Cinco fantasmas y un barista (Embrujado por un guapo nº 1) CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

Léelas en voz alta

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Reggie estuvo ausente dos días.

El viernes fui a trabajar y escribí doce eslóganes para un banco, y a la hora de comer no recordaba ninguno. Priya me preguntó qué tal había ido lo del profesor de piano.

—No muy bien —dije.

No preguntó nada más. A las cuatro, dejó una chocolatina sobre mi teclado sin decir palabra y volvió a su mesa.

El viernes por la noche, el piso seguía frío. No tanto como el jueves, pero lo suficiente para que durmiera con dos jerséis. La lámpara verde solo se quedaba encendida unos minutos cada vez. Gaz dijo que era buena señal.

—Significa que está descansando como es debido —dijo Gaz—. No es que esté de morros. Cuando está de morros, se apaga todo. Cuando descansa, va como a parpadeos. Como si estuviera soñando.

—¿Con qué sueñan los fantasmas?

Gaz se lo pensó.

—Yo sueño con patatas fritas —dijo—. Y con el salón de mi abuela. Y con una rave en un campo cerca de Sheffield, en 1995. Siempre esa rave. No sé por qué. Ni siquiera fue una buena rave. Llovió.

El sábado no fui a ninguna parte. Me senté en el salón. Leí un libro que me había traído de Columbus y en el que no conseguía concentrarme. Bebí té, porque había decidido que ahora me gustaba el té, preparado como me enseñó Inácio. No bajé a Pressed. No quería tener que explicarle mi cara a nadie.

A las cuatro de la tarde, la habitación se calentó.

Sucedió poco a poco. Como se calienta una habitación cuando alguien enciende la calefacción en invierno. Primero el aire, luego el suelo, después las paredes. El vaho del ventanal, que llevaba allí desde el jueves, empezó a despejarse por el centro: primero un pequeño círculo, luego uno más grande.

Y en medio del cristal despejado, como una fotografía que emerge en la cubeta del revelador: Reggie.

Estaba sentado en el banco del ventanal. El banco de Mike. Mike seguía de pie al lado, con una mano en la pared, como si llevara dos días esperando allí. Puede que fuera así.

Reggie tenía un aspecto horrible. No sabía que un fantasma pudiera tener un aspecto horrible, pero lo tenía.

El traje seguía impecable. El pelo, impecable.

Pero tenía la cara gris de un modo que no era el gris fantasmal de siempre, y las manos, sobre las rodillas, no estaban entrelazadas. Simplemente estaban ahí.

—Hola, David —dijo.

—Hola, Reggie.

—Siento haberme ido.

—No pasa nada.

—Sí que pasa. Es una grosería. En mis tiempos, uno no desaparecía así, sin más, en mitad de una conversación.

Miró hacia la calle.

—Aunque supongo que eso es lo que hice casi toda mi vida, de un modo u otro.

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Esperé hasta que estuvieron todos. Jimmy entró primero, muy rápido, se sentó en el suelo justo delante de Reggie y lo miró desde abajo como un niño. Gaz salió del radiador. Ricky entró desde el pasillo y se apoyó en la pared, pero más cerca de lo habitual. Mike se quedó junto a la ventana.

—He estado pensando —dije.

—Vaya por Dios —dijo Ricky.

—En lo que dijo Arthur: «Nunca me escribió. Ni una sola vez».

Miré a Reggie.

—Ese es el problema, ¿no? No que esté enfadado. No que no quiera ver a nadie. Cree que nunca le escribiste. Cree que no te importó lo suficiente para escribirle ni una línea.

Reggie no respondió.

—Pero sí lo hiciste —dije—. Escribiste nueve cartas. Veintisiete páginas. Las conté. Se equivoca. Lleva sesenta y ocho años equivocado. Y la única forma de que se entere de que se equivoca es que las lea.

—No las quiere —dijo Reggie—. Lo dijo él mismo.

—Dijo que no eran suyas. Porque no cree que sean reales. Cree que soy un estadounidense raro que ha encontrado unas cartas viejas y quiere inventarse una historia.

Respiré hondo.

—Así que tenemos que demostrarle que son reales. Necesitamos algo que solo tú puedas saber. Algo que solo sepáis vosotros dos.

Reggie me miró.

—No las he leído —dije—. Solo la primera página de la primera. No sé qué dicen. Pero tú sí. Y creo que, si vamos a intentarlo otra vez, necesito saber qué hay en ellas.

Se hizo un largo silencio.

—Quieres leerlas —dijo Reggie.

—No —dije—. Quiero que las leas tú. En voz alta. Para mí. Para todos nosotros.

Miré alrededor.

—Si quieres. Si no quieres, no pasa nada. Pero creo que, quizá, llevas mucho tiempo cargando con ellas tú solo.

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Dijo que no. Luego dijo que no otra vez. Después se quedó callado.

Entonces dijo:

—Tráelas, por favor, David.

