CAPÍTULO SEIS
Profesor de pianoforte
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—No —dijo Reggie.
—Todavía no he dicho nada.
—Ibas a hacerlo.
—Iba a decir buenos días.
—Ibas a decir: «Reggie, busquemos a Arthur Bell». Se te nota en la cara. Tienes una cara muy sincera, David. Es algo terrible de tener. Nunca ganarás a las cartas.
Era miércoles por la mañana. Yo estaba en la cocina, en calcetines, comiéndome una tostada con crema de cacahuete.
Reggie estaba sentado a la mesa de la cocina, con las manos juntas.
Había vuelto de su descanso, pero estaba más callado que antes y no paraba de mirar el fajo de cartas que había dejado encima de la estantería del salón, dentro de una caja de zapatos cubierta con un paño de cocina.
—Todavía podría estar vivo —dije.
—Tenía veinticuatro años en 1957. Ahora tendría noventa y tres.
—Hay gente que llega a los noventa y tres. Mi tía abuela Dorota llegó a los noventa y siete. Todas las noches se tomaba un vaso de vodka y decía que era medicina.
—Aunque esté vivo —dijo Reggie—, ¿qué le dirías?
«Buenas tardes, señor Bell. Soy un estadounidense que vive en un piso con cinco hombres muertos.
Uno de ellos estuvo enamorado de usted y le escribió unas cartas, pero las escondió en la pared en vez de echarlas al correo. Aquí las tiene. Perdón por el retraso».
—Lo diría mejor que eso.
—Lo dirías peor. Te disculparías doce veces.
Tenía razón. Lo haría.
—Es solo que creo —dije— que, si alguien me escribiera unas cartas así, querría saberlo. Incluso después de setenta años. Aunque ya fuera demasiado tarde.
Reggie miró hacia la ventana. Fuera estaba gris. Fuera siempre estaba gris. Empezaba a pensar que Londres solo tenía un color, y era aquel.
—Es demasiado tarde —dijo.
—¿Lo es?
No respondió. Se puso en pie, se alisó la chaqueta y dijo:
—Llegarás tarde al trabajo. Tu tren sale a las ocho y catorce. Tienes que irte dentro de seis minutos. Ah, y tienes crema de cacahuete en la barbilla.
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No le dije nada más a Reggie. Pero hice algo.
A la hora de comer, le pregunté a Priya si sabía cómo averiguar si alguien seguía vivo.
Me miró por encima del sándwich.
—¿Esto tiene que ver con un asesinato?
—¡No! Es un tema de historia familiar.
—Tu familia es polaca.
—Es una, eh… Una cosa de historia familiar de Londres. Es complicado. Alguien que conocía a alguien de mi edificio. De antes.
Priya dejó el sándwich en la mesa. Tenía una expresión muy particular cuando algo le interesaba. Se le entrecerraban los ojos y se le encogía la boca, como un gato que vigila a un pájaro.
—Nombre —dijo.
—Arthur Bell. Era profesor de piano. En Belsize Park. En los años cincuenta.
—Arthur Bell es un nombre muy común.
—Ya lo sé.
—Común común. En plan, seguro que hay un Arthur Bell en esta cafetería.
Los dos echamos un vistazo a la cafetería. Había tres ancianos comiendo sopa. Ninguno parecía profesor de piano.
Priya sacó el móvil. Tecleó. Yo la observé. Era rapidísima y no miraba la pantalla mientras escribía, algo que siempre me ha parecido una especie de magia.
—Vale —dijo al cabo de unos minutos—. Hay un Arthur Bell que es futbolista. Hay un Arthur Bell que es dentista en Leeds. Hay un Arthur Bell que ha publicado una reseña furibunda de una aspiradora en Amazon. —Bajó por la pantalla—. Y está esto.
Giró el móvil hacia mí.
Era una página de la web de un periódico local. El Hampstead and Highgate Express. El titular decía: «Ham & High» conoce al profesor de piano que lleva setenta años tocando.
