CAPÍTULO SEIS #2
Para trabajar en su ensayo. Le estoy ayudando con el inglés.
Dios mío. Así es como empieza. Así es como empieza SIEMPRE.
No es nada de eso. Ni siquiera sé si es gay.
¿Ha dicho algo sobre chicas?
Lo pensé.
No.
¿Ha dicho algo sobre chicos?
No.
Vale, entonces es un cincuenta por ciento. Son buenas probabilidades. Ponte la camisa azul.
Es un ensayo sobre la zona lumbar, Beth.
Ponte. La. Camisa. Azul.
· ❦ ·
Cuando llegué a casa a las cinco y media, cometí un error.
El error fue contárselo a los fantasmas.
No sé por qué lo hice. Creo que necesitaba advertirles.
Creo que necesitaba decir en voz alta: «Por favor, por favor, por favor, portaos bien», porque no sabía qué iban a hacer.
Sabía que eran invisibles. Inácio no podía verlos.
Nadie podía verlos salvo yo. Pero sabía que Gaz podía encender la televisión.
Sabía que Jimmy podía hacer cantar las tuberías.
Sabía que Reggie podía mover una cucharilla si se alteraba lo suficiente.
Y sabía que nunca habían tenido en el piso a un invitado que les gustara tanto como Inácio.
Así que me planté en medio del salón y dije:
—De acuerdo. Todos. Escuchadme, por favor. Inácio viene esta noche.
Hubo un silencio.
Entonces Jimmy gritó.
Fue un grito de verdad. Un grito agudo, largo y teatral, de pura alegría, de esos que da un cantante al final de una gran canción; le salió del cuerpo y se metió en las paredes, y las tuberías del baño lo acompañaron con una nota metálica, larga y aguda.
—Jimmy —dijo Reggie—, contrólate, por favor.
—¡NO pienso controlarme! ¡VIENE! ¡AQUÍ!
—A trabajar en un ensayo —dije.
—UN ENSAYO —dijo Jimmy, como si fuera la palabra más romántica de la lengua inglesa—. ¿SObrE QUÉ?
—La zona lumbar.
Jimmy se llevó las dos manos al pecho y se dejó caer de espaldas desde la estantería. No llegó a tocar el suelo. Se quedó flotando, a unos sesenta centímetros de altura, mirando al techo, como un hombre al que acabara de flechar Cupido.
Gaz ya estaba en el baño. Oí el chirrido de un dedo sobre el espejo. Cuando salió, sonreía tan abiertamente que se le veían todos los dientes.
—He actualizado la Pizarra —dijo—. Viene a tu piso. Eso es importantísimo. Un punto gordo para el SÍ.
—No es un punto. Es un ensayo.
—Tío. Nadie necesita tanta ayuda con un ensayo. Podría haber ido a una biblioteca. Podría haber usado un ordenador. Podría haberle pedido ayuda a Bev. Y te lo ha pedido a ti.
—Me lo ha pedido porque soy escritor.
—Te lo ha pedido —dijo Gaz— porque le gustas.
—Le gusta todo el mundo —dijo Ricky desde la pared—. ¿Te acuerdas? Abraza al cartero. Dibuja corazones en todos los cafés. Le lleva la compra a la señora P. Eso no significa nada.
—Podría significar algo —dijo Jimmy, que seguía flotando.
—Podría —dijo Ricky—. O podría ser un ensayo sobre la zona lumbar.
Reggie se puso en pie. Recorrió el salón con la mirada. Miró el sofá, la mesa de centro, la estantería, la lámpara verde y el asiento junto a la ventana, donde estaba sentado Mike.
—Los cojines —dijo—. Hay que ahuecarlos.
—Reggie —dije.
—La mesa de centro tiene un cerco de tu taza. Lleva ahí desde el domingo. Y hay un calcetín debajo del sofá. Un calcetín suelto. Americano, por lo que parece.
—¿Cómo puede parecer americano un calcetín?
—Tiene un dibujo animado.
Miré debajo del sofá. Había un calcetín. Tenía dibujado un perrito caliente.
—Si vas a tener visita —dijo Reggie—, lo harás como es debido. Gaz. ¿Hay abrillantador?
—Debajo del fregadero —dijo Gaz—. Creo que es de 2016. Lo compró el alemán.
—Tráelo.
—No puedo traerlo, colega. Soy un fantasma.
—Entonces dile a David dónde está.
Pasé la hora siguiente limpiando el piso mientras un hombre que murió en 1958 me explicaba cómo hacerlo.
Quité el polvo de la estantería. Le saqué brillo a la mesa de centro.
Ahuequé los cojines y luego volví a ahuecarlos, porque Reggie dijo que la primera vez lo había hecho «sin mucho empeño».
Metí el calcetín del perrito caliente en la cesta de la ropa sucia.
Bajé la caja de zapatos con las cartas de Reggie de lo alto de la estantería y la metí dentro del armario, para que nadie la viera.
Reggie me vio hacerlo y no dijo nada, pero se le relajaron un poco los hombros, como si le hubieran quitado un peso de encima.
A las seis y media me duché y me puse la camisa azul.
—¿Planchada? —preguntó Reggie desde la puerta del dormitorio.
—Planchada.
Se quedó mirando el cuello un buen rato.
—Aceptable —dijo.
A las siete menos cinco estaba de pie en el salón.
Estaba limpio. Olía a abrillantador de limón y a una vela que había encontrado en el cajón de la cocina, que supuestamente olía a «Brisa de Algodón» y en realidad olía a hospital.
Los fantasmas estaban en sus sitios. Reggie, en el sofá.
Gaz, en el suelo. Jimmy, en la estantería. Ricky, contra la pared.
Mike estaba en la ventana, como siempre. Pero, por una vez, no tenía el libro en las manos. Miraba hacia la calle.
—Por favor —les dije a todos—. Por favor. Os lo suplico. Portaos con normalidad.
—Somos fantasmas, colega —dijo Gaz—. Esto es lo normal.
A las siete en punto sonó el timbre.
Desde la ventana, sin darse la vuelta, Mike dijo:
—Ha traído flores.