CAPÍTULO OCHO
Té para el callado
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Hay un momento, cuando alguien te dice algo imposible, en el que tienes que decidir muy deprisa qué clase de persona vas a ser. Puedes reírte. Puedes cambiar de tema. O puedes hacer lo que hay que hacer.
Yo no decidí muy deprisa. Me quedé sentado en el suelo, con la boca un poco abierta, mirando el teléfono de Inácio, donde su madre seguía con la vista fija, por encima de mí, en el asiento de la ventana.
—Lo siento —dijo Inácio otra vez. Se rio, pero no fue la risa grande y abierta. Fue la pequeña, esa que uno suelta cuando quiere echarle la tapa a algo—. Hace estas cosas. En Bahía le dice a la gente que su abuela muerta está sentada en la cocina. Es fatal para las fiestas.
En la pantalla, su madre dijo algo más, breve y tajante. Señaló la cámara con un dedo. Luego dijo: «Tchau, meu filho», lanzó un beso y la llamada terminó.
El salón se quedó en silencio.
Miré hacia el asiento de la ventana. Mike estaba allí sentado. Miraba el teléfono negro que Inácio tenía en la mano. Tenía la cara completamente inmóvil. Pero la mano que apoyaba en el libro cerrado lo apretaba tan fuerte que, de haber estado vivo, se le habrían puesto los nudillos blancos.
—¿Qué ha dicho al final? —pregunté.
—Ha dicho: «No te olvides del té». —Inácio se guardó el teléfono en el bolsillo. Negó con la cabeza—. Lo siento, Dav. Ha sido raro. Sé que ha sido raro.
—No pasa nada —dije. Y entonces, porque al parecer soy de esas personas que hacen lo que hay que hacer, me puse de pie—. ¿Quieres té?
Alzó la vista hacia mí.
—Voy a preparar té —dije—. O sea, esto es Londres. Todo el mundo bebe té. Debería aprender a hacerlo.
Me miró. Luego la gran sonrisa volvió, despacio, como el sol que sale de detrás de un edificio.
—¿No sabes preparar té?
—Soy de Ohio. Bebemos café y Coca-Cola Light.
—Vale —dijo, y se puso de pie—. Vale, vale, vale. Yo te enseño. A mí me enseñó Bev. Hay reglas. Reglas muy serias. En Inglaterra puedes acabar en la cárcel por un té mal hecho.
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De hecho, hay reglas.
Hierves el agua en un hervidor, no en un cazo, y tampoco en el microondas, que, según Inácio, era «un crimen contra la Reina, y también contra el Rey».
Primero pones la bolsita en la taza. Viertes el agua mientras todavía está borboteando.
Lo dejas reposar tres minutos, o cuatro si eres «un albañil», cosa que no entendí.
Luego sacas la bolsita y echas leche, un poco, hasta que tenga el color de una bolsa de papel.
—Hay gente que pone primero la leche —dijo Inácio, muy serio—. No te hagas nunca amigo de esa gente.
—Reggie —dije sin pensar—. ¿Es verdad?
—¿Quién es Reggie? —preguntó Inácio.
Me quedé helado. En la puerta, Reggie se quedó helado también.
—El... eh. El tío del trabajo. El británico. Se toma el té muy en serio.
—Ah. —Inácio asintió—. Sí. En toda oficina hay un Reggie.
En la puerta, Reggie parecía satisfecho y ofendido a la vez, algo que no sabía que una cara pudiera hacer.
Preparé tres tazas. Una para Inácio, otra para mí y una más.
Inácio me observó mientras preparaba la tercera. No dijo nada. Me vio echar la leche, y removerla, y coger la taza, y llevarla de la cocina al salón, y dejarla en el ancho reborde de madera del asiento de la ventana. Justo al lado de la mano de Mike.
Mike miró la taza.
Yo miré a Mike.
No podía cogerla. Lo sabía. No podía bebérsela. Probablemente ni siquiera podía olerla bien. Pero la miró como se mira algo que alguien ha hecho solo para ti. La miró.
Luego alzó la vista hacia mí. Y, por primera vez, se le movió la cara. No fue una gran sonrisa. Solo un pequeño cambio en las comisuras de los labios, como una puerta que ha estado cerrada mucho tiempo y se abre dos dedos.
