CAPÍTULO DIEZ
Famoso, más o menos
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Volví a casa en el autobús nocturno, aunque no eran más que veinte minutos a pie, porque no me fiaba de mis piernas. No por la cerveza. Por la fotografía.
Me senté arriba, en la parte delantera, donde siempre quieren sentarse los chavales, y vi pasar Camden en la oscuridad.
Tiendas iluminadas. Gente fumando a la puerta de los bares.
Un hombre que paseaba a un perro muy pequeño con un abrigo muy grande.
Tenía el móvil en la mano. Había hecho una foto de la pantalla del televisor del pub, rápido, mientras Priya estaba en la barra.
Era una mala foto. Salía borrosa y un poco torcida, y la luz del pub se reflejaba en una esquina.
Pero se le veía. El traje. El micrófono. Las manos entrelazadas.
Reginald Ashworth, BBC, 1955.
Cuando llegué a casa eran las once. La casa estaba a oscuras.
El televisor de la señora Penhaligon estaba encendido, como siempre, a todo volumen; un hombre hablaba del tiempo en Escocia.
Me quedé un instante en el recibidor, escuchándolo.
Un hombre leyendo el parte meteorológico.
Setenta años después, la voz de alguien seguía sonando en la oscuridad.
Subí las escaleras.
Todos estaban en el salón. El televisor estaba apagado. La lámpara verde estaba encendida, lo que significaba que Gaz la había encendido, lo que significaba que me estaban esperando.
—¿Qué tal? —preguntó Jimmy—. ¿Ganaste?
—Quedamos cuartos —dije—. De once.
—Quedar cuarto está bien —dijo Gaz—. Quedar cuarto es respetable.
—Quedar cuarto es perder —dijo Ricky.
—Quedar cuarto es perder con buenos modales —dijo Reggie.
Me quedé en la puerta. No me quité el abrigo. Miré a Reggie, en el sofá, con su traje impecable y las manos entrelazadas sobre las rodillas, exactamente igual que en la fotografía.
—Reggie —dije—. Eras una pregunta.
Alzó la vista.
—¿Perdón?
—En el concurso del pub. La cuarta ronda. Historia. El presentador dijo: «En la década de 1950, el BBC Light Programme tenía un hombre del tiempo muy famoso. Un hombre con la voz más tranquilizadora de Gran Bretaña». Y luego preguntó el nombre.
El salón se quedó en absoluto silencio.
—Y acerté —dije—. Reginald Ashworth. Ganamos un punto gracias a ti.
Reggie no se movió. Su expresión no cambió. Pero, muy despacio, separó las manos que tenía sobre las rodillas.
—Hay más —dije. Saqué el móvil. Cruce la habitación, me senté a su lado en el sofá y se lo tendí—. Mostraron una fotografía. En el televisor. Delante de todo el pub.
Miró la pantalla.
La miró. Yo le observé la cara mientras lo hacía. Es raro ver a un hombre mirar una fotografía de sí mismo de hace setenta años. Uno pensaría que miraría la cara. Reggie no lo hizo. Reggie miró el micrófono.
—Aquel era el estudio de la tercera planta —dijo al fin—.
En Broadcasting House. Ese micrófono era más viejo que yo.
Siempre estaba un poco demasiado lejos. Había que inclinarse hacia él, solo un poco, o los oyentes no oían el final de las frases.
—Tocó el borde de la pantalla con un dedo.
El dedo se hundió un poco en el cristal, como si fuera agua—. Se me daba muy bien inclinarme.
—En el pub dijeron que eras guapo —dije.
Reggie alzó la vista hacia mí con absoluto estupor.
—No dijeron eso.
—Sí que lo dijeron. Una mujer de la barra dijo: «Uy, qué guapo». Y otra dijo: «Ya no los hacen así».
La cara de Reggie hizo algo que nunca le había visto hacer. Se puso rosada. Un fantasma puede ponerse rosado, descubrí. Es muy tenue, como una puesta de sol vista a través de una ventana, pero está ahí.
