños, que nadie más podía ver.
Reggie se había desplazado al otro extremo del sofá y miraba con firmeza hacia otro lado, hacia la ventana.
—No participaré —había dicho en voz muy baja—. Es algo privado.
Pero no salió de la habitación.
· ❦ ·
—Bueno —dijo Kyle—. ¿Recibiste mis mensajes?
—Sí.
—No contestaste.
—No.
Asintió despacio.
—Es justo. Totalmente justo. Me lo merezco. —Se frotó la nuca—. Mira, Dav. He estado pensando mucho. Desde que te fuiste. Muchísimo. Y creo que cometí un error enorme.
A mi espalda, muy bajito, Ricky dijo:
—Ya empezamos.
—Creo que me entró el pánico —dijo Kyle—. Con la mudanza. Con que te fueras. Creo que me asusté e hice lo de siempre: huir de las cosas antes de que puedan hacerme daño. Ya sabes que lo hago. Tú me lo has dicho. Y tenías razón.
No dije nada.
—Y sé que un mensaje era una forma horrible de hacerlo —dijo—. Lo sé. Lo siento muchísimo. Debería haberte llamado. Debería haber ido a verte. Es que no me veía capaz de decírtelo a la cara.
—Así que no lo hiciste —dije.
—Así que no lo hice. —Bajó la mirada—. Y luego te fuiste. Y el piso está tan silencioso... Y sigo comprando el detergente que te gusta, aunque en realidad es malísimo y me da picores.
Aquello era tan propio de Kyle que casi sonreí. Vio el amago de sonrisa. Se le iluminó un poco la cara.
—El caso es el siguiente —dijo, y se acercó a la cámara—. Tengo una conferencia. En Londres. Dentro de dos semanas. Cosas de marketing. Me manda la empresa. Es una coincidencia, te lo juro. Pero he pensado. A lo mejor. ¿Podríamos cenar? ¿Y hablar de verdad? En persona. Como adultos.
A mi espalda, Gaz dijo:
—Una coincidencia. Ya, claro.
—Dos semanas —dije.
—Un viernes. Llego la noche de antes. Me alojo en un hotel de Kensington. Estaré cuatro días. —Hizo una pausa—. Solo quiero hablar, Dav. Nada más. Sin presiones. Es que te echo de menos. Echo de menos lo nuestro.
Le miré la cara en la pantalla. Pensé en los armarios amarillos. En conduce con cuidado. En el cubículo del baño del trabajo, once minutos. En mi madre preguntando «¿Qué tal tu amigo?» durante tres años y en que Kyle no dijo ni una sola vez: «En realidad, señora Kowalski, soy su novio».
Ni una sola vez.
—Me lo pensaré —dije.
Se le descompuso un poco la cara. Luego la recompuso.
—Vale. Vale. Es justo. Es más de lo que merezco. Te mando los detalles por mensaje.
Volvió a sonreír, con aquella sonrisa nerviosa de camarero.
—Me alegro mucho de verte la cara, Dav.
—Yo también —dije.
Y era verdad. Ese era el problema. Siempre había sido el problema.
La llamada terminó. La pantalla volvió a mostrar mi carta para Marjorie. «Querida Marjorie: Espero que se encuentre bien. Querría preguntarle si sería posible ponerme en contacto con usted una vez más acerca de»
—«Ponerme en contacto» —dijo Reggie desde el otro extremo del sofá, sin dejar de mirar la ventana—. Otra vez.
· ❦ ·
Los fantasmas formaron un comité.
La idea fue de Jimmy. Lo llamó «el Comité de Respuesta a la Situación Kyle», y quería llamarlo «el Comité para la Protección del Corazón de Dav», pero Ricky dijo que era demasiado largo y demasiado vergonzoso, y Gaz dijo que sonaba a organización benéfica, y al final acabaron llamándolo simplemente «el Comité».
El Comité se reunió en la cocina mientras yo hacía tostadas. Reggie se negó a ser miembro.
—Ya he hablado demasiado de ese hombre —dijo—. No voy a empeorarlo formando un comité.
