Cinco fantasmas y un barista (Embrujado por un guapo nº 1) CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

Jueves

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Yo me tomé la tarde del jueves libre en el trabajo.

Le dije a Martin que tenía un «asunto familiar». No era exactamente mentira. Había empezado a considerar a los cinco hombres de mi piso una especie de familia. Una familia extraña, muerta y extremadamente entrometida, pero una familia.

—Claro, colega, la familia es lo primero —dijo Martin, y me estrechó la mano con las dos suyas y me pidió que el viernes volviera con todo mi ser.

Priya me observó mientras, a la una, metía mis cosas en la bolsa. No dijo nada. Pero cuando me levanté, me preguntó:

—¿Esto tiene que ver con el profesor de piano?

Me quedé helado.

—¿Cómo lo sabes?

—Llevas una semana con la misma página web abierta en el portátil. «Willowbrook House. La vida en Willowbrook». No paras de mirarla cuando crees que nadie te ve.

Me miró por encima de las gafas rojas.

—Se me da muy bien observar.

—Es complicado —dije.

—Ya lo sé. Ya lo dijiste.

Volvió a su pantalla.

—Buena suerte, Dav.

· ❦ ·

Al llegar a casa, Reggie me esperaba en lo alto de la escalera.

Nunca había hecho algo así. Normalmente estaba en el sofá, en la puerta de mi dormitorio o en la cocina, mirando cómo preparaba mal el café.

Pero aquel día estaba de pie en lo alto de la escalera, junto a la puerta del Piso 3, con su traje gris y las manos a la espalda, como un mayordomo de una película muy antigua.

—Llegas pronto —dijo.

—Tengo que cambiarme.

—Sí. Desde luego.

Me siguió hasta el dormitorio. O, más bien, se quedó en el borde de la alfombra, me observó mientras me vestía y me fue diciendo qué tenía de malo cada cosa.

La camisa azul, no.

—Pensará que eres director de banco.

El jersey gris, no.

—Demasiado triste.

Los vaqueros, no.

—De ninguna manera. Vas a visitar a un caballero.

Al final me puse los pantalones oscuros del trabajo, una camisa blanca y una americana azul marino que había comprado para una boda dos años antes y no había vuelto a ponerme. Reggie me miró.

—¿Corbata? —pregunté.

—No —dijo Reggie—. Nada de corbata. Pensará que eres de la policía.

Guardó silencio un momento. Luego dijo:

—Le gustaba la gente que parecía cómoda. Que parecía ser ella misma. Solía decir que sabía cómo tocaría alguien el piano con solo mirarle los zapatos.

Me miró los pies.

—Esos están bien. Son unos zapatos honestos.

Eran unos zapatos de cuero marrón de una tienda de un centro comercial de Columbus. Los había comprado rebajados. Y sí, supongo que eran honestos.

Fui al armario y saqué la caja de zapatos.

Dentro estaban las nueve cartas, atadas con su fina cinta negra, que yo había vuelto a anudar, con más cuidado, la noche anterior.

También había encontrado un sobre grande y marrón en el cajón de la cocina, y metí el paquete dentro para que no se mojara por el camino. Estaba lloviendo, claro.

Reggie me observó mientras lo hacía. No dijo nada.

En la puerta del piso estaban todos. Jimmy, Gaz, Ricky y Mike. Formaban una fila en el pequeño recibidor, igual que la primera mañana, cuando salí por primera vez.

—Buena suerte, cariño —dijo Jimmy. Se había quitado la boa. La sostenía con las dos manos contra el pecho, como quien sujeta un sombrero en un funeral—. Sé valiente. Sé hermoso.

—No hagas el raro —dijo Ricky.

—No te disculpes demasiado —dijo Gaz—. No sé, quizá unas tres veces. Como máximo.