Había una foto. Un anciano muy delgado, con una buena mata de pelo blanco que se le levantaba un poco en la coronilla, sentado al piano en una habitación de ventanales grandes.
Llevaba una rebeca y una pajarita. Tenía las manos sobre las teclas.
Eran largas, delgadas y moteadas por la edad.
Miraba a la cámara y sonreía, y era una sonrisa pequeña y afilada, llena de chistes que no pensaba contarte.
Cogí el móvil y leí.
El artículo era de 2019. Decía que Arthur Bell, de ochenta y seis años, llevaba casi setenta años dando clases de piano a niños de Hampstead y Belsize Park.
Decía que había empezado a dar clases a los veinte años, en un piso pequeño de Belsize Lane, y que había enseñado a «más de dos mil niños, algunos de los cuales ya son abuelos».
Decía que nunca se había casado. Decía que seguía tocando todos los días, «al menos una hora, normalmente Chopin», y que, cuando el periodista le preguntó por qué, había respondido: «Porque hay música que se toca para otras personas y música que se toca para alguien que no está».
Leí aquella frase tres veces.
—En 2019 tenía ochenta y seis —dijo Priya—. Así que ahora tendría noventa y tres. Si todavía está… —Se detuvo—. ¿Estás bien?
—Sí. Sí. Estoy bien. —Le devolví el móvil—. ¿Puedes enviarme el enlace?
—Claro. —Me lo envió. Luego me miró—. Dav. ¿Quién es este hombre para ti?
—Nadie —dije—. Es alguien para otra persona.
Priya no insistió. Esa era una de las cosas que aprendería de Priya. Hacía preguntas como una detective, pero sabía exactamente cuándo parar.
—Vale —dijo—. Bueno. Si necesitas ayuda para averiguar más, se me da muy bien internet. Encontré las fotos de la boda de la exnovia de mi prometido en once minutos.
—¿Y por qué necesitabas encontrarlas?
—No necesitaba encontrarlas —dijo Priya—. Quería encontrarlas.
· ❦ ·
Cuando llegué a casa aquella tarde, no dije nada. Preparé tortitas. Vi la televisión con los fantasmas. Era un programa sobre gente que compra casas en el campo y luego descubre que en el campo hay mucho barro.
Reggie estaba sentado en el sofá. No me preguntó nada. Yo no le conté nada.
A eso de las nueve entré en el baño a lavarme los dientes. Gaz estaba sentado en el borde de la bañera.
—Bueno —dijo en voz baja—, ¿lo has encontrado?
Lo miré en el espejo. La Pizarra seguía allí, en la esquina del espejo, donde el vaho nunca llegaba a irse del todo. ¿SIGUE VIVO? Dos nombres a un lado. Dos nombres al otro. PUNTUACIÓN: seguimos sin tener ni idea.
—¿Cómo lo sabías?
—Colega. Has llegado a casa, has preparado tortitas y no has dicho ni una palabra. Eres el peor mentiroso que he conocido en mi vida. Y he conocido a muchos mentirosos. Fui a un montón de raves.
Terminé de lavarme los dientes. Me enjuagué. Saqué el móvil del bolsillo, abrí el artículo y se lo tendí a Gaz.
Lo miró. Los fantasmas pueden leer los móviles, aprendí. Lo que no pueden es tocarlos.
—¿Es él? —preguntó Gaz.
—Creo que sí. Profesor de piano. Belsize Park. Empezó a dar clases a los veinte. Nunca se casó.
—«Hay música que tocas para alguien que no está» —leyó Gaz en voz alta. La voz se le ablandó—. Ay, colega. Ay, no.
—No se lo digas a Reggie.
—¿Por qué no?
—Porque ha dicho que es demasiado tarde. Y no quiero empeorar las cosas. No sé si sigue vivo. El artículo es de 2019. Después de 2019 han pasado muchas cosas.