Pero se quedó todo el rato en la puerta de la cocina, escuchando.
—Opción uno —dijo Ricky—. No vas. Le mandas un mensaje: «No». Y ya está. Una palabra. Dos letras. Se acabó.
—Qué frialdad —dijo Gaz.
—La frialdad es buena. La frialdad es segura.
—Opción dos —dijo Jimmy—. Vas. Te pones algo increíble.
Estás magnífico. Dejas que vea lo que ha perdido.
Te comes una cena carísima y dejas que la pague él.
Y al final te levantas, te pones el abrigo y dices: «Adiós, Kyle.
Gracias por el jabón». Y sales a la noche londinense y no vuelves a mirar atrás jamás.
—Eso es muy dramático —dije.
—El drama —dijo Jimmy— no es más que sinceridad con mejor iluminación.
—Opción tres —dijo Gaz—. Vas, habláis y ves qué sientes.
Si te sientes bien, quizá le des otra oportunidad.
Si te sientes mal, te vas. —Se encogió de hombros—.
La gente comete errores. Mi padre cometió un montón.
Mi madre volvió con él tres veces. A la cuarta, no.
Pero las tres primeras veces quiso comprobarlo. Quiso estar segura.
—Tu padre era un desastre —dijo Ricky.
—Sí —dijo Gaz—. Pero eso tenía que descubrirlo ella sola. Nadie podía decírselo.
Mike no estaba en la cocina. Mike estaba en su asiento junto a la ventana, como siempre. Pero cuando llevé las tostadas al salón y me senté, me miró por encima del libro y dijo:
—¿Qué quieres?
—¿Qué?
—No qué es lo seguro. No qué es lo dramático. ¿Qué quieres tú?
Abrí la boca. Luego la volví a cerrar. Después me comí la tostada muy despacio, porque no tenía respuesta.
· ❦ ·
El lunes por la mañana bajé a Pressed.
No había ido desde el lunes anterior. Desde el «¿Por qué quieres saberlo?» y el «Por nada, solo tenía curiosidad», y desde el café que me tendió sin apretarme el brazo. Una semana entera aguantando que la cafetera italiana me escupiera, antes que entrar en aquel café y ver qué hacía su cara.
El domingo por la noche no dormí bien. Me quedé tumbado en la cama pensando en la cara de Kyle en el portátil, en los armarios amarillos y en el viernes dentro de dos semanas.
Pensé en Arthur, en su sillón, diciendo «no es mío».
Pensé en el nueve de enero de 1958, a las seis, en lo alto de la colina.
Cuando bajé las escaleras el lunes, según Ricky parecía «un niño victoriano triste al que han enviado al hospicio».
Inácio estaba detrás de la barra. Solo. El café estaba tranquilo; solo había un hombre en un rincón, con un periódico.
Alzó la vista cuando sonó la campanilla.
La cara no se le abrió de golpe, como solía. Se abrió despacio. Con cuidado. Como una puerta a la que has llamado sin saber muy bien quién hay al otro lado.
—Dav —dijo.
—Hola.
—No has venido en toda la semana.
—Lo sé. Lo siento. Ha sido una semana rara.
Me miró la cara. Entonces algo cambió en la suya. La expresión cautelosa desapareció. En su lugar apareció otra cosa. Algo preocupado.
—¿Qué ha pasado? —dijo.
—Nada. No pasa nada.
—No está bien. Pareces —buscó la palabra— un perro bajo la lluvia. Un perro muy pequeño. Que ha perdido a su dueño.
—Eso es muy específico.
—Yo soy muy específico.
Salió de detrás del mostrador. No me abrazó. Me puso la mano en el brazo, justo por encima del codo, y la dejó ahí. Cálida, a través de la manga.
—Siéntate —dijo—. Siéntate ahí, junto a la ventana. Te traigo el café.
Me senté junto a la ventana. Me trajo el café. Con un corazón dibujado. Y, al lado, en un platito blanco, tres bolas de pan redondas y doradas, un poco agrietadas por arriba, todavía calientes.