Mike no dijo nada. Pero, cuando pasé a su lado, alargó la mano con mucha suavidad y se me hundió un poco en el hombro, fría, como el aire que entra por una ventana abierta. Solo un segundo.

Reggie bajó las escaleras conmigo. Hasta abajo del todo, hasta el recibidor. Por delante de la puerta de la señora Penhaligon, por delante del felpudo de VETE. Hasta la puerta principal, donde se detuvo porque no podía seguir.

Abrí la puerta. Entró la lluvia. La calle estaba gris, mojada y normal.

—David —dijo Reggie.

Me volví.

Estaba justo dentro de la puerta. Ya no tenía las manos a la espalda. Las tenía a los costados, y no estaban del todo quietas.

—Si se enfada —dijo Reggie—, deja que se enfade. Tiene todo el derecho.

—De acuerdo.

—Y si se ríe —dijo Reggie—, escúchala. Por mí.

· ❦ ·

Willowbrook House parecía distinta bajo la lluvia. Más suave. Las paredes blancas eran grises. El césped verde estaba oscuro. La sala acristalada del lateral, la Sala del Jardín, estaba iluminada por dentro con una cálida luz amarilla, como un faról.

En el mostrador de recepción, Adaeze levantó la vista y me reconoció. No se le movió un músculo de la cara, pero arqueó ligeramente las cejas.

—He venido a ver a Marjorie —dije—. Me está esperando.

—Eso me han dicho —contestó Adaeze. Luego, al cabo de un momento, sonrió. Una sonrisa distinta a la de la última vez—. Espere aquí, por favor.

Marjorie salió un minuto después. Tenía sesenta y tantos años, era más baja que Bev y más rellenita, con los mismos ojos grises y el mismo pelo corto y canoso, pero todo en ella resultaba más suave, como una Bev dibujada a lápiz en vez de a bolígrafo.

Llevaba una rebeca de un morado chillón y una cinta al cuello con unas quince llaves.

Me miró. Miró el sobre marrón que llevaba en la mano.

—Has venido —dijo.

—He venido.

—Bien. —Tomó aire—. Sabe que estás aquí.

Se lo he dicho esta mañana. Ha dicho: «¿Reginald Ashworth?

Vaya, vaya». Y después no ha dicho nada más durante una hora.

Ni siquiera se ha comido la galleta. Siempre se come la galleta.

—Me miró muy seria—. Es un hombre muy lúcido, cariño.

Muy inteligente. Muy divertido. También tiene noventa y tres años y el corazón ya no le funciona como antes.

Así que, si se le hace demasiado, entraré. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Me condujo por un largo pasillo de moqueta de un verde suave, con cuadros del mar en las paredes.

Pasamos por delante de una sala en la que varias personas veían un concurso.

Pasamos por delante de otra en la que una mujer dormía en un sillón, con la boca abierta y un perrito en el regazo.

Pasamos por delante de un gato naranja muy gordo, sentado en mitad del pasillo como un guardia.

Marjorie pasó por encima de él. Yo también.

—Ese es Pudding —dijo Marjorie—. Muerde.

La Sala del Jardín estaba al final del pasillo. Cristal por tres lados. Plantas por todas partes. Unos cuantos sillones. El piano, uno vertical y negro, contra la única pared que no era de cristal. La lluvia resbalaba por los cristales en líneas largas y lentas.

En un sillón junto a la ventana, con una manta sobre las rodillas y una taza de té en la mesita de al lado, había un anciano.

Era muy delgado. Más delgado que en la fotografía del periódico.

Tenía el pelo blanco levantado en la coronilla, alborotado, como si se lo hubiera estado revolviendo con las manos todo el día.

Llevaba una chaqueta de punto verde oscuro con un agujero en un codo.

Tenía las manos apoyadas en los brazos del sillón; eran largas y delgadas, de uñas cortas, y no dejaban de moverse.

Pequeños movimientos. Los dedos se alzaban y caían, uno a uno, como si tocaran en el brazo del sillón algo que solo él podía oír.