Fui al dormitorio y saqué el sobre marrón del armario.

Lo llevé al salón. Saqué el fajo, desaté con mucho cuidado la vieja cinta negra y coloqué los nueve sobres en fila sobre la mesa de centro, por orden.

El primero, con solo una «A.» en la parte de delante.

El último, más grueso, con el nombre completo y la dirección.

Encendí la lámpara verde. Se quedó encendida.

Reggie miró las cartas. Luego dijo:

—¿Podrías abrir la segunda, por favor? Yo no puedo, ya me entiendes. No lo bastante bien. Y el papel es muy viejo.

Abrí el segundo sobre. Tres páginas dobladas, con la misma tinta azul oscura. Las desdoblé y las sostuve en alto para que Reggie pudiera verlas.

Leyó.

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No voy a contarte todo lo que había en aquellas cartas. Hay cosas que son de Reggie y de Arthur. Hay cosas demasiado íntimas, incluso ahora, incluso en un libro.

Pero algo sí te contaré. Porque importa. Porque aquella fue la noche en que todo cambió.

La segunda carta hablaba de música. Reggie escribía sobre un concierto al que fueron juntos en el Wigmore Hall, en marzo de 1957, y sobre cómo Arthur se pasó toda la primera parte hablando, susurrando sobre las terribles muñecas del pianista, hasta que una anciana sentada delante de ellos se volvió y le pegó con el programa.

—Lo hizo —dijo Reggie, levantando la vista de la página—. De verdad le pegó. Con un programa enrollado. Justo en la cabeza.

Gaz se rio tanto que se cayó de espaldas dentro del radiador.

La tercera carta hablaba del tiempo. Reggie escribía que aquella tarde había leído la previsión: «lluvias que se extenderán desde el oeste, seguidas de claros», y que, mientras la leía, había pensado que también era una descripción de lo que se sentía al estar en una habitación con Arthur. Lluvia y, después, claros.

—Oh, eso es BUENÍSIMO —dijo Jimmy. Se secaba los ojos con la boa—. Reggie. Es buenísimo. Deberías haber sido poeta.

—Yo era hombre del tiempo —dijo Reggie—. Es muy parecido. Ambas profesiones consisten en describir cosas que nadie puede controlar.

La cuarta carta era la que escribió después de la noche en la Colina. La noche en que Arthur dijo Reginald, hay algo que me gustaría decirte y Reggie contestó Me temo que tengo que irme. No la leyó entera. Leyó un párrafo, despacio, y luego se detuvo y dijo:

—Creo que ya basta con esta.

Y yo la volví a doblar sin mirarla.

La quinta carta era divertida. Hablaba toda ella de un hombre de la BBC, un tal señor Prothero, que llevaba un tupé «del color y la textura de un terrier mojado».

La sexta hablaba de la madre de Reggie, que vivía en Surrey, le enviaba un pastel cada mes y le preguntaba en todas y cada una de sus cartas cuándo iba a «encontrar a una buena chica».

—La mía hacía lo mismo —dijo Gaz—. Todos los domingos.

Por teléfono. «Gary, ¿cuándo vas a traer a una chica a casa?

». Yo le decía: «Mamá, tengo veinticuatro años, aún tengo tiempo».

Y ella respondía: «Tu padre se casó conmigo cuando tenía diecinueve».

Yo le decía: «Sí, y mira cómo salió la cosa».

—Se rio. Luego dejó de reírse—. Al final dejó de preguntar.

Cuando lo entendió. Simplemente lo dejó. No dijo nada. Lo dejó, y ya.

—¿Se lo dijiste? —pregunté.

—No —dijo Gaz—. Nunca hizo falta. Lo sabía. Simplemente dejó de preguntar y empezó a decir «con quien acabes» en vez de «la chica con la que te cases». Y ya está. Esa fue toda la conversación.

Miró las cartas sobre la mesa.

—Es curioso cuánto se puede decir sin decir nada.

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Ricky hacía comentarios sobre la redacción. No podía evitarlo.

—Esta frase es demasiado larga —dijo durante la séptima carta.

—Es 1957 —dijo Jimmy—. Todas las frases eran largas. Tenían más tiempo.

—Sigue siendo demasiado larga. Usa «quizá» cuatro veces en un mismo párrafo.

—No estaba seguro —dijo Reggie con dignidad—. Quizá.

—Lo estás haciendo otra vez.

Pero cuando Reggie llegó al final de la séptima carta, que hablaba de un jueves de noviembre en que nevó en la Colina y Arthur atrapó un copo de nieve con la lengua y dijo que sabía a «nada, absolutamente nada, que es el sabor más caro del mundo», Ricky se volvió y se quedó mirando la pared.

Y se quedó así un rato. Y nadie dijo nada al respecto.