—¿Y esto qué es?
—Pão de queijo —dijo—. Pan de queso. De Brasil. Los hago en casa. Los traigo para Bev los lunes, porque los lunes son duros.
Se sentó enfrente de mí. Nunca antes se había sentado enfrente de mí.
—Cómete uno. Y luego me cuentas.
Me comí uno. Era tierno y gomoso por dentro, crujiente por fuera, y sabía a lo mejor de un sándwich de queso a la plancha: esa parte en la que el queso se escapa a la sartén y se dora.
—Madre mía —dije.
—Ya lo sé —dijo Inácio—. Ahora cuéntame.
Así que se lo conté. No le hablé de los fantasmas. Ni de Reggie, ni de las cartas, ni de lo que había dicho Arthur: «no es mío». Eso era demasiado grande, demasiado extraño, y no me correspondía contarlo.
Pero sí le hablé de Kyle.
De los tres años. Del mensaje. De la llamada de la noche anterior, de la cocina amarilla y del «creo que he cometido un error enorme».
De la conferencia, del viernes dentro de dos semanas y de la cena.
De que mi madre lo había llamado «tu amigo» durante tres años y Kyle nunca la había corregido. Ni una sola vez.
Inácio escuchó. No me interrumpió. Su cara no reveló nada que yo pudiera descifrar. Se limitó a escuchar, con los codos apoyados en la mesa y la barbilla entre las manos, y los ojos oscuros clavados en mi cara.
Cuando terminé, guardó silencio un momento.
—¿Quieres volver con él? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Lo quieres?
—No lo sé. Antes sí. Creo. No sé si todavía lo quiero o si simplemente me he acostumbrado.
Inácio asintió despacio. Cogió uno de los pão de queijo y lo miró.
—En Bahía —dijo—, mi abuela tenía un dicho. No sé cómo decirlo en inglés. Es algo así como: «Quien deja la puerta abierta bajo la lluvia no puede enfadarse cuando la casa se moja».
Dejó el pan.
—Ese Kyle. Te dejó bajo la lluvia. Con un mensaje. Y ahora la casa está mojada y quiere volver a entrar.
—Es un dicho muy bueno.
—Mi abuela era muy sabia. También estaba un poco loca. Una vez le tiró un zapato a un cura.
Me miró.
—Pero tienes que decidirlo tú, Dav. Ni yo. Ni Bev. Ni tu hermana. Tú.
—Ya lo sé.
—Bien.
Se levantó. Me puso la mano en el hombro, solo un segundo, al pasar junto a mí para volver detrás del mostrador. Entonces se detuvo. Se dio la vuelta.
Su cara había cambiado otra vez. Ya no era cautelosa ni preocupada. Era algo que no había visto antes. Tenía la mandíbula un poco tensa. Se le habían oscurecido un poco los ojos.
—Pero, Dav —dijo—, si ese Kyle viene aquí. A Londres. Y vuelve a hacerte daño.
Cogió un paño del mostrador y lo retorció entre las manos, despacio, muy fuerte.
—Le daré una patada. Como a un balón. Al canal.
Me quedé mirándolo.
—Lo digo en serio —dijo—. Marqué el gol de la victoria contra los camareros italianos. Chuto muy fuerte.
Entonces sonrió, con esa sonrisa enorme, volvió detrás del mostrador y se puso a limpiar la cafetera como si no hubiera pasado nada.
Me quedé sentado junto a la ventana de Pressed, con mi latte y los dos últimos trozos de pan de queso, y no me moví.
Cuando por fin salí de la cafetería y alcé la vista hacia la casa, el mirador de la última planta estaba lleno de caras.
Gaz tenía las dos manos pegadas al cristal. Cuando me vio levantar la vista, apartó una y me señaló. Luego señaló la cafetería. Y después me dedicó el pulgar hacia arriba más grande y entusiasta que había visto en mi vida. Movía la boca. No lo oía, pero no me hacía falta.
Podía leerlo desde la calle.
«Es un SÍ, colega. Un SÍ como una casa».