Alzó la vista cuando entramos.

Tenía los ojos de un azul muy brillante. Mucho más vivos que todo el resto de él. Como si los ojos se hubieran quedado en los veinticuatro años y el resto hubiera envejecido sin pedirles permiso.

Miró a Marjorie. Después me miró a mí. Y luego se quedó mirándome durante mucho tiempo.

—Bueno —dijo Arthur Bell. Su voz era fina y seca, pero muy clara, con un acento londinense refinado y, al mismo tiempo, algo más, como el de un hombre que hubiera crecido en un mundo y pasado la vida en otro—. No eres lo que esperaba.

—Perdón —dije. Ese era el primero.

—No pidas perdón. Esperaba a un historiador. A algún joven de una universidad, con una grabadora pequeña y un montón de preguntas sobre la BBC. Tú pareces un joven que vende seguros muy buenos.

—Soy redactor publicitario.

—Ah, peor —dijo Arthur Bell—. Mucho peor. Siéntate.

· ❦ ·

Marjorie me trajo una silla y una taza de té, y luego fue a sentarse al otro lado de la sala, cerca de la puerta, con una revista que no estaba leyendo.

Me senté frente a Arthur. Me apoyé el sobre marrón en las rodillas.

Lo miró. Después volvió a mirarme a la cara.

—Americano —dijo.

—De Ohio.

—Ohio. —Pareció saborear la palabra—. Una vez tuve una alumna de Ohio.

En 1974. Una niña pequeña. Su padre trabajaba en la embajada.

Tenía la peor mano izquierda que he oído en mi vida.

Como un cangrejo con un guante de boxeo.

—Cogió el té. Le tembló la mano, solo un poco.

No pareció darse cuenta—. ¿Qué haces en Londres?

—Ahora trabajo aquí. Me mudé hace unas semanas.

—¿Y dónde vives?

—En Kestrel Row —dije—. En Camden. En el número 14.

La taza de té se detuvo a medio camino de la boca.

Fue una cosa mínima. Una pausa de quizá un segundo. Después la taza siguió su camino, bebió, la dejó y su rostro no cambió en absoluto. Pero yo había visto cómo se detenía.

—El número 14 —dijo Arthur Bell—. El último piso, supongo.

—Sí.

—Con el mirador.

—Sí.

Se quedó un momento mirando la lluvia.

—Fui allí una vez —dijo—. Solo una vez. En 1958.

En febrero. A dejar flores en los escalones de la entrada.

—Lo dijo con toda naturalidad, como quien cuenta que una vez fue al dentista—.

La casera salió y me dijo que las quitara.

Dijo que daban mala imagen a la casa. Dijo que la gente hablaría.

—Sonrió un poco, una sonrisa fina en la que no había nada de gracia—.

La gente siempre hablaba, en aquellos tiempos.

Era la afición nacional. Más popular que el fútbol.

No sabía qué decir.

—En fin —dijo Arthur, y se volvió de nuevo hacia mí. Enérgico—. Marjorie me dice que has venido por Reginald Ashworth.

—Sí.

—Nadie ha pronunciado ese nombre delante de mí en sesenta y ocho años. ¿Lo sabías? —Dio un golpecito con un dedo en el brazo del sillón—. Yo se lo dije una vez a Marjorie. El día de mi cumpleaños. Había bebido jerez. Por lo demás, nadie. Ni un alma viva.

—Lo siento —dije. El segundo.

—¿Quieres dejar de disculparte? Es muy americano. Al final le pedirás perdón a Pudding y te morderá. —Se echó hacia atrás—. ¿Qué sabes de él? ¿De Reginald?

Lo pensé. Pensé en todo lo que sabía. El traje.

La raya perfecta al lado. Adecuado. Las cuarenta y tres bufandas.

La cucharilla que cambió de sitio porque el alemán la había puesto en el cajón equivocado.