—Bueno —dijo—. Es muy amable de su parte. Pero muy insensato.
—También dijeron —proseguí— que las señoras mayores te tejían bufandas.
—Dios mío —dijo Reggie, y se cubrió la cara con las manos.
Desde la estantería, Jimmy hizo un ruido como de tetera. Desde el suelo, Gaz exclamó:
—¡Bufandas! ¡Reggie! ¡Nunca nos lo habías contado!
—Solo fueron unas pocas —dijo Reggie entre los dedos.
—¿Cuántas? —preguntó Ricky.
—Cuarenta y tres —dijo Reggie.
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Después de aquello, fue como si hubiera reventado una presa.
No sé si fue la fotografía, el pub o la idea de que alguien en Camden, un viernes por la noche, le hubiera mirado la cara y hubiera dicho guapo. Pero Reggie, que en una semana no nos había contado nada de sí mismo, se puso a hablar.
Habló del estudio. De leer el parte meteorológico todas las tardes a las siete menos cuarto, y de que siempre decía «Buenas tardes» dos veces: una para el país y otra, muy bajito, para sí mismo, para que le diera suerte.
Habló de las cartas de los oyentes. De un granjero de Devon que le escribía todas las semanas para decirle que a sus vacas les gustaba más la voz de Reggie que la de los demás locutores.
De una mujer de Glasgow que le contó que iba a llamar a su hijo como él y que después, cuando nació el niño, le mandó una foto.
—¿Lo hizo? —preguntó Gaz—. ¿Le puso Reginald?
—Le puso Kenneth —dijo Reggie—. Dijo que Reginald era demasiado para un bebé tan pequeño. Pero su segundo nombre era Reginald. En eso fue muy clara.
Habló de la casa. De mudarse al Piso 3 en 1951, cuando todo era pintura marrón y lámparas de gas. Del papel pintado de rosas, que eligió él mismo y del que la casera dijo que era «un poco recargado para un caballero soltero».
—¿Y Arthur? —dije.
Lo dije en voz muy baja. No sabía si era el momento adecuado. Pero la lámpara estaba encendida, en la habitación hacía calor, Reggie llevaba una hora hablando y casi todo ese tiempo con la cara sonrosada.
Reggie miró la lámpara verde.
—Conocí a Arthur —dijo— en la cantina de la BBC. En 1956. De todos los sitios posibles.
—¿Era locutor?
—No. Era profesor de piano. Pero a veces tocaba para la radio.
Para los programas infantiles. Piezas cortas.
Canciones de cuna. Le fastidiaba muchísimo.
Decía que era un músico serio y lo tenían tocando «Tres ratones ciegos» para los menores de cinco años.
—Reggie sonrió un poco. Era la primera sonrisa de verdad que le veía—.
Se sentó a mi mesa en la cantina porque no había más sitio y dijo: «Espero que no le importe.
Las otras mesas están llenas de gente del departamento de teatro y no paran de actuar».
Y yo le dije: «Yo leo el parte meteorológico».
Y él contestó: «Ah, ya lo sé. Mi madre le escucha.
Dice que es el único hombre de la radio que suena como si lo dijera de verdad».
—Es una buena frase —dijo Jimmy.
—Lo era —dijo Reggie—. Tenía muchas frases buenas.
—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Gaz.
Reggie lo pensó.
—Desaliñado —dijo—. Siempre desaliñado. Tenía el pelo de punta en la coronilla, como si se hubiera pasado las manos por él.
Llevaba chaquetas de punto con agujeros en los codos.
Nunca llevaba bolígrafo. Siempre me pedía el mío prestado.
Tenía los dedos muy largos y las uñas muy cortas.
Se reía con toda la cara. —Hizo una pausa—. Tenía una risa preciosa.
Pensé en la primera carta. Tienes una risa preciosa, y me gustaría oírla más a menudo.
—Y paseabais por la Colina —dije.
Reggie me miró.
—En la carta —dije—. Decías: «El jueves, cuando paseamos por la Colina».
—Primrose Hill —dijo Reggie—. Los jueves.