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La octava carta era corta. Una página. Decía:

A. — Esta noche he empezado a escribirte una carta cuatro veces, y cada vez he escrito la misma frase y luego me he detenido. Así que escribiré solo la frase, la dejaré ahí y veré si, por sí sola, resulta más valiente. Te quiero. Esa es la frase. — R.

Reggie la leyó con voz muy firme. La voz del hombre del tiempo. La voz para once millones de personas.

Cuando terminó, las tuberías del baño empezaron a zumbar.

Muy suavemente. Jimmy no estaba cantando.

Jimmy estaba llorando, llorando de verdad, y la purpurina de la cara se le escurría por las mejillas en finos regueros plateados, mientras las tuberías zumbaban por su cuenta, como si la propia casa intentara decir algo.

—Lo escribiste —dijo Jimmy entre lágrimas—. De verdad lo escribiste. Reggie. Lo pusiste por escrito.

—Lo puse por escrito —dijo Reggie—. Y luego lo metí en la pared.

—¡Pero lo ESCRIBISTE! —dijo Jimmy—. Eso es más de lo que hace la mayoría de la gente.

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La novena carta la abrí al final.

Era más gruesa que las demás. Cuatro páginas, no tres. La fecha de arriba decía 31 de diciembre de 1957. Nochevieja.

Reggie la leyó despacio.

Era distinta de las demás. No hablaba de música, ni del tiempo, ni de tupés.

Era una decisión. Reggie escribía que estaba cansado de tener miedo.

Que había visto terminar el año y se había dado cuenta de que se lo había pasado entero pasando de largo por delante de un buzón. Que no quería pasar otro año así.

Así que lo he decidido —leyó—. No voy a echar esta carta al correo.

Voy a dártela. Todas. En mano. Te las llevaré a la Colina nuestro próximo jueves y te las pondré en las manos, y me quedaré allí mientras las lees, y no me iré.

Digas lo que digas. Pienses lo que pienses. Esta vez no bajaré la Colina.

Se detuvo. Alzó la vista hacia la lámpara verde.

—Y luego está la última parte —dijo—. En la última página.

La leyó.

Sé que no creerás que vaya a ir. Motivos no te faltan para no creerme.

Así que he hecho una tontería. El domingo, mientras estabas en la cocina preparando el té y quejándote de la leche, metí una nota dentro de tu libro de música.

El Chopin. Los nocturnos, entre las páginas del que siempre tocas cuando crees que no te escucho.

Apunté una hora y un lugar. Si la encuentras, sabrás que lo decía en serio.

Si no la encuentras, supongo que tendré que presentarme de todos modos y cruzar los dedos.

Reggie apoyó la mano en la mesa de centro, junto a la carta abierta. Los dedos se le hundieron un poco en la madera.

—El nueve de enero —dijo—. Era el jueves siguiente. El nueve de enero de 1958. A las seis. En la cima de la Colina.

No dijo nada más.

No hacía falta. Todos sabíamos lo que había ocurrido el día cuatro.

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Durante un buen rato, nadie habló. Fuera había dejado de llover. Calle abajo, en algún sitio, se cerró la puerta de un coche y alguien se rio.

—Reggie —dije por fin—. La nota. En el libro de Chopin.

Me miró.

—Arthur dijo que nunca le escribiste. Ni una vez. Ni una sola línea. —Cogí la novena carta con mucho cuidado—. Pero sí le escribiste una línea. ¿Verdad? La metiste en su libro de música. Una hora y un lugar.

—Nunca la encontró —dijo Reggie—. O la encontró y la tiró. Da igual. Solo era una nota.

—¿Y si la encontró? —dije—. ¿Y si la encontró, fue a la Colina el nueve de enero a las seis y te esperó?

El rostro de Reggie cambió.

Lo vi suceder. Vi cómo la idea calaba en él y lo recorría entero, hasta el fondo, como una piedra que baja por el agua fría.

—Y tú nunca apareciste —dije—. Y nadie le dijo por qué. No hasta semanas después.

—Oh —dijo Reggie en voz muy baja—. Oh, no.

—Por eso está tan enfadado —dije—. Por eso dijo «ni una vez». Porque la única vez que le escribiste, no apareciste. Y nunca supo por qué.

Reggie se puso de pie. Fue hasta el ventanal y se quedó allí, de espaldas a nosotros, mirando la calle. La esquina. El sitio donde antes estaba el buzón.

—Tengo que decírselo —dijo a la ventana. A sí mismo—. Tengo que decirle que iba a ir.

—No puedes —dijo Ricky con suavidad—. Él no puede verte. No puede oírte.

—Entonces tendrá que hacerlo David —dijo Reggie. Se volvió y me miró. Y ya no tenía el rostro gris. Era otra cosa. Algo que nunca le había visto a Reggie. No era esperanza, exactamente. Era eso que llega justo antes de la esperanza. Eso que te hace coger el abrigo.

—David —dijo—. ¿Volverás?

—Sí —dije.

Ni siquiera tuve que pensármelo.