Cómo se quedaba exactamente sobre la raya de la alfombra de mi dormitorio y no entró ni una sola vez. Los golpes.

—Leía el parte meteorológico —dije—. Tenía una voz muy bonita. La gente le escribía cartas. Las señoras mayores le tejían bufandas. Vivió en mi piso de 1951 a 1958. Le gustaba que todo estuviera ordenado. Le gustaban las normas. —Hice una pausa—. Y los jueves paseaba por Primrose Hill.

Arthur Bell se quedó completamente inmóvil.

No era la pequeña inmovilidad de la taza de té. Era una inmovilidad enorme. Sus dedos dejaron de moverse sobre el brazo del sillón. Todo su cuerpo delgado, dentro del cárdigan verde, se detuvo de golpe, como un reloj al que alguien le sujeta el péndulo.

—¿Quién le ha dicho eso? —dijo en voz muy baja.

Cogí el sobre marrón que tenía sobre las rodillas.

—He encontrado algo —dije—. Detrás del papel pintado. Detrás del radiador del salón. Había hecho un agujero en la pared. Con un cuchillo, creo. Estaban dentro.

Abrí el sobre y saqué el fajo. Nueve sobres color crema, amarillentos en los bordes, atados con una fina cinta negra. El de encima, hacia arriba, con una sola letra en tinta azul oscuro, un poco inclinada hacia la derecha.

A.

Se los tendí.

Arthur Bell miró el fajo que yo tenía en las manos. No lo cogió. Se quedó mirando mucho rato la letra del sobre de encima. Le observé la cara. La vi intentar hacer varias cosas a la vez y fracasar en todas.

—Le escribió a usted —dije—. Nueve cartas. En 1957. Nunca las envió. Pero son suyas. He pensado que debería tenerlas.

Arthur levantó la mirada de los sobres y la posó en mi cara.

No era una mirada suave. Eso fue lo que me sorprendió.

Había imaginado aquel momento muchas veces, durante el paseo, en el autobús, a las tres de la madrugada.

Había imaginado lágrimas, o una sonrisa lenta, o un largo suspiro.

No había imaginado aquello. Sus ojos, de un azul brillante, se habían vuelto duros y fríos, como la superficie de un lago helado.

—Marjorie —dijo sin apartar la mirada de mí. Su voz era perfectamente cortés—. Me temo que estoy bastante cansado. ¿Podría acompañar al joven a la salida?

—Señor Bell... —dije.

—Gracias por venir —dijo—. Ha sido muy amable. Seguro que lo hacía con buena intención.

Marjorie ya se había puesto en pie. Cruzó la sala y me puso una mano en el brazo, con suavidad.

—Vamos, cariño —dijo en voz baja.

Me levanté. No sabía qué hacer con las cartas. Las sostuve un momento y luego volví a guardarlas en el sobre marrón. Me temblaban las manos.

—Lo siento —dije. Tres—. Lo siento muchísimo. No quería...

Estaba en la puerta de la Sala del Jardín cuando volvió a hablar.

Me giré. Miraba la lluvia al otro lado de la ventana, no a mí. Tenía otra vez las manos apoyadas en los brazos del sillón. Los dedos no se movían.

—Señor Kowalski —dijo—. No sé qué lleva usted en ese sobre. Cartas de alguien. Puede que sean de él. Puede que no. Da igual.

—Son de él —dije—. Se lo prometo. Es su letra.

—Da igual —repitió Arthur Bell—, porque sé lo que ocurrió.

Yo estaba allí. —Giró la cabeza y me miró, y de pronto su cara era muy vieja, más vieja que noventa y tres años—.

Él nunca me escribió. Ni una sola vez. Ni una línea.

Ni en todo un año ni después. Así que, sea lo que sea lo que lleva usted ahí —señaló con la cabeza el sobre que yo sostenía—, no es mío.