Después de que él terminara su última clase y yo mi última emisión.
Nos encontrábamos abajo, junto a la verja, subíamos hasta la cima y contemplábamos la ciudad.
Y hablábamos. De música. De la radio. De libros.
De nada. Durante un año, todos los jueves.
—Se miró las manos—. Era la mejor parte de cada semana de mi vida.
—¿Alguna vez… —dijo Jimmy con mucha delicadeza—, ya sabes. ¿Le dijiste algo?
—No —dijo Reggie—. Nunca.
—¿Y él?
Reggie guardó silencio.
—Una vez —dijo—. Casi. En el otoño de 1957. Estábamos en la cima de la Colina. Hacía frío y estaba anocheciendo. Las luces empezaban a encenderse por todo Londres. Y él dijo: «Reginald, hay algo que me gustaría decirte». Y yo lo supe. Supe qué era. Se lo vi en la cara. —Se detuvo.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
—Dije —respondió Reggie—: «Me temo que tengo que irme. Mañana tengo un programa temprano».
Nadie dijo nada.
—Y bajé de la Colina —dijo Reggie—, volví a casa, me senté a aquella mesa, con esa lámpara encendida, y le escribí una carta en la que decía todo lo que le había impedido decir. Y no la eché al correo.
—La primera carta —dije.
—No. Esa fue la cuarta. —Sonrió un poco, con tristeza—. La primera fue mucho antes. Solo que aún no sabía que era una carta.
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Nos contó el resto despacio.
Después de aquella noche en la Colina, Arthur dejó de intentar decir nada.
Seguían paseando los jueves. Seguían hablando.
Pero algo se había cerrado entre ellos, como una puerta que sabes que sigue ahí, pero que has acordado no abrir.
Reggie siguió escribiendo. Una carta cada pocas semanas.
Metía cada una en un sobre, escribía «A.
» en la parte de delante y la escondía detrás del papel pintado de rosas.
—¿Por qué detrás del papel pintado? —preguntó Gaz—. ¿Por qué no, yo qué sé, en un cajón?
—Mi casera —dijo Reggie— tenía una llave. Limpiaba los martes. Registraba los cajones. No era una mala mujer. Solo era curiosa. Y si hubiera encontrado aquellas cartas —negó con la cabeza—, habría ido a la policía. No porque me odiara. Porque esa era la ley. Y ella era una mujer que cumplía la ley.
—Así que hiciste un agujero en la pared —dijo Ricky.
—Con un cuchillo de untar —dijo Reggie—. Me llevó cuatro noches.
En diciembre de 1957 escribió la última carta.
Nos contó esta parte con una voz muy plana y medida, la que debía de emplear para dar el parte meteorológico.
Dijo que por fin había decidido echarla al correo.
Escribió el nombre completo de Arthur y su dirección en el sobre.
Se la metió en el bolsillo del abrigo. Bajó hasta el buzón de la esquina de Kestrel Row.
—¿Y? —preguntó Jimmy.
—Y era Navidad —dijo Reggie—. Y había gente por todas partes.
Gente cantando villancicos. Niños. Un hombre vendiendo castañas.
Y un policía. Estaba justo al lado del buzón, hablando con el castanero.
—Hizo una pausa—. No me estaba mirando. No tenía ni idea de quién era yo.
Era solo un policía comiendo castañas. Pero vi su uniforme y pensé: si echo esta carta al correo y alguien la abre, eso es lo que vendrá a por Arthur. No a por mí. A por Arthur.
—Así que no lo hiciste —dije.
—Así que pasé de largo junto al buzón —dijo Reggie—, volví a casa, la escondí de nuevo detrás del papel pintado con las demás y me dije que volvería a intentarlo después de Navidad.
Miró el radiador. El espacio oscuro de la pared, detrás, donde habían estado las cartas.
—Resbalé en los escalones de la entrada —dijo—, el cuatro de enero.
Había hielo. Tenía prisa por coger el autobús.
Creo que fue muy rápido. No lo recuerdo.