—Gracias —dijo en voz muy baja.
—De nada —respondí, también en voz muy baja.
A mi espalda, Inácio dijo:
—¿Con quién hablas?
Me volví. Estaba de pie en la puerta de la cocina, con la taza entre las dos manos. No se reía. Me miraba con la cabeza ladeada, igual que me había mirado antes, cuando le dije que el ensayo daba una sensación de signos de exclamación.
—Con nadie —dije—. Tu madre ha dicho que hiciera té para el hombre de la ventana. Así que he hecho té. Para el hombre de la ventana. —Intenté reírme—. Por si acaso.
Inácio miró la taza que estaba en el asiento de la ventana. Luego me miró a mí. Después volvió a mirar la taza.
Entonces cruzó la habitación, se puso a mi lado y alzó un poco su propia taza hacia el asiento vacío de la ventana, como si brindara.
—Saúde —le dijo a la ventana—. Salud. Quienquiera que seas. —Me miró de reojo—. Mi madre me preguntará si lo has hecho. Ahora podré decirle que sí.
Desde el asiento de la ventana, Mike miró a Inácio. Luego me miró a mí.
Y dijo, con toda claridad, con aquella voz grave, monocorde y estadounidense:
—Pregúntaselo.
No respondí. No podía responder, porque Inácio estaba justo a mi lado.
—No sobre el ensayo —dijo Mike.
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Inácio se marchó a las once y cuarto.
En la puerta se puso el abrigo y la mochila y cogió la vasija de barro vacía, envuelta otra vez en sus tres toallas. Parecía cansado y feliz y un poco otra cosa más. No sabía qué.
—Gracias —dijo—. Por el ensayo. Por las comas. Por la escalera.
—Gracias a ti por la moqueca. Es lo mejor que he comido en mi vida. No exagero.
—Lo sé. Hiciste un ruido. Algo así.
Me imitó. Fue un «Mmmf» pequeño y desesperado:
—Mmmf.
Lo hizo clavado. Quería morirme.
Entonces me abrazó.
Era el tercer abrazo. Los estaba contando. Duró más que los dos primeros. Quizá un segundo más. Quizá no sea nada. Quizá sea mucho. No sé cuánto se supone que tienen que durar los abrazos entre dos hombres que son amigos en un país que no es el país de ninguno de los dos.
Cuando me soltó, no se apartó enseguida. Se quedó allí, con la mano en mi brazo, me miró y dijo, más bajo que antes:
—Dav. ¿Puedo contarte una cosa?
Mi corazón volvió a hacer la estupidez del perro.
—Claro.
—Mi madre —dijo—. Está loca. Todo el mundo lo sabe. Pero nunca se equivoca.
Se rio con una risa corta, como si le sorprendiera lo que estaba diciendo.
—Veintinueve años sin equivocarse ni una vez. Eso es lo que da miedo.
—¿Veintinueve? Creía que tenías treinta y uno.
—Se equivocó dos veces cuando yo era un bebé. Pero esas no las cuento.
Me soltó el brazo.
—Así que, si hay un hombre triste en tu ventana, sé amable con él. ¿Vale?
—Vale —dije.
Me besó en la mejilla derecha y bajó las escaleras. Oí crujir los escalones bajo su peso, uno a uno, hasta abajo del todo. Oí abrirse y cerrarse la puerta de la calle.
Cerré mi puerta. Me di la vuelta.
Cinco fantasmas formaban una fila en el pasillo, mirándome.
—BUENO —dijo Jimmy.
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La sesión de análisis duró dos horas.
No voy a contártelo todo, porque gran parte fue Jimmy repitiendo «la MANERA en que te miraba» con voces distintas, y otra gran parte, Gaz y Ricky discutiendo sobre el ex de Lisboa.
—No dijo ningún pronombre —dijo Gaz—. Eso es algo gordo. Es importantísimo. Si hubiera sido una chica, habría dicho «ella». Es fácil. La gente dice «ella» a todas horas. Que no lo dijera significa algo.
—O significa que no se paró a pensarlo —dijo Ricky—. No todo el mundo está obsesionado con los pronombres, Gary.