Gaz asintió despacio. Luego me miró con esa cara redonda y sincera que tenía.
—¿Puedo decírselo a Jimmy?
—No.
—¿Puedo decírselo a Ricky?
—Gaz.
—¿Puedo decírselo a Mike? Mike no habla. Sería como contárselo a una pared.
—Vale. A Mike puedes decírselo.
Gaz sonrió. Fue una sonrisa grande, cálida, con ese hueco entre los dientes.
—Eres un buen chico, Dav. ¿Lo sabías? Eres un buen chico.
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El jueves por la mañana bajé a Pressed a por mi café.
Llevaba yendo todas las mañanas desde el sábado. Me decía a mí mismo que era porque el café era bueno, que lo era, y porque estaba justo al lado, que lo estaba, y porque la cafetera italiana me escupía, que me escupía. Todo era cierto. Nada de eso era el motivo.
Inácio estaba detrás del mostrador. Estaba solo. Bev estaba en la parte de atrás. La cafetería estaba tranquila, solo dos personas en las mesas, las dos con el portátil.
—¡Dav! —dijo—. Buenos días, querido. ¿Un latte grande?
—Por favor.
Puso en marcha la máquina. Parecía cansado. Tenía unas sombras leves bajo los ojos y llevaba los rizos aún más alborotados que de costumbre.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí, sí. Solo cansado. Me quedé hasta tarde con el ensayo. —Hizo una mueca—. La zona lumbar. Me está matando. No mi zona lumbar, el ensayo. Aunque ahora la zona lumbar también me está matando un poco, de tanto estar sentado.
—¿Qué tal va?
—Fatal —dijo alegremente—. Lo tengo que entregar el lunes que viene. Llevo tres mil palabras. Tienen que ser dos mil. Y mi profesor dice que escribo como hablo, que es, ¿cómo se dice?, con las manos. Al escribir no puedes usar las manos.
—Es verdad —dije—. Bueno, poder puedes. Pero no ayuda.
Se rio. Sirvió la leche. Un corazón. Me tendió la taza.
—¿Lo decías en serio? —preguntó—. ¿La semana pasada? ¿Que le echarías un vistazo a mi ensayo?
—Sí. Claro. Cuando quieras.
—¿Esta noche?
El corazón me hizo una tontería. Dio una especie de brinco, como un perro que oye su nombre.
—Esta noche me va bien —dije—. Esta noche genial. ¿Dónde quieres que, no sé, quedemos?
—Bueno —dijo Inácio, haciendo una mueca—. Mi casa es un desastre. Vivo con otras tres personas. Uno es español, otro polaco y otro es de Gales, y el galés está aprendiendo a tocar la batería. En el salón. Los jueves. No es, ¿cómo se dice?, bueno para la concentración.
Se apoyó en la barra. Me miró con sus grandes ojos castaños.
—¿Puedo ir a tu casa?
Pensé en mi piso.
Pensé en Jimmy, tumbado encima de la estantería. Reggie, en el sofá. Gaz, saliendo del radiador. Ricky, apoyado contra la pared, diciendo: «Trágico». Mike, en la ventana. Todos mirando. Todos muy, muy interesados en Inácio.
—Claro —dije—. Sí. Ven a mi casa. ¿A las siete?
—A las siete —dijo Inácio—. Llevaré comida. ¿Te gusta la comida brasileña?
—No lo sé. Nunca la he probado.
—¿Nunca? —Se llevó una mano al pecho, como si yo hubiera dicho algo trágico—. De acuerdo. Esta noche te cambiaré la vida.
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Le escribí a Beth en el tren.
El chico del café viene a casa esta noche.
Respondió en ocho segundos. Beth no ha respondido nada en ocho segundos en toda su vida. Una vez le escribí para decirle que me había roto el brazo y tardó dos horas en contestar.
¿QUÉ?