Recuerdo haberme puesto el abrigo. Recuerdo haber pensado que me había olvidado de la bufanda.
—Sonrió un poco—. Una de las cuarenta y tres.
Azul, de una señora de Norwich. Y entonces estaba aquí.
En esta habitación. Mirando el papel pintado.
Y las cartas seguían en la pared. Y Arthur nunca lo supo.
Se hizo un largo silencio en el salón.
Gaz se quitó la gorra de pescador. Jimmy se secó los ojos con el extremo de su boa. Ricky miró al suelo.
Desde el asiento junto a la ventana, Mike dijo en voz muy baja:
—Es el radiador.
Todos lo miramos.
—Los golpes —dijo Mike—. Empezaron en 1958. Eso dijiste. No son las tuberías. —Miró a Reggie—. Eres tú. Golpeando la pared donde las dejaste.
Reggie miró el radiador. No dijo que sí. No dijo que no.
Toc. Toc, toc. Toc.
Nadie lo tocó. Nadie estaba cerca. Golpeó por sí solo, tres veces, como alguien que llama a una puerta sin saber si debe entrar.
· ❦ ·
Aquella noche no pude dormir.
Hacia las dos de la madrugada, me levanté y me senté a la mesa de la cocina con el portátil. La casa estaba en silencio. Los fantasmas descansaban, o lo que sea que hagan los fantasmas cuando nadie los mira. El radiador del salón había dejado de dar golpes.
Abrí el artículo del Ham & High. Lo leí otra vez. Arthur Bell, de ochenta y seis años, lleva casi setenta enseñando piano a niños en Hampstead y Belsize Park.
Busqué más información. Arthur Bell piano Hampstead.
Encontré el anuncio de un concierto de 2017.
Una breve entrada de blog escrita por una mujer que había sido alumna suya de niña, en la que decía que era «el profesor más estricto y más divertido que he tenido».
También había una foto de un recital de piano en el salón de actos de una iglesia, de 2018, con un Arthur diminuto en una esquina, aplaudiendo.
Nada posterior a 2019.
Me quedé allí sentado mucho rato. Después escribí Arthur Bell, residencia de ancianos y Hampstead y pulsé Intro, sin muchas esperanzas de encontrar nada.
—Prueba con «piano» —dijo una voz a mi lado.
Di un respingo. Gaz estaba sentado en la encimera de la cocina, balanceando las piernas mientras miraba mi portátil.
—Gaz. Pensaba que estabas descansando.
—Yo no descanso mucho. Nunca lo hice. Mi madre decía que tenía demasiada energía para una sola persona.
—Asintió hacia la pantalla—. Prueba con «residencia de ancianos Hampstead piano».
A las residencias de ancianos les encanta contarle a todo el mundo lo que hacen sus residentes.
En la residencia de mi abuela la sacaron en Facebook por tejer un gorro con forma de tarta.
Lo escribí.
El tercer resultado era la página web de una residencia llamada Willowbrook House. Había una foto de un gran edificio blanco con césped verde y un montón de flores. Un hogar cálido y acogedor para personas mayores en el corazón de Hampstead.
Había una página titulada La vida en Willowbrook. Tenía fotos de residentes jugando al bingo, pintando acuarelas y sosteniendo un gato muy gordo.
Al final de la página había un párrafo.
Nuestros domingos por la tarde son especiales gracias a uno de nuestros residentes más veteranos, un antiguo profesor de piano de la zona que todavía toca para nosotros todas las semanas en la Sala del Jardín. Amigos y familiares son siempre bienvenidos y pueden venir a escucharlo. Domingos, 15:00.
Había una foto. Era pequeña y estaba un poco oscura.
Se veía un rincón de una sala con ventanales altos, un piano y un hombre sentado ante él, de espaldas a la cámara.
Era muy delgado. Llevaba un cárdigan. Tenía el pelo blanco de punta en la coronilla, como si se hubiera estado pasando las manos por él.
Gaz y yo la miramos juntos durante mucho rato.
—Tío —dijo Gaz en voz baja—. Mañana es domingo.