—No me llames Gary.
—Es tu nombre.
—Así me llama mi madre. Nadie más puede.
—O —dijo Reggie desde el sofá— simplemente no quería hablar de un tema doloroso con un hombre al que conoce desde hace una semana. Lo cual es una conducta perfectamente correcta. En mis tiempos, uno no hablaba de relaciones anteriores hasta, como mínimo, la tercera cena.
—Tú nunca llegaste a una tercera cena —dijo Ricky.
—Eso no viene al caso.
—Trajo flores —dijo Jimmy—. Girasoles. ¿Sabéis lo que significan los girasoles?
—Significan que pasó por delante del puesto de la estación —dijo Ricky.
—Significan FELICIDAD. Significan SOL. Significan «te veo y me haces pensar en la LUZ».
—Significan que costaron cinco libras.
Gaz fue al cuarto de baño. Cuando volvió, tenía una cara muy seria.
—He actualizado la Pizarra —dijo—. Tenemos una categoría nueva: «Pruebas». En SÍ he puesto: flores, moqueca, abrazo número tres, «sé amable con el hombre triste». En NO, Ricky me ha hecho poner «el ex».
—Porque no lo sabemos —dijo Ricky.
—Exacto. No lo sabemos. Así que está en medio.
—¿Cómo va el marcador? —pregunté.
Gaz me miró con auténtica tristeza.
—Seguimos sin tener ni idea, colega.
Me senté en el sofá, junto a Reggie. Eché la cabeza hacia atrás y miré al techo, cruzado por una grieta larga que se parecía un poco al estado de Ohio, si estabas muy cansado.
—Mike —dije, sin mover la cabeza—. ¿Qué querías decir con «pregúntaselo, no sobre el ensayo»?
Silencio desde el asiento de la ventana.
Levanté la cabeza. Mike seguía allí sentado, con la taza de té al lado. Se había quedado fría. En la superficie de la leche se había formado una película finísima. No se había movido de allí en toda la noche.
—¿Mike?
Miraba por la ventana, hacia la calle oscura por la que Inácio se había alejado.
—Quiere decir —dijo Ricky en voz baja— que deberías preguntarle lo que de verdad quieres saber.
—No puedo preguntarle así, sin más, si es gay.
—¿Por qué no?
—¡Porque no! Porque es de mala educación.
Porque no es asunto mío. Porque, si dice que no, me querré morir, y luego tendré que verlo todas las mañanas y comprarle un latte, y él estará ahí con su «Hola, Dav, aquí tienes tu corazón», y yo sabré que no es más que un corazón.
Como el de cualquier otro. No mi corazón.
Me callé.
Todos me estaban mirando.
—Son muchos sentimientos —dijo Gaz— para un hombre que está en una pausa permanente.
—Estoy en una pausa permanente.
—Tío —dijo Gaz—. Tú estás en una pausa igual que yo estoy a dieta.
· ❦ ·
Me fui a la cama a la una y media. Me quedé tumbado a oscuras. Mi cerebro no paraba.
Pensé en el té. Pensé en la cara de Mike, en cómo se había movido, apenas un centímetro. Pensé en Inácio, que levantaba su taza hacia la ventana vacía y decía Salud, seas quien seas. ¿Quién hace algo así? ¿Quién se presta a eso sin reírse, sin hacerte sentir idiota?
El móvil vibró en la mesilla.
Lo cogí. La pantalla brillaba muchísimo en la oscuridad. Tardé un segundo en enfocar la vista.
Era un mensaje. De Kyle.
Hola. Sé que ahí es tarde. He estado pensando mucho. Creo que cometí un error.
Me quedé mirándolo.
Lo leí cinco veces. No cambió.
Había un segundo mensaje debajo, que había llegado mientras seguía mirando el primero:
¿Podemos hablar? Hablar de verdad. Te echo de menos.
Algo me pasó en el pecho. No era una sensación buena ni mala. Era solo una sensación enorme, como cuando bajas demasiado deprisa en una montaña rusa y el estómago se te queda arriba.
Tres años. Tres años de detergente para la ropa, de ve con cuidado y de listas de reproducción de los domingos por la mañana. Y después, dos frases y una esperanza. Y ahora, dos semanas más tarde, desde seis mil kilómetros de distancia, creo que cometí un error.
Empecé a escribir. El pulgar se movía solo.
yo también
Lo miré. Dos palabras pequeñas en el recuadrito gris.
Pensé en lo fácil que sería enviarlas. En lo fácil que sería volver atrás.
Quizá no a Columbus. Pero sí a aquello. A alguien que me conocía, que sabía cómo tomaba el café, que llamaba Linda y Frank a mis padres y a quien mis padres llamaban tu amigo.
Tenía el pulgar sobre el botón de enviar.
—Ni se te ocurra —dijo una voz.
Di tal respingo que casi tiré el móvil.
Reggie estaba de pie en la puerta de mi dormitorio. Justo sobre la línea, como siempre, con las puntas de los zapatos en el borde de la alfombra.
Nunca le había oído hablar así. Nada de cortesía. Nada de cautela. Tenía la voz baja y muy dura, como una puerta al cerrarse.
—Reggie —dije—. Esto no es asunto tuyo.
—Soy consciente de ello. —No se movió—. Y también soy consciente de que soy el último hombre de Londres que debería dar consejos de amor a nadie. Lo sé, David. Créeme, lo sé.
—Entonces, ¿por qué…?
—Porque te he estado observando esta noche.
—Me miró, y tenía los ojos grises muy brillantes en la oscuridad—.
Durante dos horas te he visto reír. Te he visto discutir sobre comas.
Te he visto preparar té para un hombre al que no puedes ayudar, porque un desconocido de Brasil te lo ha pedido, y tú has pensado: «¿Por qué no?
Quizá sea un gesto amable». Y yo he pensado: «Ah.
Ahí está. Así es él cuando nadie le está rompiendo el corazón».
No dije nada.
—Ese hombre —dijo Reggie—, el del teléfono.
Tuvo tres años. Dejó que te llamaras su amigo en la mesa de tus padres y nunca, ni una sola vez, te pidió que fueras algo más.
Y después te dejó con dos frases. —Hizo una pausa—.
No digo que no debas responderle. Digo que no deberías responderle con dos palabras que no sientes, a la una y media de la madrugada, porque tienes miedo de algo que quizá sientas muchísimo.
Miré el móvil. yo también. Seguían ahí. Seguían esperando.
Pulsé el botón de borrar. Lo mantuve apretado. Las letras desaparecieron una a una, desde el final: n. é. i. b. m. a. t. espacio. o. y.
El recuadro volvió a quedar vacío.
Dejé el móvil boca abajo sobre la mesilla.
Cuando alcé la vista, Reggie seguía de pie en la puerta. El rostro se le había vuelto a suavizar. Parecía cansado. Por un instante pareció muy viejo, más viejo que treinta y cuatro años, más viejo que setenta años de espera.
—Lo siento —dijo—. Ha sido muy descortés por mi parte.
—No pasa nada —dije.
—En mis tiempos, uno nunca se entrometía.
—Lo sé.
—Es un siglo nuevo —dijo Reggie, casi para sí—. Quizá debería probar cosas nuevas.
Se dio la vuelta para marcharse.
—Reggie —dije.
Se detuvo.
—Las cartas. Arthur Bell. —Me incorporé en la cama—. Lo he encontrado. O bueno, creo que lo he encontrado. Hay un artículo. De 2019. Un profesor de piano de Hampstead, ochenta y seis años. Nunca se casó. Sigue tocando todos los días. Chopin, sobre todo.
Reggie no se dio la vuelta. Se quedó de espaldas a mí en el pasillo a oscuras. No se movió lo más mínimo.
—Decía algo en el artículo —añadí—. El periodista le preguntó por qué sigue tocando. Y él contestó: «Hay música que tocas para los demás y música que tocas para alguien que no está».
Reggie estuvo mucho rato sin decir nada.
Luego, muy bajito, sin darse la vuelta, dijo:
—Chopin. Siempre tocaba Chopin. Fatal, cuando quería presumir. De maravilla, cuando creía que nadie lo escuchaba.
Se alejó por el pasillo. Esta vez no se desvaneció. Lo seguí con la mirada todo el camino hasta el salón, sólido y gris y perfectamente erguido.